Universo Lillard: el icono delante y detrás de la escena, por Andrés Monje

Universo Lillard: el icono delante y detrás de la escena, por Andrés Monje

En una era donde la sombra de las alianzas que buscan megaproyectos es bastante alargada, uno de los grandes exponentes del otro camino, del otro gran modo de aproximación a lo competitivo, sigue poniendo Portland (Oregon) en el mapa NBA. Y lejos de suceder por despecho, con Damian Lillard ocurre por absoluta convicción.

Si todo el mundo creo que no puedo hacerlo o dice que no nos ve ganando aquí, en Portland, ¿qué ocurrirá si lo acabamos logrando?”, volvía a recordar el pasado mes. “De adolescente nadie sabía quién era, la mayoría de personas me decían que debía valorar si pasaría mis primeros años en la G-League”, contaba Lillard, que siempre reconoció que salir de una universidad pequeña (Weber State) le ayudó a crear una identidad consciente no solo del resultado sino, sobre todo, del camino.

Una  pequeña anécdota de su paso universitario revela bien su personalidad. En Weber State, donde cumplió su ciclo de cuatro años, los jugadores solían pasar parte de su tiempo libre ocupados en un videojuego, un simulador de baloncesto universitario. En tales circunstancias, pudiendo elegir, la mayoría de chicos solía seleccionar grandes universidades tratando de aumentar sus posibilidades de victoria. Lillard no. Elegía una y otra vez Weber State, como si su sentimiento de pertenencia fuese más allá de la realidad. Ganar le motivaba tanto como al resto, pero no a cualquier precio.

Y es que siendo legítima la otra forma de competir, la aglutinación de desequilibrio en forma de superestrellas, Lillard cree con firmeza en la alternativa. En el fondo una de unas opciones de éxito notablemente menores pero, al menos en su caso, de una paz mental que acompaña y define su travesía por la Liga. Y no solo sobre la pista.

Por sexto año consecutivo, Lillard supera los 25 puntos y 5 asistencias de media. Y de hecho sus cifras (29.2 tantos y 7.7 pases de canasta por duelo) recuerdan, por si aún existiese duda alguna, que es uno de los jugadores más desequilibrantes del mundo. Y que lleva siéndolo un tiempo.

En realidad aquella época en la que Lillard parecía incomprensiblemente subestimado, al identificar a los miembros del escalón principal NBA, ya quedó atrás. Las tres últimas campañas él ha sido no solo All-Star sino también parte de alguno de los dos ‘Mejores Quintetos’ de la Liga (del primero en 2018 y del segundo los dos siguientes cursos). Reconocimientos coherentes a su rendimiento.

En tal despliegue sobresalen especialmente dos aspectos que convierten a Lillard en uno de los perfiles más fascinantes del baloncesto en el último lustro. El primero, un motivo propiamente cultural del juego y su evolución: el peso del tiro de tres tras bote para redefinir los ataques a media pista. El segundo, su capacidad para marcar la diferencia en momentos decisivos, durante los tramos finales de partidos igualados.

Un rostro de la nueva era

Desde que ‘Second Spectrum’ revela los datos (2013), solo tres jugadores en toda la NBA han rebasado la barrera de los mil triples tras bote anotados en su carrera: James Harden, Damian Lillard y Stephen Curry. La lista no es en absoluto casual, pues el primero representa la cima del volumen en esta era y el tercero marca, con su propia acción en pista, esa propia era. Lillard es, dentro de ese trío superlativo, segundo en volumen y segundo en acierto en ese tipo de situaciones.

A la hora de entender el impacto real de esa acción en el baloncesto moderno, de comprender cómo su aparición y posterior dominio ha alterado el juego, la figura de Lillard resulta imprescindible. Porque si bien Curry abrió camino, convirtiendo su gravedad ofensiva (la capacidad de ‘estirar’ las defensas y llevarlas muy lejos del aro por su amenaza constante) en un factor decisivo para el éxito de su equipo, interviniese él más o menos en el propio ataque, Lillard siguió esa estela.

Lo hicieron ambos hasta el punto de caricaturizar las propias dimensiones de la cancha, casi ridículas para prodigios capaces de sostener consistencia en tiros defendidos varios metros por detrás de la línea de tres, con todo lo que eso representa a nivel de exigencia y presión defensiva. Como si apenas cruzar media pista, desde su bote, hiciese ya saltar las alarmas en el rival.

En realidad, así es.

De acuerdo a la productividad (puntos anotados por posesión), esta temporada se están viendo los seis ataques más eficientes en la historia de la NBA. Uno de esos seis datos es de los Blazers, cimentado en el desequilibrio de un Lillard que ha aupado a Portland al Top 3 ofensivo los dos cursos anteriores.

Tal dato no responde lógicamente solo por su acción, el baloncesto no deja de ser un deporte colectivo en el que intervienen numerosos factores, pero sí viene motivado en buena medida por cómo su presencia y rendimiento condiciona lo que ocurre a su alrededor. Lillard es, al igual que sucede con Curry, una de esas llaves maestras que altera el espacio-tiempo en pista.

Es sencillo. Para sus compañeros ambos elementos siempre se multiplican, disponen de más espacio para operar y de más tiempo para ejecutar por la atención que absorbe (y hasta dónde) Lillard en las defensas rivales. Para esos adversarios, sin embargo, los dos factores se reducen de forma notoria: debe concederse menor espacio y menor tiempo para evitar la consecuencia trágica, la canasta.

Sangre fría, corazón caliente

El otro gran factor de desequilibrio en Lillard reside en aquellos momentos de los partidos en los que las pulsaciones aumentan y el grado de resolución tiende a descender. El denominado ‘clutch’, término que en la práctica acota su computación a los últimos cinco minutos de un partido con una diferencia máxima (a favor o en contra) de cinco puntos, tiene en Lillard a un referente en esta época.

Únicamente tres jugadores han alcanzado, bajo esos términos, los 650 puntos anotados en los últimos cinco años: Damian Lillard, Russell Westbrook y James Harden. Y solo dos los 65 triples anotados en esos mismos escenarios: Kemba Walker y el propio Lillard. Los datos demuestran su valor pero es la sensación rival, en cada nuevo momento a experimentar, la que mejor representa el terror ante un jugador que parece nacido para esos instantes definitivos.

Reconocía Terry Stotts, su técnico en los Blazers, en una ocasión, que aquello que Lillard muestra ahí, en tramos definitorios de encuentros, trasciende al entrenamiento o la motivación, alcanzando una dimensión que no encontraba explicación real. Algo cercano a un don.

En el año 2014, siendo solo su segunda campaña como profesional, Lillard aprovechó nueve décimas que restaban en el reloj, durante el sexto partido de la eliminatoria de Playoffs que medía a Rockets y Blazers, para ajusticiar a los texanos y permitir a los suyos pasar de ronda por primera vez en catorce años. Era, además, la primera vez en casi dos décadas que se veía un lanzamiento ganador, sobre la bocina, para ganar una eliminatoria de fase final.

 

Un hito, el de ganar una serie sobre la bocina, que volvería a repetir seis años después, esta vez con los Thunder como víctimas, dejando su tarjeta en 50 puntos aquella noche, tras un triple final asombroso, desde 11.2 metros al aro y con Paul George, uno de los mejores defensores sobre el balón en la NBA, en su marca.

Una acción aquella por completo indefendible y, en realidad, con enormes similitudes a un precedente de Stephen Curry tres años antes, ante el mismo rival y entonces desde 11.5 metros. Sobre todo por el aspecto crucial: lo premeditado de un lanzamiento que, en semejantes registros de dificultad y presión, solo está al alcance de elegidos.

 

Durante el curso actual, Lillard lidera la NBA en anotación en el ‘clutch’, con un total de 135 puntos y una media de 5 en 3.7 minutos en esas situaciones. Lo más salvaje, no obstante, se esconde no ya en su volumen –que también- sino en la efectividad que muestra en esas acciones.

Lillard está en un 56% en tiros de campo, 44% en triples (liderando la Liga con 16 anotados en esos minutos) y mantiene un inmaculado 43/43 desde la línea de personal. Cifras que revelan un comportamiento extraordinario en contextos también fuera de lo corriente, como si hubiera interiorizado, en su caso, la capacidad de resolver circunstancias de gran dificultad bajo máxima presión.

Los orígenes del ‘Dame Time’

El germen de semejante despliegue, de tan temible arsenal, nació hace ya quince años. Era la primavera de 2006. La Universidad de Santa Clara ejerció de anfitriona de un torneo del circuito amateur (AAU) para conjuntos de la zona. En uno de ellos, con jóvenes Oakland, estaba un Damian Lillard que aún no había cumplido los 16 años.

Al descanso de un encuentro ante un equipo compuesto por chicos del norte de California, el técnico del bloque de Oakland, Raymond Young, llevó a un aparte a Lillard, al que conocía desde dos años atrás. El marcador era duro, estaban veinte abajo. El preparador buscó una respuesta emocional de un chico que, siendo buen anotador, no había dado el siguiente paso.

¿Eres capaz de hacerte con el control de un partido? ¿Sabes cómo hacerlo? Porque si sabes, este es el momento de que lo demuestres. Esta es tu oportunidad”, le dijo. Nadie sabe aún, ni sus propios compañeros, qué pasaría por la cabeza de Lillard durante aquel breve espacio que separó la primera mitad de la segunda. Solo recordaban, y eso sí con claridad, que el tan célebre movimiento de hombros, a ritmo como si de un boxeador a punto de salir el cuadrilátero se tratase, uno visible aún hoy en la NBA cuando paladea el ‘clutch’, apareció allí por primera vez.

Lillard lideró la remontada con acciones de todo tipo, tiros tras bote, penetraciones con rectificado y secuencias de uno contra uno que nadie podía parar. A falta de un segundo para el final, anotó un triple desde la esquina que empataba el partido ante lo atónito de los allí presentes. La exhibición era monstruosa.

En pleno éxtasis, incontenible por degustar aquella sensación desconocida hasta entonces en su vida, Lillard agarró su camiseta blanca y se la quitó, para celebrar aquello. “Póntela, Dame, póntela”, le gritó Damon Jones, asistente de su técnico, desde la banda contraria, tratando de evitar lo inevitable. El árbitro se dio cuenta y señaló una falta técnica a Oakland, con la que acabaron perdiendo el partido y quedando abocados al cuadro de equipos perdedores.

Da igual lo que pase, no puedes quitarte la camiseta Dame”, le insistía su técnico de camino al vestuario. Hasta que, justo antes de entrar en él, se detuvo junto a él y lanzó una frase que el propio Lillard aún recuerda: “Pero hoy me has demostrado de qué estás hecho”.

La siguiente década y media se encargaría de corroborarlo.

Más allá del rectángulo

Uno de los elementos más apasionantes de la figura de Lillard se encuentra, no obstante, fuera de la pista. En cómo asume su situación vital ligándola a una responsabilidad social que, a su juicio, le corresponde.

Mi posición es diferente a la del resto, sé que lo es”, explicaba Lillard durante el capítulo siete de un reportaje con el que la marca que le viste trata de explicar su historia. En el mismo, se aborda parte de su visión como persona implicada en causas sociales indirectamente relacionadas con su influencia, fama y posibilidades de cambiar las cosas. De, en otras palabras, mejorar en lo posible la vida de la gente.

 

Hace un par de años Lillard recibió el ‘J. Walter Kennedy Citizenship Award’, de manos de la propia NBA, por su contribución a la comunidad en Portland. Especialmente por sus esfuerzos y compromiso con el programa educativo ‘Respect’, dirigido sobre todo a alumnos en edad de instituto y que trata de trasladar valores positivos a esos jóvenes de cara a su formación y futuro.

El programa arrancó en 2012, apenas meses después del aterrizaje de Lillard en Portland, muestra de que su labor fuera de las pistas ha sido un factor identitario con él. Y periódicamente el jugador ha solido visitar personalmente los centros para trasladar el mensaje. “Los estudiantes en esas edades tienden a desconectar de sus profesores. Pero cuando ven a Lillard es diferente. Y si habla de lo que supone la educación y el trabajo duro ellos conectan con él fácilmente”, comentaba hace unos años Filip Hristic, director del centro Roosevelt.

Las iniciativas de Lillard durante la última década se contarían por decenas, desde un llamamiento espontáneo en pleno verano, y a través de redes sociales, para compartir un rato con la gente en Irving Park, un parque al noroeste de Portland, regalando de paso numerosos pares de zapatillas (llegaría a alquilar una furgoneta para llevar él mismo todos esos pares), hasta refundar un festival veraniego celebrado en su Oakland natal, el ‘Never Worry Picnic’, con magníficas ideas en la teoría pero que solía acabar en poco menos que batallas campales por el abuso del alcohol entre los asistentes.

Lillard, en el evento espontáneo que organizó en Irving Park en 2018

Lillard recuerda, en primera persona, asistir siendo niño a un evento en el que se podían disputar partidos y había música en directo, pero que terminaba con la policía irrumpiendo para contener las peleas y enormes grupos de personas corriendo para salvaguardar su integridad. Y lo recuerda bien porque uno de esos niños que huía, evitando conflictos en lo que debía ser un día de diversión, era él.

El festival, que durante un período dejó de celebrarse por el caos en el que derivaba, se refundó hace ahora ocho años en el mismo Brookfield Park bajo el nombre ‘Damian Lillard Brookfield Picnic’. Y cumple, ahora sí, la maravillosa idea con la que fue concebido.

En el vestuario, ha ejercido como líder alejado de posturas autoritarias a las que podrían invitar su superior rendimiento o contrato. Bien puede confirmarlo el bosnio Jusuf Nurkic, al que recalar en los Blazers y coincidir con él le cambió la vida. «Es lo mejor que he me ha pasado», llegaría a señalar el pívot de Portland. Y es que una vez los Nuggets apostaron por Nikola Jokic como eje para su futuro y el bosnio tuvo que salir traspasado, la forma de integrarle que tuvo Lillard concluyó, de un plumazo, con la mala fama que traía Nurkic por su pobre actitud y falta de compromiso.

“Aquí no ponemos excusas”, recordaba Lillard que le dijo en una de sus primeras conversaciones. Un tono serio que contrastó con el hecho de darle su número personal y reiterarle, en no pocas ocasiones, “aquí me tienes para lo que necesites”, con la veracidad que marcan los ojos honestos del que siempre cumple.

Muchas son las historias que han podido circular en torno a la figura de Lillard y sus acciones, al margen de las cámaras, a la hora de cuidar a su entorno. Una de las más impactantes fue la que afectó, en su día, al dominicano Luis Montero, que firmó con los Blazers el verano de 2015 para jugar en su equipo de la Liga de Verano y después pasó el corte e inicio la campaña a nivel NBA.

Montero, de apenas 22 años, no tenía peso alguno en la rotación y de hecho contaba con enormes papeletas para acabar siendo cortado (solo disputaría 44 minutos en su carrera NBA), pero vivió un episodio con Lillard que no olvidaría. En el encuentro inicial del curso, en Portland ante los Pelicans, el dominicano no estaba en la plantilla activa, por lo que tuvo su sitio en el banquillo pero en ropa de calle. En lugar de usar un código de vestimenta adecuado, como suele recomendar la propia NBA una vez implantó la normativa, Montero ocupó su sitio con una ropa menos apropiada.

Lillard se percató y, al término del encuentro, que acabó con victoria cómoda de los Blazers, charló con Montero sobre aquello. Ni mucho menos recriminando, sino aconsejando que de cara a buscar su sitio en la Liga esos pequeños detalles también le ayudarían. “A mí no me importaba cómo fuera, es su decisión, pero como deportista profesional sé que esas cosas aquí también se miran”, valoraría tiempo después el propio Lillard.

Montero le agradeció el detalle, reconociéndole que tenía razón. Pero al mismo tiempo le dijo que más del 90% de lo que recibía por su contrato mínimo no pasaba siquiera por sus manos, era directamente enviado a su familia, en Santo Domingo. Tenía muchas personas de las que hacerse cargo desde un punto de vista económico. Es decir, a corto plazo no tenía mucha opción.

Lillard, impactado por escuchar algo que no esperaba (y que, de paso, recordaba la otra cara de la Liga, la de los ‘jornaleros’ del baloncesto), citó a Montero a la salida del pabellón al término del entrenamiento del día siguiente. Fueron en su coche a la Quinta Avenida y entraron en un centro comercial donde le compró varios trajes, pantalones, chaquetas, zapatos y todo lo que necesitaba para engordar su armario con el código adecuado durante un gran período de tiempo.

Dos días más tarde, durante el siguiente encuentro de los Blazers en casa, Montero asistió con uno de esos trajes ante las bromas de sus compañeros por la renovada elegancia del dominicano. Lillard, que le soltó varias sonrisas cómplices entonces, calló. Nadie sabría nada. Serían varias semanas después cuando, casualmente, el propio Montero reconocería a sus compañeros que aquel cambio había nacido no solo del consejo sino también del bolsillo de Lillard.

Un pequeño ejemplo más, uno de muchos y la inmensa mayoría silenciados por ocurrir detrás de la escena principal, sobre la forma de ser, actuar y liderar de uno de los jugadores más genuinos que pueblan el universo NBA. Uno que, de hecho, defiende con naturalidad aquel apelativo que recorre numerosas Gerencias en la NBA actual. El que le apunta directamente, y al margen de su enorme impacto deportivo, como el mejor líder y representante imaginable para cualquier franquicia.

El universo de Lillard trasciende la cancha y pisa la calle. Reflejo de la personalidad de uno de los más grandes del panorama NBA en ambos escenarios.

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