Alba Torrens, en el corazón de la estrella

Alba Torrens, en el corazón de la estrella

Álvaro Paricio te cuenta, con todo lujo de detalle, la historia de Alba Torrens, uno de los nombres propios con mayúsculas de la selección española.

El número 1.476 de Gigantes del Basket es un especial sobre la Copa del Mundo de Tenerife, desde la portada con nuestras chicas a una serie de contenidos enfocados en nuestra selección y las estrellas de la cita mundialista. Alba Torrens es uno de los astros del campeonato, y Álvaro Paricio te ofrece una radiografía de lo más certera.

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Más allá de la jugadora, por encima de la figura pública. La luz que irradia Alba Torrens nace en sus raíces y en ellas encontramos la fuente de su optimismo, la vitalidad de su personalidad y la alegría de una niña que creció para convertirse en la mujer de sonrisa perenne

“Cojo el balón, se lo paso a Tina y anotamos una canasta más”. En su mente repite las acciones a realizar décimas antes de su ejecución. Lo ha hecho miles de veces, ha cabalgado por las pistas de baloncesto en infinidad de encuentros y siempre con la gracia de una gacela en campo abierto y la escurridiza agilidad de una salamandra que elude quien quiere atraparla. Esta vez no tiene que ser diferente y en su imaginario culmina lo que debe ser una canasta más… Y de repente todo se desmorona. Un fundido negro cubre si visión y el silencio sucede a un súbito impacto. Tendida en el suelo, Alba Torrens cierra los ojos…

El sencillo arte de la perfección

Ahí está ella, apenas se sostiene en pie, pero a su lado tiene una pelota. No conoce otro entretenimiento y va de aquí para allá persiguiéndola. Albita sueña con ser jugadora de fútbol como su padre, Miguel Ángel, y su primer instinto es el de patear el balón. Con cinco años empieza en la escoleta de Binissalem, pero entonces sólo corre arriba y abajo detrás de un balón que es más grande que todos los niños y niñas que juegan con él. El fútbol es su primera pasión, la única fuente de inquietud en una joven que ya destaca por su formalidad y responsabilidad. Claro está, es una niña y como tal no se libra de cometer travesuras como el día que, regresando del parque, ella y su amigo Biel se cortaron el pelo mutuamente. La escabechina estética fue digna de ver, pero a la experiencia les resultó graciosa y meses más tarde, durante una cena navideña entre los amigos de sus padres, decidieron cortar el pelo a otros niños. Por suerte, la pasión peluquera no fue a más y son escasos los motivos de enfado que la pequeña Albita protagoniza y la mayoría son producto de la vitalidad que siempre mostró. En clase es buena estudiante y siempre que conoce una nota se enfada por su carácter autoexigente. Ayer como hoy, Alba siempre quiere algo más, siempre trata de superarse. Las pulsiones perfeccionistas que mostrará años después entrenando y jugando haya su germen en el mismo lugar donde correteó de pequeña.

Alba Torrens descubre el baloncesto con ocho años cuando Joan Mateu, su profesor de educación física, le propone formar parte del equipo mixto del Bàsquet Inca, a poca distancia de Binissalem. Se quiere formar un grupo con chicas y Alba, que siempre destacó por su corrección, le dice que sí en primera instancia. Sin embargo, por dentro sigue ardiendo el deseo de jugar a fútbol y cuando llega la noche reconoce en casa que no quiere ir a jugar al baloncesto. “Alba ¿por qué no pruebas a ver si te gusta?”, le dice María, su madre. “Tú vas y pruebas, y vuelves al fútbol si no te gusta. Por probar no vas a perder nada”, argumenta en su intento por convencerla. La reflexión surte efecto y el lunes entrena junto al resto de chicas. La cosa va bien y disfruta del nuevo deporte, aunque realmente todo cambia cuando termina el entrenamiento y la convocan para jugar el miércoles su primer partido de minibasket. “Pero ¿cómo va a ir si no sabe ni las reglas?”, se sorprende María. Poco importa eso porque en esas edades lo significativo es disfrutar jugando. “No te preocupes por nada. Además, todos van a ir detrás de la pelota. No se notará la diferencia”, le dice el entrenador. Aquella inesperada propuesta anima definitivamente a Alba. “Esto de competir ya lo llevaba dentro. De pequeñita siempre buscaba competir en algo y si no era con alguien era conmigo misma”, confiesa. El carácter competitivo de Albita no entiende de deportes, ella quiere jugar y divertirse ya sea dándole patadas a un balón o lanzándolo canasta.

La experiencia no defrauda. El partido rápidamente se convierte en una locura, un correcalles donde niños y niñas tratan de anotar canastas. De repente, sale Alba. No sabe las reglas, pero sí que para anotar hay que correr botando el balón. Hace falta pocos segundos para ver como destaca sobre los demás. Carece de fundamentos, pero tiene algo indescriptible que se haya en su interior y que la define. Le cuesta controlar el balón, pero corre como nadie y en una de esas cabalgadas encuentra vía libre hacia el aro. Vislumbra la canasta mientras nota que los papas y mamas que están viendo el partido comienzan a gritar. La emoción ciega sus pasos y ensordece aquel momento. Deja a todos atrás hasta llegar debajo del aro donde lanza con ayuda de las dos manos. Anota y la alegría es inmensa… “pero ¿Qué pasa?”, se pregunta. Rápidamente Alba comprende que su primera canasta en un partido de baloncesto ha sido en su propio aro y que los gritos del público pretendían alertarle del error y cambiar la dirección de su carrera. “Bueno, me he equivocado ¡A seguir!”, pensó aquella niña.

“A mí me dijeron que había que meter la pelota en el aro, pero se me pasó que había que meterla en el correcto y no en el otro”, bromea. Los relatos más hermosos a veces se escriben con renglones torcidos, las historias más perfectas lo son porque cuentan distorsiones. Aquella canasta fue un equívoco, pero efímero y desde luego sólo una anécdota que contar en el postre de aquella noche. Allí, sentada junto a su familia Alba estaba radiante, con su sonrisa habitual y unos luminosos ojos que transmitían la pasión por ese nuevo deporte que la atrapó y ya nunca más la dejó marchar.

Los días, las semanas y los años sucesivos van modelando un talento que destaca por su pureza. Los recuerdos se agolpan en su memoria y de ellos, por emotivo, se queda con “el campeonato de España mini con las Islas Baleares”. La primera vez nunca se olvida y, pese a que su carrera está plagada de éxitos y reconocimientos, sus ojos todavía se iluminan cuando recuerda “el día que me dieron el equipaje de la selección y fui a competir a un campeonato de España”. Es una joya que, debidamente pulida, comienza a marcar diferencias en el equipo infantil del Sant Josep Obrer junto a Gabi Ocete. Es la más alta del equipo, pero sube el balón con una destreza inusitada, una rara avis que nadie quiere dejar escapar y en cadete marcha a Barcelona para incorporarse al Siglo XXI y luego viaja a Vigo para culminar su formación en el Real Club Celta. La ilusión de la joven Alba Torrens puede con la mayor de las incertidumbres y las lógicas preocupaciones familiares. Son años donde sus padres se abonan al avión para ver a su hija. Poco importa que sólo sean unas horas, primero los dos en Barcelona y luego, turnándose, en Vigo. Ambos velan desde la distancia para que todo esté ordenado en la vida de Alba. A María el salto al Celta le preocupó porque “se produce en segundo de bachiller y significa jugar a nivel profesional siendo todavía una niña. Por suerte en Vigo le tratan fantásticamente, no tengo suficientes elogios para destacar el cariño y cuidado que recibió”. Sin embargo, la ilusión de Alba es incontenible y su carrera despega en tierras viguesas con el mimo del club y el ala protectora de Paco Araújo.

Con la Selección lidera los triunfos en el Eurobasket U16, U18 y la plata U20, conquista el campeonato Júnior de España en Vigo y tarda muy poco en dar el salto al Perfumerías Avenida. Su carrera está lanzada y en 2011 conquista la Euroliga, es elegida MVP y termina el año como Mejor Jugadora de Europa. “Son las emociones más espontáneas, las que te llegan de verdad. Ese primer partido, ese primer campeonato… Euroliga, vas sin expectativas y, en ocasiones, las expectativas son lo que más nos duelen. Más que la realidad”, asegura. Virgen de ideas preconfiguradas, el juego de Alba fluye libremente y las emociones y el corazón dominan un parqué donde nadie es mejor que ella.

Ekaterimburgo descubre una reina, lo inevitable se hace realidad y, ante la crisis económica que azota el país, debe marchar a Estambul para fichar por el Galatasaray. Su presentación en el Abdi Ipekçi es premonitoria. Los más de 10.000 espectadores que asisten a la final masculina entre Galatasaray y Fenerbahçe corean su nombre y ella es aclamada en el centro de la pista. “Ese es un momento donde los pelos se te ponen de punta. Al principio pensé ¡oh! Y estaba un poco intimidada de ver a tanta gente. Fue uno de los momentos que recordaré toda mi vida. A lo mejor otras cosas del baloncesto no las recuerdas, pero ese fue uno de los momentos que te llegan adentro y nunca olvidas. Tampoco mi despedida, con el pabellón lleno y ganando la liga en el quinto partido a Fenerbahçe”. Durante años es idolatrada en Turquía, el club y los fans sienten pasión por ella y sólo hay un instante que perturba el recuerdo de aquellos años.

Cultivar serenidad, recoger felicidad

“En el momento en el que iba a doblar la pelota a Tina Charles, caí y lo supe. Cuando estaba en el suelo no sentía un dolor especialmente fuerte, he tenido más dolor otras veces. Creo que ni hubo lágrimas de dolor… era la sensación de saber qué estaba por venir. Lo tenía clarísimo”, recuerda. Hoy ese instante de dolor se ahoga en el océano de buenas vivencias que ha vivido desde entonces y reconoce que más de una vez ha visto las imágenes de la lesión. “¡Está en Youtube!”, dice sonriendo. “Creo que es bueno que ahora lo pueda recordar así. Quiere decir que ya está superada”. La protagonista del video sabe que aquella historia tuvo un final feliz, sin embargo, nadie olvida aquellas primeras horas…

“Papá, me he roto”. Es de noche y Alba decide llamar a su padre y contar lo sucedido. “Tranquila, todo va a salir bien”, encuentra por respuesta. Alba no quiere preocupar en casa y menos a su madre; sabe que todas las madres, más allá del resultado, lo que priorizan en una cancha de baloncesto es la salud de sus hijas. “Yo me entero a la mañana siguiente y en cuestión de horas hago las maletas y me dispongo a viajar a Estambul”, cuenta María quien trata de animar a su hija aunque por dentro no puede evitar una lógica angustia. “Me pasé todo el trayecto sufriendo por la rabia que sentía”, revela. El diagnóstico de la lesión, rotura del ligamento cruzado de la rodilla, es tan demoledor como contundente la actitud de Alba. Cuando llega María encuentra a una jugadora con una rodilla destrozada pero con la sonrisa intacta. La actitud vital de Alba es lo que la diferencia del resto del mundo. Irradia buen rollo, quizá sufra por dentro, pero siempre tiene un buen gesto y una buena palabra. Un optimismo contagioso que hace mejores a quienes están a su lado. “Utilizo el pensamiento positivo como medicina, aunque también reconozco que hay muchos momentos en los que he llorado. Hay instantes donde las emociones y el corazón te juegan malas pasadas, pero sí que es verdad que en los momentos bajos, porque me he permitido estar triste, he reaccionado rápido para poner una sonrisa”. Pese a todo no hay anclaje lo suficientemente fuerte para sujetar el optimismo cuando las nubes no se dispersan en el horizonte y Alba reconoce flaqueza durante aquellos meses. “El momento más duro fue cuando llevaba cinco meses, más o menos, que ya llevaba mucho tiempo, pero sabía que no estaba y que todavía quedaba mucho. Recuerdo estar un día en el gimnasio haciendo algún ejercicio y caer mentalmente. No ver el final de la lesión y sentir la dureza del momento porque mentalmente sabía lo que llevaba, pero no sabía lo que quedaba”. No obstante, nunca pensó en rendirse porque “el amor por el baloncesto puede con eso y con mucho más” y volvió a trabajar como siempre hizo.

Los efectos del pensamiento positivo no se ven, pero también curan lesiones. Los gestos del mundo del baloncesto se multiplican y todo lo que ha dado Alba a éste, es devuelto con una avalancha de afecto que le ayuda a superar la operación y los posteriores días donde apenas se puede mover. Son días grises, pero ahí encuentra el apoyo de su madre que se convierte en improvisada enfermera y consejera. “No era muy buena paciente, lo quería hacer todo perfectamente y yo le intentaba tranquilizar y animar”, relata María. La metódica Alba no quiere dejar nada al azar, se esmera desde el primer día en la rehabilitación y quiere acortar plazos para volver a jugar. “Era un poco tiquismiquis, muy perfeccionista”, bromea su madre. Alba sabe que el baloncesto es un deporte, pero en ella es algo más. Comprende la fortuna que tiene por dedicarse profesionalmente y desde pequeña se esmera en ser la mejor profesional posible. Fuera del parqué es sencilla y nunca pone peros a nada… pero se transforma en la cancha. Durante años ha perseguido “esa perfección que no existe. Muchas veces la he buscado y no creo que sea bueno del todo”. Hoy Alba respira serenidad, ha apaciguado ese fuego interior que pudo quemarle en la autoexigencia. “También ese afán perfeccionista me ha llevado a aprender que la perfección no existe”, señala mientras reconoce que “es una suerte que siempre podamos aprender algo nuevo porque es entonces donde nos realizamos como personas”.

No obstante, ese carácter inconformista juega un papel fundamental en su recuperación y un año después regresa a la pista tras su lesión en la final de la copa turca. Ella juega 10 minutos y el equipo gana, todo es perfecto. Alba Torrens vuelve en una versión 2.0, aunque los cambios en ella no se reflejan en el exterior, se sienten en su interior. “La lesión me hizo disfrutar más de cada momento porque antes un mal partido era una hecatombe, no relativizaba nada. Después de la lesión podía salir un mal partido, pero ya pensaba en qué cosas de ese partido había salido mal y qué cosas había hecho bien. No lo veía todo mal como antes, al contrario, analizaba lo sucedido y pensaba que al día siguiente volvía a tener la oportunidad de jugar para mejorarlo”. El esfuerzo da sus frutos y llega su segunda Euroliga con Galatasaray y el segundo MVP. El UMMC Ekaterimburgo ya no aguanta más y cierra su fichaje. El sueño se hace realidad y en el mejor equipo de baloncesto femenino disfruta de talentos como Diana Taurasi, Candace Parker o Brittney Griner. Pero toda moneda tiene dos caras y competir con tanta estrella y la normativa rusa de limitar extranjeras le llevan en 2017 a quedarse fuera del Playoff de liga. La decepción es inevitable, pero ella no deja que nadie lo perciba a su alrededor y redobla sus esfuerzos. Entrena más para que todos vean que está al 100%, que no es culpa suya la decisión y que está a tope.

Son momentos duros, además con un Eurobasket a la vuelta de la esquina. Ella ha sido el estandarte de una nueva generación que cambió la forma de ver el baloncesto femenino en España y siente su responsabilidad. Alba Torrens es un regalo hecho jugadora que ha elevado a un estado superior el concepto de la jugadora moderna. Verla correr la pista, zigzaguear rivales como si fueran los conos de su escoleta y anotar tiros imposibles conquistan al público. Es Magic Alba y en Praga todos vuelven a rendir pleitesía a la reina del baloncesto. “Para mí el Eurobasket fue especial no por mi persona, sino por el equipo. Es muy complicado ganar después de ganar y es muy muy complicado después de 2013 mantenerte a este nivel, y creo que eso es lo que más valoro. Es verdad que en este equipo hay jugadoras con muchísimo talento, es cierto que en los últimos años se ha jugado un gran baloncesto, pero lo que más destaco de este equipo es el carácter y los valores; algo que ya no es cuestión de baloncesto, sino de personas humanas. Estoy muy orgullosa de formar parte de este equipo por lo que significa y por lo que sé que cada una de mis compañeras ha luchado para alcanzar lo conseguido”.

Ahora sí, todo está en orden. La vida vuelve a sonreír a quien nunca perdió la sonrisa y Alba Torrens se encuentra en un momento dulce. Llega a la Copa del Mundo tras una fantástica temporada donde logró su cuarto título continental. Tras la histórica plata olímpica de 2016 y el oro del pasado Eurobasket, tiene el deseo de seguir escribiendo páginas doradas con un torneo especial. “Creo que jugar la Copa del mundo en casa es un premio al trabajo bien hecho, pero no sólo de este equipo sino del baloncesto femenino español durante muchos años porque conseguir que una Copa del Mundo se juegue aquí es el resultado de muchas personas. Sin el trabajo de esas personas no estaríamos hablando de ello y por eso creo que es un premio que debemos disfrutar todos, no solo nosotras”.

Alba, saborea el día a día. Ha templado impulsos de juventud, ha reconocido los meandros de la vida y ahora navega con un rumbo definido. Su mirada es clara y sus sueños, como los de todos, hablan de la felicidad, esa que provoca verla jugar o transmite con su forma de ser, la misma que trata de reconocer e interiorizar. “Disfrutar de cada momento tendría que ser nuestro verdadero objetivo porque los pequeños instantes de alegría son lo que calificamos como felicidad y, por lo tanto, quiero estar en el momento y disfrutarlo, ya sea en el baloncesto o fuera de él”.

Existen personas cuyo caminar por la vida dejan haces de luz de brillo fugaz. Otras, en cambio, poseen una luz especial que se distingue pese a la lejanía de los años y la distancia del espacio. ¿Saben lo más maravilloso de Alba Torrens? En ella, la fuerza de su brillo no se encuentra en el resplandor exterior de quién es, lo que más brilla en Alba reside en su interior.