El calor de Miami

Vaya por delante que las Finales de la NBA deberían ser cada año en Miami, los siete partidos, sin importar quién juegue. De hecho creemos pertinente enviar una carta a su majestad David Stern con la solicitud. Por probar que no quede. Las razones son miles.

Una de ellas es el calor, que no se va jamás. Ni por la noche ni por el día, ni en las playas ni en los clubs nocturnos. Y miren que podemos prometer que se esfuerzan a tope con el tema de los aires acondicionados en Florida (fuera de cualquier local, tienda o restaurante puedes ir en chanclas y mini shorts, pero dentro necesitas un plumas)… Pero nada. Hay demasiadas cosas en Miami, además del sol, que hacen que te hierva la sangre.

Un no parar
Todo empieza en el American Airlines Arena, la vistosa catedral de color blanco impoluto propiedad de los Heat. No sabemos bien todavía si es un pabellón de baloncesto o una macro discoteca. Si la gente va más a ver los vuelos sin motor del ‘Rey’ y ‘Flash’ o a bailar (todos de blanco también, en honor a las ‘White Party’ de la urbe) los temas de David Guetta o Pitbull en los tiempos muertos. La atmósfera es atronadora, la música suena por todo lo alto creando un ambiente de guateque que se extiende a toda la ciudad. La cosa empieza en el Bongos, discoteca adyacente al feudo de los Heat (que, por si acaso, también tiene otra dentro), donde se hace ‘mucha caja’, como bien sabe la expedición española que ahora se estará riendo al leer estas líneas, y se extiende hacia South Beach, centro del cotarro nocturno. Que si el turístico Mangos, que si el exclusivo Shore Club (o el paraíso en la Tierra, como prefieran), el Liv (exclusivo hasta el extremo) o el CO2 (donde Linfao anima la fiesta del título con LeBron, Bosh y Wade como anfitriones en mesas VIP que empiezan la pueja en los 5,000 dólares). Si además te dejas llevar por los consejos de un crack, cubano y amigo de siempre, de nombre Juventino por los recovecos de la típica Calle 8 caribeña apaga y vámonos. Si es que no se puede ni comprar en paz, porque al impresionante Dolphin Mall llegas para rematar los recados que siempre traes desde España y acabas subido en la mesa de una opa (especie de restaurante estilo griego) acompañado por una bailarina que perfecciona la danza del vientre y mojito en mano (¡¡Y eso mientras te traen la cena!!). A nosotros nos lo han contado ¿eh?

Lleno de cracks
Muchos fenómenos se dejan pasar por Miami en verano, y durante las NBA Finals la cosa va a más, claro está, que ver a LeBron y sus ‘Chicos de la Playa’ en directo tiene mucho caché. Tienen a la ciudad loca, que se tira a la calle tras la consecución del título, inundando las avenidas de coches con cláxones al rojo vivo y timbales sonando sin cesar hasta el amanecer. Lo empezaron ‘El Elegido’ y ‘Flash’ con champán en el vestuario y lo terminaron sus fans de la ciudad de Tony Montana. Participaron, como siempre, Gloria y Emilio Stefan, llegó justo a tiempo otro campeón de la vida, y de la Liga Endesa, como Pete Mickeal (acompañado por su familia)… Y le pilló de refilón a Carlos Cabezas, en ruta a sus ‘work outs’ con Knicks y Grizzlies antes de participar como invitado especial del Torneo 3×3 de Andraxt, en Palma de Mallorca, cuyo póster, lo crean o no, ha relucido estos días en Miami. Y llámennos subjetivos, por aquello de que para nosotros ‘Air’ es el único dios verdadero, pero el ejemplo más claro de que Miami tiene glamour y aprecio para las mayores estrellas es que del techo del American Airlines Arena sigue colgando la camiseta de retirada de Michael Jordan, por mucho que nunca jugase con ellos. Símbolo de respeto ideado por un Pat Riley que recibió durante las Finales el ‘Premio Chuck Daly’ a su trayectoria como entrenador. Otro crack total, como Julia Dale, niña de 11 años encargada de cantar el himno de USA en cada partido de las Finales jugado en Miami… Impactante. La piel de gallina. Será la próxima ganadora de ‘American Idol’.

Ya es su reino
Seamos claros, el año pasado aún no lo era. La ciudad de Miami pertenecía al niño bonito de los fans que siempre ha sido, con razón, Dwyane Wade, pero eso se acabó. La ciudad es reino estos días de LeBron James. Del ‘Soberano’ de la NBA. Todo lo que tenga que ver se magnifica, como la estúpida polémica creada con Ibaka sobre un supuesto comentario del jugador de nuestra selección española sobre la pobre defensa del ‘Rey’. Fue dificultad con el idioma, nada más. Serge no tuvo mala intención en ningún momento y se le malinterpretó, pero claro, como hablaba de LeBron, la cosa se salió de madre una vez más. James dijo que el comentario era una estupidez y los titulares quemaron. El chico de Akron no puede ni cambiarse en el vestuario sin que le contemplen y le filmen más de 20 objetivos, mientras escucha tranquilo a Emimen preparándose para la batalla. Sentimos admiración por cómo lleva estos asuntos, no lo vamos a esconder. Y hasta le hemos vislumbrado una manía: ha de meter la última canasta del calentamiento antes de dirigirse al último corrillo de Spoelstra previo al pitido inicial. Un detalle que no se nos pasó por alto porque… No se crean que es tan fácil meter una canasta en esos aros. Sí, hubo partido de prensa, y sí, nos tuvieron que dejar unas bambas tres tallas y media más grandes que nuestro número. Y sí, hicimos un 0 de 11 en triples además de caernos al suelo en algún contraataque. Eso además de sufrir pinchazos en los gemelos durante días. En serio, no lo intenten jamás. Sin embargo, y dicho esto, lo más lamentable fue el ‘spanglish trash talking’ llegado de New York por parte de nuestro compañero Antonio Gil. Teníamos que escribir sobre ello… De su baloncesto mejor que no. Sería cosa del calor de Miami, que todo lo confunde.