‘Huellas imborrables’. Tributo de Andrés Monje al Calderón de los Raptors…

‘Huellas imborrables’. Tributo de Andrés Monje al Calderón de los Raptors…

No perdía un balón ni por casualidad y encontraba hombres abiertos antes incluso de que éstos supieran que iban a estarlo. Pero fue su permanente tributo a la primera persona del plural lo que le hizo esencial en Toronto.

Cuando vuelve, todo el mundo quiere verle. Así sucedió siempre. Todos lucen sonrisa por reencontrarse con ese viejo amigo al que, sin importar la distancia, siempre sientes cerca. En Toronto a José Manuel Calderón le buscaron ejecutivos, miembros del cuerpo técnico, excompañeros e incluso varios trabajadores de los Raptors, una franquicia en la que ha sido (y es) algo más que un jugador. Por los mismos motivos por los que el baloncesto es algo más que un deporte.

Lo hicieron para compartir un buen rato, refrescar algún recuerdo o simplemente saber, de forma directa, cómo trata la vida a una de esas personas que dejan marca. Porque por los Raptors, una franquicia aún joven, han pasado jugadores de gran talento, coronados por la breve (pero gloriosa) estancia de Kawhi Leonard en Canadá, pero en los grupos humanos de los que ha dispuesto la franquicia ha habido pocos que se hayan dejado notar tanto como el extremeño. El baloncesto va más allá de lo que se puede ver en pista.

En las siete temporadas y media que pasó en la franquicia, le dio tiempo a repartir tantos pases de canasta (3770) como para liderar su lista histórica. Y es que ésa, la acción del juego que mejor representa la felicidad compartida, la del que anota y la del que asiste, ha sido precisamente la que más ha definido su carrera en Toronto. Como un fiel reflejo del que pareció ser siempre su espíritu como jugador: que mi felicidad llegue, sobre todo, por hacer felices a mis compañeros.

Desde aquel noviembre de 2005 en el que debutó en la NBA, lo colectivo fue lo primero. Y de ese modo aquel potro salvaje que Rob Babcock, por entonces General Manager de los Raptors, había conocido, y al que tanto había persuadido después de seguirle en España, fue progresivamente mutando en un ordenador andante, una máquina que veía el baloncesto unas décimas antes de la realidad y era capaz de tomar decisiones acertadas sobre el parqué de forma casi compulsiva.

Aquel fue el primer gran mérito de Calderón, en su versión NBA. Permitir que su tren inferior, apoteósico en sus años de plenitud, fuese relegado a un segundo plano con un propósito principalmente evolutivo. Las piernas darían brillo, puede que incluso cumbre; pero el conocimiento y la pulcritud de su rol otorgarían la consistencia necesaria como para permitirle hacer carrera durante más tiempo y con mayor coherencia. Muy pronto lo entendió.

Lejos de ser un novato al uso, el extremeño vio pista en su primer año (23 minutos de media en 64 encuentros), la suficiente como para reconocer el nuevo escenario al que llegaba (diferente ritmo, despliegue físico y prioridades en el juego) y asumir de forma natural el papel de director. Uno que iba a llevar a la enésima potencia los años siguientes.

Baloncesto cerebral

Sam Mitchell, Jay Triano y Dwane Casey, los tres técnicos que tuvo en Toronto, tardaron poco en identificar qué tipo de joya colectiva tenían a su disposición. A pesar de las alternativas en el puesto de uno, la presencia del español en pista se asemejaba al hecho de meterles a ellos mismos sobre la cancha. Nada suele gustar más a un técnico que tener ese tipo de control del juego. Y nadie lo acercaba más que Calderón.
El internacional español, que inició su segundo año NBA como campeón del mundo, perfeccionó un apartado del juego que acabó convirtiéndole en uno de los referentes del período creativo durante la etapa de transición en la Liga, el ciclo en el que Steve Nash rompió las cadenas del ritmo y la anestesia del juego hasta abrir la era del pace&space, que pasaría a gobernar estilísticamente el baloncesto desde entonces. ¿Cuál fue ese apartado?

Su dominio del pase horizontal alcanzó cotas de superélite. Es decir, Calderón encontró en la gestión del primer pase, en la decisión segura y fiable que rasgaba la defensa rival en primera instancia, su razón de ser. Y así, simulando una partida de ajedrez, el de Villanueva de la Serena se encargaba de elegir y ordenar las secuencias de movimientos hasta llegar al ‘jaque mate’, aunque no siempre fuera él mismo quien asestase ese golpe definitivo. En su día Dwyane Wade lo reconocía sin tapujos. “Odiaba jugar contra él, no perdía un jodido balón, no tomaba una mala decisión”.

Todo el proceso previo a la canasta, incluso al tiro, nacía de su mente y su distribución, algo fascinante que llevó incluso a Casey -al que enamoró desde el principio- a pensar que realmente veía el baloncesto dos jugadas antes que el resto. Por momentos, llegaría a hacerlo. En Toronto le veían prácticamente como un quarterback, que controlaba tiempo y espacio de compañeros y rivales mientras simultáneamente botaba el balón.

Esa virtud, la de ordenar a su equipo en situaciones de cinco contra cinco e identificar, al mismo tiempo, fragilidades del adversario le convirtió en imprescindible. El esférico pasó a sus manos y la NBA conoció el impacto como director del español.
Desde su segundo año y hasta el final de su andadura en Toronto (seis temporadas y media, ya que fue traspasado a Detroit en enero de 2013), Calderón lideró la NBA tres veces en la categoría de asistencias repartidas por cada balón perdido, sin llegar a bajar del cuarto mejor registro en las campañas restantes. Dicho de otro modo, elevó a rutina la elección automática de la mejor decisión en cada instante, de entre todas las posibles, así como la ejecución inmediata de esa misma. Era poco menos que un ordenador en pista.

Adáptate y vencerás

La excelencia creativa coincidió, además, con la progresión de otro elemento de su juego que acabó derivando en la reconversión posterior de Calderón como jugador, especialmente expuesta durante su tramo final de carrera. Y es que si cuando aterrizó en Canadá su lanzamiento exterior era inconsistente y un arma sólo puntual, su trabajo de estudio del tiro y repetición para automatizarlo del modo adecuado construyó un monstruo en ese aspecto.

Del 16% de acierto en triples durante su primer año con los Raptors, que cerró con solo siete anotados en 64 encuentros, el extremeño pasó a acariciar el 43% sólo dos cursos después, multiplicando además por once el número de tiros de tres convertidos. Ese camino a la plena amenaza en el tiro exterior, tanto sobre su propio bote como recibiendo para ejecutar, dotó a su nivel ofensivo de una nueva dimensión. Excepcional generador para el resto, solvente produciendo por sí mismo y con pleno control de los ritmos de partido, su salto cualitativo fue notable.

Aquella misma temporada, su tercera en la Liga, rebasó el 50% de efectividad en tiros de campo, el 40% en triples y el 90% desde la línea de personal, con los Raptors en playoffs y su nombre apareciendo con fuerza como candidato a ser reconocido como All-Star en la Conferencia Este. Un honor en España sólo conocido por Pau Gasol y que no acabó llegando, pero que igualmente da a entender la esfera que había alcanzado.

Fue la línea de personal, precisamente, la que el curso siguiente (2009) hizo a Calderón entrar de lleno en los libros de historia de la NBA. Su asombroso 98.1% de acierto, 151 aciertos en 154 intentos, no encontró precedentes. Tampoco los ha encontrado después. Calderón encadenó 87 tiros libres consecutivos durante aquella campaña, consagrada como la mejor que jamás haya tenido nadie desde la línea de personal en la competición estadounidense.

De la competencia al reconocimiento

Sus años en Toronto, que representan su cima individual como jugador NBA, no estuvieron exentos de retos. Inicialmente, por ejemplo, el equipo carecía de recursos para competir y después, cuando empezó a tenerlos, Calderón vivió, en primera persona, escenarios de competencia que podían haber puesto límites a su progresión. No sólo no lo hicieron sino que, de hecho, reforzaron su valía como jugador y sobre todo como persona adorada en todos aquellos vestuarios.

Durante el segundo y tercer año de su carrera, el extremeño convivió en el puesto de base con TJ Ford, apuesta de la franquicia para fortalecer la rotación y disparar los objetivos, llegándose a producir momentos curiosos durante esa etapa, como por ejemplo que tras una lesión de Ford en el curso 2007-08, que precipitó a Calderón hacia los focos, fuese el propio español el que, una vez recuperado su adversario por el puesto y sabiendo la incomodidad que éste tenía por salir desde el banquillo, solicitase al cuerpo técnico que Ford volviese al cinco inicial y él al banquillo. Sin importar su excelente rendimiento previo como titular. Porque en realidad el único rival que Calde concebía estaba en el otro equipo, nunca en el suyo.

Hubo más, con Jarrett Jack e incluso Kyle Lowry como protagonistas en esa competencia directa. Calderón siempre llegó a estar en permanente alerta, con la rampa de salida activada por defecto, pagando paradójicamente en lo individual el desfallecer colectivo de un proyecto al que él se entregó por completo, anteponiendo siempre el bien común al propio.

Es seguramente por ello, por su fiel entrega y honestidad a todos los niveles, por lo que aún es recordado. Por lo que antiguos compañeros sacan su nombre cuando son preguntados por personas que les hicieron mejores, tanto dentro como fuera de la pista; por lo que el personal de los Raptors, los anónimos que hacen funcionar el día a día de una organización mastodóntica, le guardan tanto cariño.

José Manuel Calderón no es sólo uno de los jugadores imprescindibles en la historia de los Raptors, por su aporte en pista. Es también, y de hecho sobre todo, uno de los mejores ejemplos de profesional que pisó la franquicia. Y es eso, en el fondo, lo que convierte sus huellas en imborrables, por completo ajenas al tiempo y merecedoras del respeto eterno que ofreció aquél que las dejó.
Será ese su mejor legado.

Foto: Getty Images