Cuando lloran los ricos

Apunten los caballos de batalla de una negociación que, por encarnizada, nos puede dejar temporalmente sin NBA. Tan dura se presenta que ha comenzado con dos años de antelación. La Liga, representada por el comisionado David Stern, y la Unión de Jugadores, con Billy Hunter como interlocutor, ya han admitido haberse sentado a la mesa. Los largos contratos garantizados, el salario medio de 5.5 millones de dólares y el 57% de los beneficios que se embolsan a día de hoy los jugadores: pesadillas de unas franquicias cuyos dueños, y sus respectivos negocios, no pueden soportar ante el desolador panorama económico.

Conciencia colectiva
«Esto es real. No hay nadie que no se haya visto afectado. Debemos entender que los negocios no generan tanto dinero como antes para poder esponsorizar, pagar suites de lujo y hacer todas esas cosas de las que dependen los equipos para obtener ingresos extra. Sería un mal asunto entrar en un cierre patronal porque los fans saben que se trataría de un grupo de millonarios que no se ponen de acuerdo con un grupo de billonarios. Después de eso no se podría pedir a la clase media trabajadora que volviera a las canchas y pagase entradas». Reflexión de un siempre racional Richard Jefferson, alero de los Bucks cuya voluntad para tirar de mano izquierda en las negociaciones no es secundada por todos sus compañeros de sindicato. Existe recelo a que los dueños quieran utilizar la crisis para sacar mucha más tajada de la que merecen. Concienciar a ambas partes será peliagudo.
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Perder y perder…
… dinero y más dinero. Los Orlando Magic han declarado haber perdido entre 15 y 20 millones de dólares anuales durante las últimas campañas. Los Indiana Pacers estiman sus pérdidas de esta temporada en 30 kilos y los Wolves 40 en tres años. Son sólo varios ejemplos por los que, hace un mes, la NBA tuvo que pedir prestados 175 millones de dólares a entidades bancarias para repartirlos entre 15 franquicias con problemas económicos acuciantes. «Estoy muy preocupado por el deporte profesional. Podríamos hablar de bancos, asistencia médica o el negocio de la prensa… Pero el deporte profesional no está protegido en ningún sentido. Son tiempos económicos muy complicados y nadie sabe lo que va a pasar. Los jugadores de la clase media han de bajar su nivel salarial para que la gente pueda permitirse el venir a ver los partidos. En este país venden las estrellas», apunta Glen Taylor, dueño de los Wolves y miembro de la lista Forbes como uno de los 400 americanos más ricos. Un tipo cuya perdedora franquicia paga 68.8 millones anuales en salarios para que no vaya nadie al campo. Claro que los jugadores podrían recordarle que fue él quien le pagó 126 kilos a un bisoño Garnett de 21 años, cuando aún no era nadie en la Liga (descomunal acuerdo que desembocó en el ‘lockout’ de 1999), o que el equipo que compró por 88.5 millones en su día vale hoy 301 kilos.
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¿Soluciones?
«Los contratos garantizados son ahora demasiado largos y por demasiado dinero. Todavía recuerdo la época en la que no había nadie en las gradas. Los jugadores de hoy en día no han vivido eso, pero creo que se van a dar cuenta. No habrá mucha simpatía por parte de los fans hacia jugadores millonarios que viven de practicar un juego», explica Kevin McHale, que ha visto el dilema desde ambos bandos de la barrera, aunque sus tiempos como jugador fuesen otros muy distintos. Las primeras medidas estimadas por la Liga se resumen en que el límite salarial bajará hasta los 57.3 millones y la tasa de lujo se pagará a partir de los 69.4 kilos. Reducción de gastos que afectará al mercado… E incluso a los grupos de animadores: en Denver, por ejemplo, las 36 personas empleadas (al margen de las bailarinas) han quedado relegadas a los partidos de fin de semana. Y saben, al final el que paga decide. «Los dueños tienen la posibilidad de cerrar el circo durante dos años y buscar un método que funcione, los jugadores no», recuerda el agente David Falk. Medidas demasiado drásticas que deben evitarse a toda costa. Y para ello tenemos al señor Stern, cuyo mensaje es siempre más optimista, por la cuenta que le trae. «A pesar de la recesión mantendremos nuestros niveles de asistencia y de ingresos. Hemos mantenido siempre el barco a flote y lo lograremos de nuevo. Vivimos una realidad que va mucho más allá del deporte y por ello me parece hasta ridículo hablar del tema teniendo en cuenta el sufrimiento que genera ahí fuera». Sí, en la vida real, donde nada es un juego. Los llantos serán muy serios para el deporte que amamos, pero no dejan de ser lágrimas de ricos.