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Fernando Martín, hombre-franquicia. Por Alfonso Del Corral

Fernando Martín, hombre-franquicia. Por Alfonso Del Corral

Alfonso del Corral, santo y seña en Madrid y Estudiantes, habla de cómo era Fernando Martín en la cercanía.

Fernando subió al primer equipo de Estudiantes siendo aún junior, con 18 años. Aunque técnicamente tenía muchas cosas que mejorar, su talento físico era excepcional. Ya entonces, merced a su presencia tan imponente y determinante, todos sabíamos que iba a romper moldes, a marcar época. Aquel humilde Estudiantes firmó la temporada más brillante de su historia. Ganamos al Madrid y al Barça en el Magariños y en la Ciudad Deportiva del Madrid empatamos (sí, entonces valía el empate). Y nos jugamos la Liga en el Palau: batallamos hasta que él fue eliminado. Fue un año maravilloso.

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Su presencia, aún siendo un niño, nos daba seguridad. Entre los botes increíbles de Slab Jones y su potencia, la zona era nuestra. Era un jugador magnífico. Yo estaba seguro de que el club que se quedara con él dominaría el panorama nacional. Tuve algunos problemas con la directiva de Estudiantes porque les incitaba a que apostaran fuerte por él, logrando patrocinadores o la fórmula que fuese. Si hubiesen logrado que se convirtiera en su hombre franquicia, Estudiantes hubiera tenido otra dimensión. Desde entonces mantuve una estrecha relación de amistad con él y su familia. Cenas, complicidad, risas, compadreo…

Tres temporadas después, volvimos a coincidir. Ahora, en el Real Madrid. En los dos primeros años (1984-86) hicimos el doblete nacional. Controlábamos los partidos con autoridad. Y si no logramos el triplete con la Copa de Europa fue porque nos topamos con aquel ‘diablo’ llamado Drazen Petrovic en la final de Atenas’85. Mucho y bien se ha escrito de la relación entre Fernando y Petrovic. Eran dos gallos. Martín no soportaba lo egoísta que él interpretaba que era el croata. En cierta medida, creo que los roces entre ellos eran lógicos. ¿La NBA? ¡Vaya machada que hizo! Además, para mí tuvo mucho mérito porque superó todas las fases de selección previas en las que se juntaban 20 ó 25 jugadores con el cuchillo entre los dientes. Y se hizo valer. En el vestuario era ‘the bull’. Abrió la puerta NBA a los europeos. Muy poca gente le conocía de verdad. No era de los que te regalaban una sonrisa fácil o un comentario diplomático. Distante, cortante, seco… quizás por su timidez. Pero realmente era un tío muy generoso, sin ningún apego a lo material, muy libre. Cuando se cuidaba, lo hacía al máximo; cuando salía de marcha, a tope… No hacía nunca nada a medias. Entraba en un sitio e, inmediatamente, se hacía el centro de atención. Un tipo extraordinario.

Por todo ello, su muerte conmocionó a toda una generación. Recuerdo llegar al Ramón y Cajal y encontrarme en la puerta con su madre Carmen. «Dime la verdad, ¿qué ha pasado?», me preguntaba. Me dejaron pasar por ser médico y tuve que certificar que era su cadáver. Un golpe durísimo. Años después seguía sin creerlo: pensaba que se había ido una temporada como solía hacer. 

 

 

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