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Antoine Rigaudeau, a Gigantes: «Soy un líder nato y en la NBA no pude serlo»

Antoine Rigaudeau, a Gigantes: «Soy un líder nato y en la NBA no pude serlo»

Recuperamos la entrevista publicada en el número 1.481 de la revista Gigantes del Basket (feb-2019) con Antoine Rigaudeau

Antoine Rigaudeau (Cholet, 1971) era un jugador atípico incluso para los estándares actuales -base de dos metros- y apareció en un lugar y una época, la Francia de los 90, en la que el baloncesto no era precisamente fuente de éxitos ni ocupaba titulares. ‘Le Roi’, como se le bautizó, rompió con ese pasado y se erigió en pionero de la transformación que el baloncesto galo experimentó con el cambio de siglo.

Fue, hasta la aparición de Tony Parker, el jugador francés con más impacto internacional. Tomó el testigo de los Dubuisson, Dacoury, Ostrowsky y compañía, y lideró a su Selección a la plata olímpica en Sydney (2000). Vivió sus mejores años en Bolonia (campeón de Euroliga con la Kinder en 1998 y 2001) antes de iniciar una breve aventura americana (Mavericks, 2002) y finalizar su carrera en nuestro país, en Valencia (Pamesa, 2003-2005), donde ahora reside. 

Para los que no te hayan visto vestido de corto, ¿cómo era el Rigaudeau jugador?

«Creo que era un jugador bastante completo. Era un base alto, con una diferencia de estatura importante con respecto a mis rivales. Entendía bien el juego y, además, tenía capacidad anotadora. Pero mi rol principal, como base, como jugador que quería tener el liderazgo, era encontrar el modo de que todos los demás estuvieran bien y de que el equipo siguiera el rumbo adecuado para ganar partidos»

Tras crecer en el Cholet y pasar dos temporadas en Pau, saltas a la Virtus. ¿Cómo se gestó aquel movimiento?

«El director deportivo Roberto Brunamonti me seguía desde hacía años; el primer año que estuve en el Pau-Orthez ya estaban interesados. Pero teníamos un equipo importante en Europa y elegí quedarme porque sentía que necesitaba más experiencia. Luego me lesioné, en mi segundo año en Pau, pero la Virtus insistió. Había hecho buenos partidos contra ellos, y bueno, al final fiché y me fui a Bolonia»

Allí te encuentras con Danilovic, Nesterovic, Savic, Sconochini… Y ganáis la Euroliga en Barcelona’98, en tu primera temporada. En la final ante el AEK fuiste el máximo anotador con 14 puntos ¿Cómo fue levantar el título en aquel equipazo?

«Son grandes recuerdos. Ganamos la Final Four, aunque en la semifinal vivimos momentos de tensión y de gran rivalidad con el otro equipo de Bolonia, la Fortitudo. Ganar la Euroliga y el scudetto el mismo año me permitió seguir en este equipo. No sé si sin ganar ningún título habría continuado. Éramos un conjunto muy fuerte, con bastante talento, pero sobre todo con mucho carácter y experiencia. Éramos altos, fuertes… era difícil jugar contra nosotros, porque éramos duros. En esa época el baloncesto era muy defensivo, había que controlar mucho el ritmo y éso lo hacíamos muy bien. Vivimos una gran emoción en el Sant Jordi»

Tu segundo título de Euroliga llega tres años después. En este caso con mucha gente joven. ¿Cuáles eran las expectativas?

«No tan altas como las del primer año, por la renovación de la plantilla. Pero cuando juegas en este tipo de equipos, siempre hay que competir. La afición, la prensa, todo el mundo quiere que el equipo gane. En Italia es muy importante vencer. No tanto jugar bien, sino simplemente ganar. Hacíamos un juego algo más ofensivo y batimos el récord de victorias seguidas en Italia. Llegamos a la final de Euroliga, que era tipo ‘playoff’. ¡Fue tremenda! Dura, con muchos cambios y muy intensa. El alma del baloncesto es el ‘playoff’: todo el mundo disfrutó porque durante casi un mes todos estuvimos concentrados en la final, en esos partidos. Y ganar aquel quinto en casa fue un éxito muy grande para el club y la afición»

¿Es aquel equipo de 2001 el más talentoso en el que hayas jugado nunca?

«Pues quizás sí. El del 98 también  tenía calidad, aunque era diferente, igual con más carácter. Era más duro, pero era lo que se necesitaba en esa época. En 2001 puede que hubiera más talento y, sobre todo, había un jugador como Manu Ginóbili. A pesar de que era todavía joven y estaba en el inicio de su carrera, cambiaba un partido. Los dos equipos me traen grandes recuerdos y es difícil decir cuál prefiero. Pero es verdad que en 2001 lo ganamos todo y eso hace que el sabor sea más profundo»

¿Podría decirse que fuiste el mentor de jugadores como el propio Ginóbili o Jaric?

«Bueno (ríe), no sé si puedo decir algo así. Pero liderar era algo que a mí me gustaba, algo innato. Siempre he visto el baloncesto como un juego de equipo. Cuando fui a la NBA, ví que no podía desarrollar este tipo de comportamiento. Y volví por vivir eso, por tener liderazgo: hablar cuando había que hablar, mirar mal, abroncar, gritar cuando tocaba… Todo lo que va con ese rol. No sé si mentor es la palabra más adecuada, porque cada uno hace su camino y elige qué coge de lo que ve o escucha. Es una responsabilidad de cada uno. Tuve mucha suerte porque todos los conjuntos en los que jugué en Bolonia tenían la voluntad de ir a por un mismo objetivo, ganar el título. Así es más fácil desempeñar el rol de líder»

En la siguiente temporada, duro varapalo. Final Four en casa y derrota en la final ante Panathinaikos. ¿Qué pasó aquella noche?

«No me acuerdo mucho, la verdad y es raro (ríe). Fue una Final Four rara. Jugarla en casa no es tan fácil. Se decidió concentrarnos, y que aunque se entiende, se hace raro estando tan cerca de tu casa. En la final llegamos a tener 10-15 puntos de ventaja en el primer, pero después el PAO comenzó a jugar con un quinteto más pequeño y nosotros nos descentramos como equipo. Al final, con la presión de ganar en casa… Derrota dolorosa, pero es parte del deporte»

¿Cómo viviste el declive, incluido el descenso administrativo, de la Virtus?

«Yo estaba al inicio de la temporada en la que empezaron a ponerse las cosas mal. El propietario ponía mucho dinero, pero había tenido problemas en sus negocios y ya no quería desembolsar más. En Italia el deporte está estructurado de manera muy privada y si el dinero del mecenas no entra… En diciembre recibí una propuesta para ir a la NBA. Los Mavs pagaban una cláusula, y como ya había problemas, fue una oportunidad tanto para el club como para mí. Después de irme vi que las cosas fueron así-así. Ahora están recuperándose. En Italia parece que en el fútbol están algo mejor las cosas, ójala que el baloncesto le siga después»

En Dallas, apenas 11 partidos a las órdenes de Don Nelson. Poca bola en un equipo ganador (62-20). A la sombra de Nash.

«Aterricé con 30 años, pero la verdad es que no me logré adaptar a aquel mundillo. Vivir la NBA por dentro es una gran experiencia, pero no encontré mi sitio»

De tu última etapa en Valencia, ¿qué recuerdos guardas?

«Encontré una afición con una pasión por el baloncesto tremenda. Se vive como las Fallas; cuando va todo bien hay muchos fuegos artificiales, todos están muy contentos, pero cuando la cosa no va tan bien, se entra en un estado depresivo y hay que cambiar todo. El club ahora tiene más continuidad y más estabilidad. Mi última etapa allí fue difícil para mí porque estaba cansado mentalmente, con dolor y una lesión importante en el talón. Cada me era vez más sacrificado ir a entrenar. Y si no te sientes bien y alegre para hacer las cosas que te gustan, es el momento de acabar. No quería mentirme a mí mismo, ni a mis compañeros, ni a los directivos, ni a la afición… Siempre pensé que sería yo el que decidiría cuándo terminar, que no serían otras personas las que me lo tuvieran que decir» 

Para concluir, y aunque sé que es una pregunta con trampa, si tuvieras que elegir algún episodio especialmente feliz de tu carrera deportiva, ¿cuál elegirías?

«No sabría decirte un momento preciso. Pero elegiría mi etapa en Bolonia, porque en esos años también llegaron la plata olímpica y mis dos hijos, que nacieron allí. Fue un periodo de mi vida muy intenso en todos los sentidos, en cuanto a vivencias y relación con la gente; compañeros, adversarios… Ahí es donde me desarrollé mucho como jugador y como persona. La felicidad son muchos instantes de alegría que se juntan en un momento determinado»

 

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