La spanish invasion de la NCAA: Claves, pros y contras de un éxodo imparable

De pronto, la NCAA, a la que siempre se ha mirado de refilón desde España, se ha puesto en el foco mediático. La revolución por los derechos NIL ha cambiado el paradigma y atrae a cade vez más jóvenes, incluso entre los más punteros de Europa. Toca meterle el bisturí a la mayor fuga de talento que ha conocido el baloncesto nacional.

Artículo originalmente publicado en el número 1565 de Gigantes del Basket en febrero de 2026

No queda otra que mirar cada vez más a la NCAA, pues la exportación de talento español hacia las universidades americanas en incesante. Qué lejos quedan los tiempos en los que Ricardo Peral, Anna Montaña, Antonio Martín o Elisa Aguilar probaron, con mayor o menor fortuna, lo que prácticamente se veía como una aventura digna de bichos raros. En 2026, se cuentan por varias centenas los españoles que, a todos los niveles de una competición vastísima, estudian y trabajan en las aulas y las canchas norteamericanas. Pero el éxodo no ha hecho más que empezar y su repercusión a medio y largo plazo aún es difícil de calibrar: la Universidad de Baylor ha incorporado al nigeriano James Nnaji, exjugador de Barça o Girona y, ojo, ya drafteado por los Detroit Pistons en 2023 (número 31). La NCAA ha autorizado además que el pívot pase cuatro años como colegial (ha pedido el transfer para la próxima temporada entrando en el Transfer Portal), la elegibilidad completa, en lo que supone, sin duda, otro antes y después en la relación entre el baloncesto universitario y el profesional. 

Lo que vivimos es, sencillamente, un paradigma totalmente nuevo. La NCAA no puede verse más como una competición amateur, y sí como un voraz rival de mercado para equipos europeos de cualquier nivel. Aunque aspiren a ganar la Euroliga. Los remiendos no sirven porque el tsunami es gigantesco y la Liga U, pese a ser una competición resultona, ha llegado demasiado tarde para ponerle puertas al campo. En la Nochebuena de 2025, Lucas Langarita, puntal de la España u19 campeona del mundo en 2023, anunciaba su marcha del Casademont Zaragoza. Sin minutos en la Liga Endesa (57 segundos en todo el curso), y con la competición u22 quedándosele muy pequeña, no había argumentos para que el ya jugador de la Universidad de Utah no cruzara el charco con, por supuesto, un gigantesco salto económico para sus intereses. 

Lógicamente, el NIL ha roto la baraja definitivamente a favor de que los jóvenes emigren. La dimensión monetaria es gigante, y aunque empieza a haber voces que alertan de que en algunos deportes la burbuja pueda pincharse a medio plazo, no parece que, sobre todo en el fútbol americano y el baloncesto masculinos, vaya a ser así. Pasa en cualquier escalón: los Mara o Saint-Supéry ganan entre diez y veinte veces lo que ingresarían en la Liga Endesa. El siguiente nivel, léase Álvaro Folgueiras o Lucas Marí, se mueve en una proporción similar, en algún caso cobrando, por qué no, el que será el mayor contrato de su carrera. Sergio de Larrea casi es la excepción que confirma la regla, y si hablamos de femenino, las distancias son aún más abusivas entre lo que puede ingresar una jugadora en una universidad menor respecto a lo que ganaría por jugar en la Liga Femenina Challenge, por ejemplo.

Más allá de lo estrictamente pecuniario, hay motivos para la diáspora que van mucho más allá de la experiencia vital, la formación académica y la casi certeza de volver bilingüe. A nadie escapa que la exposición personal, especialmente para quienes quieren derribar la puerta de la NBA, es mucho mayor si ya se está en aquel lado del charco y especialmente si se está jugando en potencias como la Michigan de Mara o la Gonzaga de Saint-Supéry. Paralelamente, el crecimiento desde el punto de vista individual a nivel técnico y físico suele ser casi exponencial por mor de una diferencia descomunal de recursos —las posibilidades logísticas de cientos de universidades solo podrían compararse con las de un puñado de equipos de Euroliga—, si bien el desarrollo táctico y el juego colectivo sí que es reconocido como ampliamente mejor en Europa, en lo que supone una pequeña ventaja para quienes llegan a las aulas americanas desde el Viejo Continente.  Si se une a ello el fomento del liderazgo y, en otro rasgo clásico de la cultura yankee, la preparación que se hace de la persona, deportista en este caso, para salir al mercado y comerse el mundo, al cóctel es explosivo a favor de hacer las maletas. 

Pero no, no es oro todo lo que —tanto— reluce. No es sencillo dejar una vida y una familia atrás siendo poco más que adolescente para empezar a trabajar de una forma totalmente diferente y además, en el caso más habitual, pasar al menos el primer curso chupando mucho banquillo, pues las jerarquías allí suelen ser tan rígidas como cortas las rotaciones. Si vienen mal dadas, la nostalgia será muy grande en un entorno, además, marcadamente individualista y en el que el europeo es el elemento extraño. Anótese también en el debe la heterogeneidad de la NCAA, con niveles dispares y donde, pese a que la competición se concentra en cuatro intensísimos meses, no todos los partidos son ni mucho menos de la exigencia competitiva que existe en Europa a diario.

Así, la gran clave del salto es acertar con el destino… y el entrenador. El baloncesto del Sur se juega, se siente y se arbitra de forma muy diferente al del Medio Oeste o el Noreste. Entender dónde se está, qué precisa el equipo y cómo se gestiona el grupo es crucial para el éxito, mucho más con el actual contexto de cambios en conferencias —la célebre Pacific-12 se desmanteló pero volverá a rearmarse desde el próximo curso—. Y si no, que le pregunten a Álvaro Cárdenas, un desconocido cuando emprendió la aventura americana que solo cinco años después es internacional absoluto con España tras romperla en San Jose State y Boise State. O a Mara, para quien tras dos cursos en el ostracismo en UCLA, el cambio a los Wolverines de Michigan, equipo que ya venía jugando con un ‘5’ clásico (Vladislav Goldin), le ha permitido al fin, volver a aullar e ilusionar a todo el baloncesto español. 

Los números de la diáspora

El éxodo hacia la competición universitaria va mucho más allá de los focos que apuntan a los Aday Mara, Gina García, Mario Saint-Supéry, Leyre Urdiain, Baba Miller, Marta Suárez, Guillermo Del Pino o Carla Viegas. Aparte de esos nombres y otros tantos perfectamente reconocibles ya para un aficionado que observa con tanto interés como deseo por su vuelta la evolución de esta chavalada, se cuentan por cientos los compatriotas enrolados esta temporada en las diferentes competiciones colegiales americanas. El nuevo giro de tuerca ha sido el revenue sharing, mediante el cual las universidades ya son las que pagan directamente a sus jugadores. Casi nada queda de esa visión casi exclusivamente romántica del baloncesto universitario como vía para fomentar el desarrollo intelectual y profesional fuera de las canchas como salvaguarda por si lo del deporte no llegaba a buen puerto. Aunque sigue habiendo casos así, lo cierto y verdad es que, sobre todo si hablamos de División I, quien más, quien menos, ya hace mucha más caja durante su aventura americana que si se hubiera quedado en su país.

La cifra de españoles en el baloncesto americano de ¿formación? (sic) lleva años creciendo de forma sostenida, pero el actual curso ha supuesto un empujón aún más notable, especialmente por el desembarco allí de primeros espadas de la cantera nacional, algunos incluso ya con largo recorrido como profesionales, como es el caso del gaditano Rubén Domínguez, reclutado por la prestigiosa Texas A&M a los 22 años sin que el Surne Bilbao pudiera hacer demasiado por retenerle en una Liga Endesa en la que empezaba a ser un jugador con peso. Solo entre las divisiones uno y dos de la NCAA y la NAIA —National Association of Intercollegiate Athletics— la cifra es muy superior a los trescientos españoles (68 jugadores y 263 jugadoras), a los que hay que añadir una decena de compatriotas enrolados en cuerpos técnicos. 

A saber, entre los 358 equipos que forman la División I hay en el presente curso 33 jugadores y 162 jugadoras españolas. Una cifra viva, en constante evolución, como ha demostrado la llegada de Lucas Langarita a Utah y a la que habría que añadir a varios entrenadores con carreras largas (Jorge Sanz en Gonzaga, Pedro García Rosado en Washington State o Xavi López en Texas Christian) o de más reciente inicio (Quim Gómez en Utah State o Gina Cerezuela en South Florida) en Estados Unidos. Un peldaño más abajo, la segunda división de la NCAA tiene matriculados a 67 españolas y 17 españoles que disputan una competición en la que la madrileña Elena de Alfredo lleva varias temporadas forjando una sólida carrera en los banquillos de la Universidad de Tampa desde que se retirara con apenas 23 años. Por su parte, en la NAIA compiten 52 españoles, 18 hombres y 34 mujeres, con Marta Pons en el cuerpo técnico de Southwestern College, en Winfield (Kansas). Si se incluyen a la tercera división de la NCAA y, sobre todo, los Junior College, utilizados muchas veces como puente hacia universidades más potentes, las cifras de esta fuga de talento que no ha hecho más comenzar, se disparan definitivamente. 

El día que se rozó la gran epopeya (Nº 1.569 Junio 2026)

1.569 | Junio 2026

El día que se rozó la gran epopeya. Análisis de la Final Four de la Euroliga y mucho más: Surne Bilbao, Piculín Ortiz, Lakers, Obradoiro…

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