‘Lo bueno, si Raül, dos veces bueno’, por Antoni Daimiel

‘Lo bueno, si Raül, dos veces bueno’, por Antoni Daimiel

No mucho tiempo después del Mundial Junior cosechado en Lisboa en 1999 y a medida que se iban descifrando los perfiles, las capacidades y las potencialidades de sus protagonistas, se generalizó en España una opinión de cierto fundamento que situaba a Raül López y Juan Carlos Navarro en el portal de entrada al olimpo del baloncesto europeo. Unos meses después Pau Gasol se sumaría para una gloria de tres picos, dogma de fe que era uno, trino y santo.

Texto publicado en el especial que dedicamos a Raül López. Número 1449, junio de 2016, que puedes comprar aquí

En aquel momento parecía una fórmula sencilla de formular, por extensión de la gráfica que establecieron dos generaciones antes Corbalán, Epi y Fernando Martín. Los más optimistas de aquella época no fueron capaces de trazar las columnas gráficas de rendimiento y palmarés de este segundo triunvirato. Raül López no ha conseguido tantas medallas y títulos como sus dos compañeros de generación, pero hay algo que ninguno de los que participaron en la final de Lisboa logró a su nivel: ser dos veces bueno.

Obligado a reinventarse por las lesiones, el base de Vic forma parte de ese grupo de jugadores que, a lo Bernard King, demostró su valía en versiones diferentes. Como capitán de la selección junior, Raül fue el primer portavoz de la generación dorada. También representó al primer héroe.

Porque antes de un oro mundial hubo un oro europeo y para conseguirlo el base catalán fue decisivo con una canasta sobre la bocina en la semifinal contra Grecia. Un año después, en otra semifinal, sus dos tiros libres acabaron con Argentina y dieron paso a la final soñada contra Estados Unidos. “¿Ahora? Que vengan unos marcianos.” Esa fue su reacción cuando los medios de comunicación le interrogaron sobre sus sensaciones al ganar el oro de Lisboa, una frase que valdría como lema o eslogan de su generación: inconformismo, ambición y deseo de pisar territorios aún por descubrir. Raül López fue uno de esos pocos astronautas del deporte español convencido de que era posible alcanzar las estrellas y ver a los grandes marcianos del baloncesto terráqueo cara a cara, sin complejos.

Un grupo de astronautas

Si para salir de la atmósfera Felipe Reyes usó su tenacidad y Juan Carlos Navarro su talento, López propuso la magia como modus operandi para alcanzar la excelencia. Alfred Julbe fue su principal extractor, uno de los primeros en captar que ante sí había un prestidigitador. Y a los magos, que siempre andan por el alambre de lo sublime, cualquier cosa que les aleje un milímetro de lo extraordinario les puede hacer caer en la tribulación.

En la temporada 199900, la primera de los cuatro años de derechos firmados por Canal Plus sobre la ACB, el programa Generación Plus captó en más de una ocasión cómo Julbe sacaba de paseo a su protegido por los alrededores de los pabellones en los que jugaba el Joventut, bajo una charla prolongada. Esas conversaciones por Cáceres o Torrelavega darían para escribir historias de druidas medievales y aventajados discípulos paseando por los jardines palaciegos. El entrenador trató de hacer de rompeolas ante la pleamar de expectativas que se crearon en torno a Raül.

Inconformismos, ambición y deseo de pisar territorios por descubrir. Sellos de su generación

Hubo un tiempo en que la famosa frase de Estrabón sobre la ardilla que recorrería el trayecto entre Algeciras y los Pirineos sin tocar el suelo, podría haberse aplicado a los bases. Un balón podría haber recorrido, sin tocar el parqué, las mejores canchas de la ACB en manos de fantásticos playmakers: Cabrera, Corbalán, Solozábal, Creus, Llorente, Costa, Azofra… Pero nunca hubo época dorada que se prolongara eternamente y España perdió peso en el puesto de uno. En ese contexto hay que situar la aparición de López y ese primer tutelaje de Alfred Julbe.

Etiquetas innecesarias

Era un director de juego con una visión de juego privilegiada, habilidoso, escurridizo y valiente en la entrada a canasta, de piernas potentes en la traslación y el despegue, certero en el lanzamiento exterior y todo aderezado con un manejo de balón extraordinario. En definitiva, un base español que era capaz de jugar como Elmer Bennett o André Turner (o mejor que ellos) suponía algo inaudito hasta aquel momento. Todas aquellas virtudes en un baloncesto tan sediento como el español de entonces precipitaron los acontecimientos.

Transcurridos sólo dos años después de esa final de Lisboa, Raül ya había sido traspasado al Real Madrid por casi dos millones de euros, seleccionado por Lolo Sainz para participar en los Juegos de Sydney 2000 y escogido por Utah Jazz en el draft de la NBA, por delante, por ejemplo, de Tony Parker. Madrid y Utah; Corbalán y Stockton. Al joven base de Vic se le etiquetó como heredero. Quizá visto con la perspectiva del tiempo resultarían pesos o tags innecesarios en un jugador con capacidad suficiente para labrarse su propio nombre.

La nota final de la carrera de Raül López está evidentemente determinada por sus problemas físicos, y si roza el sobresaliente lo hace en función de las dificultades y de la soledad consecuente. Sólo por lo que fue capaz de esbozar cuando sus rodillas le respetaron sería suficiente para la evaluación. Además, el contexto en el que todo ello sucedió también debe ser tenido en cuenta: llegó al Madrid en una etapa convulsa en la que el primer título con Scariolo no solidificó la sección y luego se puso al frente de Utah Jazz en el mismo momento de la disolución del matrimonio más legendario de la historia de la NBA: Stockton&Malone, iconos de la franquicia. Teniendo en cuenta todos los condicionantes, la mayoría invasivos, su rendimiento en la NBA fue más que digno y meritorio.

«El astronauta Raül vio a los marcianos, los tocó, lo metieron en su nave y le contaron sus secretos. Solo le faltó un poco de suerte para convivir más tiempo con ellos»

Sin lamentaciones

Junto al anuncio de su retirada ha asegurado que no hubiera cambiado nada de lo que pasó en su carrera, un razonamiento paradójico que podría firmar Ignatius J. Reilly, el protagonista de uno de sus libros favoritos, La conjura de los necios. Dice eso alguien que después de dos lesiones letales de rodilla no tuvo otra salida que la de readaptar su juego a lo que sus parcheadas articulaciones le permitieron. Pero ningún paso por el quirófano podrá arrebatarle el honor de ser el tercer español en debutar en la NBA. Y eso, siendo base y europeo, tuvo una valía incalculable en un franquicia tan concienzuda y exigente como la de Utah Jazz, que no señaló a ninguno de los cientos de bases detectados bajo su radar planetario. Solo a Raül. Un portento de dos carreras.