Intrahistorias de la cinta del Mundial de Japón

Intrahistorias de la cinta del Mundial de Japón

Fue uno de los momentos cumbre de la carrera de la Bomba y la suya es una de las imágenes que nunca olvidará nuestro basket. Esta es la intrahistoria de la famosa cinta

Berni Rodríguez estaba tirado en la cama de su habitación del hotel, medio dormido. El Mundial llegaba a su fin y el desgaste acumulado era grande. Habían pasado dos meses desde el primer día de la llegada a San Fernando y el cuerpo pedía economizar todas las fuerzas posibles, a sólo 48 horas de jugar las semifinales contra Argentina. El caluroso verano japonés tampoco invitaba a hacer nada, en una tarde donde reinaba el silencio. A su lado, José Manuel Calderón estudiaba inglés, preparando ya su segunda temporada en Toronto.

Berni notó que su cama se movía. “¡Ya está!”, pensó Berni, “otra vez Calde dando el coñazo con el pie”. La concentración de la Selección española era como un largo campamento de verano, siempre había alguien a punto para la broma y la risa. La coincidencia de seis jugadores de la generación de 1980 y la excelente combinación tanto con los tres veteranos como con los más jóvenes hizo que la convivencia y el ambiente fueran perfectos. Con los ojos todavía cerrados y sin darse la vuelta, el entonces capitán del Unicaja dijo:

–“Tío, estate quieto, coño, que quiero dormir”.

– “¿Yo?”, contestó Calderón mirando por encima de las gafas. “¡Pero qué dices, si estoy estudiando!”

Berni se dio la vuelta para comprobar que, efectivamente, su compañero estaba estudiando cuando de repente se oyó un grito.

– “¡Un terremotoooooooo!”

Era el inconfundible y escandaloso timbre de Àlex Mumbrú, que daba voces en el pasillo. El alero catalán hizo trizas la paz que reinaba en una de las plantas más altas del Urawa Royal Pines Hotel de Saitama. De pronto, todos los jugadores salieron de sus habitaciones excitados a mil por hora, con las hormonas disparadas. “¡¿Lo has notado?!”, decía uno. “¡Todo se movía!”, gritaba otro. “¡¿Estáis todos bien?!”, preguntaba el de más allá. Un terremoto de 4,8 en la escala de Richter acababa de sacudir la bahía de Tokio, con el epicentro a unos 70 kilómetros. Japón es un país muy acostumbrado a los seísmos y todas las infraestructuras están diseñadas para soportar grandes sacudidas. También el hotel donde se alojaba la Selección, una torre de 20 pisos que durante el terremoto osciló unos segundos para no caer. En mitad del griterío, se abrió una puerta. Apareció Juan Carlos Navarro, con el pelo alborotado y gesto somnoliento.

– “¿Por qué gritáis tanto?”, dijo la Bomba ajeno al alboroto.
– “Ha habido un terremoto”, le contestó un excitado Mumbrú. “¿No lo has notado?”.

Navarro puso cara de decir “no”. Se giró, cerró la puerta y se metió de nuevo en la habitación. El seísmo fue el despertador que puso en marcha a la Selección aquella tarde y el detonante de una de las fotografías del Mundial 2006. El autobús salía al cabo de un rato hacia el Saitama Super Arena para el entrenamiento vespertino.

Así se escribió la historia

El más puntual en llegar al hall fue Felipe Reyes. El pivot del Real Madrid seguía tratándose de una lesión en la espalda que sufrió en el último partido de preparación. Aprovechaba cualquier hora muerta para seguir con el tratamiento y aquella tarde la había pasado con los fisioterapeutas. En el camino se cruzó con un veterano periodista madrileño, ataviado con una llamativa cinta en la cabeza. Tuvo que mirarlo dos veces para, efectivamente, comprobar que se trataba de una de las que llevaban los kamikazes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Si no fuera porque conocía a ese reportero ya desde su época en Estudiantes, habría pensado que se trataba de un loco. El hombre venía cargado con bolsas llenas de compras.

-“¡Banzai!”, le gritó.
-“¿Dónde vas así?”, le preguntó entre risas.

El periodista le explicó que había pasado el día buscando souvenirs merodeando por tiendas de Tokio y que corría hacia su habitación a dejarlo todo para irse con ellos al pabellón. Por la diferencia horaria 9 horas-, las redacciones en España a esa hora empezaban a apremiar. Se despidieron… pero Felipe se montó en el autobús dándole vueltas a lo de la cinta.

Por la noche, a media partida de pocha, el delegado Manolo Rubia comunicó al equipo que tenían la mañana libre. Ganaran o no a Argentina en semifinales, faltaban cinco días para terminar la competición y era la última oportunidad que les quedaba para conocer el centro de Tokio. Además, un aguacero había frustrado la última salida en Hiroshima. Había ganas de cambiar el decorado. Berni, Felipe y Mumbrú organizaron una salida para unas últimas compras. Se lo propusieron a Juan Carlos Navarro, que declinó el ofrecimiento.

FELIPE, MUMBRÚ Y BERNI, QUE LAS PAGÓ, COMPRARON LAS DOCE CÉLEBRES CINTAS NIPONAS

– “Todavía me duele el tobillo”.

El jugador del Barça andaba fastidiado desde el segundo partido de la primera fase contra Panamá. Se lastimó al terminar un contraataque con un mate. Era un hombre acostumbrado a jugar con dolor y su Mundial estaba siendo bueno, a pesar de esa limitación. Pero lo que le molestaba enormemente era haberse hecho daño de manera innecesaria, contra un rival menor y en un encuentro sentenciado.

-“Lo llevo bien, chicos. Es soportable, pero tampoco es cuestión de forzar”, dijo explicando por qué no salía de compras. Su mujer y unos amigos habían llegado hacía muy poco y tampoco le apetecía moverse demasiado.

En el mercadillo

A primera hora, Berni, Felipe y Mumbrú estaban ya en el centro de Tokio, boquiabiertos. Les acompañaban dos voluntarias de FIBA que les ayudaban como intérpretes. Es difícil decir por dónde se movieron, porque la capital nipona es totalmente inalcanzable. Pero es fácil imaginar la abrumadora sensación que tuvieron. Los estímulos son constantes: luces, ruido y gente por todos lados. La incomprensible escritura japonesa y el sorprendente bajo nivel de inglés en la sociedad nipona acaban de desorientar al visitante, que se encuentra totalmente desubicado. Un ejemplo: diferenciar un desodorante de un bote de laca o uno de espuma de afeitar en una droguería puede llevarte un buen rato si no sabes leer japonés. Es lo que Sofía Coppola quiso expresar en Lost in Translation.

Tecnología, ropa, souvenirs… hasta que los tres llegaron a un mercadillo en el centro de la ciudad.

“¡Fijaos!” exclamó Mumbrú. El alero catalán advirtió un tenderete con todo tipo de material relacionado con el Imperio Japonés. Había cazadoras, gorras de aviador, banderas, carteles, cuchillos… y las cintas.
“Ayer vi un periodista español que había comprado una”, apuntó Felipe.
-“Yo quiero una”, dijo Berni entre risas.
-“Oye, ¿y si compramos doce?”, sugirió Mumbrú mientras se probaba una.
-“A mi no me queda moneda, y aquí no aceptan tarjeta de crédito”, advirtió Felipe.
-“A mi tampoco me llega, tíos”, apuntó Múmbrú.

-“Da igual. Pago yo”, sentenció Berni. “Al fin y al cabo, el doce es mi número. Y si sacamos una medalla, las sacamos. La que sea”. El capitán del Unicaja sacó la cartera del bolsillo y pagó con un billete de 10.000 yenes. Los tres iban a hacerse una foto para la posteridad con la cinta puesta muertos de risa, cuando una de las voluntarias les advirtió que la llevaban al revés. “Suerte que nos lo has dicho”, dijo Mumbrú entre risas.

Eran doce cintas, cada una distinta de la otra. En ellas estaban escritas palabras que podrían definir el espíritu de la alta competición: alma dura, sacrificio, honor, victoria o muerte… Las cintas quedaron guardadas dentro de una cajita en manos de los fisioterapeutas. Sea por superstición, sea porque sencillamente los tres quisieron dejar el tema en aquel mercado, no dijeron nada a nadie.

Regresaron al hotel como si nada. Las cintas no volvieron a salir a relucir hasta los últimos instantes de la Final contra Grecia. “El partido estaba terminando y estaba claro que íbamos a ganar nosotros”, recuerda años después Berni Rodríguez. “Era la apoteosis. Faltaban segundos para terminar y me hicieron falta. Hacía ya algún rato que nos sabíamos ganadores y me dirigí a la línea de los tiros libres con la satisfacción del trabajo bien hecho. De repente, entre los abrazos en el banquillo, por el rabillo del ojo vi a Felipe repartir las cintas que habíamos comprado. Entre aquella lluvia de flashes, debió caer la histórica foto de Juan Carlos con la cinta en la cabeza. Había una para cada uno. El árbitro me pasó el balón para que lanzara los dos tiros. Pensé ‘¡qué cabrones!’ Y empecé a reírme para mí mismo mientras tiraba a canasta”.

Además…

Navarro en los Mundiales

A lo largo de su carrera, Navarro nos dejó brillantes exhibiciones individuales en sus cuatro participaciones en Mundiales. Se estrenó en el MundoBasket de Indianapolis, en 2002, donde España terminó en quinta, ganando a Estados Unidos en el último partido. Aquel día, Navarro jugó los 40 minutos, casi todos de base, ante Jason Williams, Andre Miller y Baron Davis. Acabó con 26 puntos, 4 rebotes y 3 asistencias, en lo que suposo la última victoria de España ante Estados Unidos hasta la fecha.

Salvo el éxito de Japón 2006 (14 puntos de media por encuentro), tanto en Turquía 2010 (6º) como en la Copa del Mundo de España’14 (5º) se estuvo fuera de la lucha por las medallas. En el país otomano, Navarro explotó ante Serbia en cuartos (27 puntos y 5 asistencias, con un promedio de 17 puntos en todo el campeonato), aunque España acabó cayendo ese día con el maldito triple de Teodosic. Precisamente ante Serbia también firmó su mejor actuación cuatro años después, en el choque de la fase de grupos (15 puntos). Derrota de infausto recuerdo en cuartos ante Francia.

Puedes encontrar esta entrevista en número 1.477 de Gigantes, correspondiente a octubre de 2018, cuya edición digital puedes conseguir en nuestra tienda on-line.