Stephen Curry, un laboratorio hecho humano. Intrahistorias de sus salvajes entrenamientos

Stephen Curry, un laboratorio hecho humano. Intrahistorias de sus salvajes entrenamientos

La rutina previa a los partidos de Stephen Curry dejó de ser algo privado hace ya mucho tiempo. En su momento cumbre, alrededor de 10.000 fans de los Golden State Warriors llegaban a encontrarse en el pabellón tres cuartos de hora antes del comienzo de cada partido para poder asistir a sus ejercicios. Los vídeos de dichos calentamientos se compartían sin cesar en las redes sociales, y aquella rutina se convirtió en una parte más de la fiebre que rodeaba a todo lo relacionado con Curry y la dinastía de los Warriors.

El proceso es siempre similar. No es una simple rutina, es ya una tradición que comenzó en su temporada rookie con Stephen Silas, hoy en día entrenador de los Houston Rockets y por aquel entonces asistente en los Warriors. Todo arranca con Curry botando dos balones a la vez, primero en estático, y después driblando desde la mesa de anotadores hasta la otra banda, regresando a continuación hasta la posición inicial mientras va botando de espaldas. El objetivo es poner a punto la ya famosa sincronía mano-ojo de Steph.

Para la siguiente fase del calentamiento, Curry requiere la ayuda de su ya inseparable Bruce Fraser, entrenador asistente y de desarrollo de los Warriors. Fraser fue compañero de Steve Kerr en la Universidad de Arizona y trabajó posteriormente para los Wildcats, la Universidad de Missouri, los Indiana Pacers y los Phoenix Suns hasta que Kerr le llevó a los Wariorrs. Su vida se separó en varias ocasiones del baloncesto, trabajando en el área de sonido de la 20th Century Fox o como mánager de relaciones con deportistas de una conocida marca de gafas. Pero, paradójicamente, la fama le llegó siendo aquel asistente de barba y pelo plateado que pasaba balones a Stephen Curry.

Finalizado el calentamiento de bote, llega el momento de mirar por primera vez a la canasta. Con la ayuda de Fraser, Curry comienza a lanzar desde el lado izquierdo de la canasta, muy cerca de la zona. Primero son ganchos con la mano izquierda. Cuando anota cinco, pasa a lanzar bombas con la misma mano. Anotadas las cinco de rigor viaja hasta el lado derecho de la zona para proceder a hacer lo mismo con la mano derecha. Luego les llega el turno a las entradas a canasta, con Fraser como defensor, tratando de convertirse en un Olajuwon de menos de dos metros de altura.

Para haberse ganado la fama de ser el mejor lanzador exterior de todos los tiempos, Stephen Curry pasa la mayor parte de su rutina afinando otros aspectos de su juego. Pero cuando llega la hora de calibrar el punto de mira es cuando todos se quedan boquiabiertos. Empieza desde la media distancia y después se va alejando, hasta lograr el objetivo de anotar 15 canastas desde cinco puntos diferentes de cada lado de la cancha. La rutina va llegando a su fin, atacando ahora en uno contra uno a un Fraser que ha pasado de ser Olajuwon a tratar de convertirse en Kawhi Leonard.

La guinda la pone un lanzamiento desde la entrada del túnel de vestuarios. Curry se da hasta cinco intentos para acertar. No suele llegar al quinto. Tras encestar, saluda al público y se retira al vestuario en medio de la ovación.

Ahora, vean el vídeo y entenderán todo sobre esto de Stephen Curry:

Un gimnasio de Carolina del Sur

Todo lo anterior es solo la rutina para poner en marcha el motor. En realidad, el lugar en el que comenzó a nacer “Steph” se encuentra a más de 4.000 kilómetros de distancia de San Francisco, en un pequeño gimnasio de Fort Mill, en Carolina de Sur. Aunque llamarlo gimnasio hace diez años habría sido demasiado generoso. Una única canasta, con media pista dibujada en el suelo, porque el espacio no da para más. Dos pequeños vestuarios y una sala de pesas no mucho más grande. Las paredes, ahora decoradas con todo tipo de estandartes e imágenes de Stephen Curry, estaban desnudas y descoloridas. Nadie podría haber dicho por aquel entonces que aquel iba a ser el “laboratorio” que iba a potenciar su mejor versión y a convertirle en un jugador que marcaría una época.

Eran finales de junio de 2011, el Lockout estaba a punto de comenzar, y Curry se había operado un mes antes de su tobillo derecho. El jugador había regresado a Charlotte y estaba esperando en la sala de espera del traumatólogo cuando se le acercó un desconocido. Llevaba dos temporadas ya en la NBA y no era raro que se le acercaran para pedirle autógrafos, pero aquel hombre no quería pedirle nada, sino entregárselo. Le dio una tarjeta, le explicó que era un entrenador personal de jugadores de baloncesto, que preparaba a varios jugadores de los Charlotte Bobcats, y que agradecería mucho que le diera una oportunidad. En la tarjeta aparecía un número de teléfono y un nombre: Brandon Payne.

Curry llamó al día siguiente a Gerald Henderson, jugador de los Bobcats, para informarse sobre aquel Payne. “Está un poco loco, pero tiene un punto de vista muy original”, le dijo este. “Si quieres te llevo a una de las sesiones”. No perdía nada por probar.

El jugador de los Warriors no pudo hacer mucho en aquella sesión, claro. Operado recientemente del tobillo, los ejercicios se centraron en botar el balón de diferentes maneras mientras estaba sentado en una silla. Pero algo captó su atención y le convenció sobre la manera de ver el baloncesto de aquel tipo que se había pasado las dos horas de sesión explicándole cómo él, por ser más pequeño que el resto de los jugadores con los que suele competir, puede permitirse menos errores. Que tenía que hacer más con menos, y que la clave estaba en potenciar la eficiencia neurocognitiva. Al día siguiente repitió.

La eficiencia neurocognitiva

Los días de Brandon Payne como jugador de baloncesto no se extendieron mucho más allá de sus tiempos como base del equipo de instituto del Sun Valley High School y de la Wingate University, situada a las afueras de la ciudad de Charlotte. Era un buen lanzador, pero reconocía que no le gustaba lo suficiente entrenar como para poder llegar a algo como jugador. Lo que sí que le gustaba, sin embargo, era entrenar y enseñar a otros. Él no idolatraba tanto a Michael Jordan, Scottie Pippen o Charles Barkley, como sus amigos. Sus ídolos eran dos: el primero, su padre, entrenador del Sun Valley High School. El segundo era Dean Smith, el mítico entrenador de North Carolina.

Payne se graduó en gestión deportiva y comenzó a trabajar como entrenador asistente voluntario en Wingate. Aquello no duró mucho. Su personalidad podía llegar a resultar abrasiva debido a su alto nivel de exigencia, y sus métodos no convencían al entrenador del equipo. No tardó en marcharse, o quizás le invitaron a que se marchara, pero lo cierto es que en 2009 comenzó a alquilar un viejo almacén en Fort Mill y creó su propio centro de entrenamiento: Accelerate Basketball. Nunca quiso ser un entrenador de baloncesto al uso, de los clásicos. De esos ya había muchos. Comenzó a formarse y a estudiar el funcionamiento del cerebro y el sistema nervioso aplicado al deporte. Quería darle a sus entrenamientos un punto de vista científico.

En un par de años ya entrenaba a casi media plantilla de los Bobcats durante los veranos. Henderson, Matt Carroll, Tyus Thomas, Anthony Morrow o Antawn Jamison fueron algunos de los clientes. Pero la visita de Stephen Curry fue la que lo cambió todo.

Lo que convenció a Curry fue la visión de Payne del entrenamiento del baloncesto a través de la mejora de la eficiencia neurocognitiva. Para potenciar la sincronía entre el cerebro y los músculos, el método de entrenamiento de Payne consiste en sobrecargar al cerebro de Curry con información en unas ocasiones, o retirar cierta información en otras, para que sea el ingenio del jugador el que llene esos vacíos. Los resultados están a la vista de todos.

“Mi objetivo después de conocer a Brandon, y viniendo de una lesión, era volver a mi mejor nivel”, recordaba Curry en 2019. “Mi viaje con Brandon ha supuesto una evolución constante. Es una suma de elementos. Juntos creamos una visión sobre a dónde queríamos llegar en términos de control de balón, juego de pies, balance del cuerpo y responsabilidad”.

Para llegar a cumplir esos objetivos, Curry y Payne plantearon lo que perfectamente podría ser considerado un proyecto de laboratorio.

El laboratorio que moldeó a Steph

Para aplicar sus teorías sobre la eficiencia neurocognitiva y sacar el máximo rendimiento de Curry, entrenador y jugador se pusieron también en manos de la tecnología, utilizando principalmente tres elementos.

El primero de ellos son unas gafas estroboscópicas, usando una versión modificada de las descontinuadas SPARQ Vapor Strobe. De entre todos los receptores sensoriales distribuidos por nuestro cuerpo que logran que funcionen nuestros sentidos, se calcula que alrededor de un 70% de ellos se encuentran en nuestros ojos. Estas gafas emiten distintos estímulos, como brillos y luces, que tratan de sobre estimular y distraer al cerebro de Curry mientras bota a lo largo de la pista con un balón de baloncesto en una mano y una pelota de tenis en la otra. En otras ocasiones las gafas dejan en negro una zona de la visión, impidiendo ver parte de la pista, y llevando a que sea el cerebro quien se esfuerce en rellenar la información que le falta.

El segundo elemento es un conjunto de discos luminosos denominado Fitlight. Payne coloca estas luces a lo largo de la pista, y desde un dispositivo de control puede decidir en qué color se enciende cada una de ellas. Curry tiene asignada una respuesta diferente para cada color, y el jugador debe reaccionar inmediatamente al estímulo con el movimiento correcto, potenciando la reacción del cerebro a los estímulos. El tercer elemento es una cámara de aislamiento sensorial, que Steph utiliza al menos una vez a la semana para descansar y desconectar.

Todo se combina con duras sesiones de lanzamiento, que han sido llevadas al límite en cada uno de los últimos veranos ante la creciente exigencia de las defensas rivales. Ejercicios que combinan lanzamientos desde 10 puntos diferentes de la pista, alternados con sprints de pista completa, siendo exigido un 80% de acierto en cada punto de lanzamiento para pasar al siguiente. Si no mete al menos 8 de los 10 intentos, se repite.

Stephen Curry llega agotado al final de cada sesión veraniega con Payne, pero aún hay un último trabajo que hacer. Cuando Curry está sin aliento se tumba en el suelo y Payne le coloca bolsas de arena bajo la caja torácica, para entrenar así su diafragma. Como resultado de este entrenamiento, el tres veces MVP es capaz de relajarse y bajar su ritmo cardiaco por debajo de las 80 pulsaciones durante los tiempos muertos.

Ahora es Stephen Curry quien se lleva a menudo a Brandon Payne para que vuele a San Francisco, pasando semanas y meses juntos, continuando con el viaje que emprendieron en 2011. La ciencia puso los medios. Curry tenía las condiciones. Payne, las convicciones.