Los primeros años de Kobe, ese teenager descarado, por Gonzalo Vázquez

Los primeros años de Kobe, ese teenager descarado, por Gonzalo Vázquez

Algunos talentos desmedidos padecen ese ardor incontrolable. Una necesidad de reconocimiento desbocada que nunca se ve satisfecha. En edades tiernas, incluso con riesgo para el sujeto y su entorno

Contaba Roland Lazenby, autor de las dos biografías más humanistas de Kobe Bryant,que aquella ansiedad le llevó a presentarle a George Mumford, maestro de la meditación que Phil Jackson había incorporado a sus Bulls, para que ejerciera de calmante, para equilibrar sus obsesiones y acercarle a sus compañeros, a los que seguía rechazando necesitar. Esto era consecuencia de haberse criado a solas, de gestar así un baloncesto de laboratorio. Por eso años después Kobe sería un niño perdido en la escena que creyó poder dominar desde el primer día. Y no había forma de derrumbar su convicción de que el éxito en un deporte de equipo dependía exclusivamente de sí mismo.

De aquella hiriente energía fue testigo inicial Gregg Downer, su técnico en el instituto de Lower Marion.Downer había oído hablar de Kobe antes incluso de verlo. En los suburbios de Philadelphia se había corrido la voz sobre un chiquillo de 14 años con pasado italiano y un talento anormal. Cuando Downer supo que era el hijo de Joe Bryant, a quien conocía desde sus tiempos en La Salle, tuvo la certeza de que lo haría suyo. Downer tenía en su equipo una norma que obligaba a completar un número de pases antes de servir el tiro adecuado.

Y quien la rompiera se iría al banquillo. Recién salido Kobe de la escuela secundaria, Downer pudo realizarle una prueba y lo primero que comprobó fue que aquella norma no valdría con él. Pero no podía perderlo.A los cinco minutos de su primer entrenamiento murmuró perplejo: “That kid is a pro”. No solo era mil veces más avanzado técnicamente que el resto; lo era también en las pruebas físicas y en la frustración derivada del 4-20 del equipo en su primer curso. A juicio del muchacho aquello era intolerable. Por eso, cuando en su año sénior el equipo arrancó 4-3, Kobe cogió al grupo entero por las solapas y juró que la broma había terminado allí.

Y cuando más tarde tuvieron que cancelar un entrenamiento, ante el jolgorio de los demás compañeros, que no veían la hora de salir a divertirse, Kobe montó en cólera, alegando que era inadmisible, que había que entrenar y que estaba en juego el título por el que luchaban. Nunca hasta entonces Downer y su asistente, Jeremy Treatman, sintieron igual ridículo porque un chiquillo los estaba poniendo en su sitio.

Ese chiquillo no distinguía entre posibilidad y garantía. Y sometidos al yugo de su compromiso, un 27-0 y el primer título estatal en 53 años cerraron la primera página gloriosa de su corta vida.

DEL INSTITUTO A LA NBA

Poco se ha recordado que aquel instituto, hundido en los años ochenta, nunca volvería a ser uno de tantos centros suburbanos, grises y ordinarios. Brett Brown, técnico de los Sixers y cuyo hijo Sam juega allí, destacaba que el programa de Lower Merion había mejorado tanto por el paso de Kobe que se había profesionalizado, disputando cuatro nuevas finales y ganando otros dos títulos (2006 y 2013). Kobe tenía tan clara su ambición NBA que rehusó como un veneno todo cortejo universitario.

Si pudo asaltarle alguna duda terminó por despejarla un año antes, cuando John Lucas, al mando de los Sixers, lo invitó a una sesión privada en la que Kobe terminó por merendarse a Jerry Stackhouse.Y con la misma seguridad afrontaría las pruebas con los equipos NBA, despuntando en todas y exhibiendo especial brillo en las dos angelinas. Cuando Jerry West pudo verlo en Inglewood High destrozando a Michael Cooper y Larry Drew creyó que aquel mocoso de 17 años era mejor que cualquiera de sus jugadores Lakers. West había pedido a Cooper que le metiera los codos en cada embate defensivo y cuanto más lo hizo mejor respondía. Pero consumado su deseo de adquirirlo, allí terminó su padrinazgo. En adelante Kobe debería sobrevivir a solas en la jungla real.

En la Summer League de Las Vegas,que estrenó con 27 puntos y cerró con 36, gozaría de un público entregado, cumpliendo con el reconocimiento que Kobe respiraba como el aire. Un brutal mate sobre Ben Wallace, novato como él en Washington, fue su primer gran highlight.

Y en la posterior gira por China siguió sin encontrar oposición ante jugadores mayores que él. Cuando se quiso dar cuenta, ocupaba ya el vestíbulo de la mejor liga del mundo. Fue el 11 de octubre de 1996 en el Moana Center de Honolulu para un doble duelo con los Nuggets. En un entrenamiento previo se había torcido el tobillo y Del Harris prefirió apartarlo pese a que Kobe había asegurado estar listo para jugar y un público ansioso se desgañitaba por verlo –“We want Kobe”, gritaban–, coros que espolearon a Shaq, a su lado en el banquillo. No era algo trivial. En su interior prendía la vanidad de estar siendo contrariado, algo que no conocía.

AL FONDO DEL BANQUILLO

El adolescente Kobe Bryant se incorpora a una NBA en plena hegemonía de Jordan y los Bulls bajo los que el ahogo en torno a la pintura, donde aún era posible pastar a la espera del ataque, no era un espacio amistoso para nadie y menos aún para jovencitos que vinieran a decorarse. En los Lakers no solo tenía por delante a Nick Van Exel y Eddie Jones. Del Harris había añadido a Byron Scott y Jerome Kersey para reforzar el backcourt. Así que para el chico el plan era simple: “Observa y aprende mientras los veteranos trabajan”. Esto se traducía en ocupar la undécima plaza de una rotación amplia y esperar a problemas de faltas y noches resueltas para darle entrada.

Callado y discreto, como nunca después lo estaría, aquello lo mataba por dentro, sabiendo que con Shaq no podían ser otra cosa que aspirantes. Y como sus oportunidades eran pocas, al pisar pista le era imposible no lucirse. Adoraba los rectificados y crossovers, y el instinto lo devoraba en cuanto quedaba a solas con el defensor. Su primer repertorio técnico, brillante y sofisticado, no era más que un colorido prólogo al masivo que el mundo conocería después. El primer Kobe segmentaba los movimientos del cuerpo prodigando múltiples ángulos de ataque que presentaba como lingotes de oro para poder jugar. Para enero Harris dosificó algo más a sus titulares, viendo Kobe aumentar sus minutos hasta hacer 21 puntos a los Pistons, la primera de las centenares de veces que habría de liderar la anotación del equipo.

PRIMER ALL-STAR Y PLAYOFF

Del protagonismo anhelado pudo por fin disfrutar en su primer All Star. Tras anotar 31 puntos en derrota del Rookie Challenge sufrió en silencio que el MVP terminase en manos de Allen Iverson. Y únicamente el concurso de triples lo contuvo antes de dominar casi a placer el de mates sin el mejor ensayo que tenía previsto y que solo los demás participantes, en un calentamiento privado en el Fan Fest, habían podido ver. “Si luego le da por hacer eso–advirtió al resto Michael Finley–,tendremos que luchar por ser segundos”. Creyendo salir reforzado del fin de semana, de nuevo fluctuaría su minutaje hasta darle Harris más peso para el cierre de temporada, lo que Kobe interpretó como buena señal de cara a sus primeros playoffs. Se equivocaba. Harris lo borraría de la primera ronda ante los Blazers dándole solo pista en la única derrota (3-1). Y sin embargo, incluso aquello habría resultado cómodo sabiendo el devastador desenlace que lo esperaba en las semifinales del Oeste ante los Jazz.

En el segundo partido invadió a Kobe un profundo malestar en el banquillo viendo a Jones jugar más de 28 minutos con el casillero a cero, antes de que en el tercero Harris le diera su oportunidad. Kobe exhibió entonces su primer poder de amenaza causando estragos en la defensa Jazz y acudiendo hasta catorce veces a la línea para sellar la única victoria de la serie. Aquello despertó en Harris la idea de emplearlo como desatascador, dándole más de 28 minutos en los dos siguientes partidos hasta cerrar su primer capítulo profesional de manera grotesca y cruel.

Aquel quinto partido, como si fuese la serie entera (4-1), sigue siendo recordado por los cuatro air balls entre cierre y prórroga a manos del joven novato. Tiros que no le correspondían por jerarquía, tiros que temían los demás y tiros que hicieron llover las críticas culpándole de haberse saltado el college. Herido en lo más profundo de su ego pasó el día siguiente encerrado en un gimnasio, como antesala a un verano de trabajo maníaco en el que reforzó su preparación física y, de nuevo, su trabajo netamente individual.

EN EL MADISON ANTE JORDAN

Su segundo año recoge con exactitud las virtudes y defectos que no sanarían hasta bien entrada la era Jackson. Como sexto hombre, sería su última temporada entrando desde el banquillo y la primera de muchas que lo haría como titular en el All-Star Game, circunstancia que ratificaba en su fuero interno su condición de estrella. Allí nace el mito juvenil del afro recortado que dotaría al número 8 de toda una iconografía técnica. Pero también asomaría como un inadmisible agravio al jordanismo mundial, una codicia que lo envilece y cuyo peaje, en términos de aprobación pública, sería de una dureza extrema. Así Kobe, titular en la fiesta de las estrellas para la que se estimaba nacido, desborda en el Madison arrogancia y presunción como adversario real del mito. Porque aún con Jordan en activo, Kobe no se reconocía inferior.

FOMENTANDO MALA FAMA

Para entonces había fortalecido su tronco inferior y su voluntad defensiva, innegociable en los siguientes catorce años. Pero el cansancio acumulado en la segunda mitad de temporada abriría un primer capítulo destinado a visibilizar sus defectos. Multiplicó sus errores pero no sus tiros, forzándolos en exceso y estrenando así una mala fama en su selección que lo empujaría al banquillo mucho más de lo deseable. Cuando Shaq denunció que algunos compañeros se creían Rex Chapman al momento de tirar, la prensa supo por quién lo decía. Arropado por las victorias (61-21) era imposible omitir que Kobe seguía sumergido en la obstinación de creerse suficiente, leyendo mal posesiones que terminaban en tiros de altísimo riesgo a salvo de otras manos.

Los Lakers, ahora en Finales del Oeste, sucumbirían otra vez a la enorme experiencia en bloque de los Jazz (4-0) viéndose otra vez barridos al año siguiente a manos de los Spurs, última caída antes de aterrizar Phil Jackson como el Mesías necesario. Cuánto interés ha ganado con el tiempo aquel tortuoso periodo previo a la condición adulta, cuando Kobe, radiante y decisivo, siente recrudecerse al mismo tiempo una paradoja que no le abandonará, en rigor, hasta sus dos últimos anillos. Es el animal que se ve sujeto por correajes, al que todo miembro del cuerpo técnico implora una armonización de sus capacidades en el colectivo y el caso más difícil en la carrera del técnico más laureado de la historia, resignado ante aquel genio diabólico hasta precisar la ayuda de un psicólogo.

EL LIBRO DE PHIL

Antes de entregar al chico a Tex Winter, que lo había conseguido con Jordan, Phil Jackson lo intentó con otra de sus sanas costumbres. El técnico solía regalar libros a sus jugadores para que cada uno descifrara el mensaje que pretendía trasladarles. Con Kobe fue paciente en hallar la obra precisa, hasta que no vio más remedio que destinarle una novela titulada White Boy Shuffle que narra la vida de un chico negro criado entre los privilegios de la comunidad blanca,un joven presuntuoso que un buen día se dará de bruces con la dura realidad de los que compartían con él su mismo color de piel. El desenlace de aquel último adolescente estaba a punto de adentrarse en la gloria de una trilogía. Pero ni antes ni después un factor esencial se vería alterado.

Se cuentan por centenares los testigos que lo han relatado según su experiencia. Aquí se elige el de un jugador, sepultado en la memoria, que compartió velada con Kobe en su concurso de mates. Chris Carr tenía por costumbre entrar a pista a calentar antes que nadie. Si el partido era a las siete, él comenzaba a las cinco menos cuarto. En su año con los Bulls, la tarde que recibían a los Lakers en el United, Carr entró a su hora y le sorprendió ver a solas en la otra canasta al joven Bryant, que más que entrenar devoraba rivales imaginarios. Carr aplazó embobado su propia sesión. Observándolo, le parecía infinito e inalcanzable. Y allí no había nadie para verlo o subirlo en redes.

Foto: Getty Images