El hombre que se alejó del mundo, por Gonzalo Vázquez

El hombre que se alejó del mundo, por Gonzalo Vázquez

Cuando Karl Malone decidió desaparecer lo hizo del todo, como si desconfiara de cuanto hubiera conocido cuando en realidad podía hacerlo de sí mismo.

Foto: Scott G. Winterton

Rara vez las despedidas son buenas. Pero siempre hay formas y formas de irse. La de Karl Malone fue mala. Fue una despedida triste y nublada. O no estuvo a la altura de la leyenda que se marchaba. Porque además fue diferida, cosa que hoy apenas se recuerda vagando la impresión de que todo terminó en la debacle del Titanic angelino aquel mes de junio ante los Pistons. Malone se iba a torcer la rodilla en el tercer partido de la serie, un esguince que lo frenaría en seco hasta no vestirse en el quinto y definitivo. A su edad, ese final hundiría a cualquiera. Pero irse así podía ser peor, y decidió pensarlo.

Fuertes desavenencias con Kobe Bryant lo disuadieron de negociar un año más con los Lakers. Y tras operarse en verano de la rodilla no pocos equipos lo cortejaron, destacando el empeño de Knicks y Spurs. Malone esperó a tomar una decisión hasta dejar solamente a los Spurs como posible destino. Pero en febrero de 2005, fiel a sí mismo, reconociendo que no estaba ni física ni mentalmente pleno, anunció su retirada. Cuatro meses después los Spurs fueron campeones, justo lo que Malone llevaba toda su vida esperando. De aquella rueda de prensa en los márgenes de la liga hubo unas palabras –“No me veréis más”– que no pudieron resultar más premonitorias. Porque así fue. Malone desapareció mucho más rápido y lejos de lo que cualquier retirada invita a alejarse, como si blindara su imagen y recuerdos en una caja fuerte que sepultar con hondura. En adelante sería el contraejemplo de todos aquellos que de un modo u otro continúan vinculados a la liga, al baloncesto o a alguna suerte de plataforma a través de la cual admitamos que sigue habiendo vida.

La última vez que el mundo supo de él, aunque solo fuera verlo, también tuvo por motivo al invasivo The Last Dance, pero no por participar, a lo que se negó de principio a fin, sino por coincidir en el tiempo. Malone no tenía la más mínima intención de que veinte años después Michael Jordan le viniera a tocar la moral, otra vez, a su costa. El director de la pieza, Jason Hehir, comenzó a recibir sus negativas en enero de 2018, y durante casi dos años lo intentó por tantas vías como para movilizar a una legión de terceros que probaran suerte. Su lógica intención era sentar juntos a Stockton y Malone y liberar sus impresiones no de sus días dorados, sino de la barrera que les supuso Jordan para su ansiado título en Utah. Y mientras el base devolvió, a última hora, una de las muchas llamadas telefónicas recibidas, con Malone no hubo nada que hacer. Pudimos verlo por una sutil maniobra de ESPN, a través del área de investigación E60, haciéndola coincidir con el remate del documental. Malone mostraba entonces una gran seguridad, casi una forzada dignidad, en no doblegarse al recuerdo de la derrota, ni a la deificación de Jordan, ni a cualidades que los separasen. “Yo también era un hijo de puta”, lapidaba. El volumen de visualizaciones de aquel minuto expuesto en redes superaba con creces a unas cuantas píldoras del documental matriz. Ese era el motivo por el que lo habían perseguido, y de paso, confirmaba una inconsciente curiosidad del gran público por ver, saber y reconocer a Malone hoy día.

Evasivo y mordaz, luciendo canas en una barba generosa, casi descuidada, de abuelo prematuro y avivando un enorme puro como quien solo se entrega al buen retiro, su imagen y actitud no impedían reflejar una artificial voluntad de olvidar, como quien trata de sepultar algo inútilmente. Pero al mismo tiempo era bastante fiel a lo que Malone es hoy, de espaldas al gran circo NBA al que destinó los mejores años de su existencia. Al margen del documental, para cuya negativa tenía sobradas razones, no han sido pocos quienes lo han intentado en los últimos años, incluidas las áreas oficiales NBA de tributo y memoria a las grandes leyendas. Para que Malone se digne a aceptar, o solo responder, el solicitante tiene que darle confianza, aunque eso suponga reducirse a la prensa local que él mejor conoció.

Así decidió un día abrir su casa al acogedor Eric Woodyard, entonces en el Deseret News, sabiendo que se le iba a hacer justicia, no más que presentarlo en paz, como el cuadro de una vida distante y tranquila. La galería que acompañaba al reportaje, para el que su esposa Kay, con la que contrajo matrimonio dos años después de proclamarse Miss Idaho, invitó al fotógrafo Scott G. Winterton a un tour por su inmensa mansión en Ruston (Louisiana), exhibía un museo de noble madera y naturaleza muerta: osos, alces, leones, pumas, cebras, ciervos y un sinfín de presas, todo un zoológico disecado, diana de sus rifles de caza. Porque tanto tiempo después, preguntarse qué fue de Malone invita a responder con dos verdades simples: la caza y su familia, cuya magnitud refleja un total de siete descendientes de tres relaciones distintas y un buen puñado de nietos. A reclamo de unos y otros, Malone ha servido de amparo económico. Sufragó a su hija Kadee un bonito comercio de tabaco y vapeo (Legends Cigar & Vape), que importa desde República Dominicana algunos de los mejores habanos en todo el país y de los que, como Jordan, disfruta a diario. A menos de un kilómetro un restaurante teriyaki permite a su mujer llenar la mayor parte del tiempo. Otro de sus hijos dirige una compañía de camiones, como los que Malone gobernaba en sus años de jugador cruzando el país a solas por rutas legendarias. Mientras aguardaba a que otra de sus hijas, Cheryl Ford, quien fuera estrella de la WNBA, pudiese iniciar alguna aventura empresarial después de regresar a los estudios, el caso es que Malone apadrina todo negocio que algún descendiente decida emprender.

Los negocios de los que es propietario, que incluyen varios concesionarios para venta de vehículos y parte franquiciada en comercios de comida rápida, dan trabajo a cerca de cuatrocientas personas en el área de Salt Lake City. Y reconocido por él, esta sí es una herencia del anterior propietario de los Jazz, Larry Miller, al que admiraba cogiéndole siempre ocupado con sus otros negocios. Los suyos prefiere delegarlos en sus gestores y contables, y así no siente la menor preocupación de que el wi-fi de casa rara vez funcione y que su teléfono no pertenezca a la generación Smartphone. Y tampoco le importa cuando se refugia semanas enteras en otra de sus propiedades, una inmensa cabaña en las estribaciones del río Kenai en Alaska.

Este escenario de paz consigo mismo no compensaba la necesidad de hacerlo también con el gran público. Porque hay heridas de muy difícil cura. Bajo la espléndida alfombra de sus dos décadas de carrera fue difícil sepultar los frutos de un pasado también irresponsable, actos sobre los que pesaría una premeditada nebulosa y que guardan relación con su descendencia previa a su matrimonio, cuando parecía ser un hombre para jugar al baloncesto pero no para la vida. Malone contaba diecisiete años cuando una relación con una chica de su edad, Bonita Ford, daría con el nacimiento de dos gemelas. No sería hasta que ambas cumplieron los diecisiete que Malone formalizó una relación paterna con ellas. Más delicado resultaría lo ocurrido con Gloria Bell, que apenas contaba trece años cuando Malone, de veinte, provocó su embarazo y el nacimiento de Demetress. Malone no quiso saber nada de madre e hijo, hasta que los padres de ella, viendo que el padre de su nieto había ingresado en la NBA, iniciaron una demanda por la que reclamaban una manutención muy básica de doscientos dólares a la semana. El jugador hizo oídos sordos y un juez le impuso el pago –reduciéndolos a 125 dólares– al que añadir gastos médicos.

A través de sus abogados, ahora sí, Malone rechazó aquella cantidad por excesiva hasta que los representantes judiciales de ambas partes llegaron a un acuerdo confidencial bajo mano que, muy al margen de lo económico, compraba el silencio familiar del hijo no reconocido. Los padres de la chica no querían verlo entrar en la cárcel y eludieron llevar más allá el caso. En la única conversación reconocida con Gloria, siempre según ella, Malone dijo que era tarde para hacerse padre.

Hasta finales de los años noventa, cuando las pruebas de paternidad eran irrefutables, el caso se mantuvo en relativo silencio, como si no existiera. Hubo incluso intentos con la NBA como intermediaria para el reconocimiento del hijo. Pero mientras estuviera en activo, todo intento resultaría inútil. Todo se hacía más difícil de entender cuando en las postrimerías de carrera una fundación con su nombre sufragaba gastos a niños y jóvenes desfavorecidos en el área de Salt Lake City, mientras su hijo Demetress, que se iba a convertir en un sólido jugador de la NFL, seguía sin recibir la admisión de su progenitor. Era como si algo en el interior de la estrella se estuviera cobrando a través de aquel inocente la ausencia de la figura paterna en su propia vida. El padre de Malone se suicidó cuando este tenía tres años.

Por todo ello hasta es posible que Malone pudiera necesitar aquella entrevista. Es a estas alturas de la vida, cerca de los sesenta años, cuando por fin lo admitía: “Cometí un error. [Los hijos] no son ningún error”. Reconocía verse antes demasiado joven para aceptar su responsabilidad mientras cargaba encima una vida dedicada exclusivamente al baloncesto. “No lo manejé bien, estaba equivocado y tampoco puedo cambiar el pasado”. Mientras que con las gemelas la herida sanó antes, con Demetress Bell no lo haría hasta fechas muy tardías, casi impensables. Porque su prolongado y silencioso arrepentimiento no daría sus frutos hasta 2014, cuando Malone decidió presentarse en la casa del hijo, disculparse y mantener una larguísima conversación que conservar la intimidad de ambos. Demetress, un gran tipo según quienes lo conocen, lo aceptó todo, incluida una primera cita con Malone para ir juntos de caza. Desde entonces mantienen regularmente contacto, compensando en lo posible los muchos años perdidos. A la estrella de la NBA, hoy abuelo, esa unión le alivia los tormentos de la conciencia. Y ahora que dispone de todo el tiempo del mundo es cuando asegura que ser padre lo llena.

Hace tiempo que las conversaciones sobre baloncesto lo aburren y ya no recuerda cuándo fue la última vez que se calzó unas zapatillas bajo una canasta. Su ausencia voluntaria fue tan firme que los dos momentos en que hizo algún acto de presencia fueron mediáticamente exagerados, como anticipando esa necesidad de perdón. Uno, en 2007, por su papel en la promoción del programa deportivo de su materna Louisiana Tech, a la que entregó una importante donación económica, y una segunda, mucho más aparente que real, cuando en 2013 fue anunciada su incorporación al staff de los Jazz como apoyo a los hombres altos. En ambos casos, nada que no pudiera recoger un titular antes de desaparecer. Y en el mismo sentido se inscribe una de sus últimas apariciones, entre lo publicitario y marginal. Tras una jornada de grabación pagada a precio de oro por una multinacional de bebidas energéticas, la anécdota consistía en presentarse a Anthony Davis haciéndose pasar por un díscolo operario de mantenimiento (hasta que Davis lo descubría). Contaban los promotores que antes de aprobar nada Malone preguntó por el jugador en cuestión. Solo al saber que se trataba de Davis aceptó, como si al hacerlo recordara a la estrella actual quién podía seguir al mando en su misma posición.

En realidad, sus prioridades son tan distintas que el placer que un día le dio el juego lo reemplaza hoy día el orgullo de un nieto que siga sus pasos de jubilado. Así se sintió feliz cuando uno de ellos, Darren, acompañándole en una de sus batidas de caza, dio muerte a su primer venado apenas cumplidos los ocho años. Lo hizo en los dominios del abuelo, una inmensa finca de trescientas hectáreas donde puede recibir llamadas de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), de cuyo comité rector formó parte como buen republicano. La caza lo llena, dice que le permite pensar y relajar la mente en la soledad de parajes típicos la América profunda. La distancia con su pasado es tal que hasta aprueba que los chicos más jóvenes de Ruston lo conozcan como a un vecino más, o como el cazador del pueblo, y no como hall of famer, pese a que siga siendo una montaña muy superior al ciudadano común.

Si uno observa su imponente planta aún fornida comprobará que sigue en forma, que no ha permitido que la carne se expanda. Pero no sabrá que el nervio ciático lo tortura de vez en cuando, ni que en el largo retiro fue intervenido más veces de sus rodillas que en su etapa de jugador, como compensando el larguísimo periodo en que las llevó al límite. Pero son achaques que no van más allá de la lógica para quien hizo del cuerpo un arma nuclear operativa, perdiéndose tan solo un 0.006% de sus 1444 partidos con el uniforme de Utah Jazz.

Hace lustros que lo cambió por el de camuflaje. “No me da miedo morir –sentenciaba–, tan solo fallarles a ellos”. Lo decía por sus hijos y nietos, por alejar sus malos recuerdos y preferir esta paz del alma lo que le reste de vida.