Enhorabuena, lo habéis conseguido (y lo seguís consiguiendo), por David Sardinero

Enhorabuena, lo habéis conseguido (y lo seguís consiguiendo), por David Sardinero

Desde hace 35 años, ininterrumpidamente, la revista Gigantes del Basket está en los kioscos. Ni siquiera la pandemia mundial que estamos atravesando ha impedido que Gigantes haya dejado de editar uno de sus números. Y eso tiene mucho mérito. No mío, para nada, sino de los lectores que han seguido apoyando y leyendo nuestra publicación y de los trabajadores que la hacen posible. Ahora, en 2020, y en 1985, cuando unos valientes se lanzaron a esta aventura. La realidad es que ahora Gigantes es mucho más que una revista, algo que sonaría a Blade Runner si se lo dijeran a los fundadores en 1985. Ahora hay una página web, unos campus en diferentes sedes por toda España, una tienda online, diferentes redes sociales. Qué demonios, si Gigantes tiene hoy cuenta en Tik-Tok y canal de Telegram… A ver quién era el guapo/a que se lo explicaba en el 85. Pero la realidad es que, todavía a día de hoy, la única certeza que tenemos es que, sin la revista en papel, Gigantes no sería Gigantes.

Por eso, pese a todos los avances tecnológicos y de estructura del grupo, siempre hemos defendido nuestra naturaleza; nuestro origen. Seguir manteniendo un buen producto en papel ha sido una de nuestras prioridades desde el salto al formato mensual y 35 años después seguimos intentándolo cada mes. Escribiendo estas líneas me he acordado del editorial que escribí en el 30 aniversario de nuestra revista, “en la misma página donde un día estuvieron Manolo Vega, Paco Torres y César Nanclares. Incluso Pedro Jota Ramírez escribió una vez uno de los editoriales de Gigantes”.

De aquel texto quiero rescatar un extracto totalmente vigente, 5 años más tarde y después de turbulencias que nos han cambiado a todos la vida. Hoy no podría decir nada mejor. Un agradecimiento a aquellos, los de 1985 que se empeñaron en hacer una revista de baloncesto diferente, que se convirtiese en testigo de tantas cosas. Y la suerte ha hecho que hayamos sido testigos de los mejores años de nuestro baloncesto. «A ellos, desde aquí quiero daros la enhorabuena. Lo habéis conseguido. Tanto los fundadores, colaboradores, periodistas que en algún momento han sido parte de esta aventura, como los lectores. Habéis conseguido que Gigantes perdure en el tiempo. Que sobreviva y siga presente como un actor importante de nuestro baloncesto”.

Y tanto que lo ha hecho. Sus portadas y sus fotos nos han acompañado 35 años en viajes, mudanzas, habitaciones de nuestros padres y con nuestras parejas; ahora aparecen en el Instagram de nuestros (vuestros) hijos. Sus pósters han empapelado paredes de gotelé de los años 90; y ahora nuestros pósters de Doncic y LeBron se pueden ver en los vídeos de Youtubers en Twitch. Es ley de vida que el entorno cambie y no hay que negarse a ello. Lo que es casi milagroso es que esa G de Gigantes siga presente con fuerza en nuestras vidas, que siga muy viva en una época tan diferente a la de su nacimiento, ya en edad canallita. Quizá sea porque la esencia, el amor por el baloncesto, es lo que no ha cambiado. Y que de alguna forma, la fascinación que ejerce este juego a los aficionados y aficionadas más jóvenes sea, en el fondo, igual que el embrujo que hechizó a nuestros padres. Y al igual que en los 80 alucinaban con Larry Bird y un joven Jordan, las nuevas generaciones de aficionados se volvieron locos con el grito de Pau Gasol ante Francia en el Eurobasket y les tocó quedarse de piedra y llorar la muerte de Kobe Bryant. Sea como sea, el baloncesto pervive, la pelota es naranja, tiene que entrar por un aro y, ojalá por muchos años, Gigantes esté ahí para contarlo. En papel, en un tuit o en un tik-tok. Que sea por muchos años.