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A Kobe Bryant no le importó… Por José Ajero

A Kobe Bryant no le importó… Por José Ajero

José Ajero escribe en un material que recuperamos de la revista Gigantes del Basket sobre la vida y obras de Kobe Bryant

Leyenda viva, mito, después. Pero antes de todo, el tipo más odiado. Estar bajo las luces es lo que tiene. Nadie te da nada. Te lo quita. De sus riñas con el payasete favorito de América a ser el último rey magnético original. Un jugado de antes con parabienes de ahora, de 140 caracteres, de fotos al momento. Quererle es ahora fácil, pero le importa lo mismo que cuando no le querían, una mierda. 

La mentalidad de Kobe Bryant está en todo lo que hace. Desde las zapatillas y la ropa que reclama, a su manera de entender el basket. La determinación, el afán porque todo salga bien. Puede venir de la ausencia de otros problemas. 

Nacido en Filadelfia y criado en Italia de los seis años hasta los 13. A la estela de su padre, un exjugador con buenos sueldos y contratos garantizados. La opción de pasar de casa a casa, no conocer a su padre y ver a su madre cuando se acuesta le suena a conversación de vestuario.

Desde su privilegiada posición, pronuncia perfectamente el nombre de su primera hija, Natalia, y lo deja de manifiesto con el de la segunda, Gianna. No es una ‘TH’, es una ‘T’ interpretada fonéticamente a la perfección. Si aprendió italiano, es para algo.

En 2003, tras pasar por los pies de todos los caballos, aterrizó en una Nike que buscaba superhéroes. Les pidió ropa y zapatillas fuera de lo normal. Pasó horas con los diseñadores de Michael Jordan y les pidió algo parecido a las botas de fútbol para una mayor reacción.

Un camino de obsesión plagado de errores y de aciertos. En un timeline perfecto de su carrera fuera de los números, marcamos tres fechas: inicio -1996-; nudo -de 2003 a 2006-; y, por último, desenlace -2016-.

‘Not loving Kobe’

«No practico para meter 100 tiros. Entreno metiendo los 100 tiros»

Kobe Bryant llega a la Liga llenando las zapatillas que no son suyas. Imaginen a Stephen Curry con ropa ancha. Cadenotes de oro, mascando chicle y andando ladeado. Balanceándolo, como dicen en la calle. Es complicado. Joder, no le pega. El sabor de la calle. El hip-hop que retumbaba en los coches y se convertía en la CNN del barrio, alabando violencia, drogas y sexismo. Era lo que quería, pero no lo que podía. 

De descarado se convirtió en odiado. No aceptaba nada, vendía una imagen que no le pertenecía. Un chulo de 18 años que no quiso ir a la universidad porque se le quedaba pequeña. Y que encima juega para los Lakers. No way.

Su manera de entrar en la Liga enfadó a los fans. Nadie se le creía y encima, claro, juegas para la franquicia de todas las luces. Representar lo que no eres encendió a los consumidores en potencia de la NBA, que a finales del siglo XX llegaron en masa atraídos por la comunión del basket y la calle. El primer esbozo de la Generación Hip-Hop tenía otros ídolos de verdad. 

El mejor ejemplo posible fue el primer All-Star de Pau Gasol. Estaba también Marc, pero de civil, zampando los dónuts que nos repartíamos entre él, Emilio Cobos y un servidor. Mi segundo contacto con un All-Star me puso los pelos de punta. Era 2002 y Kobe visitaba la que decía que era su casa, Filadelfia. Estaba Michael Jordan rondando por los aires. ‘Su Majestad’ colapsó todo y puso de moda el estreno de zapatillas. En plena fiebre de sneakerheads, 15 años antes David Carro ya hizo cola por unas brutales Air Jordan, las XVII, que venían en un maletín impoluto. También andaba Iverson, héroe en casa. A Kobe se le cruzó en la cabeza la idea de gobernar. Hacer un Russell Westbrook de los dos últimos años y quedarse con el show. La actitud es detestable. Se convirtió en ese medio desconocido con necesidad de llamar la atención en una reunión. La grada le abucheo desde que puso un pie en cancha. La presentación ya fue insonora, pero a Kobe, ni le importa el odio, ni el amor. Siguió su ruta y goleó. MVP. Con los fans estropeados, la prensa tampoco le quería demasiado. Desde que pisó Hollywood meó fuera del tiesto. Malos gestos. Pasta en multas y una guerra fría con el payasete más grande en tamaño de América, Shaquille O’Neal. Por el camino desquició al gran jefe indio, Phil Jackson. Si los fans trinaban, la prensa cargaba… No hace falta que ahondemos en el vestuario.

De la montaña al valle

«No hay un valle lo suficientemente profundo; ni una montaña lo suficientemente alta que me separen de ti»

Con tres anillos en el bolsillo. No suyos. Compartidos. Con su gurú escribiendo libros sobre su soberbia y pubertad prolongada. Shaquille O’Neal arrasando por su cuenta. Los Lakers cayeron a sus pies. El camino de las baldosas doradas era para él.

En 2003 decide viajar a Colorado para tardar poco y dejar muy bien su rodilla. Pero falló. Se creó su agujero más grande. Una acusación de violación. La típica historia del deportista americano. Kobe Bryant pagó. Ya saben cómo. Millonada por un arreglo extrajudicial. Millonadas de ‘os lo dije, era un imbécil’.

Desaparecieron sus mecenas. Los que le daban la pasta por fardar, chulear y ganar. Se fue Adidas. Siguieron los abucheos, ahora con otras palabras. Pero recuerden que, después de todo, a Kobe ni le va ni le viene que le quieras. Al menos, tú.

En un acto humano, pidió compasión en su familia cercana. Su mujer. La del anillo de cuatro millones de piedra púrpura, la mexicanita a la que conquistó con 17 años y con la que creció en madurez. Bajando al suelo las rodillas por ella ablandó el corazón de todos. Bang, el tipo chulo se suavizaba.

81 puntos, 45 millones

«No para el teléfono. Todos nos llamamos a todos, para ver si era cierto»

Desde 2003 a la última semana de enero 2006. Kobe Bryant trata de reinventarse. Crece como persona, se acerca a él mismo. Se quita sus ganas de ser el héroe de la calle que nunca pudo ser. Él se crió en una guardería, obsesionado por el juego. No en la calle, buscando supervivencia.

Los que le abandonaron le añoran. En 2007, tras meter 81 puntos en un partido y hacer cuatro seguidos de 50 puntos, metió 45 millones en su cuenta. 

Su cambio a leyenda viene inducido por la aparición de nuevos caracteres en el juego. LeBron le hace bueno a los ojos de los fans. Rey muerto, rey puesto. Pero por la vuelta a sus raíces. Por su obsesión y por su vida pegada a la perfección. Ser Kobe Bryant no es fácil, pero ha sido su mejor manera de ser.

 

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