El gigante español que no triunfó en España: la historia de Miguel Tarín

El gigante español que no triunfó en España: la historia de Miguel Tarín

Texto publicado en la revista Gigantes 1.409 de febrero de 2013

Hasta que surgió Roberto Dueñas no hubo ningún jugador español que superase sus 2,17. Lo tenía todo, pero Miguel Tarín no triunfó en los 80 y se convirtió en el ‘maldito’ por excelencia del universo ACB. Décadas después, vive con el relativo anonimato que le da su físico. Sigue siendo el centro de las miradas por su altura, pero su rostro no es popular.

El baloncesto hace tiempo que no está en su radar. Ha trabajado como portero de discotecas y hubo un tiempo en el que convirtió en una eminencia en el adiestramiento de perros, como le contó hace unos años a Javier Ortiz en Gigantes, titular de este artículo. «Me entiendo muy bien con los perros. Había gente que me pedía que les enseñase a hablar. Y yo les respondía que no, que entonces iban a ser como los humanos». Despues, cambió radicalmente su carrera para hacer algo más tranquilo. «Me dedico al transporte. Llevo documentos de unas empresas a otras”, contaba, negando rotundamente que tuviera relación con el mundo de la política (se llegó a publicar que optaría a la alcadía de Barcelona por el partido PxC). «La palabra ‘político’ y la palabra ‘parásito’ tienen las mismas letras. Solo entiendo estar en ese mundo desde un punto de vista altruista», comentaba.

Si nos vamos al 2012, no tuvo un año ni mucho menos sencillo. Su peculiar físico le daba bastantes problemas, sobre todo en su brazo izquierdo. «Me han tenido que dar muchas pastillas para poder dormir. Cualquier situación se me hacía un mundo. Incluso escribir un mail. No me explico cómo, cuando era joven, cabía en los coches que me compraba», contaba.

Pese a todo, Tarín no pensaba haber sido nunca un ‘juguete roto’. «Lo único que me pasó es que encontré gente que, por problemas personales conmigo, decidió joderme», revelaba. «Yo jugaba porque me gustaba. Cuando dejas de tener ilusión, lo mejor es dejarlo, da igual si mides 1,80 o 2,17”, recordaba. En su currículum quedó un ramillete de clubs en los que no terminó de cuajar, desde el Barcelona, que le atesoraba como antídoto a Fernando Romay, al Loja, con el que terminó su carrera en la temporada 92-93. En medio, Tenerife, Hospitalet, Pineda, Vic, Mallorca, Alcudia… Solo tres temporadas en ACB, dos con el TDK Manresa y una con el Oximesa de Granada. Y media, 2,2 puntos y 2,1 rebotes. «Me perjudicó que en la temporada 81-82 la FIBA prohibió coger el balón por encima del aro. Eso lo quitaron justo el año en el que lo mandé todo al carajo», analizaba en su momento.

Si te pones en su lugar, debe ser difícil ser la oveja negra, el ‘outsider’. «Decían que era un borracho, un drogata. Algo increíble. Era algo para justificar lo que pasaba conmigo. La gente fliparía porque cuando voy a los sitios ni siquiera puedo pedir cosas que tengan gas», aseguraba.

Romay aparece como el reverso luminoso de Tarín. ¿Qué tenía uno que no sacó el otro? “Probablemente no supe venderme. No sirvo para eso. Tampoco quise hacerlo. Antonio Díaz Miguel me dijo que yo solo tenía una cosa más grande que la mano: la boca”, apuntaba.

«Una vez alguien me dijo que dejase a una chica con la que empecé a salir, que no íbamos a durar ni una semana, o acabarían con mi carrera. Llevo 31 años casado con ella. Renuncié quizás a algo, pero gané una vida», remarcó. ¿Es feliz? “Sí. Siempre te arrepientes de decisiones en la vida, pero en general hice lo que quise en cada momento”, apostillaba cuando hablamos con él en 2013.