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El «mal viaje» de Dion Waiters con los Miami Heat, por Gonzalo Vázquez

El «mal viaje» de Dion Waiters con los Miami Heat, por Gonzalo Vázquez

Unos caramelos con alto contenido de THC colocaron a Dion Waiters en una situación límite en un vuelo de los Heat

*Artículo publicado en papel en la revista Gigantes del mes de diciembre de 2019

Cuando Dion Waiters estalló a mitad de su primer año en Miami, parecía desmentir su fama de jugador problemático y defender que su ego estaba justificado. Que ni en Cleveland, donde a punto estuvo de llegar a las manos con Kyrie Irving por sentirse desplazado, ni en Oklahoma, como sexto hombre, habían sabido explotarlo. De pronto, aquellos salvajes días de enero, con andanadas de puntos a quemarropa, sendos triples ganadores a Warriors y Nets, once victorias seguidas y el honor a mejor jugador de la semana, no sabían a redención. Sabían a venganza. Su actitud desafiante en pista así parecía demostrarlo ante quienes habían dudado de él.

Pat Riley no lo hizo. En verano, citó a solas en su despacho al tipo que había tenido el valor de apodarse a sí mismo Kobe Wade, y de todo su alegato, le convenció y hasta encantó su final: “No me habían dado la oportunidad, pero sé que he nacido para destruir”. Allí mismo sellarían la renovación por cuatro años.

El escenario se viene abajo

Pero el destino es caprichoso. Aquella mágica serie de actuaciones se vio de repente truncada. Una lesión en el tobillo izquierdo -que tardó en operar un año- segó su fortuna. Desde entonces nunca estuvo disponible ni la mitad de los partidos. Y tampoco Waiters supo gobernar bien su frustración. Aún convaleciente llevó mal ser amonestado públicamente por su técnico, Erik Spoelstra, cuestionando su sobrepeso, el defecto más prohibido en la cultura de Miami y el favorito en las redes para el escarnio, del que Waiters fue testigo cuando no podía jugar.

Esto derrumbó aún más al escolta, que reconoció caer en una depresión al tiempo que prometía volver al peso y la forma que vieron sus mejores días. Pero también se guardó aquella afrenta, jurándosela al técnico como torpemente hizo más de una vez su compañero Hassan Whiteside.

Antes de arrancar este curso, con siete kilos menos y todo listo para recuperar lo perdido, una fuerte discusión con Spoelstra, como las tuvo con Jim Boeheim en Syracuse, torció definitivamente los planes. Waiters vio reducirse su minutaje a cada partido de pretemporada, hasta que el último contra los Rockets terminó por rematarlo. Jugaría diez minutos cuando el novato Kendrick Nunn se fue a 40 -anotando 40 puntos- y el adolescente Tyler Herro, a 32. Y entre medias, una ausencia injustificada ante los Hawks por razones personales. Súbitamente el escenario que había previsto se le vino abajo y, enfurecido, cometió el error de desahogarse en las redes.

Un mensaje en su Instagram -“Un día la verdad saldrá a la luz”- no le bastó. En la página de fans del equipo respondió mal a un usuario que estimaba a Herro mejor que él y acto seguido despreció a Spoelstra ironizando con que también él ganaría con LeBron, Wade y Bosh a sus órdenes. Waiters no sólo fue suspendido para el estreno de temporada; tan sólo en dos de los siguientes nueve partidos sería activado y en los dos que sí lo fue ni siquiera vistió el uniforme ni ocupó el banquillo. Su nombre cayó aprisa en el olvido salvo para algunos aficionados que se preguntaban por qué.

A uno de ellos, en un chat abierto al público, el insider Ira Winderman daba una respuesta inquietante. “Ya no se trata de qué pueden hacer los Heat por Waiters, sino qué puede hacer Waiters por sí mismo”. También añadía que se estaba alejando del resto, ausentándose a voluntad incluso en partidos donde podía estar disponible. En uno de ellos, a modo de protesta, se le vio comiendo palomitas en el banquillo. Y aún faltaba conocer lo peor, de tal gravedad que hasta se apresuraron medios para ocultarlo, y filtrar tarde, cuando no hubo ya remedio, una porción, dada la confidencialidad imperativa para un caso así.

El episodio del avión

Terminado el sexto partido de temporada, con victoria en casa ante los Rockets, los Heat emprendían una gira de tres duelos por el Oeste que arrancaba en Denver el martes cinco de noviembre. Conocida como Mile High, la ciudad de Denver no sólo es singular por su altitud. También por ser la capital de uno de los dos primeros estados, Colorado y Washington, en legalizar la marihuana para uso recreativo en adultos. Colorado es hoy uno de los cuatro destinos NBA, junto a Illinois, California y Oregón, con libertad para adquirir productos que contengan THC (tetrahidrocannabinol), el principio activo de la droga más común entre un indeterminado sector de jugadores, seguramente inferior al 85% denunciado en su día por Kenyon Martin.

Aquí vale también reseñar que Waiters es un enamorado de las gominolas, como lo era Lamar Odom. Y también de su íntimo amigo de infancia en Philadelphia, el rapero Meek Mill, a cuya trayectoria musical acompaña otra muy agitada de problemas legales por drogas. El caso es que, usuario o no, Waiters había logrado mantener cualquier devaneo con ellas en su esfera más privada. Pero queda probado que durante los dos días que su equipo permaneció en Denver el jugador adquirió, al menos, una bolsa de dulces con alto contenido en THC.

Los Heat perdieron por veinte puntos en Denver, ganaron en Phoenix -el octavo partido seguido que Waiters no jugaba- y esa misma noche del jueves tomaron un vuelo chárter con destino a Los Ángeles, donde al día siguiente esperaban los Lakers. Desde que los vuelos de los equipos se regularizaron en la NBA moderna podría escribirse un anecdotario tan rico y extenso como la propia historia del juego. Pero lo ocurrido con Waiters en el trayecto entre Phoenix y Los Angeles entraría en un capítulo inédito. La duración del vuelo ronda la hora y media.

Pero la experiencia íntima del jugador pudo multiplicarle el tiempo al mismo extremo que los torturados.
En principio, se ignora cuándo ingirió Waiters el producto, si lo hizo antes de tomar el avión o también durante el vuelo, siendo más que suficiente el primer caso. Y es más que descartable, como se insinuó para atenuar responsabilidad, que lo hizo para aliviar un dolor de estómago.

Indican los especialistas consultados que quienes ingieren comestibles de este tipo suelen cometer otra imprudencia. Al comprobar que los efectos tardan en llegar -de minutos en la inhalada a horas en la digerida-, no pocos aumentan sin medida la dosis. Una tercera imprudencia, puede que la peor de todas, pasa por ignorar los efectos de la altura, un peligroso potenciador cuando la disminución del oxígeno acelera la respiración reduciendo el riego sanguíneo al cerebro. La suma de todos estos factores dio como resultado que Waiters sufriera en pleno vuelo el pico de los efectos por lo que había ingerido. De manera que el subidón sobrevino de golpe y de forma incontrolable.

A partir de ese momento sólo cabe especular por las evoluciones de la víctima en el interior del avión, no por la severidad de los síntomas sufridos. Es muy probable que para atenuar el choque se incorporase en silencio de su asiento, diera algunos pasos por el pasillo hasta que el mareo y el terror lo hundieron de nuevo, y a solas, en algún asiento del fondo. La presencia de la expedición de los Heat al completo actuaría al principio como inhibidor para reclamar ayuda y así descubrirse.

Se hace difícil describir los minutos de angustia sufridos entonces por Waiters, estirados hasta lo insoportable, vencido por abismos que lo irían devorando sin un remedio a mano. Minutos de auténtico pavor que dejan el ataque sufrido en el vestuario por Kevin Love en un juego de niños. Cuando un pánico extremo se apodera de la mente, el sujeto, desesperado por la asfixia, está convencido de morir.

Éste fue el momento en que Waiters terminó llamando la atención como pudo. Alertados por algún graznido procedente del fondo, el trainer Jay Sabol y los dos asistentes más cercanos a los jugadores, Chris Quinn y Malik Allen, acudieron hasta él, desconcertados por su lamentable estado. Al mostrarles el envase vacío, que es lo único que Dion podía mostrar como prueba, comprendieron estar ante un ataque de pánico, de ansiedad multiplicada por razones de la droga y en las circunstancias de un vuelo, sin medios ni procedimientos para detenerla.

Situación aterradora

La noticia corrió enseguida entre tripulación y pasajeros. De pronto, en mitad de un vuelo rutinario, se encontraban ante una emergencia médica cuya naturaleza superaba a todos los presentes, espantados ante la posibilidad de un fatal desenlace. Cabe concebir la siniestra escena vivida en el interior de la nave.

Al indescriptible infierno sufrido por el jugador, desgarrado a gritos, se añadían la confusión y el temor del resto por un incidente como jamás hubieran imaginado, asolando a todos, durante interminables minutos, una ansiedad añadida por aprontar el destino del vuelo. Detallaba Andy Slater que al momento de aterrizar, agotado de hiperventilar y víctima de un síncope vasovagal, Waiters perdió la conciencia -ese fue el peor momento- hasta que poco después pudo ser reanimado.

Waiters fue conducido de urgencia al hospital y desde allí, una vez aliviados los síntomas, la organización comenzó a preparar una respuesta pública que minimizara la imagen de lo sucedido. Incluso hasta ocultarlo. Pero la noticia terminó filtrándose. No lo haría hasta la segunda parte del partido ante los Lakers, y aun así, Miami guardó silencio, despachando Spoelstra las insistentes preguntas casi por signos.

Las primeras filtraciones recogían una ingenua interpretación de lo sucedido (“indigestión por dulces”) que sólo explicaba su baja para el partido en Los Ángeles por encontrarse indispuesto (illness). El equipo no emitiría el comunicado oficial hasta el domingo, más de 48 horas después, confirmando en su inicio, lo que supone un caso insólito, “la situación aterradora” vivida por la expedición durante el vuelo y agradeciendo al destino “que el resultado no fuera peor”.

Sanciones

El comunicado no faltó a denunciar la profunda decepción en Miami por las acciones de Dion desde el arranque de la temporada y la necesidad de aplicarle el quinto parágrafo de todo contrato vigente, que ampara la suspensión de diez partidos por conducta perjudicial para los intereses del equipo y la propia liga. Para entonces, al bonus perdido de 1.2 millones por no alcanzar, una temporada más, los 70 partidos disputados, había que sumar otros 843.483 dólares derivados de la suspensión. No sería la última.

El doce de diciembre le fue aplicada una tercera de otros seis partidos por “insubordinación continuada”. Habiendo alegado baja por enfermedad alguien hizo llegar a las oficinas del equipo una fotografía suya, de recreo en una embarcación de playa, imagen que el jugador publicó en su Instagram (privado) antes de borrarla. Era como si el apodo que de chaval Waiters se granjeó en las calles de Philadelphia, Headache (dolor de cabeza), adquiriese su más pleno sentido tantos años después.

En la más profunda intimidad de Pat Riley, testigo durante décadas de centenares de promesas, unas cumplidas y otras no, difícilmente reposa una decepción personal más grande que la de Dion Waiters. No mucho antes de lo ocurrido llegó a pronunciar, como una advertencia, que estaba “en juego su carrera”.

Tras el incidente, le invadió el mismo devastador silencio que consumió al propio Dion la mañana del sábado, en el vuelo de vuelta de Los Ángeles a Miami, hundido en su asiento otra vez junto al resto del equipo, del que ahora pudo sentirse más alejado que de ningún otro en sus ocho años como jugador profesional de baloncesto.

*Unas cuantas semanas después de la publicación de este artículo, Dion Waiters fue traspasado por los Miami Heat rumbo a los Memphis Grizzlies, que no cuentan con él. Su futuro en la liga es incierto

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