‘El día que cenamos con Michael Jordan, tras llevarnos a un lugar más seguro’, por Sixto Miguel Serrano

‘El día que cenamos con Michael Jordan, tras llevarnos a un lugar más seguro’, por Sixto Miguel Serrano

Nunca olvidaré el día que conocí a Michael Jordan, nunca olvido el día que conozco a una buena persona. Fui, con mi compañero Fernando Laura, buscando una entrevista con el mejor jugador del mundo y encontré a un ser humano invencible. Jordan se convirtió en chófer, guía y protector de dos reporteros con muy buena suerte

Texto publicado en el especial que dedicamos a Raül López. Número 1449, junio de 2016, que puedes comprar aquí

La seña de Albeck quería decir que bajáramos al parquet. Me abracé con mi amigo, que impresionó a Fernando por su alegría y cordialidad. “Escucha, Sixto, ahora tengo que ir a la ciudad, quedamos para cenar, Phyllis tiene muchas ganas de verte, ya ha hecho planes para los días que vais a estar en Chicago”. Los jugadores de Stan se iban a las duchas. Todos menos uno, que esperaba respetuoso a que su entrenador nos presentara. Michael Jordan sonreía, la sonrisa de una persona buena. «Hola, muchachos, ¿cómo estáis? Espero que tengáis una gran estancia en Chicago. Tengo todo el tiempo que necesitéis”. Nos maravilló su sencillez, amabilidad y simpatía. Se sentó a mi izquierda y comencé a preguntarle.

Yo tenía un muy buen inglés, pero no dejaba de ser un extranjero hablando en un idioma ajeno. Jordan, con una educación, sensibilidad y cortesía que le agradeceré siempre, me contestaba vocalizando al máximo, pronunciando a la perfección y, me pareció, hablando más lento de lo que en él sería habitual, para que yo le entendiera bien. (Esa deferencia la tuvieron conmigo otras grandes estrellas de la NBA, Julius Erving, Glenn Doc Rivers, Kiki Vandeweghe, Magic Johnson y muchos más, así como el fantástico atleta Carl Lewis.

Todo fueron facilidades para mí en Estados Unidos, siempre amaré y respetaré ese país que me trató tan bien). Terminada la entrevista, le di las gracias y le pedí un autógrafo. Era un regalo para mi hermano, Sebas, seguidor suyo, como yo. Quería que fuera inolvidable, por eso ideé algo más. Le pedí también una dedicatoria personalizada para mi hermano. Y ¡en español! Le pasé el papel con el texto, lo miró atentamente: “Sólo dime qué significa”. Se lo traduje palabra por palabra, asintió, sonrió y, copiando muy aplicado, escribió la dedicatoria en español a mi hermano. Firmó y me entregó los dos papeles. “¿Está bien así? Espero haber escrito con buena letra y que se entienda bien mi español”, me dijo riendo.

Yo miré la dedicatoria, la guardé con mucho cuidado y me imaginé la ilusión que le haría a Sebas cuando se la diera en Murcia, ilusión que no ha perdido treinta años después. (La publicaré en la cuarta entrega, en la que hablaré del gran detalle que tuvo Jordan con mi hermano cuando les presenté en el Madison Square Garden). “Ahora soy yo el que te pide un favor”, me sorprendió Michael. “Esta es la primera entrevista que me hace un periodista extranjero, me ilusiona mucho verla publicada y comprobar cómo hablo yo en español, me gustaría conservarla. ¿Me la mandarás, por favor?”. A mí sí que me hizo ilusión, me la hará toda mi vida, que Michael Jordan quisiera la entrevista que le acababa de hacer. Era un grandísimo honor para mí. Le contesté que se la enviaría con mucho gusto a la sede de Chicago Bulls. Le dije que a Fernando le gustaría hacerle más fotos. “Sí, seguro, las que queráis, dadme unos minutos para ducharme, vuelvo enseguida. Esperadme allí”.

Nos indicó un pequeño bar. Regresó al poco tiempo. Venía con Orlando Woolridge, que estaba de un humor magnífico y nos saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Era un tipo feliz, días más tarde descubrimos la razón. Como su compañero, Jordan, que se había duchado y cambiado, vestía ropa de los Bulls y gorra. Nos preguntó si queríamos tomar algo. “Paga Orlando”, bromeó. Woolridge, al que habíamos caído bien, sonrió, sacó unos dólares y pidió unos batidos de frutas para todos. Jordan posó con la mejor disposición, paciencia infinita y sonrisa perenne. Especial ilusión nos hizo la imagen en la que le pedimos que mostrara su camiseta y que fue portada del número 3 de Gigantes, el de su entrevista.

Tras las fotos, se interesó de nuevo por nosotros. “¿Es vuestra primera vez en el país? ¿Cómo os va en la ciudad? Y la pregunta clave. “¿En qué hotel os alojáis?”. La verdad es que no lo sabíamos, no lo habíamos pisado todavía, saqué el bono y se lo dije. Jordan torció el gesto. “Conozco el hotel y no está mal, pero se encuentra en una zona muy peligrosa de Chicago, hay mucha delincuencia allí, sobre todo por la noche”. Antes de que nos preocupáramos, nos dio la solución. “Haremos algo. Yo tengo que ir al centro esta tarde, hablaré con el coach y lo arreglaremos. Id al hotel, anulad la reserva y esperadme a las cinco en la puerta con las maletas”.

Estábamos soñando. Después de todo lo que había hecho ya por nosotros, ahora se preocupaba por nuestra seguridad en Chicago. Atónitos, pero sobre todo eternamente agradecidos, asentimos. Fuimos al hotel, a ese hotel que me hace recordar a Jordan cada vez que veo una película ambientada en Chicago y aparecen escenas delictivas.

Están rodadas, casi siempre, justo delante del hotel, en esa calle que tiene un paso elevado de tren y en esos soportales sombríos y lúgubres por los que pululan vagabundos, prostitutas, proxenetas, camellos y atracadores. De ahí nos sacó Michael. Anulamos la reserva y al poco de esperar en la calle, llegó un todotorreno conducido por Jordan, Stan le acompañaba.

Subimos. “Michael tiene razón, aquí no os podíais quedar, es un barrio muy inseguro”, ratificó Albeck, “os hemos reservado otro hotel a través del equipo”. Nos alojaron en el lujoso Hyatt Regency, en una zona de primera, Michigan Avenue, muy cerca del río y de la redacción del Chicago Sun-Times. Después, fuimos los cuatro a las oficinas de los Bulls, en uno de los rascacielos con vistas al Lago Michigan. Stan nos presentó a Jerry Krause, el manager general, y nos enseñó las dependencias.

Luego, él y Michael nos llevaron a un restaurante, en otro rascacielos, donde ya nos esperaba la mujer de Stan, la encantadora Phyllis. Y allí, en las alturas, con unas vistas espectaculares de Chicago, Fernando y yo tuvimos la gran suerte y el inmenso honor de cenar con Stan, Phyllis y Michael Jordan. Nunca olvidaremos esa cena, la recordamos cada vez que nos vemos en nuestros frecuentes encuentros de viejos camaradas. Y tampoco olvidamos lo que nos dijo Jordan cuando nos despedíamos de él. “Cuidaos mucho, amigos, buen viaje de regreso a casa y, por favor, no os olvidéis de enviarme la revista con mi entrevista”.

Foto: Fernando Laura