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Detención y fuga de Fernando Laura en el Palacio de Hielo, por Sixto Miguel Serrano

Detención y fuga de Fernando Laura en el Palacio de Hielo, por Sixto Miguel Serrano

La Cibona de Zagreb jugaba en la década de los ochenta en el Palacio del Hielo, que en realidad era el mismísimo infierno. De él, y de la temida policía yugoslava, escapó Fernando Laura protagonizando una fuga de película. De miedo

El Real Madrid se enfrentó varias veces a la Cibona en la época más brillante del equipo croata. Lo entrenaba Mirko Novosel, un genio como entrenador, aunque como persona no lo pondré muy bien en este texto. Él se lo buscó. Contar con Novosel suponía una gran ventaja, ha sido uno de los mejores técnicos de todos los tiempos, si no el mejor. El equipo, además, estaba plagado de jugadores extraordinarios, con Drazen Petrovic a la cabeza.

La Cibona era uno de los grandes de la época. El Real Madrid, como siempre, otro. El club de Zagreb acababa de llegar al trono yugoslavo, que arrebató a los clásicos equipos de Belgrado, Partizán y Estrella Roja, rivales de otro tiempo del eterno Real. La rivalidad Cibona-Real Madrid acababa de nacer con singular virulencia aunque no se perpetuase. Los dos equipos se odiaban profundamente, algo que los jugadores no disimulaban sobre el parquet. Partidos con ambientes muy tensos, con climas bélicos que contagiaban a los aficionados.

Cuando jugaban en Madrid, el Palacio de Deportes se convertía en una caldera para la Cibona. Nada comparado con lo que se vivía en el Palacio del Hielo. Aquello no era una caldera, era la mismísima sala de estar del hogar de Lucifer. Y una noche, Lucifer se disfrazó de Novosel.

MIRKO NOVOSEL LLAMÓ A UNOS POLICÍAS Y LES DIJO ALGO. CINCO SE LANZARON A POR EL FOTÓGRAFO DE GIGANTES Y LE SACARON DEL PABELLÓN A GOLPES, NINGUNO EN LA CARA

En marzo de 1986 el Real Madrid tenía que jugar en Zagreb. Era un partido decisivo, el vencedor estaría en la final, Budapest, de la Copa de Europa. Fernando Laura y yo viajamos como enviados especiales de Gigantes, en la que nos quedaban unas semanas. Venían también, entre otros, Andrés Montes y Manolo Lama, nuestros entrañables e inseparables amigos de aquél tiempo remoto. A pesar de todas las dificultades que siempre sufríamos allí, nos gustaba ir a Zagreb. A eso ayudaba, y no poco, la amistad que habíamos hecho en otros viajes con tres cantantes y bailarinas polacas (de Gdynia, en el Báltico) que actuaban en el night club del sótano del Hotel Esplanade, donde siempre nos alojábamos.

Y nos gustaba ir, por supuesto, porque los partidos eran sensacionales. Éste también, pero sólo para la Cibona, que aplastó al Real. Incluso le humilló, porque humillante y vergonzosa fue la imagen de Drazen Petrovic y Danko Cvjeticanin pasándose el balón como niños en un colegio, mofándose de los jugadores madridistas.

El Palacio del Hielo rugía. Era una antigua edificación de uso incierto en el pasado, reconvertida en pabellón de baloncesto. Creo recordar que los asientos, al menos una parte, eran de madera y se estructuraban de forma muy vertical, dando la sensación de que los espectadores se situaban literalmente encima de la cancha. De madera o no, nadie se sentaba, los 14.000 aficionados que lo abarrotaban estaban todo el partido de pie. Y todo el partido fumando, lo que provocaba una humareda espesa y agobiante. Los gritos de ‘plavi, plavi’ (azules) salidos de las cavernosas gargantas yugoslavas atronaban y metían el miedo en el cuerpo. Y luego estaban las caras. Rostros serios, miradas desafiantes, ojos retadores: intimidación balcánica de primera.

Los jugadores, en la cancha o en el banquillo, estaban más o menos protegidos. Los periodistas, no. Nos situaban en la grada, prácticamente entre los aficionados. Nos amenazaban con gestos, nos gritaban. En los peores momentos, nos lanzaban monedas y bebidas, pero eso sólo ocurría cuando el Real Madrid parecía poder dominar el partido: es decir, casi nunca.

En esa condiciones, el trabajo de un fotógrafo extranjero (un fotógrafo enemigo) era muy difícil. Pero Fernando no se arredraba nunca. Por eso, y por muchas cosas más, ha sido el mejor fotógrafo de baloncesto de España. De largo. Quiso hacer unas fotos al banquillo de suplentes de la Cibona y a su entrenador, Novosel. Este se percató y con aspavientos le conminó a que no las tomara. Fernando le intentó convencer identificándose como fotógrafo de Gigantes, publicación en la que, gracias a Laura y a mí, el entrenador escribía textos técnicos (en el número 4 explicó magistralmente su mítica zona 1-2-2) a cambio de cien dólares por artículo que recibía encantado. Pero ni por esas. Novosel (que ya mandaba tanto como, cuando años después, fue nombrado ministro de Deportes de la Croacia independiente) llamó a varios agentes de la Milicija (Policía yugoslava) y les dijo algo. Cinco policías se lanzaron como ogros a por Fernando, lo detuvieron y le sacaron fuera del pabellón, propinándole golpes y puñetazos, aunque ninguno en la cara. Estaban a punto de subirlo a un furgón para llevarlo a la comisaría. El futuro próximo de mi compañero y amigo era muy incierto. En un país del bloque soviético, el respeto a los Derechos Humanos y a la presunción de inocencia no era lo más destacado en el currículum de la tenebrosa Policía de la Yugoslavia de Tito.

Fernando estaba aterrado, claro, pero no cayó en el pánico, mantuvo la sangre fría y esperó su oportunidad. Llegó cuando vio una puerta abierta al final de un pasillo, empujó a sus captores para zafarse de ellos y corrió entrando de nuevo en el Palacio del Hielo. Curioso: el averno convertido en paraíso y salvación.

Se escabulló entre el público y se refugió en una de las gradas del fondo, la que quedaba a nuestra derecha, recuerdo muy bien. Desde allí nos hacía gestos, nos llamaba, pero nosotros éramos ajenos a toda su vicisitud y no nos enterábamos. El banquillo del Real Madrid estaba más cerca y Rafael Rullán sí le vio. Vino corriendo hasta nuestra ubicación, en las primeras filas, y nos avisó. “Algo raro pasa, Fernando os está llamando desde allí”, y señaló detrás de una canasta. Entonces le vimos, rodeado de aficionados yugoslavos que parecían tomarlo como uno más de ellos.

Rápidamente fui hasta donde se encontraba mi amigo, le cogí del brazo y lo saqué de allí, intentando taparle todo lo que pude, a fin de que no le vieran ni Novosel ni los policías. Le llevé a nuestra posición y le camuflamos entre todos. El Real Madrid tenía el partido perdido, todos deseábamos que acabara pronto. Terminó y nos esfumamos como pudimos del Palacio del Hielo, ese infierno. Fernando respiró. A saber qué le habría pasado si no se hubiese fugado.

Para el Real Madrid siempre fue imposible salir con victoria del Palacio del Hielo. Para Fernando Laura, la victoria fue salir.

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