Buenas tardes, me llamo Erazem Lorbek

[Por Miguel Panadés
Fotos: Rodolfo Molina]
Siempre, siempre que se enfrentan Caja Laboral y Barcelona hay cuentas pendientes. Las que quedaron entre jugadores azulgranas y Dusko Ivanovic, las que se encargó de recalentar Pete Mickeal con la que fue su afición hace unas temporadas o las que se recordaban del enfrenamiento liguero en Vitoria con claro triunfo local. Lo cierto es que sobre el parquet esa tensión queda casi siempre plasmada y cómo no, en la primera de las semifinales, existió hasta límites muy superiores a los imaginados.

Porque el Sant Jordi, repleto de aficionados azulgranas rivalizando con los fieles e incansables seguidores de Baskonia, pasó la angustia de quien ve como el destino puede cambiar de rumbo y lo que parecía predestinado a convertirse en una fiesta azulgrana dejar de serlo por momentos. Porque la estrella Navarro se veía incapaz de sobresalir ante la buena defensa rival, porque el ritmo lento, trabado pero tremendamente intenso en el que quedó atrapado el partido parecía favorecer los intereses vascos. Al final de partido Ivanovic mostraba frustración por haber regalado el partido al Barcelona y sin embargo hubo una razón mucho más consistente que ese argumento del técnico montenegrino.

De pronto sobre la pista apareció un tipo que convierte en clínics sus actuaciones. Un tipo que se formó en la escuela eslovena, esa capaz de sacar más jugadores que nadie por metro cuadrado. Ese alero-pivot, falso cuatro, pivot bajo, como quieran definirlo pero en todo caso ese jugador capaz de parar el tiempo cada vez que agarra el balón y manejar el juego a la velocidad que más le convenga para anteponer la técnica al músculo…

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