El chico que salió de la nada, por Gonzalo Vázquez

El chico que salió de la nada, por Gonzalo Vázquez

Sale a pista. No serán muchos minutos. Pero el espectador se verá asaltado por un flaco hiperactivo que producirá una abundancia de cosas a inusual velocidad.

El testigo no habituado se preguntará entonces por qué ese tipo espigado, haciendo de cuatro y cinco, y con manos de alero, no ha jugado más, o no tiene un rol mayor, como ajustado a ese valor que parece rebosar en cada acción. La respuesta es simple. La rotación primaria de un equipo campeón será sagrada mientras no se demuestre lo contrario. Y en los Raptors la estructura es aún de acero. Por eso Nick Nurse, el entrenador del año, reconocía estar buscando la forma de hacerle justicia. “Me gustaría encontrar la oportunidad de hacerlo jugar más. Pero es algo que tengo que resolver”. Ahí reside la gran paradoja en la vida de Chris Boucher. Que todo cuanto dependió solamente de él salió adelante. Que de no ser por su voluntad las probabilidades de que terminara jugando en la NBA seguirían pegadas al cero. Y conviene recordar por qué.

Su historia arranca en el Caribe, en las paradisíacas playas de la isla de Santa Lucía, donde la nativa Mary MacVane dio a luz en 1993 a un bebé, Chris, fruto de su relación con Jean-Guy Boucher, al que había conocido cuatro años antes trabajando como cuidadora en Quebec. Ambos contrajeron matrimonio y al poco de nacer el niño arreglaron los papeles con la administración canadiense para trasladarse a Montreal. El nuevo mundo, observado sobre el mapa, es siempre prometedor. Pero la realidad es otra cosa. Y la del matrimonio se ahincó en una de las barriadas del norte, un área infestada de pobreza donde malviven legiones de inmigrantes caribeños y africanos al asalto de oportunidades. Solo que pasa el tiempo y no llegan. Eso no impidió que el matrimonio diera a Chris dos hermanitos, Maxime, y una niña, de nombre Christel. Para cuando Chris cumplió nueve años las sorpresas de su vida se contaban en dos: la nieve y la ruptura de sus padres.

En adelante el pequeño repartiría años vacíos entre la casa de su madre y la de su padre, un pastoso periodo en el que su padre se hizo cargo de la manutención de su hijo pero no de su hijo. Y menos cuando dejó de ser niño. Sin una autoridad reconocible toda obligación, incluida la escuela, era negociable. Se inclinó así al refugio de la madre, pero ahora su novio no quería ni verlo. Era como un invasor. A su hermana Christel le entristecía verlo allí en la sala, como una planta, sin hacer nada. Quería que fuera su modelo pero hacía imposible admirarlo. De forma que a los quince años, sin nada que hacer en el mundo, se largó de casa.

Lo acogió su tío. Pero Chris le fue cogiendo gusto a pernoctar fuera, a pasar las noches en cualquier sitio o al amparo de un colega cuyos padres lo admitieran. Mientras, el entorno ayudaba poco. El vecindario era un infierno, una guerra constante entre policías y pandilleros. “Mucha gente de la que veías a diario –contaba al cronista Austin Meek–, un día dejabas de verla”. Las rejas eran el único futuro. Cuando su madre supo de la muerte por disparos de un amigo de Chris, del encarcelamiento de otros, de violencia, robos y tropelías sin fin, acudió en su búsqueda hasta hacerle prometer que nunca se uniría a ninguna banda. Poco importaba. Sus interminables horas de calle discurrían entre ellas. Una vez lo detuvieron e interrogaron porque se parecía demasiado a un delincuente en busca y captura. En cada nueva redada estaría a la vista, como cualquier otro homeless. A menudo tomaba un autobús, la línea 380, que recorría un largo tramo norte de Montreal hasta las cinco de la mañana, tan solo para dormir a cubierto. Y sumido a solas en sus brumas, sabiendo que no iba a ningún sitio, le seducía regresar a su isla natal, con su abuela, y reiniciar allí su vida.

La promesa a su madre no vino sola. Como el dinero no caía del cielo y ella atravesaba dificultades se convenció de que sus clases sobraban. No eran las dos horas diarias de metro y bus hasta el instituto. Era que su educación tenía el grosor de un hilo y el mínimo académico para el CEGEP de futuro acceso universitario le resultaba remoto. Así que decidió abandonar toda formación y ponerse a trabajar para llevar dinero a su familia. Tenía por fin un objetivo.

Su amigo Asibey le abrió las puertas de un restaurante en Saint Hubert como lavaplatos. Chris Boucher era obediente y laborioso. Y el día que le dejaron tocar la plancha de grill comprobaron que tenía un don con el punto de asar, por lo que amplió su empleo como cocinero a tiempo parcial. Ahora tenía ocupación de la mañana a la noche. Y aunque el salario era una miseria, a menos de diez pavos la hora, podía por fin comer a diario.

Sus ratos y libranzas también cambiaron. Empezó a frecuentar las pistas de Kent Park, en el área conocida como Côte-des-Neiges, donde el baloncesto le divertía más que los otros dos deportes –fútbol y hockey– que había practicado. Creció 23 centímetros entre los dieciseis y los veinte años, un periodo en el que su alimentación había sido tan deficiente que, pasando los dos metros, no superaba los setenta kilos. Como dominaba a placer aquellas pachangas, otra vez su amigo Asibey se le echó encima. “¿Por qué no pruebas en algún equipo? Lo mismo un día el baloncesto te hace millonario”, añadió entre risas. Y a Chris Boucher le picó el gusanillo.

Por eso un día, hurgando en la red, acabó en la web de un club que realizaba unas pruebas y rellenó con ilusión el formulario. Puso su nombre, su fecha de nacimiento, su altura, su teléfono y un correo personal. Los responsables lo vieron. Pero creyeron que aquellos 6’8” (203 cm) eran falsos. El truco de los chavales de inflar su talla para ganar puntos. Era imposible, pensaron, que alguien así estuviera suelto por el área y no saberlo; sin caer en que tal vez no fuese del área. Pasó el tiempo y Chris Boucher no obtuvo respuesta. Pero quiso seguir adelante porque, como otros le insistían, era realmente bueno. Hasta presentarse, en mayo de 2012, en un torneo anual de aquel pequeño centro, Little Burgundy, situado en la localidad de Alma, a casi quinientos kilómetros al norte del polvorín donde vivía.

Llegó sin previo aviso, pidió jugar y tuvo la suerte de que en el equipo de los jugadores nuevos había una plaza vacante. Lo grueso se había disputado horas antes, por lo que aquello era casi una sobra, de no ser que se medirían al club más respetable del área, Brookwood Elite. Por lo que apenas hubo partido. Pero en medio de la paliza despuntó aquel desconocido espárrago, que no dejaba de luchar aun estando cuarenta abajo. No en vano barría todo fallo de sus compañeros, la mayoría en forma de mates, hasta anotar 44 puntos y dejar atónitos a los pocos testigos. Cabe recordar que Chris Boucher tenía entonces 19 años y no sabía lo que era el baloncesto organizado.

A la primera fortuna se añadió otra: que en la grada aún permanecieran dos de los responsables del centro, Igor Rwigema e Ibrahim Appiah, cuya agenda ya había finalizado. Pero seguían allí, entre la pereza y el vago afán de que alguno pudiera valer para su programa de reinserción de jóvenes capaces en barrios marginales en la provincia de Quebec. De esos sueños protectores del destino, como hijos de inmigrantes africanos, ambos técnicos sabían bien. Y al término de la velada secuestraron a Chris. La idea era enrolarlo en el equipo de una escuela preparatoria al noreste de Montreal, a cinco horas de allí. Pero necesitaban la validación de sus tutores. En agosto ambos recruiters visitaron a su padre y su respuesta los dejó helados. “Mi hijo es inútil, no va a hacer nada en la vida. Si ustedes creen que tiene una oportunidad, adelante, llévenselo”. Su madre, en cambio, creyó que se abría a su hijo una oportunidad, algún futuro si esos desconocidos decían la verdad. Y ellos le juraron allí que Chris dejaría atrás la mala vida que había conocido.

El plan a futuro era seguir estudiando, obtener el diploma de secundaria y poder acceder algún día a la universidad. Pero Chris no veía más allá del día a día, mejorar su presente como no había conocido, empezando por comer y dormir. El joven desconocía la estructura desayuno-comida-cena, a lo que añadir en adelante estudios y entrenamientos. Una vida ordenada.

Dado su nivel de juego Appiah y Rwigema sabían que pasar tres años con ellos en Alma Academy, un escaparate para ojeadores, sería imposible. Y así Chris completó con ellos el primer año. Fue en aquella etapa cuando Mike Mennenga, asistente en Canisius, pudo verlo en Providence jugar un partido ante una academia preparatoria de Nueva Jersey que lo dejó prendado. Boucher hizo 29 puntos, 12 rebotes y cinco tapones sin pérdidas y un solo tiro fallado. Para quedárselo Chris tendría que pasar antes por un junior college. De uno de ellos saldría otro testigo, James Miller, que en la primavera de 2013 se lo acabó llevando a Nuevo México. Creyó ver en Chris a Manute Bol en un formato más manejable. Técnicos y jugadores no podían creer que fuera tan flaco. Parecía anémico, y con aquellas trenzas, una mopa del revés. Y sin embargo rendía a tal nivel que al año siguiente, jugando para Northwest College en Powell (Wyoming), fue nombrado el mejor jugador nacional en la escala junior college. Chris era además un prodigio en las pruebas físicas, siendo uno de los dos únicos miembros del equipo de Miller en completar un durísimo ejercicio de veinte esprints en veinte minutos. Cuando le tomaban el pulso se sorprendían de cifras que en otros sugerían el reposo. Chris no se cansaba de cruzar corriendo la pista, rebotear, taponar, defender a quien le ordenaran y lucir una portentosa mano al triple.

Mennenga siguió adelante en su caza. Y trabajando ahora para la Universidad de Oregón, hizo una escapada del torneo NCAA de 2015 para ir a verlo en vivo. No le costó convencer a sus colegas, Kevin McKenna y el técnico Dana Altman. Cuando Boucher se comprometió con ellos llevaba cuatro años jugando al baloncesto. Dijo hacerlo no por él, sino por su familia. Su mensaje en Facebook parecía un epitafio: “Mi vida nunca fue fácil. He trabajado para lograr algo así. Esto no ha hecho más que empezar. No importa lo duro que sea. Lo conseguiré”. Tenía 22 años y pesaba 76 kilos. La lesión de su compañero Jordan Bell le abrió enseguida las puertas de la titularidad y ya no la soltó. La victoria ante Duke en el Sweet 16 forma parte de sus mejores recuerdos.

Los siguientes años mostraron las dos caras de la misma moneda. La primera, su convencida formación hacia la licenciatura en sociología con la intención de asistir casos como el suyo, de mejorar algún día la vida de los privados de oportunidades. Y la segunda, el baloncesto. De alcanzar la titularidad en el equipo de Oregón y liderar el apartado de tapones de la Pac-12 terminando segundo de todo el país.

Pero lejos de echarle un cable, la burocracia NCAA interpuso un problema de convalidación académica, no ajustando su calendario universitario a su calendario real. Le sustraían un año natural, lo que le convertía en sénior sin serlo complicando así su soñada graduación. Para colmo, en marzo de 2017 sufrió un desgarro en el ligamento cruzado anterior de su rodilla y allí terminó su aventura. Esa lesión le impidió probar con los equipos NBA que así lo quisieran, el único motivo de su condición de undrafted.

Fue gracias a los Warriors que Chris Boucher se convirtió en uno de los pioneros de la nueva política de contratos two-way. Relegado a la G-League tuvo al menos la ocasión de debutar en la NBA durante poco más de un minuto en marzo de 2017 en una victoria ante los Lakers. Tres meses después, aun de forma testimonial, le correspondía el anillo del equipo, antes de que en julio se lo quedaran los Raptors como agente libre.

Esa temporada Nurse le daría puntualmente pista en partidos sueltos, hasta que en el último de la Regular, ante Minnesota, lo dejaría libre cerca de 25 minutos y Boucher supo aprovecharlo con su brutal producción natural. Era lo más lógico para un jugador que en febrero se había ganado un contrato de dos años en Toronto porque terminó siendo, con toda justicia, MVP y DPOY de la G-League (27.2, 11.4 y 4.1 tapones con un 51.0% de tiro).

No mucho después los Raptors se alzaban campeones y a Boucher le correspondía otro anillo, siendo además el único canadiense en el primer campeón canadiense de la historia. Lo que viniera en adelante ya no se mediría en anillos. Sino en admitir su condición NBA de pleno derecho hasta que alguien lo descifre y libere del todo. Porque entretanto, el sitio en Toronto es muy caro. El producto interior derivado de Ibaka, Gasol y el versátil Siakam “no deja muchos minutos libres a nadie –advertía de nuevo Nurse–. Tengo que seguir pensando cómo expandir su rol”. Porque Chris Boucher no ha hecho otra cosa desde que vino al mundo.