Point-Zion: la hora de la bestia, por Andrés Monje

Point-Zion: la hora de la bestia, por Andrés Monje

Uno de los más marcados efectos de la evolución del juego ha sido la progresiva abolición de las ataduras posicionales en pista, que ha dado paso a una nueva era en la que versatilidad y roles intercambiables cobran especial protagonismo. Es la época, la actual, donde las posiciones mutan constantemente porque, en realidad, han sido sustituidas por funciones en cancha. Son más volátiles que nunca antes.

Uno de los más evidentes ejemplos de tal circunstancia lo sigue ofreciendo el tradicional puesto de point-guard, no solo ya no ligado exclusivamente a la dirección clásica en pista sino también extendido a otros roles. Como si su influencia hubiese colonizado el resto de posiciones. Hoy en día la licencia creativa es más diversa, está más compartida.

La afianzada presencia del Point-Forward (alero con pleno mando en la dirección) o incluso del Point-Center (pívot ejerciendo como principal generador ofensivo), conceptos que han ido incorporándose en base a nuevas necesidades para explicar lo ocurrido en pista, revelan bien un fenómeno que jugadores como LeBron James, en lo primero, o Nikola Jokic, en lo segundo, encabezan cualitativamente.

En un baloncesto tradicional y teórico, el rol de ambos posiblemente hubiese sido otro. Sin embargo en la práctica, durante esta era, el papel en pista no viene determinado por la altura o perfil físico del jugador, sino por sus habilidades y las necesidades permeables del equipo.

Es en ese escenario evolutivo en el que irrumpe Zion Williamson como bomba atómica capaz de crear otro universo paralelo. Porque resultando a simple vista un perfil terminal, un martillo que embiste el aro como si no hubiera mañana a partir de ser reactivo -y no propositivo- en las jugadas, su verdadero apogeo va ligado al mando del balón. Es decir, precisamente a sí ser a menudo propositivo. Porque lo que más y mejor puede llevar a Zion a la cima es generar el desequilibrio como elemento que propone desde el bote.

Y es que más allá de sus características físicas, que le hacen único por conjugar una explosividad felina en un enorme volumen corporal, como si tuviera cohetes por piernas y a la vez la fuerza de un tanque, su catálogo técnico en bote y pase potencia la idea de que un Point-Zion no solo es posible sino que además es lo recomendable. En los Pelicans, de hecho, han comenzado a proyectarlo.

Zion con balón

La muestra del Williamson rookie, contenido en cuanto a minutos para acomodar con precaución tan excéntrico físico a la frenética exigencia NBA, apenas mostró al jugador con peso creativo (2 asistencias por noche). Quedando así relegado a un papel reactivo, que necesitó al socio generador para involucrarle en pista. De 24 partidos que tuvo el curso pasado, solo en tres alcanzó las 5 asistencias pese a ser, de forma evidente, un mismatch andante que atrae ayudas y libera compañeros por inercia.

Williamson puede producir como factor que necesita activación previa, es decir un compañero que le haga llegar la ventaja. Pero la diferencia radica en potenciar también el factor contrario: que él mismo intervenga inicialmente para producir esa ventaja.

Lo visto durante el primer mes de esta nueva campaña insistió en esa idea primaria de un Zion empleado como amenaza terminal, con solo 4 posesiones por encuentro al mando del esférico para crear ventajas (vía Second Spectrum y Kevin O’Connor). Sin embargo lo sucedido a partir del 30 de enero, fecha en la que los Pelicans se impusieron a Milwaukee, ha alterado el rumbo colectivo a media pista.

Y es esto lo esencial.

Aquella noche Zion se fue a 7 asistencias, tope personal, revelando un poder nuclear en una función –la de generador– que, incluso sin tiro, también transformó la carrera de Giannis Antetokounmpo cuando Jason Kidd pensó en él como factor propositivo (tomando decisiones con balón) y no solo reactivo (recibiendo solo para ejecutar).

Desde entonces, Zion ha triplicado el dato de posesiones con mando de balón y multiplicado también la tendencia aparecida los duelos sucesivos a la victoria ante los Bucks: ha pasado a recibir muchos más bloqueos donde es él quien maneja el balón. Es decir, se ha focalizado más en su figura como creador de ventajas (tanto para él como para el resto) y no solo como finalizador. Era (y es) un portento en la finalización cuando es él quien coloca el bloqueo, pero se está finalmente dando vuelo a la otra cara de la moneda.

El resultado es, pese a la (aún) reducida muestra, más que estimulante: Williamson no solo ha incrementado su registro de asistencias (4.5 en febrero), sino que su influencia en cancha ha crecido (8 puntos de diferencia en net rating para su equipo según estuviese o no en cancha, en contraposición al dato nulo previo) y el ataque se ha disparado colectivamente: New Orleans ha tenido el mejor dato de Eficiencia Ofensiva de la NBA durante el mes de febrero, produciendo 122.7 puntos por 100 posesiones.

En más de la mitad de sus partidos ese mes (ocho de quince), Zion alcanzó las 5 asistencias, tantas como en toda su muestra previa de carrera. Y su volumen de penetraciones se elevó un 50% con respecto a la cifra anterior, alcanzando las 13 por partido que resuelve con un salvaje 59% de acierto. Además, el cambio ha iniciado, indirectamente, soluciones automáticas para un sistema ofensivo que ahora nace más de sus manos.

Esas vías son esencialmente dos. La primera, la más obvia, estando al mando del pick&roll, donde su producción (1.09 puntos por 100 posesiones) le ubica en el 90 percentil de la NBA. O en otras palabras, la superélite. Siendo aún un recurso tibio, con mucho margen de explotación en cuanto a volumen, un rendimiento tan poderoso invita a insistir en él.

El segundo, el ajuste derivado de su propio perfil como jugador, el de creador automático de mismatches: el aclarado. Es demasiado fuerte para cualquier defensor de perímetro e incontenible, por explosividad, para cualquier interior. Incluso teniendo New Orleans un espacio ofensivo discreto, que dificulta abrir caminos en la pintura y facilita las ayudas, el efecto Zion en uno contra uno se deja notar.

Atrae cuerpos para reducir su impacto cerca del aro (nadie anota tanto en la pintura como él: 19 puntos ahí por noche) y, cuando toca, encuentra al hombre abierto. Los Pelicans elevaron su acierto al triple por encima del 38% el pasado mes, un registro 3 puntos superior al del mes anterior, en el que Zion tenía un rol más reactivo. Y, dada la variación del plan, la variación no resultó casual.

Zion es el segundo jugador de la NBA que más veces acaba anotando cuando ataca en uno contra uno ante el rival (61% de las jugadas) y su acierto en esas acciones (63% de porcentaje efectivo) solo ve por delante, en toda la Liga, a Durant e Irving. Cifras que asustan y, de nuevo, llaman a abusar más de su desequilibrio innato.

El despliegue de Williams con balón permite, finalmente, la completa liberación de la bestia. En todo su apogeo y proyectando, a medio plazo, una estructura en la que sea su gestión a media pista lo que produzca un desequilibrio que puedan castigar otros. Pero no solo en transición o desde poste bajo, sino atacando desde el bote a todo tipo de perfiles. Al molde Giannis en Milwaukee, aunque eso requiera de un contexto a su lado que aún está por perfeccionar.

Entrenado para proponer

A pesar de que a nivel NBA e incluso durante su breve paso universitario (Duke), fuese poco común ver a Williamson con peso creativo a media pista, lo visto el último mes no es en realidad novedad para un perfil precisamente formado para ese papel. Uno mucho más versátil e instruido en pase y bote de lo que a simple vista su molde físico sugiera.

Zion, hijo de deportistas (su padre biológico, Lateef, jugó al fútbol americano a nivel universitario; y su madre, Sharonda, era velocista) y criado en Carolina del Sur, vivió pronto el divorcio de sus padres. Pero eso no provocó que su formación se viese alterada por circunstancias a menudo complejas para un niño. Su madre se aseguraría.

Sharonda Sampson le tuteló de cerca, también deportivamente hablando. Sigue siendo, aún hoy, la entrenadora “más dura” que ha tenido, según confesó en reiteradas ocasiones el propio jugador. Y desde los 5 años se encargó de que el trabajo técnico fuese prioridad para su hijo, algo aún más potenciado cuando Lee Anderson, su nuevo marido y en consecuencia padrastro de Zion, entró en la vida del niño. Anderson, amante del baloncesto de formación, también tuteló a Williamson en una niñez y adolescencia marcada por un rol concreto: el de base.

Y es que aunque su apabullante molde, incluso en panorama universitario, sugiera lo contrario, Zion tenía una estatura y tamaño relativamente común durante su formación, hasta que su frenético estirón con 15 años (creció casi 20 centímetros en año y medio) le hizo tomar apariencia de adulto.

Tal circunstancia previa, su falta de centímetros de niño y durante sus primeros años de adolescencia, no hizo más que enfatizar su formación como jugador exterior, la interiorización de fundamentos perimetrales, especialmente los relacionados con el manejo de balón y la lectura de juego. Todo hasta alcanzar un hábito con respecto a la toma de decisiones con el esférico. El Zion adolescente era, dicho de otro modo, un generador. Llegado cierto punto, con un cuerpo abismalmente superior a cualquiera, sí. Pero eso no negaba el aspecto anterior.

Es por ello que Williamson dispone, pese a sus abrumadoras condiciones físicas, de una sensibilidad real con el manejo del balón y la creatividad a media pista. Sin ser especialista –no posee ningún don en esas acciones- no le resulta en absoluto ajeno el papel de un director de juego. Y eso en el fondo facilita que su versión actual en la NBA, con el esférico en sus manos, se acerque a lo que en realidad vivió gran parte de su trayectoria previa al profesionalismo. Zion fue entrenado como un generador, acostumbrado al balón. Y ese hecho puede resultar decisivo en su consagración en ese mismo escenario a nivel NBA.

Vuela libre

El mayor volumen de decisiones en sus manos ha permitido alimentar dos escenarios: incrementar su anotación individual lanzando menos tiros de campo (pero más libres), a base de diversificar sus formas de atacar a las defensas; y elevar su importancia en el sistema involucrando al resto, aspecto para el que está preparado.

La variedad en los bloqueos resulta muy interesante. Zion se siente cómodo siendo bloqueado por un ‘grande’, como Steven Adams, que le sella al defensor con más fuerza, generando el cambio de emparejamiento para permitirle atacar al defensor de Adams. Pero la más interesante de las opciones llega cuando es bloqueado por un ‘pequeño’, como JJ Redick o Lonzo Ball, jugadores que pueden abrirse al triple tras colocar la pantalla para despejar el camino de Zion al aro. Ahí la trampa rival es evidente: no ayudar ante el uno contra uno de Williamson le pone una alfombra roja hacia el aro, pero hacerlo libera de inmediato el tiro exterior de Redick o Ball.

Cuando el bloqueo del ‘pequeño’ despista a la defensa de la marca de Zion, encuentra rapidísimo el camino al aro. Incluso entrando por su derecha y teniendo a Rudy Gobert en la ayuda, la defensa está perdida:

En el otro caso, cuando Zion atrae a los dos defensores, es capaz de liberar automáticamente al tirador. Aquí Redick tiene ventaja y con una finta simple se deshace del defensor para armar una suspensión cómoda para él:

Sin bloqueos de por medio, las dificultades de sus emparejamientos son evidentes. De nuevo ante Utah, Bogdanovic le flota permitiéndole el tiro pero ni aún así puede contener su felino primer paso. Después, Williamson supera con contundencia a Gobert, dos veces ‘Defensor del Año’, cerca del aro:

Cuando está emparejado con jugadores de mayor tamaño, su primer paso resulta inaccesible. Y luego soporta muy bien todo contacto. Aquí le saca el 2+1 a Aldridge:

Hay otras dos acciones muy interesante con Zion a media pista. Una es su espectacular segundo salto, que le permite ser muy peligroso en el rebote de ataque ante sus propios tiros (83 percentil en segundas acciones). No es solo que tenga una gran potencia, es que además realiza muy rápido el segundo impulso en caso de ser necesario, lo que le hace ganar muchos balones extra:

La otra es su agresividad cuando recibe en poste bajo. Zion apenas permite que la ayuda llegue en esas acciones, ya que una vez recibe el balón suele girarse a gran velocidad para generar el desajuste. Al evitar el segundo defensor, suele producir ventaja ante su par:

El catálogo solo pasará a ser imparable cuando el lanzamiento ocupe, de verdad, parte de su arsenal. El silencioso trabajo junto a Fred Vinson, asistente de los Pelicans que ya supervisó ahí a Ball o Ingram y con el que lleva meses depurando todo aspecto relativo a su suspensión, puede ser determinante. Pero mientras ese punto llega, la decisión de Stan Van Gundy de apostar con mayor frecuencia por un Zion como punto inicial de su ataque a media pista es una carta ganadora.

Y si bien el contexto colectivo no es ideal, por la necesidad que tienen los Pelicans de otra figura interior defensiva, que corrija los enormes agujeros de la estructura atrás, circunstancia que evita poder usar directamente a Zion como ‘cinco’ en el esquema y limita el espacio ofensivo, el panorama a medio plazo puede estar claro dado el devenir de los acontecimientos.

Dibujar un escenario ofensivo en el que Zion puede asumir cuota habitual de balón, es decir un rol de Antetokounmpo, como perfiles únicos en lo físico y de enorme capacidad de desequilibrio individual, rodeado de jugadores que amenazan desde fuera y proyecten el mismatch automático que él genere cada vez.

El Zion ‘martillo’, como elemento terminal en transición, juego por encima del aro y en toda situación de corte a canasta, no ha de desaparecer. Pero sí ser complementado, como está sucediendo durante el último mes, en el que su técnico ha dado vía libre a su mando a media pista. Son sus recursos con balón, así como su falta de egoísmo y más que buena lectura de situaciones para dar ventaja a sus compañeros las que más pueden potenciar ese papel.

Lo más visible resulta, con él, lo más hipnótico: Williamson somete sin piedad estructuras defensivas en base a un cóctel que desafía la propia física, mueve su enorme cuerpo a una velocidad supersónica, como un Shaq de bolsillo aparecido en la era del ritmo y el apogeo del triple. Arranca y acelera de forma difícil de creer, sin apenas esfuerzo al rebasar rivales de toda índole. Toca el cielo y se sostiene en él cada vez que realiza una batida y hace temblar el aro, que si hablase sacaría bandera blanca en cada envite.

Lo más apasionante puede estar, sin embargo, en lo que menos se ve. La capacidad de manejo y creatividad de un jugador de posibilidades ilimitadas y que, con solo 20 años, apenas rasca la superficie. Su físico le hace único, cómo sea capaz de potenciarlo gracias a su formación técnica y el contexto que le arrope marcará la diferencia con él.