El Estu, tampoco o cómo no dar una en los pronósticos

Lo peor que tiene hacer pronósticos es que luego –si se falla– se utilizan como arma arrojadiza contra quién los hizo. Terminaba unas reflexiones el lunes pasado diciendo que [los pronosticadores] no escarmentábamos. Lo peor es que antes de reconocerlo me lancé a hacer unos cuantos… más o menos argumentados.

Pero argumentar no significa nada si luego no se puede escribir eso que suena tan chulo de “si ya lo dije yo…”. Yo argumenté y di datos, valoré estados de ánimos… en fin, la Biblia en verso, o eso me parecía. Todo los que ustedes quieran, pero ayer el Real Madrid se fue para casa y hoy lo ha hecho el Asefa Estudiantes, mis dos favoritos para disputar la final de la Copa. ¡Vaya cante!

Puedo decir en mi descargo que no tengo la culpa de que Laso tenga serios problemas para gestionar los minutos en cancha, cuando los partidos están tan igualados como el del Barça, de sus “cuatro fabulosos” exteriores, dicho sin ningún ánimo de hacer leña del árbol caído. Pero es así: el entrenador miraba al banco y allí estaba o Sergio, o Llull, o Rudy o Carroll. Un pecado. Hasta que decidió sacar a los cuatro juntos en algún momento de la segunda prórroga. Pecado… mortal.

Puedo escribir para “taparme” que el Asefa Estudiantes acudió al Buesa Arena dejándose en el hotel al máximo anotador de la Liga Endesa, Carl English. No es que se lo olvidaran, que eso se habría solucionado con un taxi, es que un virus intestinal le dejó K.O. Luego los que quedaron groguis desde el principio fueron sus compañeros, que ante el Valencia Basket no fueron capaces de llegar la los sesenta puntos; les faltó uno.

En fin, que aquí estoy dando la cara. Mis dos favoritos, a la calle. No crean que no me quedan ganas de resarcirme apuntando quiénes creo que serán los que ganen las semifinales, pero voy a hacerme un favor escribiendo que lo seguro, pero seguro al 100%, es que todos ustedes van a disfrutar con el baloncesto que se vea en ellas.

Ya, ya sé que así acierta cualquiera pero es la penitencia que me impongo. Cumplirla en Vitoria-Gasteiz, aunque haga un frío de mil demonios, es un lujo.