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El regreso de los Warriors: cómo han vuelto a convertirse en candidatos al título NBA, por Andrés Monje

El regreso de los Warriors: cómo han vuelto a convertirse en candidatos al título NBA, por Andrés Monje

La dinastía de los Golden State Warriors, capaz de alcanzar cinco Finales consecutivas obteniendo tres títulos, se tomó un respiro a finales de década. Dos temporadas sin pisar la fase final, la primera por completo con asteriscos al no disponer de Klay Thompson (en blanco) ni Stephen Curry (solo cinco partidos), y la segunda (de nuevo sin Thompson) frustrada en el Play-In, han servido como impulso emocional a un núcleo que aún se ve capaz de conquistar la gloria. En ello está.

El primer tercio de campaña del conjunto de Steve Kerr ha demostrado, incluso aún sin Thompson, a punto de regresar tras prácticamente dos años y medio de baja por lesión, que las rutinas de la excelencia han vuelto. El balance global (23-5), el mejor de la Liga a estas alturas y y que mira a los ojos a los registros vistos durante el lustro dorado de su dinastía, no es más que la superficie de una fuerza que intimida.

Primeros 28 partidos de los Warriors durante su dinastía (2014-19) y este curso:

  • Balance 2021-22: 23-5
  • Balance 2018-19: 19-9
  • Balance 2017-18: 22-6
  • Balance 2016-17: 24-4
  • Balance 2015-16: 27-1
  • Balance 2014-15: 23-5

¿Cómo han regresado los Warriors a ese nivel que les pone en la primera plaza de la NBA tras el primer tercio de temporada? ¿Cuáles son las causas?

Draymond Green y la trituradora

Hay pocos jugadores tan viscerales, tan emocionales en su despliegue, como Draymond Green. Su baloncesto es una indescifrable mezcla entre inteligencia, caos y su particular (y trascendente) estado de ánimo, tan potente como para contagiar y elevar a un número infinito de compañeros al lado pero, cuando decae, tan capaz igualmente de desarbolar una estructura cuyo peso defensivo se sostiene sobre sus hombros.

Seguramente Green nunca vaya a ser reconocido como el faro de un proyecto que, con su aparición, transformó el baloncesto. Pero el poder que se gestó de ningún modo podría entenderse sin él. Green ha sido (y es) el alma colectiva de ese grupo. Por eso esta visión hambrienta, la que exhibe este curso y recuerda al espíritu inicial cuando no existía prestigio de por medio y sí imperturbables deseos de alcanzarlo, resulta tan determinante. A la vista, Green no dará brillo. Descubriendo qué hay dentro, ejerce como pilar que sostiene lo demás.

Camino de los 32 años, parece convencido, casi obsesionado, en volver a poner a los Warriors en el principal escalón. Y entiende, no sin motivos, que ese hecho parte, sí o sí, de su dominio atrás. Y no tanto el individual, que también, como el colectivo. Así, cinco temporadas después de que la NBA le premiase como ‘Defensor del Año’ por única vez en su carrera (2017), vuelve a ser el favorito para lograrlo.

Green no es ya el protector interior de antaño, ha bajado volumen (defiende menos veces cerca del aro) y respuesta ahí (permite un porcentaje más alto al rival que en su plenitud), pero la estructura defensiva de los Warriors, que con él como cinco o única figura interior alcanzó su máxima expresión, ha mutado al extremo hacia lo versátil como elemento clave.

Una de las principales cualidades de Green sigue siendo la capacidad para ajustar su defensa a cualquier perfil que haya enfrente, del uno al cinco, más grande o más pequeño, de mayor o menor rapidez. Y esa virtud, contagiada como idea (los cambios de asignación defensiva son aceptados, casi interiorizados, por los demás), nutre al equipo.

Los Warriors ceden al mismatch a cambio de matar circulaciones, de limitar el número de pases o, aún peor para el rival, generar la razonada sensación de que cualquiera pudiera ser interceptado y propiciar la tan temida transición de los californianos. Con ello, la presión defensiva se eleva a la enésima potencia.

Los Warriors pisan el Top 5 defensivo en recuperaciones (segundos NBA, con 9 por duelo), intercepciones (quintos, con 15.8 por partido), pérdidas de balón forzadas (quintos, con casi un 16% de las posesiones del adversario acabando en pérdida) y destrucción del pick&roll rival (el mejor dato NBA sobre el manejador, permitiendo solo 0.73 puntos por cada posesión ahí). Para colmo, son  segundo el conjunto que menos permite al rival en transición (solo 1.04 puntos por posesión).

Ni siquiera acaba ahí. El plan, de apariencia demasiado agresiva pero más que pensada ejecución, reduce a la mínima expresión la finalización del rival cerca del aro, donde los Warriors, a menudo carentes de una gran presencia intimidatoria y de tamaño, podrían resultar débiles. Solo un 17% de los lanzamientos del rival terminan a un metro o menos del aro, el registro más bajo en toda la NBA y principal motivo para que los Warriors sean el segundo equipo que menos concede en la pintura (solo 41 puntos por noche) incluso haciendo gala de un ritmo frenético de juego (100 posesiones por partido).

¿Dónde está el riesgo? Hay dos formas de afrontar la respuesta. Una, la temerosa: allí donde más premio podría encontrar el rival, en el triple. El volumen de triples que permiten los de Kerr es muy elevado. La otra forma de responder, la ambiciosa, lo explica: el mayor número de tiros se cede allí donde mayor presión defensiva se puede aplicar. Los Warriors permiten un alto volumen de triple al rival, sí, pero en buena medida confiando en que su plan agresivo y de ayudas por fuera baje esos porcentajes, como así está siendo (segundo mejor equipo NBA ahí, permitiendo apenas un 32% de acierto al triple).

Green no para de hablar de hablar atrás, de comunicar desajustes, alertar otros posibles, elevar el grado de atención y concentración o, cuando resulta necesario, tratar el error para evitar repetirlo. Su acción como bastión defensivo cobra un valor esencial dentro de un equipo que sobresale, en defensa, a un nivel impropio de esta época.

Mejores defensas NBA en las últimas ocho temporadas:

  • Warriors 2021-22: 100.2
  • Lakers 2020-21: 106.8
  • Bucks 2019-20: 102.5
  • Bucks 2018-19: 104.9
  • Jazz 2017-18: 103
  • Spurs 2016-17: 102.9
  • Spurs 2015-16: 98.2
  • Warriors 2014-15: 100.4

Golden State ha llevado su nivel defensivo a bordear el punto permitido por posesión, una marca no vista en cinco años, que recuerda a la de su primer año como campeón y asombrosamente mejor que las de los sistemas defensivos más eficientes de los cursos posteriores a ese 2016, sobre todo considerando el peso que el volumen (y acierto) en el triple ha tomado en elevar esa producción ofensiva.

Espacio y tiempo proyectados… y el balón agitado

Stephen Curry, que acaba de batir la marca histórica de triples anotados en la NBA (lográndolo, a la vez, con uno de los siete mejores porcentajes de media en su carrera vistos en la Liga) está metiendo más tiros de tres que nunca en su carrera, una media de 5.4 por encuentro. Y manteniendo su porcentaje de acierto por encima del 40%, pese a lanzar más de la mitad sobre bote y en condiciones poco óptimas para cualquier no ya mortal sino jugador de élite. Curry está anotando 2.8 triples tras bote por encuentro, con diferencia mejor dato de la Liga, con un 39% de acierto.

Más allá de ese rasgo ejecutor, una de las grandes virtudes que han convertido a Curry en un elemento generacional es el monstruoso soporte que ha dado a su equipo su simple presencia en pista, resultando indiferente si entra en contacto con el balón o no. Solo tenerle en cancha ejerce un efecto casi paranoide sobre el rival, llegando al más alto grado de coacción posible: aquella que ni siquiera responde a hechos, sino a temores. No importa ya que reciba sino incluso el miedo a que lo haga.

De hecho una de las confesiones más fascinantes de Steve Kerr durante estos años, sobre el impacto de Curry en la parcela ofensiva, apuntaba directamente a que su mayor peligro para el rival llega inmediatamente después de que suelte el balón, porque es ahí cuando comienza a correr para buscar de nuevo el esférico y agiganta la sensación de pánico rival. La tensión defensiva que alguien así produce durante todo un partido, obligado a constante atención y eficiencia, acaba agotando esquemas rivales.

Ese escenario que genera Curry se traduce después en la mayor de las recompensas posible para cualquier compañero: tener a Curry al lado genera espacio y tiempo adicional al ataque. Espacio porque la doble marca que suele recibir o la ayuda inmediata que suele necesitar produce un desalojo de defensores sobre su par. Y tiempo porque esa huída hacia Curry produce la capacidad de que su compañero disponga de más y mejor contexto para tomar la decisión correcta o ejecutar. Como si por inercia en determinadas fases los Warriors pudieran atacar con seis, generando ventajas que en otros lugares no existen.

Los Warriors superan al rival por más de 16 puntos por 100 posesiones con Curry en cancha, algo lógico con su impacto. Pero el paso adelante dado en sus descansos (+1 de net rating), resulta vital para entender su racha ganadora. Porque donde antes existía un gigantesco paso atrás, traducido en desaparecer ventajas en cada descanso de Steph, ahora los Warriors han encontrado supervivencia. Y simplemente con ella, la diferencia es sideral.

Buena parte de ese espacio y tiempo deriva en buenos lanzamientos exteriores (los Warriors pisan el Top 5 NBA en volumen de tiros de tres, con más de un 47% de sus tiros de campo llegando desde más allá del arco; y en acierto, un 36.5%), pero sobre todo encuentra razón de ser en las formas.

Los Warriors de Kerr siguen siendo un equipo particular, muy contrario a la previsibilidad del pick&roll central entre un exterior de élite y un bloqueador que le genere la primera ventaja, o al aclarado, directamente la puesta en escena del uno contra uno, generalmente tras mismatch, para atacar. Golden State prescinde de esos dos registros y emplea situaciones ofensivas que ponen en juego velocidad de pase e inteligencia sin balón, a menudo propiciadas porque su ataque a media pista es, por la presencia de Curry, diferente (a nivel espacial) al del resto.

Golden State emplea a Draymond Green como una especie de ventilador de su circulación de balón, ya sea situado en codos de la zona, poste bajo o triple frontal, con una misión clara: meter una marcha más al balón que al le llega. Green es uno de los diez jugadores NBA que más pasa el balón por encuentro pero, a la vez, uno de los que menos tiempo retiene el esférico.

Esa doble situación es la que transforma su acción ofensiva en ese ventilador que busca constantemente cortes, bloqueos indirectos o situaciones de tiro, siempre producidas de fuera a dentro (los Warriors despejan la zona para abrir en canal la defensa y aumentar la sensación de espacio).

No hay equipo que realice más pases por partido que los Warriors (318) pero, además, esa actividad suele dejar en plano secundario el pase horizontal (de poco riesgo y reducida ventaja inmediata), cuando no lo acelera (para crear sucesiones muy rápidas de ese tipo de pases hasta encontrar la ventaja), para poner en liza el pase vertical (de más riesgo pero más incisivo a la hora de crear situación de tiro), con resultados salvajes.

Los Warriors del primer tercio de curso han producido más de 54 asistenciales por partido, donde esa asistencia potencial valora todo tipo de pase cuyo destino haya sido un lanzamiento que, en caso de ser anotado, habría supuesto efectivamente una asistencia. Tal dato, útil para registrar el volumen total de juego creado desde la circulación y obviando el error (un error en un tiro liberado no debe restar crédito, por su mal final, a la forma de obtenerlo), solo encuentra comparación, desde que se registra, en los Warriors de 2017, la primera versión de los californianos con Kevin Durant en sus filas.

Por encima de 54 asistencias potenciales/partido (se computan desde 2013-14):

  • Warriors 2021-22: 54.7
  • Warriors 2016-17: 56.3

La velocidad del balón y sincronización del movimiento sin él produce un desgaste gigantesco en el rival, consciente de que involucrar a tantas piezas aumenta la posibilidad de que un despiste atrás acabe concediendo una canasta fácil. Cerca del 70% de las canastas de campo anotadas por los Warriors están llegando tras asistencia, uno de los datos más elevados del siglo XXI y uno, de nuevo, más propio de otra época.

70% de canastas asistidas en siglo XXI:

  • *Warriors 2021-22: 69.2%
  • Warriors 2016-17: 70.5%
  • Nets 2003-04: 71.4%
  • Jazz 2002-03: 72.7%
  • Jazz 2000-01: 71.3%

El refuerzo de la estructura

Los dos ejes básicos de la estructura, Draymond Green y Stephen Curry, cada uno desde su ámbito de influencia, ejercen como líderes. Pero el gran paso adelante de los Warriors en su rotación explica también el salto cualitativo este curso. No solo por lo más obvio, la evolución de Jordan Poole hasta convertirse en una alternativa consistente en la anotación y creación de tiro, sino por otros jugadores que están teniendo influencia.

Desde el retorno de Andre Iguodala como otro perfil idóneo para el sistema, por su inteligencia y versatilidad defensiva en un lado y su capacidad para leer el ataque en el otro; pasando por la perfecta adaptación de Otto Porter Jr como especialista 3&D, el extra de agresividad perimetral de Gary Payton II o Juan Toscano-Anderson, tanto con como sin balón, que les ha valido un sitio estable en la rotación de un equipo tan potente; o el aterrizaje de un Nemanja Bjelica que, como cinco a tiempo completo por primera vez en su carrera, acentúa la idea ofensiva jugando como falso interior abierto.

Incluso ha desaparecido el grado de crítica sobre un Andrew Wiggins que, a decir verdad, encontró su sitio alejado del foco, como lujo de rotación mucho más preparado para ejecutar que para crear y desde luego para sumar que para protagonizar. El canadiense luce en su versión más sólida de carrera, elevando porcentajes fruto no solo del menor volumen de tiro que se requiere de él sino de las propias condiciones de esos tiros (vivir rodeado de Green y Curry genera tal escenario), en un lugar poco menos que soñado para un jugador de sus condiciones.

Incluso a la espera de Klay Thompson o James Wiseman, la rotación de los Warriors aparece radiante por la respuesta colectiva de sus miembros, integrados en la idea y ejecutando roles a la perfección. No es sino eso, la suma de roles muy bien ejecutados, lo que marca la diferencia en un equipo de Kerr que, más allá del talento disponible, se parece mucho a cualquiera de sus predecesores que terminaron pisando la serie final por el título.

Los Warriors, un equipo que engancha al aficionado casual por su vértigo y desequilibrio, pero también al que busca degustar otros placeres del juego, por lo coral de su sistema y vanguardia de sus formas, han regresado al máximo escalón competitivo. Y como tal deben ser considerados.

 

Ricky Rubio
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