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Dallas Mavericks y los secretos de su ataque, por Andrés Monje

Dallas Mavericks y los secretos de su ataque, por Andrés Monje

El optimismo cobra sentido y la ambición se desata. Los Dallas Mavericks vuelven a competir al amparo de un modelo de vanguardia y un genio que lo proyecta. El resultado, incluso temporal, no puede generar mayor asombro: su ataque produce a un nivel sin precedentes en la historia NBA.

Pasado el ecuador de la fase regular los Mavs, en proyección de jugar los playoffs por primera vez en cuatro años, protagonizan una de las grandes historias de la temporada NBA. Lo hacen, en concreto, a partir de un apartado del juego que justifica su fantástico rendimiento. Porque las sensaciones insinúan y los datos corroboran: el sistema ofensivo del equipo de Rick Carlisle está siendo algo verdaderamente excepcional.

No es sólo que ese ataque lidere la NBA. Sino que la eficiencia ofensiva, que mide los puntos que anota un equipo por cada 100 posesiones, señala en este punto que ningún equipo en la historia de la Liga ha logrado completar una campaña con los datos que exhibe la franquicia texana: superiores a los 116 puntos por esas citadas 100 posesiones. Dicho de otro modo, más allá de gustos y con los datos en la mano, se está viendo el ataque más poderoso de siempre.

Y si bien la era del vértigo ofensivo, bañada en nociones de analítica y productividad, promueve ese éxito en ataque, los Dallas Mavericks no parecían preparados para tal reto. No después de haber dejado su ofensiva en la 20ª plaza de la NBA el curso pasado. No con otros gigantes ofensivos (Rockets, Bucks, Lakers) más capacitados, en teoría, para conquistar esas cimas históricas. Poco importa, está ocurriendo.

Los principios básicos de los Dallas Mavericks: la teoría

Los Mavs representan uno de los más claros ejemplos de sistema ofensivo abrazado al movimiento sabermetrics, que tanto inunda la NBA y proyecta la vanguardia del juego. Tal fenómeno cuenta con detractores, que enfatizan en la posible pérdida de la esencia del juego, camino de su robotización. Lo que sin embargo es difícilmente debatible es el fondo: si un equipo quiere ganar, la estadística avanzada se convierte de inmediato en su aliada. Y no hacer uso de ella significa, simplemente, aceptar el hecho de competir en desventaja.

Dallas sigue puntualmente las pautas de la receta teórica del éxito ofensivo: altísimo volumen de triples (de cada cien tiros de campo intentados, cuarenta y cinco son triples), reducción de la media distancia (solo un 5% de sus lanzamientos son desde zonas entre cuatro y siete metros al aro, las menos eficientes), limitación masiva del juego al poste (solo un 3% de sus acciones) y cuidado extremo del balón (por debajo de las 13 pérdidas cada 100 posesiones).

En total, el 70% de los tiros de campo del equipo de Carlisle proceden de dos zonas: un metro o menos del aro o el triple. No es casual, son justamente las dos áreas más productivas. Si añadimos el tiro libre a la ecuación (otra acción de alta productividad y en la que Dallas también pisa el top 10), el escenario está servido: los Dallas Mavericks saben muy bien qué hacer.

De hecho, a finales de diciembre, el propio Carlisle acudió raudo a defender el plan aprovechando cuestiones de los medios sobre por qué Kristaps Porzingis (2.20 de altura) no usaba su tamaño para jugar más al poste. Y es que eso, que un jugador de gran tamaño emplee su físico para actuar de espaldas al aro, ha sido históricamente algo obvio para el baloncesto. Hasta que ha dejado de serlo.

“Debemos darnos cuenta de que el juego ha cambiado. Lo ha hecho, es una evidencia. El juego al poste ha dejado de ser una opción. No lo es ni siquiera para un tipo tan grande porque es una jugada poco productiva. Y los números lo demuestran. Si podemos emplear a un interior en situaciones de continuaciones, lo hacemos, pero el poste bajo no es efectivo”, explicaba Carlisle y recogía The Athletic.

El técnico de los Dallas Mavericks jugaba con dos cartas ganadoras en su argumentación. Una, lo que decía sobre el poste bajo era cierto: Porzingis es mucho menos efectivo en esas acciones (0.57 puntos por posesión) que actuando de cara al aro (por ejemplo, genera más de 1 punto por posesión con cada intento de tres), por tanto Carlisle no iba a ir en su propio perjuicio; y dos, su equipo ya circulaba entonces con un registro ofensivo sin igual en la Liga. Es decir, se podía discutir de preferencias en las formas pero no podría rebatirse el fondo de su sistema, de aplastante éxito.

Conocido durante gran parte de su carrera por su visión y talento para crear estructuras de élite en lo defensivo, Carlisle es consciente del valor que tiene hoy en día hacer amplia la cancha en ataque, generar el tan anhelado espacio ofensivo, para producir. Ahí los interiores juegan un papel esencial, porque si ellos son capaces de llevar a sus pares lejos del aro, la zona se despeja y eso agiganta las opciones de castigar a la defensa.

Cómo lo logran: la práctica

A estas alturas, multitud de equipos tienen claras ciertas rutinas a seguir para aumentar su productividad ofensiva. Lo complejo es, no obstante, ejecutarlas con éxito. Ahí se encuentra lo diferencial. Y en su caso, Dallas es un conjunto que domina diferentes áreas clave a través de las cuales genera variedad y edifica su poder en ataque.

La gestión de las situaciones de pick&roll es una de esas acciones vertebrales. Los Mavs abusan del juego de bloqueos tanto para que su manejador de balón (generalmente Luka Doncic) acabe finalizando como para este alimente a los interiores que colocan el bloqueo (tanto Kleber como el recientemente lesionado Powell son fantásticos finalizando en continuaciones al aro) o a tiradores que esperan en el lado débil del ataque (aquel en el que no se encuentra el balón).

Los texanos son muy productivos en todas esas jugadas directas (en las que acaba lanzando el manejador de balón o el jugador que pone la pantalla) y, para colmo, generan una enorme cantidad de triples desde ellas. Siendo Dallas un bloque que lanza muchísimo de tres, más del 85% de esos intentos llegan además en buenas condiciones, lo que se conoce como ‘lanzamientos abiertos’, es decir con el defensor a más de un metro de distancia del tirador. La ocupación de espacios es impecable y pese a que Dallas no sea un equipo que mueva mucho el balón, sí lo hace de forma incisiva.

Un segundo pilar ofensivo se produce a parir de las penetraciones, en las que Doncic marca diferencias por su habilidad sobre el bote, control de su cuerpo, manejo de los tiempos ofensivos e inteligencia para tomar las decisiones correctas. Los Mavs penetran a canasta con altísima frecuencia, excelentes resultados y un bajísimo volumen de pérdidas, que impide el contraataque rival.

Pero cuentan, además, con otros dos caminos muy eficientes para anotar. Uno de ellos son acciones de cortes a canasta, en las que habitualmente Doncic ejerce como cerebro y sus compañeros atacan el aro sin balón, esperando que el genio esloveno se lo haga llegar en el momento oportuno. Los Mavs son uno de los cinco mejores equipos de la NBA ejecutando esas acciones en las que la pizarra tiene una cuota de éxito y la capacidad de lectura de juego e improvisación cumple con la restante.

El segundo camino lo representa la acción más simple de todas: el aclarado. Ahí de nuevo Doncic se encarga de marcar las diferencias, con el cuarto mejor dato en toda la NBA. No necesita ni siquiera un bloqueo para castigar a la defensa rival.
Si se suma al citado cóctel (pick&roll, volumen de triples liberados, penetraciones, cortes y aclarados) el uso del rebote ofensivo que pide Carlisle, con sus jugadores buscando de forma agresiva la captura y castigando enormemente a través de puntos en segunda oportunidad, el resultado es devastador. Los Dallas Mavericks son una fuerza ofensiva de primerísimo nivel… histórico.

Jerarquías definidas

Toda buena obra requiere de buenos intérpretes. Pero no sólo a su nivel individual sino, sobre todo, en su capacidad de aceptar sus roles y coexistir en un mismo escenario. La jerarquía es esencial del rendimiento en Dallas, básicamente porque existe una figura cuyo peso, en fondo y en formas, supera ampliamente al del resto.

Luka Doncic es el eje a través del cual todas las teorías y rutas ofensivas descritas funcionan con fluidez. Su dominio de la triple amenaza (pase, bote y tiro) sirve como punto inicial sobre el que despliega sus infinitos recursos a la hora de producir para sí mismo y para el resto. Su presencia en el top3 de puntos y asistencias en toda la NBA ya revela su dimensión ofensiva.

Más allá de promediar 29 puntos (en 33 minutos) por encuentro, cuando está en cancha el esloveno reparte el 48% de las asistencias totales de los Dallas Mavericks, una marca un 50% superior a la de su año de novato y que esta campaña sólo es superada por LeBron James (49%). Todo el caudal ofensivo pasa por sus manos pero, aunque sea la inicial y prioritaria, no es la única pieza valiosa.

Carlisle complementa a Doncic con roles más concretos, esencialmente ejecutores exteriores (Hardaway, Finney-Smith, Curry), interiores muy móviles capaces de tirar de tres y/o atacar continuaciones en pick&roll (Porzingis, Kleber y el ya gravemente lesionado Powell) y alternativas secundarias para generar desde el bote (Brunson, Wright). Más allá, especialistas para situaciones concretas, como Barea a la hora de alterar ritmos de partido o Marjanovic buscando condicionar la pintura. Un plan a la vista sencillo pero que, bien ejecutado, hace de su equipo uno muy difícil de reducir.

La segunda parte de la fase regular definirá hasta dónde pueden llegar los Dallas Mavericks en sus aspiraciones no sólo de volver a pisar la fase final sino de hacerlo incluso en condiciones, en el mejor de los casos, de pelear por obtener ventaja de campo en ella. Conviene no perder de vista, durante ese proceso, cómo se sigue comportando su ataque. Una idea bien definida y ejecutada, una fuente mayúscula de poder en las manos de un joven esloveno llamado a marcar una época.

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