El héroe del pueblo: Alex Caruso, por Gonzalo Vázquez

El héroe del pueblo: Alex Caruso, por Gonzalo Vázquez

El contenido pertenece al número 1.502 de la revista ‘Gigantes del Basket’

El suelo, de los anónimos.

El cielo, de las estrellas.

Pero sin anónimos,

ni suelo

ni cielo

ni estrellas.

(Psicobasket, CXXVII)

Con 3-1 a favor los Lakers fallaron el intento de cerrar las Finales, permitiendo a Jimmy Butler firmar en la serie su segunda obra maestra, el auténtico motivo de las dos victorias de Miami. Tras la derrota angelina su técnico, Frank Vogel, inquieto por el riesgo de situar al equipo ante el precipicio mental de un séptimo partido, resolvió regresar a la raíz. Apartó a Howard de la salida para volcar, en el sexto, más que un formato pequeño, a su escuadrón defensivo, su mejor posible con el fin de destrozar toda fase de creación rival. Eso suponía dar a Alex Caruso su primera titularidad en postemporada y entregarle un buen trozo del objetivo, rematado finalmente con el éxito que Vogel había previsto. Los Lakers aniquilaron dudas y partido (4-2), anotándose el título diez años después y protagonizando asíCaruso el mejor broche a su primera temporada completa en la NBA.

Justo un mes atrás, con 2-1 a favor, los angelinos se jugaban en el cuarto partido ante los Rockets la casi sentencia de las semifinales Oeste. Y durante cuarenta minutos bordaron ese escenario situándose 23 arriba, momento en que la complacencia y un desfile de pérdidas los hicieron desaparecer. Los Rockets reaccionaron con un salvaje 19-2, reduciendo a cinco puntos la distancia para el último minuto. Poco antes, para proteger el balón, Vogel había devuelto a pista a Caruso, y en la penúltima posesión angelina, con el agua al cuello, James debía decidir. La respuesta la facilitó Caruso, quien mejor interpretó la partida ganando la línea de fondo hasta el triple lateral, donde recibió para rematar la faena. Además de sentenciar el 3-1 Caruso cerraba su mejor noche anotadora (16) en playoffs. Remitía lo ocurrido a una de sus frases más célebres: “Soy ese tipo al que los rivales no prestan atención”.

No así sus compañeros. Ya en Finales de Conferencia, durante uno de los últimos tiempos muertos angelinos en el segundo envite ante los Nuggets, que resolvió Davis con el triple de su vida, Caruso tomó la palabra, explicando la cobertura defensiva necesaria para lo que restaba de noche. En pista, su pulsión vocal nunca cesa, aun siendo muy básicas sus consignas –“Weneedone”–, pero siempre como un chute anímico para el resto. Preguntado por esto, por cómo un miembro de la segunda fila asumía el mando en un momento tan crucial, Rondo, que a estas alturas solo está dispuesto a decir la verdad, sabiendo cómo Caruso había afrontado rivales como Lillard, McCollum, Harden, Westbrook o Murray, lo zanjó de un plumazo: “Este tipo sabe de lo que habla”.

Esa rotunda aprobación de su IQ (inteligencia en pista), ese valor vitamínico al grupo, fue lo que condujo a Frank Vogel a repuntar un 25% más sus minutos en playoffs, pasando del octavo papel en Regular al quinto en el tramo decisivo del año. Porque si el scouting de un entrenador tiene algún sentido, Caruso se lo venía dando durante toda la temporada. En realidad, a todo a quien lo hubiera visto jugar desde tiempo atrás.

La gestación íntegra de Caruso arranca y termina en el espejo de su padre, Mike, uno de cuyos mejores recuerdos como jugador de instituto en Oakland fue adjudicarse el título estatal. Jugaría luego en Creighton, donde acabó entrenando antes de renunciar porque no estimaba óptimos sus dones para reclutar. Allí conoció a su futura esposa, Jackie, atleta universitaria en Nebraska y de la que Caruso asegura que heredó sus genes. Porque la mejor forma física del padre le dio a lo sumo para machacar una pelota de tenis. No obstante, de su padre heredaría el valor del trabajo, la perseverancia y la modestia de hacer lo necesario para salir adelante. Mike se ganó un empleo en la universidad Texas A&M para ayudar a su desarrollo deportivo. Y así trabajó como promotor, comercial, comentarista, reclutador y finalmente, premiado su esfuerzo, como gestor, ejerciendo de director asociado al área deportiva hasta completar un total de treinta años y cumplir su trabajo de manera impecable.

Todo aquello ejerció un gran influjo en su hijo, cuyas probabilidades de hacer carrera como jugador, partiendo del mismo centro donde trabajaba su padre, que lo llegó a enchufar como ballboy del equipo de baloncesto, eran muy pocas. Pero su tozudez, la fe en sus pocas pero grandes virtudes, tampoco iba a conocer límite.

Las memorias del jovencito Alex como jugador de un deporte que adoraba pasan por pequeñas ligas infantiles en su natal Texas, entre la Bryan y la City League, donde su padre abonaba los 40 dólares de inscripción, hasta sumergirse, siendo ya mozo, en el circuito AAU y disputar el DoublePump y el Vegas Classic, hasta ganarse la invitación a uno de esos campus que preludian algún remoto acceso a la NBA. Para cualquiera que lo viese por primera vez, Alex tenía todo en contra, como un sparring de relleno.

Pero al verlo por segunda o tercera vez la percepción cambiaba. Porque en cuanto saltaba a pista era un grano en el trasero rival, un tipo empleado en cuerpo y alma en recuperar el balón cuando su equipo no lo tenía; y cuando lo tenía, actuaba de forma expeditiva y simple. Mientras los jugadores grandes apenas tocaban el balón, Carusoera generoso con ellos. Y entre tanto tiro y perímetro, tanta vena por superar a rivales en 1×1, los ojeadores maduros valoraban esa lectura clásica, que añadir a su entrega y servicio. En resumen, murmuraban, “el chico puede ejercer de base y defiende bien”. Alex era un recurso proletario para acercar la victoria. Y de vez en cuando dejaba alguna perla en forma de mate. “Y tiene buenas piernas”, concluían en la banda.

Ahora sabemos que aquella virginidad en Caruso se mantendría intacta, en todo escenario, transparente y sin dobleces. “Así fui siempre, del instituto a la universidad a la G-League a la NBA –decía–. Hay una correlación en todas esas etapas”. Una declaración de fidelidad a sí mismo, a lo que mejor sabía hacer sin caer en tentaciones de vanidad. Cualquier informe honesto de aquellos días rezaba verdades sencillas: rápido, gran defensor, decente tirador, correcto base. Una estrofa que después de cuatro años en College Station a las órdenes de Bill Kennedy seguiría valiendo. Y con todo, no era suficiente para atraer la vista de un plano mayor. Por eso Alex, mientras tanto, se cubría las espaldas aplicado a sus estudios de management deportivo.

Excluido del draft en 2016 no tuvo más remedio que buscarse la vida. Como parte de la plantilla Sixers en la Summer League pudo al menos sacar una invitación para el training camp de los Thunder, que lo cortarían semanas después. Pero no del todo. Caruso se ganó un hueco en su filial de la G-League, y con ellos no hizo más que ratificar sus virtudes, lo que le valió ser convocado por los Lakers, el verano de 2017, en una nuevaSummer League. Fue la edición de aquel equipo joven, fresco y plagado de talento que enamoró en Las Vegas. Caruso tardó en entrar en la rotación. Pero cuando lo hizo, ante los Kings, firmó un partidazo (18-9-4-4-1 anotando 4/5 triples), siendo la antesala de un paso más. Porque la lesión de Lonzo Ball le abrió pista en la final ante los Blazers y el texano volvió a responder (15-9-7). Sus prestaciones daban para intentarlo. Y así los Lakers le acabaron firmando el recién estrenado two-way o contrato de doble vía.

Cumplida una temporada con South Bay, iba a ser curioso lo sucedido. Mientras Caruso disputaba el curso con el filial, el equipo mayor, los Lakers, atravesaba su primer episodio con LeBron James en sus filas, un episodio seccionado de raíz a mitad de temporada. En adelante sobrevino el caos. Y precisamente gracias al caos y el vacío abierto, con todo perdido, Caruso tendría su oportunidad. Su cierre en abril de 2019 elevó su juego a cifras que no eran normales, ni siquiera en esa fase garbage de temporada (18.2 puntos, 8 asistencias y casi dos robos acertando el 55% de tus triples). Y de pronto el mundo conoció a Caruso. Porque añadía además salvajes highlights de comerse el aro a solas. Eran sus facultades reales, pero más aún su personal lucha por quedarse.

En verano las redes siguieron alentando su curiosa figura. Caruso exhibía trabajo en el gimnasio, quemando pesas como un mulo. Y abriendo julio, fue compensado con un contrato por dos y cinco millones y medio de dólares. Ahí empezó todo, ahora sí, de verdad.

Desde los albores de temporada Frank Vogel comprobó algo que se iba a mantener de principio a fin. Coincidiendo con LeBron en pista el Net Rating del equipo se disparaba. Observó que cuajaba entre ellos una química prodigiosa, en defensa y ataque, donde las reacciones de Carusoal espacio sin balón, de cortes a bloqueos, resolvían la matemática a James, que supo apreciar enseguida. Vogel lo arrojaba además las amenazas rivales, entre el manejador y los aleros, y a todos suponía un pesado incordio por su actividad en piernas y brazos, más las faltas de ataque rentadas. En febrero Vogel no podía omitir la evidencia: “Juntos forman una de nuestras mejores combinaciones en cualquier rotación”.

Se añadía que el ratio defensivo del equipo optimizaba en los minutos que Caruso estaba en pista, incluso en formaciones de lo más diverso; que Caruso ganaba posesiones y que en no pocas disparaba la transición rápida, uno de los pilares de los Lakers a la postre campeones. Y esto tenía ya una traducción medible. Cuando en los playoffs de 2016 el servicio estadístico oficial de la NBA pasó a integrarlo a sus datos, el llamado hustle cruzó la frontera de los intangibles. Vogel ya lo había aclarado en noviembre: “Es el perfecto ejemplo de cómo dañar al rival sin anotar, de prodigar muchas de las cosas que ayudan a ganar”.A lo queLeBron añadió: “Nos da de todo, es estable manejando el balón, tiene una gran presencia defensiva, aporta dureza y conocimiento del juego. Es lo que necesitamos”.

Todo lo antedicho es, a fin de cuentas, lo que cualquier aficionado ha podido observar de principio a fin. Pero a Caruso se le suma una capa más, una que carga a solas en la NBA actual.

De meme a un glorioso Rambis de bolsillo

Su caso, su historia personal, un trayecto vertiginoso de la nada al cielo, hasta convertirse en uno de los role players más valiosos del mundo, habría sido apreciado en cualquier equipo y ascender a favorito del público local. Pero en los Lakers, para colmo de LeBron James, la situación se multiplica exponencialmente. Y se da la circunstancia de que algo muy similar sucedió ya en ese uniforme hace casi cuatro décadas.

En el draft de 1980 los Knicks eligieron a un desconocido interior blanco, de nombre Kurt Rambis, para cortarlo sin debutar. El jugador saltó a su Grecia ancestral –de su nombre Kyriakos Rambidis– para jugar con el AEK, ganar la Copa del 81, volver luego a Nueva York, ser otra vez descartado por los Knicks y sumergirse a una liga de verano en San Francisco (Pro League). Allí el asistente angelino, Mike Thibault, pegaría un chivatazo a su jefe en los Lakers, Bill Sharman, convencido de que aquel tipo podría funcionarles. Y los Lakers le dieron la oportunidad, que pronto sería mucho mayor por la grave lesión de Mitch Kupchak en diciembre, agarrando Rambis una titularidad que ya no soltaría hasta adjudicarse, aquel primer año, el anillo con el equipo angelino. El primero de los cuatro que sumaría con ellos hasta 1988.

Pero Rambis era una singularidad. En aquel deslumbrante reino de lujos, entre Magic Johnson y Abdul-Jabbar, su imagen no podía desentonar más. Blanco y torpe, de melena desaliñada, coronaba su aspecto anacrónico unas gafas de pasta que insultaban el glamour de Hollywood, como si hubieran disfrazado de corto a un obrero de la construcción. “Pero quién coño es este tío con gafas que se atreve a taponarme”, se había molestado Magic en uno de sus primeros entrenamientos. Porque en su ansia por ganarse un hueco, más que duro era violento, al extremo de remitir como un calco –por sus innumerables peleas en años venideros–, a los Hanson Brothers de la cinta de hockey “El Castañazo” (1977).

Pero Rambis venía a jugar, a engrosar la valiosa figura del enforcer, de batirse el cobre en el juego sucio y dignificar el valor del role player, por muy bizarro que pareciese.Apodado Rambo tardó muy poco en convertirse en un héroe de culto, hasta prodigarse en el Forum aficionados con pelucas y gafas en su honor. Primero Westhead y luego Riley, pasando por sus compañeros, incluidas las estrellas, entendieron que su valor era muy superior a la apariencia, gozando de un dignísimo papel en la gloria del Showtime, en su contrapunto de sacrificio y entrega.

Tanto tiempo después asoma inevitable el paralelismo con Alex Caruso, otro ejemplo de atracción popular por contraste, otra diana de las redes que no distinguen adoración y burla. Su fama estalló a límites irracionales por la mezcla de cuanto hacía en pista –su potencia atlética multiplicó el escaparate– con las pintas de otro disfrazado, un chico de gasolinera a salvo de vanidades estéticas, como lucir una cinta en la cabeza ya desierta de cabello, por lo que tiene varios apodos. Incluso el riguroso The Athletic se sumó a la fiesta urgiéndole en un titular a “afeitarse la cabeza para asegurar su carrera”. Su negativa a cualquier arreglo y la seducción de su hiperactividad agravaron su popularidad, siendo el cuarto jugador más votado del Oeste –entre los guards– para el AllStar, coreado MVP en los tiros libres y calificado por LeBron como G.O.A.T. cuando no mucho antes, como el resto del mundo, no sabía quién era.

Fuera de la pista, al menor contacto social, Caruso luce siempre una sonrisa. Es amable y diligente, una forma de ser que el entorno aprecia. Pero todo el tsunami desatado en su nombre puede resultar indigesto. En marzo llegó a reconocer que haberse convertido en un meme humano, un símbolo caricaturizado en redes, donde abundaba más que Anthony Davis, lo superaba hasta resultarle “casi molesto”. Tanto como decirlo. Porque Caruso solo quería ser visto como un jugador de baloncesto, el tipo que tanto enamora a las advanced como a sus compañeros de equipo. Por eso recordaba lo importante. “No hay noche –confesó en el Times– que no me repita a mí mismo que estoy jugando en la NBA”. Como pasaría a cualquier ciudadano normal, gente de aspecto tan improbable para la mejor liga del mundo como él. Eso es Caruso. Un héroe del pueblo.