El lienzo de Marta Suárez: perfil, esencia y arte de una jugadora que viene pisando fuerte
Hablamos largo y tendido con Marta Suárez sobre su perfil en la cancha, el origen de su baloncesto y el camino recorrido.
Son las 21:00h en España cuando Marta Suárez (Oviedo, 2002) accede a la videollamada. La asturiana ha renunciado a su tiempo de descanso para hablar con Gigantes del Basket, revista que según ella misma confiesa le ayudó a decorar su cuarto en Oviedo cuando era pequeña. De aquello ha transcurrido más de una década, pero en las paredes de su salón, esta vez en el estado de Texas, sigue sin haber ni un espacio en blanco. La española ha ocupado cada rincón de su casa, desde los tabiques hasta la encimera, con sus obras de arte. Cuadros de diferentes estilos, pasando de lo abstracto al realismo, que cuentan su historia.
“No creo que lo haga para evadirme”, explica. Al final, la totalidad de los lienzos utilizados están ligados de alguna manera con el baloncesto y diferentes fases experimentadas en la cancha a lo largo de los últimos meses. “En mi vida intento ser muy intencional con lo que consumo. Me pasa con la música que escucho y lo que veo en la tele, pero también con mi arte. Al final reflejo lo que mi subconsciente vive todos los días”, relata. Pintar es una actividad que le gusta, no le carga físicamente y que utiliza para reflejar qué tipo de jugadora quiere llegar a ser. Hay cuadros oscuros, otros con tonalidades más rosáceas y llama la atención especialmente el de un yóquey montado encima de su caballo galopando en una pradera. Toda una preciosidad relacionada con su equipo, aunque se reserva las motivaciones exactas que le inspiraron en el proceso creativo. En este caso, queda entre ella y el resto de sus compañeras.

Esa noción de la intimidad del colectivo y cariño por lo suyo es una constante a lo largo de la conversación. Sus palabras, expresiones y gestualidad desprenden una personalidad muy definida, con un temperamento que procede de una familia asturiana y ganadera. En cuanto a su carácter, ha sido forjado a base de leer libros y ver en bucle vídeos y documentales de Larry Bird, Magic Johnson y Amaya Valdemoro, entre otros, además de lo que le ha deparado la vida en un plano más personal. Porque esta versión brillante de Marta Suárez, a la que parece que todo le va bien en esta recta final universitaria, esconde duros golpes y experiencias inverosímiles detrás. Sería deshonesto e impreciso exagerar lo negativo o edulcorar ciertas vivencias, porque la propia realidad de lo que relata supera con creces cualquier camino alterno y ayuda a entender su figura. Algo similar a lo que sucede con lo que ofrece noche tras noche sobre la cancha. La versatilidad de su perfil no sería posible sin su insistencia en ciertos aspectos del juego cuando era adolescente, al igual que los porcentajes que está alcanzando no existirían sin sus largas jornadas veraniegas en 2025. Cuestiones invisibles cuando se viste de corto, aunque reflejadas en cada acción, y que sin embargo pasan a situarse en el epicentro de la entrevista.
A pocas semanas de dar el salto profesional, la senior de TCU está viviendo la campaña de mayor exposición de su trayectoria. Su nombre ha empezado a colarse en todos los Mock Drafts, señal inequívoca de que su perfil ha ido generando cada vez más atracción, tanto en los medios como, de puertas para dentro, en clubes y franquicias. La asturiana intenta no mirar demasiado lo que se dice de ella, aunque sí sabe las razones que le han llevado hasta este punto: “Si yo me hubiese ido a cualquier otro equipo, no estaría brillando así. Mark Campbell, Xavi López y este staff me ha dado confianza y ha tenido la capacidad de desarrollarme y lidiar con mi cabezonería”. Este último aspecto no pasa desapercibido a lo largo de la charla, ya que siempre jugó un papel fundamental en la formación de la ala-pívot que hoy en día vemos salir a pista con la camiseta morada y blanca.

“Yo no quería ser pívot. En Asturias era muchísimo más grande que el resto y entiendo a los entrenadores, pero a mí siempre me gustó botar. ¡Si a mí me gustaba ver a ‘Magic’ Johnson! Incluso Larry Bird no era un poste, por lo que yo no quería ser solo eso. Al no darme esas repeticiones en entrenamientos, me las buscaba yo. Me ponía a botar en casa para demostrar que podía. Siempre fui muy cabezona, les pido perdón a mis entrenadores. También te digo, si no llego a serlo, igual no estoy donde estoy. Ahora me dejan hacer lo que quiero y más”, reflexiona. A día de hoy, es una de los jugadoras más versátiles en la posición de ala-pívot. Sin despreciar la pintura, donde ha aprendido a sacar partido de su notable juego de pies (cuyo aprendizaje se remonta a sus primeros años en Oviedo) y castigar ciertos emparejamientos con su físico, también es capaz de tirar desde el exterior, generar juego para sus compañeras desde el poste bajo o exprimir las situaciones de 2×2. Ella lo resume en que tiene un perfil que “encaja con la dirección hacia la que va el baloncesto”, donde cree que sus principales virtudes en su paso inicial al profesionalismo serán su carácter competitivo, la polivalencia de su físico para cambiar atrás y su capacidad para abrir el campo en ataque.
Dentro de la lista de peores escenarios, el de quedarse encasillada en un papel muy concreto siempre ha ocupado un puesto muy alto. Aunque es razonable en sus valoraciones: “Yo entendí que para poder ‘quejarme’ tenía primero que desarrollar el bote, el tiro y la lectura de juego”. Esa era la parte que ella podía controlar para ponérselo lo más difícil posible a los que tomaban las decisiones y evitar que fuera su juego el que le limitara. Que sus virtudes superaran cualquier frontera que le intentaran trazar a su alrededor. Porque sin ese trabajo y desarrollo, encontrar voz y voto con cierta justificación no era posible.
Sin embargo, ese deseo por ampliar su juego también le ha generado grandes desafíos. “En esa pelea de moverme de interior a exterior, yo malentendí durante un tiempo que era un tema de velocidad”. Pero no es así, según ella misma puntualiza: “La clave es la lectura. Cuando tú tienes el balón, la velocidad la marcas tú”. Otro tema relacionado es el de las pérdidas, el terreno en el que cuenta con un mayor margen de mejora: “Sigo aprendiendo la toma de decisiones y a cuidar el balón. Estoy contenta con mi punto actual, aunque tuve un bloque de partidos este año que fue complicado en todos los sentidos y las pérdidas se expusieron más. Aquí influye todo: la intencionalidad, las repeticiones, el trabajo, la confianza y lo que decía, entender mi velocidad. Yo no soy Olivia Miles, tengo que entender mi juego. Si ves el desarrollo de mi temporada, por ejemplo cuando recibo bloqueos directos para encarar al aro, tengo mucha oportunidad de atacar desde fuera para llegar a situaciones de posteo, donde uso mi fuerza y tamaño. Esto es cosa de la madurez, de entender que soy Marta Suárez y saber que esto es lo que hago bien”.
Igualmente, el perfil sobre la cancha dibujado en unas pocas líneas va ligado a una personalidad con la que ha ido aprendiendo a convivir con el paso de los años. No se puede separar lo uno de lo otro. “Había momentos que me ponía vídeos de mis ídolos para ganar seguridad”, explica al tratar de profundizar al respecto. Nunca quiso cambiar su naturaleza, pero sí trató de ir encontrando la forma de encauzarla para llegar lejos siendo ella misma. “No sé si he nacido con ello, no sé de dónde me viene, pero sí sé que yo no me callo la boca”, manifiesta sonriente tras un ataque de honestidad.
Este aspecto, junto a la inherente competitividad que acompaña a su figura, han provocado más de un elogio de sus compañeras esta campaña. En algún partido en concreto donde las cosas no estaban saliendo bien, como el día que jugaron ante Iowa State, la energía de la española parecía transcurrir por un canal paralelo. Mientras el ritmo pesado o los errores arrastraban al colectivo a un estado bajo de ánimo, Marta parecía mantenerse al margen. “Me ha encendido ella. Íbamos 13 abajo en el último cuarto y nos ha contagiado toda su energía y pasión”, declaró Olivia Miles en rueda de prensa al ser preguntada por su compañera. Según nuestra protagonista, la madurez y el paso del tiempo le han permitido ir entendiendo mejor a sus compañeras, sean las que sean: “Yo sé que no somos un equipo de underdogs, que vayamos a morder, pero tenemos unas relaciones personales increíbles. Eso me da mi espacio y la seguridad de sacar mi naturaleza, de gritar. Soy muy emocional. Eso sí, debido a eso, no me sacan una foto buena para mi Instagram (risas)”. El transcurso de los meses dentro de este equipo completamente nuevo, formado de arriba a abajo entre la pasada primavera y verano pero cargado de talento como unos pocos en el país, le ha permitido encontrar su sitio. Uno que se encuentra bien cerca de la ya mencionada Olivia Miles.
“Me lo paso tan bien jugando con ella…”, asegura mientras se le ilumina la mirada. Qué va a decir al hablar de una directora de juego cuya creatividad se sale de cualquier margen preestablecido “Si yo soy aficionada al juego de ‘Magic’ Johnson… Olivia es así. Es un talento único, tenemos una relación muy chula. Cuenta con una gravedad inmensa en el juego. Para la gente que no sabe mucho de baloncesto, sus highlights son preciosos. Pero para la gente que sí, sus lecturas son aún más increíbles”.
La atracción generada por Miles en cancha, unida a la filosofía de TCU, han sido importantes en el salto desde la línea exterior que ha dado la propia asturiana. En los últimos tres años, no hay otro equipo con más triples anotados en su casillero entre las cuatro grandes conferencias de la NCAA. A ese contexto es al que se comprometió Marta cuando firmó con TCU: “Mark me dijo que quería que fuera más consciente con mi tiro de tres. Que él apostase por mí para todo esto, me empujó a más. De ahí llegó un compromiso tremendo en verano. Si iba a jugar con Miles, Scherr o Hunter en un equipo que tira tantos triples, pues mejor meterlos, ¿no? Siempre ha estado en mi juego el tiro de tres, pero no con esta consistencia y confianza”.
A lo largo de su trayectoria universitaria, el principal cambio en el tiro exterior tuvo lugar al moverse de Tennessee a California. Al mismo ritmo que su importancia se multiplicaba en el colectivo, el promedio de triples intentados en su casillero se disparó desde los 1.1 por encuentro hasta superar los 4. En la 23-24, este aumento de oportunidades llegó acompañado de un 29.6% de acierto, alcanzando el 31.5% una temporada después. Se veía que el recurso estaba ahí y era útil, pero el margen de mejora era amplio. ¿Cómo convertir ese potencial en realidad? El trabajo en verano. “Hacía fácil unos 500 tiros al día. Fueron unos meses disciplinados y comprometidos, en todos los aspectos”, cuenta. California perdió en el March Madness, descansó una semana, estuvo con España B, pasó unos días por Asturias y se centró en la que debía ser la campaña más importante de su trayectoria hasta ahora: “Con el equipo teníamos un límite de 8 horas a la semana, todo jugar 4 contra 4. El resto era entrenar por mi cuenta. Me levantaba a las 5 de la mañana, me iba a hacer media hora de preparación para mi cuerpo, otros 30 minutos de tiro y manejo de balón, entrenaba y después mis sesiones extra de tiro y recuperación. Me iba, comía, dormía la siesta y volvía para seguir tirando. Y me encantó, fue el mejor verano de mi vida”.
Ahora bien, dentro de esa rutina que le ha ayudado a alcanzar el 39% de acierto incluso ampliando su volumen hasta los casi 6 triples por choque, había un equilibrio buscado. Marta puso en un lado de la balanza todos sus objetivos y en otro su salud mental, manejando ambos de una forma en la que el proceso fuera positivo en cualquier sentido. Así lo explica meses después: “Eso lo pude hacer porque tengo una consciencia de dónde estoy en cada momento. Sé cómo está mi cabeza y lo que necesita. Un día a la semana no tocaba un balón, además de que aprendí a ajustar mi temporada. Una vez puse ese trabajo en verano, la campaña era para disfrutarla. No era para ponerme más normas”.
En cierta forma, la voluntad por el trabajo siempre ha estado ahí. Todavía competía con Oviedo Baloncesto, siendo una adolescente, cuando se quedaba después de los entrenamientos a tirar. No tiene problema en denominarse a sí misma como una “friki” del baloncesto, pero con el añadido de que su camino le ha enseñado que hay señales que no se pueden ignorar. Fue en Tennessee, donde una lesión le llegó de no saber regular el trabajo. “Si ves muchas cosas de Kobe, de la Mamba Mentality, y el baloncesto es algo que te apasiona… es muy fácil ir por ahí. Y en parte es verdad. Si trabajas duro, te sale. Pero aprender a descansar es importante también”, explica al mismo tiempo que su gato se autoinvita a la entrevista.
Esa mención a su primera etapa universitaria en la ciudad de Knoxville abre una nueva puerta en la conversación. La ovetense tuvo que adaptarse a la cultura de una de las universidades más icónicas en el mundo del baloncesto femenino, Tennessee. Allí vivió una primera toma de contacto en la 20-21, pero todo comenzó a torcerse en una época en la que su situación personal tampoco era nada sencilla. Una lesión le impidió disputar el final de su segunda temporada, su madre había sido diagnosticada con un cáncer terminal tiempo atrás y aquello fue continuado de un año en blanco. “Yo me fui. Me fui a España, pero no a seguir jugando o para ir luego a otro sitio. No, no. Yo lo tiro casi por la borda”, recuerda. En su ciudad, pasó unas cuantas semanas sin tocar un balón de baloncesto, pero el gusanillo le pudo. Empezó a entrenar con el equipo masculino de Oviedo Baloncesto y terminó jugando Primera Nacional con el ABDA, donde lideró al equipo hasta el ascenso a Liga Femenina 2. Sin aparecer en ESPN, sin los focos de Tennessee y con un contraste tremendo en cuestión de unos meses, pero viviendo una experiencia trascendental para entender qué era lo importante.
“Me vino fenomenal”, afirma tres años después. La perspectiva de todo lo que creía tener más o menos claro cambió por completo en unos pocos meses: “Entendí que juego porque me gusta y me gusta ganar, pero no para que no haya relaciones humanas. Esa última temporada en Estados Unidos fue muy fea en el día a día. Una se cree que le va a llenar el competir en ese pabellón de 10.000 personas y de repente llego al ADBA, con mis colegas de toda la vida y jugando ante 30 personas que además conozco, y era muchísimo más feliz. Lo que no me entraba antes, empezó a entrar. Me tiraba stepbacks como Stephen Curry y los metía todos. El aro estaba a la misma distancia, el balón pesaba lo mismo. Me sirvió para darme cuenta de todas esas cosas”.
El proceso vivido en las canchas asturianas, reencontrándose con todo lo que le enamoró del baloncesto, lo combinó con una etapa dura en lo personal, acompañando a su madre en las últimas fases de su enfermedad. Una mezcla de realidades que le ayudó a fortalecer todas sus relaciones con amigas y familia.
No obstante, fuera de su pequeña burbuja, todo seguía al mismo ritmo frenético. Con el propósito de retomar más adelante su sueño, se comprometió para la siguiente campaña con California, aunque siguió en verano en España por razones obvias. Lo alargó al máximo, hasta el límite de lo establecido: “Llegó un punto en el que todo iba a empezar en EEUU, así que me compraron un billete de avión para un jueves. Me dieron toda la libertad del mundo, pero empezaban las clases y la temporada. El caso es que mi madre falleció ese martes previo. Imagínate cómo de escrito estaba eso, cómo sabía ella que me iba a empujar para que aprovechara la oportunidad”.
En esos instantes que define como una “tristeza bonita”, otra figura jugó un papel fundamental de forma indirecta. Si ya era una de sus referentes, Amaya Valdemoro pasó a ser algo más: “Ella vivió una situación parecida con su madre, le vimos hablar en un documental de cómo lo pasó. Y mi madre, en un momento dado, me mencionó algo así como ‘A lo mejor esto que está pasando es como lo que le pasó a Amaya para empujarla el resto de su carrera’. Fue un momento muy emocional”.
Unas palabras grabadas a fuego en la segunda parte de su aventura norteamericana, aquella en la que se ha consolidado como una de las mejores ala-pívots del baloncesto universitario. Pero esta vez, a su manera. Disfrutando de las relaciones creadas, aprovechando el día a día con esa energía tan contagiosa que desprende y con un hormigueo en el estómago que hace indicar que el March Madness está a la vuelta de la esquina. “Ojalá pudiese yo ahora coger mi teléfono y llamar a la Marta de Tennessee, llamar a la Marta de California, y decirle: ‘Tú sigue, porque vas a tener una temporada de ensueño’”, concluye. Más en concreto, una de las campañas más potentes que se han visto por parte de una española en la NCAA. La recompensa a un camino que no ha hecho más que empezar y que pinta apasionante.
Fotos: TCU
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