Una mente maravillosa, por Andrés Monje

Una mente maravillosa, por Andrés Monje

Contaban sus compañeros que, a la hora de entrenar, el ejercicio favorito del Nikola Jokic adolescente eran las secuencias de tres contra tres a media pista. El doble motivo no podía ser más simple: jugar en media cancha le hacía llegar el balón más rápido y -sobre todo- le ahorraba esfuerzos físicos.

Aquel chico, muy pasado de peso, era entonces alérgico a toda rigidez de pizarra, adicto a las bebidas azucaradas e incapaz de hacer una sola flexión. Hoy domina en la mejor liga de baloncesto del mundo. Múltiples aspectos de su vida han cambiado aunque permanece inalterable, en el fondo, el esencial: su capacidad supersónica para ver, comprender y ejecutar el baloncesto. Un don creativo que le sitúa en el escalón más alto de la cadena histórica, junto a los elegidos.

Nikola Jokic, el menor de tres hermanos, sorprendió al mediano, Nemanja, cuando este regresó a su Sombor natal (al noroeste de Serbia) a inicios de la pasada década, tras siete años fuera, concretamente en Estados Unidos. Íntimo de Darko Milicic, con el que vivió en primera persona –y a menudo como cómplice- su debacle americana, Nemanja pudo ver en Nikola unas posibilidades inimaginables a su marcha, cuando el menor tenía únicamente diez años.

“La primera vez que le vi jugar, no dejaba de intentar pases que no había visto a nadie hacer. Era una locura. Pero lo que más me llamó la atención es que le permitían hacerlo. No le decían que parase, que dejase de intentar aquellas cosas. Creo que lo hacían porque sabían del don que tenía”, le revelaba hace años a Lee Jenkins.

Nemanja probó a nivel universitario en el estado de Michigan, durante una etapa en la que básicamente fue el primer invitado a cada fiesta que Milicic hacía en su inmensa casa de Detroit. Y no serían precisamente pocas. «Hacía las mejores de la ciudad», llegaría a reconocer el mediano de los Jokic. El baloncesto era, en realidad, secundario para ambos.

Milicic acabaría siendo un juguete roto. “No quería eso para mi hermano”, apuntaría después Nemanja, arrepentido de no haber podido ni sabido ayudar a Darko en su día. Hasta tal punto le marcaría la experiencia que tanto él como Strahinja, el hermano mayor y que llegó a ser profesional en la liga serbia, se irían con Nikola a Denver cuando este arrancó su trayectoria en la NBA.

Viviendo con él, tratarían de rematar un proceso que el propio Strahinja ya había iniciado antes, cuando se percató de que el cuerpo de su hermano podía echar al traste incluso un cerebro tan prodigioso como el que tenía. Era común verles, en las gradas, durante los primeros pasos de la carrera de Nikola Jokic en los Nuggets. A menudo gritando y maldiciendo en serbio, para no generar un revuelo masivo a su alrededor. Sin embargo, más allá de las formas, su soporte fue determinante para mantener estable la carrera de su hermano.

No estuvieron solos. Conocer a Steve Hess, legendario preparador físico de los Nuggets, cambió la carrera de Jokic. Transformó no solo su cuerpo, sino –lo básico- sus hábitos, tanto alimenticios como físicos. Fue el primer paso para un camino que sigue viendo avances en la dirección correcta, concretamente hacia un punto que Hess consideraba esencial: alinear su cuerpo con su mente. En otras palabras, que lo primero no fuese un obstáculo para lo segundo.

“¿En algún momento será DeAndre Jordan? ¿O tendrá un salto vertical de un metro? No. Y no se trata de eso. Puede ser el mejor sin ello”, explicaba Hess. Jokic tenía parte de razón cuando afirmaba que los únicos músculos que necesitaba para jugar eran los cerebrales, una visión reveladora sobre qué tipo de jugador es. Pero con los años ha ido entendiendo que para maximizar los cerebrales también es conveniente adecuar los físicos.

Así del primer Nikola Jokic en la NBA, que agonizaba suplicando aire tras tramos largos en pista bajo ritmos frenéticos, se ha ido pasando progresivamente a una versión sostenible, de poca explosividad pero eficiente. Sólida a niveles de resistencia. Sus dos aventuras en Playoffs las experimentó por encima de los 36 minutos por partido. Y este curso camina en fase regular superando los 35 de media.

El pívot sol

No hay un solo jugador en la NBA que intervenga más en los partidos que Jokic. Este temporada supera el centenar de recepciones por encuentro dentro de una cadena que consiste, básicamente, en procurar que una vez suelta ese esférico el colectivo haya tomado ventaja. A menudo lo logra. La virtud viene casi de serie.

Mike Malone, técnico de los Nuggets, tomó el banquillo de la franquicia el mismo verano (2015) que Jokic dio el salto a la NBA. El serbio había sido elegido en el Draft de un año antes pero decidió, recomendado por su agente (Misko Raznatovic), quedarse algo más en Europa. De hecho, la idea entonces era firmar por un club europeo de primera línea, permanecer dos o tres años en suelo FIBA y después ya iniciar su camino en Estados Unidos.

El FC Barcelona llegaría a viajar a Belgrado, en el invierno del curso 2014-15, para seguir en directo al jugador y, si reafirmaba los informes previos, cerrar su fichaje. “Estaba prácticamente hecho”, contaría en su día Raznatovic. “Solo faltaban por cerrar unos detalles, pero en aquel viaje le vieron jugar un partido más. Y estuvo horroroso. Tan mal que pidieron algo más de tiempo para cerrar la operación”. Una que no se acabaría cerrando.

Tras completar aquella campaña en el Mega Basket, siendo MVP de la Liga Adriática, Jokic aterrizó en Denver. Malone tardaría muy poco en darse cuenta de que aquel pívot, de veinte años, era muy distinto a los demás. Bastaron, además, unas cuantas sesiones de entrenamientos para que sus compañeros también lo entendieran.

Sería Gary Harris el primero en percibir un fenómeno recurrente en cada entrenamiento. Cada vez que decidía cortar el aro, Jokic le hacía llegar el balón para que anotase. Una vez tras otra, de forma natural. “El resto de chicos se dieron cuenta de aquello, de que Nikola le daba canastas fáciles a Harris todo el tiempo, así que comenzaron a hacer lo mismo que él, no paraban de cortar para que Jokic les hiciese llegar el balón”, explicaba Malone.

El fondo, para colmo, era inseparable de las formas. Brendan Malone, padre del técnico de Denver y con una larguísima carrera como asistente en la NBA, solía contarle a su hijo que había pocos jugadores que mereciesen, por sí solos, pagar una entrada para verles jugar. Ponía, en su experiencia personal, el ejemplo de Pete Maravich. Un jugador revolucionario y abrazado a la versión artística del juego. Mike, su hijo, lo entendió por completo cuando comprobó cómo se las gastaba Nikola a diario. “Es ese tipo de jugador por el que pagar y no por su poder físico sino por su talento, recursos y la diversión con la que juega”, valoraba.

Nikola Jokic vive su sexta temporada en Denver, convertido en epicentro de uno de los sistemas ofensivos más devastadores del mundo. Uno que nace siempre de lo que dibuja su cerebro y ejecutan sus manos. Las sendas parten, a menudo, de los codos de la zona y el poste bajo, áreas en las que recibe e inicia las secuencias de ataque, combinando precisión quirúrquica con una permanente luz verde al impulso de su creatividad.

Este curso Jokic recibe 9.4 balones por partido en los codos, más que catorce franquicias al completo; y 11 en poste bajo, más que veinticinco también al completo. Representa, en realidad, una forma de organizar el ataque que se desmarca de la práctica generalizada y una que, en el fondo, permite proyectar su prodigioso entendimiento de movimiento de piezas. El de Jokic es uno de esos -reducidos- casos que, por su juego, parecen conocer la acción varios movimientos antes de que se produzca.

Antes de entrar en detalle con el pase, es conveniente recalcar que, en el serbio, el uso del cuerpo también produce considerables ventajas a media pista. Por ejemplo, a través de las llamadas ‘screen assists’ (bloqueos que derivan en un tiro de campo anotado por un compañero), donde integra el Top 10 NBA y produce casi 11 puntos cada partido. No es casual que el nutrido libreto de Malone en jugadas de pases a la mano resulte tan efectivo, Jokic ejerce a la vez como pasador y bloqueador. Da ventaja en una baldosa, la suficiente para que cada compañero involucrado en ese 2×2 adore su participación.

También es necesario recordar que, por supuesto, su baraja en la ejecución completa el catálogo. Nikola Jokic está anotando 25 puntos por partido a partir de su capacidad para aprovechar su cuerpo cerca del aro, leer situaciones de ventaja para saber cuándo y cómo ser agresivo y –cómo no- el despliegue de su muñeca: abre la pista hasta la línea de tres y posee un sensacional 54% de acierto desde la media distancia, un registro en el Top 5 NBA para aquellos hombres que hayan anotado al menos 20 canastas desde ahí esta campaña. No parece haber medicina ante sus recursos.

Es, sin embargo, el pase lo más excepcional en su caso. Resulta evidente, casi hipnótico, con él. Como heredero de una larga estirpe de interiores que, desde la mejor visión de pista provocada por su altura, se convirtieron en la práctica en bases de sus equipos, tomando decisiones creativas y alimentando el desfile de piezas hasta acabar con el balón en el aro. Un miembro más, pero no uno cualquiera, de esa extensa lista que bien pudiera conocerse como la de los generadores de juego más altos de la historia.

Jokic eleva al más alto grado conocido el arte del pase en la figura del interior, a la altura artística de Arvydas Sabonis y la productiva de Wilt Chamberlain. Palabras mayores, pero no banales, ante un perfil que, ya sin distinción alguna en lo posicional, expone con plena naturalidad y en un elevadísimo volumen uno de los más imponentes catálogos de pase jamás vistos. Uno que le convierte en uno de los bases más altos y brillantes que este juego haya conocido.

Llave maestra

Las cifras son claras. Solo dos center en la historia han culminado una temporada NBA promediando al menos seis asistencias por partido. Un fenómeno que solo ha tenido lugar en cinco ocasiones. Dos las protagonizó Wilt Chamberlain (1967 y 1968), las tres restantes Nikola Jokic (2018, 2019 y 2020). Un Jokic que va, este curso, camino no solo de la cuarta sino de fijar el mayor promedio de siempre para un ‘cinco’, que lograría si rebasa las 8.6 por encuentro que firmó Chamberlain en el ’68. En estos momentos está en 9.3.

Las formas explican lo anterior. El registro del serbio es abundante, las muestras tienden a infinito. Esta acción ilustra perfectamente su influencia y gestión en ataque, una que nace desde la misma captura del rebote defensivo. El propio Nikola Jokic se encarga de subir el balón y elige rápidamente la vía del 2×2 con Murray, su mejor socio. Espera en el codo de la zona, una de sus zonas favoritas, para recibir. Una vez lo hace, ver el corte del compañero con ventaja (Porter) y regalarle la canasta sucede en segundo y medio. Automático.

Puede producir ventajas en ambos, pero el lado izquierdo del ataque es su favorito para recibir cerca del aro. Una vez existe idea defensiva de generar un dos contra uno, la facilidad con la que encuentra la esquina en el lado débil, habilitando al tirador, es extraordinaria.

Nikola Jokic tienen paciencia para gestionar sus balones en poste bajo. Aquí saca el balón fuera, para recibir de nuevo y provocar que la ayuda del exterior rival más larga. ¿Qué genera eso? Más espacio y tiempo para su compañero tirador. Suelta el balón a una mano con un timing perfecto.

En menor espacio y tiempo, su clarividencia es diferencial. Esta acción es prácticamente de waterpolo. Antes de tocar el balón ya sabe cuál es la mejor idea: buscar a Millsap en línea de fondo. Para exprimirla, reduce su contacto con el esférico. Otra canasta regalada.

Sus registros con una mano, en cuanto a lectura y ejecución, son demoledores.

Su mecánica de tiro es lenta, lo que provoca que la inmensa mayoría de sus opciones de lanzamiento lleguen en catch&shoot. Pero su acierto es capaz de llevar a defensores fuera de la zona. Una finta le sirve para deshacerse de su par y ganar el camino al aro. Eso sí, incluso teniendo ventaja propia, Jokic es un maestro en encontrar la mejor opción. El pase a la esquina es perfecto.

Cima creativa

Explicaba Ognjen Stojakovic, principal responsable del área de desarrollo de jugadores en los Nuggets, que la formación multidisciplinar de Jokic como niño influyó en su percepción del espacio-tiempo dentro del baloncesto. Dicho de otro modo, que su considerable control de distintos deportes colectivos no hacía más que retroalimentar la cadena. Como si fuese capaz de filtrar lo mejor de cada campo para beneficio después de cada caso individual. «Deberíais verle jugador al voleibol, es realmente bueno«, afirmaba.

Ningún deporte resulta tan sugerente, en su caso, como el waterpolo, de enorme tradición en Serbia. Y de hecho que en esa disciplina ningún jugador -salvo el portero- tenga permitido controlar el balón con ambas manos afecta también a la gestión del balón de Jokic en diferentes situaciones del baloncesto. Es perfectamente trasladable. Sobre todo porque, como explicaba Scott Cacciola, el serbio parece conectar la paciencia que exige el waterpolo para fintar y tomar la decisión determinante con la que demanda un juego a priori mucho más vertiginoso y reactivo como el baloncesto. «Soy paciente porque no puedo correr demasiado rápido», apuntaba el serbio en su día, restando valor a una cualidad que le hace diferencial.

En Jokic se alinean las tres áreas principales vinculadas a la creatividad en el baloncesto. Tres que interactúan en distintos grados y bajo las que aparecen, de un modo u otro, con mayor o menor constancia y pico de nivel, los principales generadores de juego de la historia del baloncesto.

Una primera de concepción, a través de la cual los visionarios del juego descifran líneas y momentos de pase que para otros no existen. Una que bien puede tener a Magic o Bird como paradigmas. Otra segunda de elección, en la que el jugador es capaz de controlar mentalmente, en paralelo y a alta velocidad, múltiples opciones a tomar para acabar seleccionando a menudo la correcta. Campo de dominio de prodigios del orden como Stockton o Paul. Y una tercera, la de ejecución, en la que técnica y vértigo se asocian para generar ventajas por impulso. Un apartado muy rico en lo formal y en el que Jason Williams o Ginóbili -cada uno bajo su sello- resultan imprescindibles.

El amplio registro de Nikola Jokic en cada una de ellas descubre, o más bien reafirma, su condición como uno de los generadores y pasadores más dotados de siempre. El que defiende su caso como el de uno de los más salvajes excesos creativos que haya conocido este juego, por mucho que aún seamos testigos de su progresión -a todos los niveles- como jugador global. Será precisamente esa, la global, la que marque su cima individual.

Un escenario distinto, no obstante, al punto más alto que pueda representar como punto colectivo. En ese no es necesario esperar más. Porque es ahí, en su cima como elemento coral, donde su nombre aparece ya -y sin pudor- como el de uno de los elegidos. Poseedor de una de las mentes baloncestísticamente más fascinantes de la historia del deporte de la canasta.