‘La era de Ja Morant’: La tremenda historia del nuevo ‘Rookie del Año’, por Andrés Monje

‘La era de Ja Morant’: La tremenda historia del nuevo ‘Rookie del Año’, por Andrés Monje

Reportaje incluido en el número 1.498 de la revista, publicado en el mes de julio

Imagina un base de sobresaliente despliegue atlético y juego por encima del aro. Imagina otro cerebral, excelente pasador, que controle tiempos de partido y mejore a sus compañeros. Y un último que sea líder y marque el camino. Ahora deja de imaginar: todos ellos son Ja Morant.

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Dentro de la inmensidad del mapa estadounidense, apenas dos horas en coche separaban a Ja Morant, poco menos que en la clandestinidad como adolescente, de Zion Williamson, uno de los proyectos de instituto más seguidos en lo que va de siglo. Como si todos los ojos del mundo pudieran acudir, imantados, al salvaje despliegue de Zion, resultando improbable descubrir algo también fascinante tan solo unas millas al sur.

La aparición de Morant siempre estará ligada, de hecho, a la casualidad. Concretamente a aquella experimentada durante el verano de 2016, cuando James Kane, asistente de la universidad de Murray State y siempre centrado en la captación y evaluación de talentos que sumar al programa universitario, se encontraba en Spartanburg (Carolina del Sur) para seguir, en primera línea, a unos cuantos jóvenes de su lista de futuribles.

El principal, de nombre Tevin Brown, era una de las grandes atracciones aquel miércoles de julio en el que todo iba a cambiar. Y no necesariamente para el ya bien considerado Brown, un escolta explosivo de buen potencial, que acabaría efectivamente en Murray State.

La enorme cantidad de jóvenes que se citaba aquel día en el circuito amateur (AAU) obligó a la organización a establecer un plan para dar cabida a todos: los jugadores de mayor reputación irían a la cancha principal, el resto a instalaciones segundarias. A la entrada, todos los profesionales de cuerpos técnicos allí presentes recibirían un pequeño informe, con los principales jugadores que estaban en cada cancha, facilitándoles así su labor.

En aquella primera, la principal, estaría Kane toda la mañana, sin despegar sus ojos del rectángulo y con su inseparable libreta plagada de apuntes en forma de acrónimos. Códigos para evaluar talento. Casi a mediodía, tras unas horas de seguimiento, Kane sintió hambre y preguntó a un miembro del staff dónde podría encontrar algo rápido, para engañar al estómago y poder seguir continuando con su misión. “Debes ir a la cancha de atrás, ahí al lado tienes varias opciones”, le dijeron. Allí se dirigió.

Mientras recogía su comida y daba los primeros bocados, no pudo evitar dirigir su mirada a esa cancha secundaria, donde algunos chicos disputaban partidos de tres contra tres. Los primeros vistazos, casi inconscientes, fueron provocando algo mucho mayor e inesperado: sus ojos se abrieron como platos cuando pudo ver lo que un pequeño chico, larguirucho y de agilidad felina, hacía en aquella pista.

Kane paró de comer, se limitó a observar. Y bastaron unos minutos para que su instinto le confirmase que el destino le había servido una oportunidad maravillosa. Tenía que ser un error, pensó al principio. Aquel chico, Ja Morant, ni siquiera aparecía en el folleto que había recibido de la organización, con los grandes nombres del evento, de hecho pasaría desapercibido en todos sitios… menos dentro de la cancha, donde dominaba a placer hasta hacerle frotarse los ojos.

Atónito, Kane cogió su teléfono y llamó a Matt McMahon, su superior en el cuerpo técnico de Murray State. “Tendrías que ver esto. Estoy viendo a un chico excepcional, va a llegar a la élite”. Menos de una semana después, en la zona de aparcamiento después de la disputa de otro torneo en Greensboro (Carolina del Norte), el propio McMahon le ofrecía una beca a Morant.

Había podido verle en persona, como su asistente le recomendó. “Era increíble, su explosividad, su poder físico… pero sobre todo, su conocimiento del juego. La forma de hacerse con los partidos y mejorar lo que tenía al lado”, contaba. Aquel acuerdo verbal se cerraría, tiempo después, en la propia casa del técnico, donde Morant se comprometió de forma definitiva con Murray State. Pocos sabían entonces la magnitud de aquel trato.

Tardes eternas y un lema imborrable

En Spartanburg, aquel julio de 2016, James Kane pudo conocer también al padre de Morant, Tee, que llevaba una GoPro con la que grababa el repertorio de su por entonces semidesconocido hijo. Como él, Tee adoraba el baloncesto. Sin embargo sus sueños de adolescencia se frustraron pronto, no tenía el suficiente nivel como para brillar al máximo nivel y descartaría pronto la exigencia familiar que podría requerir una carrera de aventuras nómadas por Europa. Siempre podrá, eso sí, recordar que en el instituto compartió equipo con Ray Allen, uno de los mejores tiradores de la historia del baloncesto.

Tee reorientó su vida, trabajando en una barbería y sirviendo como mentor de sus hijos, Ja y la pequeña Teniya, dos locos del baloncesto casi desde la cuna. Allí, en el patio trasero de casa, convertiría sus juegos en entrenamientos y estos en pura progresión. Sus hijos disfrutaban con el balón de por medio y Tee aprovechaba para llevar esa pasión al siguiente nivel práctico.

Llegó a emplear, de hecho, unas ruedas de tractor sobre las que Morant saltaba decenas de veces cada vez que completaba un juego. Así ganaba impulso vertical, algo que parecía requerir su frágil cuerpo. El monstruoso despliegue en el aire del hoy jugador de los Grizzlies nació allí, en aquellas interminables tardes en el patio de casa, donde circuitos de conos y sillas, que driblaba sin parar, terminaban en sesiones de saltos que le servían como estímulo. Podían ser más de 800 cada día, fueron la semilla de su vuelo.

Durante una época preadolescente, el poco tamaño de Ja comenzó a mermarle su confianza, algo que atajaría su madre, Jamie, de un plumazo. “Hijo, recuerda siempre esto, midas lo que midas, tú nunca estarás por debajo de nadie”. Aquellas palabras, mil veces repetidas hasta enterrar cualquier duda, lucen hoy en su brazo izquierdo (‘Beneath No One’), como símbolo de una mentalidad forjada a base de trabajo y fe en sus posibilidades. Una mentalidad edificada sin atenciones externas, bajo el radar.

Con semejantes credenciales, la oportunidad de Murray State no iba a ser desaprovechada. Un año de novato más que sugerente, con gran cantidad de minutos y confianza plena del cuerpo técnico, dio paso a un segundo en el que su estallido se escuchó de forma global. El verano previo a aquel segundo curso, de hecho, su nombre comenzaba ya a aparecer en mayor medida, sobre todo a raíz de su invitación al campus de Chris Paul, que reunía a los principales proyectos de bases del país.

La temporada sophomore serviría para confirmar a aquel prodigio. Morant regalaría exhibiciones, una tras otra, hasta convertirse en el primer jugador en promediar al menos 20 puntos y 10 asistencias durante toda una temporada NCAA, desde que la competición registra las asistencias (curso 1983-84).

Firmaría el primer triple-doble en el torneo final en siete años (quinto en la historia) y elevaría su cartel hasta el cielo, con previsiones de ser el primer ‘mortal’ elegido en el Draft de Zion Williamson, incontestable número uno. Así sería, los Grizzlies no dudarían en cambiar su ciclo competitivo despidiendo la etapa de Mike Conley y abriendo la era de Ja Morant, al que eligieron en segunda posición del sorteo.

Entre Westbrook y Paul

Su estreno como profesional no ha podido resultar más esperanzador. Asumió raudo el timón de unos Grizzlies en apariencia abocados a la lenta reconstrucción, negando la mayor y haciendo a su equipo competir desde el principio. Sin cumplir aún los 21, su liderazgo y saber estar, incluso como novato, han resultado una de las más gratas noticias de la temporada NBA.

Porque si bien la transición del puesto de base al universo NBA es enormemente compleja por la exigencia del ritmo de juego (todo sucede a mayor velocidad), presión física (obligado a emparejarse con atletas de élite) y adaptación a un nuevo entorno (se descubren carencias en lo que se pensaba eran virtudes), Morant ha parecido reducir a cenizas el drástico cambio que existe en el salto desde el panorama universitario al profesional.

Más allá de sus más que buenos números simples (por encima de 17 puntos y casi 7 asistencias por encuentro, con buenos porcentajes), ha ejercido como gestor principal de un bloque que pelea por los Playoffs en el Oeste, un escenario difícilmente imaginable para una franquicia aún en duelo por la reciente marcha de sus iconos (Gasol y Conley) e inmersa en una Conferencia caníbal. Los Grizzlies aterrizarán en Orlando buscando asegurar su octava plaza en un Oeste que no parecía invitarles a estar ahí, no al menos tan pronto.

Es esa, la colectiva, su mejor huella, la que mejor explica que Ja Morant va mucho más allá de sus highlights, por espectaculares que estos sean. Así, mientras él mismo abraza su asociación con Russell Westbrook, inevitable por lo devastador de su primer paso e indómita forma de atacar el aro, destaca en Morant un estilo aún más prometedor, producto de una forma de controlar ritmos, encontrar virtudes de compañeros y radiografiar grietas rivales que acerca su perfil a uno mucho más cerebral, como pudiera ser Chris Paul. Su visión de pista, timing de pase y sobriedad en el juego posicional así lo marcan.

Es, de hecho, la mezcla de ambos la mejor estimación posible del escenario ideal con Morant. Uno aún lejano y que conviene afrontar con perspectiva, pero uno real en cualquier caso para uno de los proyectores exteriores más fascinantes que ha aterrizado en la NBA esta década.

Orlando, la disputa de la fase final de la temporada, puede servir como escaparate definitivo para el gran favorito a novato del año, para el chico que no tenía focos hasta que su propio nivel acabó por atraerlos todos. La resurrección en Memphis pasa por él, Ja Morant no es uno más. Y parece destinado a demostrarlo.