‘Petrovic, un genio absorbido por su pasión’, por José Luis Llorente

‘Petrovic, un genio absorbido por su pasión’, por José Luis Llorente

Artículo publicado en la revista número 1.475, en agosto de 2018, dedicada a Drazen Petrovic. Compra aquí

Como los mitos de tiempo inmemorial, como una premonición de la leyenda que luego fue, la primera vez que supe algo de Drazen me lo contaron. Mi hermano Toñín acababa de regresar de un EuroBasket júnior de enorme repercusión en los medios escritos, pero del que no nos llegaron imágenes. Eran otros tiempos. No podíamos ver, así que teníamos que fantasear. Y me habló de dos jugadores, un escolta ruso un tanto heterodoxo, pero de enorme eficacia, y un yugoslavo que se reía de todo el mundo porque podía. Lejos estaba de suponer que los dos terminarían siendo mis compañeros.

Una música diferente

Cierto que lo que se contaba era tan sorprendente que no terminabas de creértelo. Al fin y al cabo, en aquella época era habitual que al término de cada europeo se hablase de yugoslavos que hacían maravillas, aunque no todos lograban refrendarlas en la edad sénior. Sin embargo, la música en esta ocasión sonaba muy diferente. Un tipo con el pelo afro, la lengua fuera, que botaba el balón por detrás de la espalda a gran velocidad y que terminaba metiendo canastas de todos los colores burlándose del que se cruzaba en su camino. Sonaba a lo nunca visto.

No tardamos demasiado en verlo. Por entonces, los yugoslavos reclutaban a los genios para la Selección a edades muy tempranas. Y ciertamente, el chico no defraudó. Rápido, con una técnica muy depurada y con una competitividad extraordinaria, odiaba perder y era capaz de cualquier cosa para ganar. Un enfant terrible en toda la regla, un heredero de los descarados, soberbios y retadores Kicanovic y Slavnic que habían dominado la escena del baloncesto FIBA a mediados de los 70 y principios de los 80. Un replicante evolucionado, más letal, más provocador.

Nos vimos las caras en los JJ.OO. de Los Ángeles y no nos fue mal. Aunque comenzó como un rayo, no le permitimos terminar la faena. Le faltaba un hervor y nosotros teníamos un equipo sólido y curtido que lo neutralizó. Fue la última vez que jugué contra él en la que no nos hizo un traje. A partir de ese día se convirtió en una pesadilla, algo a lo que, por otra parte, estábamos acostumbrados. Los equipos punteros yugoslavos se diseñaban en torno a dos o tres estrellas internacionales (Kicanovic y Dalipagic; Delibasic y Varajic; Cosic…) que se tiraban hasta las zapatillas, te amargaban el día y anotaban treinta o más puntos con frecuencia. Cuando luego se juntaban en la Selección, el efecto se diluía un tanto, porque no había balones para todos. Pero Petrovic hizo lo que no consiguieron sus predecesores: dominar Europa con su club y desquiciar al Madrid y a Sabonis.

Hoy es fácil de contar, quizá difícil de entender para los que no estuvieron allí. Nunca hubo un jugador tan acaparador. Del balón, del ritmo del partido y de la atención de la prensa, de los aficionados, y, lo peor para ellos, de sus rivales. Esto fue lo más destructivo que les pudo ocurrir: entraron en su juego. En lugar de ignorar sus desprecios, adoptaron la actitud que buscaban los agramitas (gentilicio de Zagreb). Se lo tomaron como algo personal y perdieron la sangre fría. Yo lo veía muy claro, porque en aquellos años no estaba en el ajo. Jugaba en el Cajamadrid, primero, y en el CAI Zaragoza, después, así que era fácil percibirlo. Aunque, visto lo visto, no debía ser tan sencillo escapar del embrujo del mago.

El último duelo Real Madrid-Petrovic sucedió en la final de la Copa Korac, el final de la temporada previa a su incorporación. Ganamos, y se comportó casi como un jugador normal, si por normal pueden considerarse 47 puntos en el partido de vuelta. Había firmado una tregua de perrerías para no tensar más la cuerda.

Por una de esas casualidades programadas de los buscadores de la Red, topé con el vídeo y unos comentarios del partido de ida de aquella final apenas comencé a rebuscar en el pasado para escribir estas líneas. La crónica refería una falta intencionada -así se llamaban- sobre mi persona en los primeros compases del partido. Como mi memoria siempre ha sido muy escasa y el deterioro cognitivo se acentúa con la edad, me puse a buscarla, pues no guardaba ningún recuerdo de ella. Esperaba encontrarme una zancadilla, un empujón o algo por el estilo, pero no. Fue un simple encontronazo, después de que le robara la bola e intentara salir en contraataque. Por cierto, que también en la semifinal de Los Ángeles le limpié otro balón mientras lo botaba. Un doblete que no ha recibido la debida consideración en las crónicas del baloncesto patrio. Intolerable.

El destino de un fichaje pintoresco nos convirtió en compañeros. El Madrid lo contrató dos años antes a su llegada, octubre del 88, originando una transitoriedad anómala. El todavía enemigo íntimo sería amigo al cabo de dos temporadas, en la que nos cruzamos en repetidas ocasiones, tanto en la cancha (la citada final de la Korac), como en los hoteles y aeropuertos. Apenas nos miró. Guardaba las distancias, quizá en exceso, aunque entendíamos que la situación no debía ser fácil de gestionar. Optó por continuar con su mismo patrón de comportamiento. Entonces, sólo éramos sus víctimas en la obra que estaba escribiendo.

“AL REBUSCAR EN MIS RECUERDOS, APARECE UN CHICO ATREVIDO Y SONRIENTE QUE SÓLO ERA FELIZ CON UN BALÓN ENTRE LAS MANOS”

Una vez dentro de nuestro vestuario siempre se comportó de forma correcta. Era un joven simpático y apasionado por el baloncesto que desde el principio rehusó acompañarnos en nuestros encuentros fuera de la pista. Salíamos con frecuencia a cenar para reforzar la moral, estrechar los lazos del equipo y contarnos nuestras dichas y penas. Era una práctica habitual desde los tiempos de Emiliano en los que ya se comenzó a considerar que la dinámica del grupo fuera de la cancha también era relevante para lo que sucedía en ella.

Coexistencia difícil

No le dimos demasiada importancia al asunto, pues en los viajes y a diario en el doble entrenamiento convivíamos con frecuencia y siempre estaba de buen humor, con ganas de sonreír y gastar bromas. Sin embargo, la coexistencia en la cancha era más difícil. Su concepción del baloncesto chocaba radicalmente con la idea tradicional del Madrid que todavía manteníamos en aquellos tiempos. Un juego de conjunto basado en una defensa aguerrida y en el contraataque. Poco que ver con el yo-yó de Drazen, incapaz de dar continuidad a las jugadas y de avivar el juego de pases que nos gustaba. Ajeno al cambio de equipo y de estilo, el croata siguió jugando como en la Cibona. Un Juan Palomo de tres estrellas Michelín, un anotador compulsivo, un genio del desafío individual que nunca se acopló al Madrid, tal vez, porque no quería acoplarse. Y quizá por eso no dejó un gran recuerdo en el club. A diferencia de Mirza Delibasic, cuyo comportamiento en Madrid fue ejemplar y cautivador, Drazen no llegó a imbricarse del todo en el equipo y en la ciudad. Le daba lo mismo. En su obsesión, solo éramos un paso intermedio de su verdadero objetivo, la NBA.

Apenas coincidimos después de su marcha. Lo vi por última vez en Sevilla con ocasión de un partido de preparación para los JJ.OO. de Barcelona. En aquellas agitadas semanas, la ABP se movilizó de continuo contra las decisiones de la patronal. Habíamos previsto que los jugadores de ambas Selecciones mantuvieran una actitud pasiva durante el primer minuto del encuentro una vez que el árbitro lanzase el balón del salto inicial. Se lo conté, me miró y me dijo: “tenéis razón. De acuerdo”. Después del partido, me acerqué a su vestuario para darle las gracias de nuevo y para charlar un rato. Era el Drazen de siempre, un poco más macizo, eso sí. Nos despedimos con un abrazo.

En absoluto guardo un mal recuerdo de él. Al contrario. Me gustaba charlar de baloncesto y darle algún consejo de veterano, ya que descuidaba muchas facetas de su juego. Siempre me escuchó con atención y me lo agradeció. Y era un chico bromista y alegre. No creo que tuviera mal fondo, sólo era un niño malcriado, con una ambición desmedida. Hoy, mientras escribo y rebusco en mis recuerdos, al echar la vista atrás, las punzadas de la nostalgia dibujan un chico atrevido y sonriente que sólo era feliz con un balón en las manos.