Dejan Bodiroga y la NBA, por Gonzalo Vázquez

Dejan Bodiroga y la NBA, por Gonzalo Vázquez

Dejan Bodiroga siempre llevó consigo el debate sobre si hubiera triunfado o no en la NBA. Ésta es la visión de Gonzalo Vázquez

[Artículo publicado en 2004 por Gonzalo Vázquez]

 

Formular un hipotético rendimiento de Bodiroga en las américas equivale a padecer siempre la misma cantinela: que si es demasiado lento, que allá lo anularían, que no aguantaría el ritmo, su defensa, en fin, un monótono estribillo que de tanto repetirse sin encontrar resistencia siembre consenso y, lo que es peor, utiliza su empeño de no dar el salto como coartada, como una sincera prudencia personal ante su más que seguro fracaso. Celebro discrepar de todo esto.

No hay en el mundo un jugador que encarne a mayor fidelidad y nivel la genuina pureza del baloncesto europeo, los principios supremos de la Técnica, Táctica y Tempo. La sangre deportiva de Bodiroga es europea hasta los tuétanos y casi parece herejía transmutarle en peón NBA cuando su propia negativa parece reforzar la distancia. Pero todo esto ni valida la teoría del fracaso ni debe olvidar de qué jugador hablamos ni la singularidad del presente NBA.

Hubo allí un tiempo en que se limitaba al extranjero su posesión, se le aceleraba la mecánica y se le urgía al tiro rápido. Una dolorosa adaptación que desarraigaba al jugador (Petrovic) o lo traicionaba por algo bueno pero distinto (Kukoc). Ese automático desalojos de cuantas virtudes habían llevado al europeo precisamente allí es una de las peores discriminaciones de la historia del mestizaje deportivo. Siniestros prospectos rezaban de Oscar que era un tirador, pero lento; buen anotador, pero sin defensa. En cambio se indultaba del delito a jugadores como Mullin o Vandeweghe. Se acusaba al tiro europeo de no poder sobrevivir en la NBA por lento mientras se hacía la vista gorda a Elie, Hansen, Bullard, Ward y perimeters a puñado. La evidencia y cierta necesidad han puesto fin a este disparate.

Ahora el europeísmo cotiza al alza  y ese juego rehogado que estira los 24 segundos a los 30 de antes, es de una frecuencia tal que el mastodóntico Zukauskas podría dar perfecto descanso a Jermaine sin torcerse Indiana. En medio de tanta indefinición táctica, el cerebral ritmo de Steve Blake recuerda al de Perasovic y antoja un pequeño Boridoga ordenador de tanto desorden. El mismo serbio habría llenado el vacío de los Raptors de O’Neal y ventilado parte del atasco ofensivo de la última Final del Este igual que lo hacía en el infierno griego. Dicen que el juego NBA ha evolucionado, que sin más es como decir que el tiempo pasa. Pero si algo la define hoy con fuerza es ese rocoso estatismo anémico de ideas que, además de traicionar su pasado, la convierte, por ritmo, en una especie de anárquica Europa negra. Nunca antes se habían dado condiciones tan ideales para descubrir allí a Bodiroga y su jurásico baloncesto de cámara lenta. Ordenar como cerebro, fracturar defensas, afinar pases, doblar, y de paso, impartir magistrales lecciones de 1×1. Tan solo tendría que disfrutar de iguales créditos a fondo perdido que Van Horn, George o Battier, apretar el culo en defensa con igual ligereza que Nowitzki, Stoja o Walker, y también, todo hay que decirlo, despedirse de su paraíso arbitral.

Ven algunos en Bodiroga un jugador robotizado, cansino y cargante. Las más de estas críticas proceden de cierta hormona juvenil seducida por la feria del balón. Basta eso para chirriarles la idea de un Bodiroga NBA. Pero fascina pensar qué sería de Europa si todos los extranjeros que dieran el salto habrían mantenido la misma postura que él. Puede que ya no hiciera falta ningún espejo donde reflejarnos, ese eterno complejo del baloncesto europeo que gracias a joyas como Bodiroga conserva intacta toda su pureza. Algo que la NBA de hoy no puede decir.

Sólo es teoría sobre algo que no ocurrirá. Pero los años y la geografía del Baloncesto mundial vuelven inquebrantable mi convicción de que la calidad y la inteligencia son requisitos de sobra para no fracasar en ninguna competición. En ninguna. Un gran jugador tiene que serlo en cualquier parte. Otra cosa es que algún entrenador se empeñara en lo contrario. Así otro día hablamos de Saras.