Utah Jazz: una fuerza bajo el radar, por Andrés Monje

Utah Jazz: una fuerza bajo el radar, por Andrés Monje

Los Utah Jazz han firmado el mejor balance de la temporada regular. Primeros del Oeste y un 52-20 histórico. Con otros copando titulares, los Jazz fortalecen su propuesta para llegar preparados al tramo decisivo. ¿Pueden realmente ganar el campeonato?

Los Utah Jazz, una franquicia con más de cuatro décadas de historia, no saben lo que es ganar la NBA. Tampoco su historia luce radiante en cuanto a oportunidades de gloria paladeadas, por eso cuando surgen son bien recordadas.

Solo en seis ocasiones alcanzaron Finales de Conferencia, la última de ellas hace catorce años. Y únicamente en dos, de esas seis, acabaron consiguiendo un billete para las Finales. En ambos viajes a esa última eliminatoria por el título (1997 y 1998) aparecieron los Bulls de Jordan para frustrar todo sueño.

Más de dos décadas después de que aquel conjunto, liderado por Karl Malone y John Stockton sobre la cancha y magistralmente dirigido por Jerry Sloan desde el banquillo, aspirase a todo, la esperanza en los Jazz vuelve a dispararse. No es casual.

Porque si bien el máximo objetivo, el anillo, parece señalar a otros candidatos que acaparan más luz, lo que va formándose en Utah merece, como poco, consideración y respeto de cara a ese propósito. Su inicio de temporada bien lo demuestra: estos Jazz son un coloso.

Transcurrido el primer tercio del calendario, Utah ha visto a todo rival por debajo, no solo en el Oeste sino en la Liga. Los primeros 30 partidos, resueltos con 24 triunfos (incluyendo un tramo de 20 en 21 duelos), suponen el mejor arranque de la historia de la franquicia. Y, más allá, los argumentos expuestos apuntan al bloque de Quin Snyder como uno verdaderamente capaz de asaltar el trono. Y no siendo favorito, resultaría obsceno subestimar su fuerza.

El florecimiento ofensivo

El proyecto de los Jazz vivió, el curso pasado, el primer capítulo de su nueva era. Y no tanto en lo relativo al talento acumulado (Mike Conley y Bojan Bogdanovic aterrizaron como refuerzos de prestigio) como a la estructura por la que se apostaba. Eso fue lo vital.

Para un equipo que durante años había tratado de apurar sus opciones de emplear simultáneamente dos interiores de un perfil más clásico, de tamaño y presencia cerca del aro, cambiar definitivamente a un plan en el que solo uno podría pisar pista representó un movimiento importante.

El objetivo fue (y es) claro: formatos más pequeños, versátiles y de un predominio perimetral, sustentados por una sola figura interior en la pintura. Formatos, en definitiva, más adaptados a la nueva era y la vanguardia. Y si bien la ausencia de Bogdanovic –lesionado- condicionó el plan durante los últimos Playoffs disputados en la ‘burbuja’ de Orlando, el giro vio crecer sus primeros brotes verdes.

Utah,  tradicionalmente una fuerza defensiva el último lustro (tres veces en el Top 3, en ese tramo), metió a su ataque en el Top 10 NBA por primera vez en siete años. El peso del triple se disparó, los caminos al aro se abrieron y las opciones de castigar a media pista aumentaron. Este curso tal apuesta no ha sido más que potenciada hasta niveles, ahora sí, aterradores para los rivales: Utah es (también) uno de los ataques más poderosos de la Liga.

Rebasado un tercio de campaña, no hay conjunto con un volumen de intentos de triple superior al de los Jazz. Y lejos de quedar la cifra en un posible disparo masivo, sin mayor contexto, es el fondo lo que de verdad intimida. El acierto en esos lanzamientos supera el 39%, las esquinas se buscan y encuentran con gran frecuencia y la circulación de balón genera el dato definitivo: dos de cada cinco tiros de campo de Utah son triples abiertos, es decir con el defensor a –como mínimo- un metro del tirador.

La masiva amenaza perimetral, imprescindible para agrandar la cancha y comprometer a las defensas rivales, se ve complementada por la otra gran virtud del bloque en su ataque: la variedad de generadores para crear el desequilibrio. Donovan Mitchell, su referente en los momentos decisivos (36 puntos por partido en la última fase final), no supone un plan único.

De hecho, a la (constante) progresión de su estrella exterior Utah añade un catálogo de hasta cuatro jugadores capaces de desequilibrar en diferentes secuencias desde su propia lectura de juego o facilidad para crearse sus propios tiros. Así, Mike Conley, Joe Ingles, Bojan Bogdanovic y Jordan Clarkson representan, cada uno con sus formas, variables óptimas para asumir balón y/o decisiones.

Incluso estando aún por depurar (el volumen de pérdidas es alto, algo que suele reducirse a medida que el grupo encuentra más química y minutos), el plan de Snyder huye de la dependencia de una sola figura, por mucho que Mitchell pueda ser el necesario perfil a seguir en finales igualados, para tratar de crear un ataque de múltiples respuestas.

En su pizarra se abusa de secuencias de pick&roll y penetraciones, no solo por el talento de sus generadores –que también-, sino por la imponente acción de Rudy Gobert, uno de los mejores bloqueadores de la NBA y un martillo en acciones de 2×2. Las ventajas producidas por el galo a través de sus pantallas, un aspecto a menudo infravalorado en su juego, no hacen más que proyectar el sistema de los Jazz.

Cómo dominar atrás

Las leyes de la productividad defensiva, es decir lo que defiende la teoría sobre cómo sacar más partido a tu sistema atrás, conducen a todo equipo a seguir varias normas esenciales: permitir los menores tiros posibles del rival cerca del aro o desde el triple (o, en su defecto, limitar la ventaja en ellos) y promover los máximos posibles desde la media distancia (desde tres metros al aro y hasta el triple), la zona menos efectiva del ataque. 

¿Por qué es en realidad la media distancia la menos efectiva? Porque el acierto ahí es notablemente menor que desde las cercanías del aro y, pudiendo equipararse en cierto modo al del triple, no compensa en absoluto el valor del punto extra que aporta este último. En el juego moderno (casi) todo se estudia buscando sacar réditos.

Utah cumple con quirúrgica precisión todas esas leyes y, a la vez, añade un factor extra: la capacidad de condicionar espacio en la zona de Rudy Gobert. El plan de Snyder ha estado a menudo diseñado para, presionando el triple, ser capaz de conducir al rival a los tentáculos del francés en la pintura. A menudo, dicho sea de paso, con éxito.

Además, el retorno a la plantilla de Derrick Favors esta campaña ha tapado un agujero magnificado, el curso pasado, precisamente tras su salida. Ese problema se generaba en los tramos en pista sin Gobert, en los que el rendimiento colectivo descendía dramáticamente tanto en ataque como en defensa (se pasaba de, con él, superar a los adversarios por 6 puntos cada 100 posesiones… a, sin él, perder los parciales por 4 puntos cada 100 posesiones).

Favors, conocedor del sistema defensivo, inteligente y con oficio en el puesto de cinco, reduce el desequilibrio y provoca que Utah sea capaz de sobrevivir sin Gobert. Un factor determinante para el éxito en Playoffs de un equipo que, desde el fin de ciclo de Stockton y Malone, no parecía contar con tantos recursos para competir.

La delgada línea hacia la gloria: dos asuntos pendientes

Quizás las dos últimas fronteras a superar por unos Jazz en clara progresión puedan estar en dos situaciones particulares del juego que, en la fase final, marcan la diferencia. Los dos escenarios que, en caso de ser resueltos, conviertan de verdad a estos Jazz en plenos candidatos a todo pese a que su composición como equipo no nazca del ‘star system’ de Lakers, Clippers o Nets, sino del orden y fuerza de su colectivo.

El primero de ellos, ya sufrido en el pasado reciente, apunta a la situación defensiva de Rudy Gobert. En dos de los últimos cuatro años, los Jazz fueron eliminados de los Playoffs a manos de los Rockets. Un conjunto, el de Houston, que abusó de una acción que martirizó al francés: buscar su mismatch con un exterior, esencialmente Harden (con el que quedaba emparejado en uno contra uno), para alejarle del aro y agrietar la estructura atrás. El francés es un muro en la zona pero fuera de ella su debilidad se agiganta.

El escenario no solo se reduce a que los rivales puedan propiciar esos cambios defensivos para sacar al francés de la pintura, también al uso de interiores con capacidad para castigar por sí mismos fuera de la zona. De hecho, perfiles como Nikola Jokic, Serge Ibaka o Anthony Davis pueden, cada uno bajo sus fortalezas, plantear obligaciones a Gobert lejos del hierro. Y los Jazz deberá ajustar para reducir la desventaja creada en esos contextos.

El segundo gran aspecto a vigilar es la defensa de aleros de primer nivel. Por su composición de plantilla, Utah carece, en su rotación del tres y el cuatro, de jugadores de gran despliegue físico y especialistas en el apartado defensivo. Lo más parecido de lo que disponen, en ese sentido, es Royce O’Neale, un perfil valioso para la defensa de perímetro pero, por falta de tamaño (1.93 metros), algo escaso para contener a fuerzas como LeBron James o Kawhi Leonard, que pueden cruzarse en el camino de los Jazz.

Hombres como Ingles o Bogdanovic, en principio los más necesarios en los puestos de tres y cuatro a la hora de apostar por la estructura actual, no disponen de la exuberancia física necesaria como para aguantar tales emparejamientos en un plano individual. La solución, por tanto, está por descifrar. Como también si el propio sistema en sí, es decir la defensa desde un prisma puramente colectivo, es capaz de sostener el desequilibrio que puedan crear James o Leonard. O, incluso, Antetokounmpo o Durant llegado un plano aún superior de curso.

Pueden ser, ambas situaciones, las últimas fronteras para un proyecto que ha comenzado el curso caminando bajo el radar pero que, tras su fulgurante sprint inicial, debe irrumpir también en la primera plana. Utah es un equipo que, sin el glamour de otros, parece diseñado para soñar a lo grande. 

Su receta coral, marcada por la fantástica mezcla que producen su enorme compromiso colectivo y la vanguardia como metodología a seguir, bien lo justifica.

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La historia presta atención

Pese a haber competido en Playoffs hasta en 29 ocasiones (veinte de ellas de forma consecutiva, entre 1984 y 2003), únicamente en dos los Jazz han cerrado una temporada regular por encima del 75% de victorias. En ambas (1997 y 1998), el excelente rendimiento acabó derivando en un viaje a las Finales, cima histórica de la franquicia.

Siendo la actual una campaña alterada por las circunstancias relacionadas con la pandemia, una que comenzó más tarde y se adentrará en el mes de julio para conocer al campeón, el récord cuantitativo de victorias de fase regular de los Jazz (64) es imbatible. Pero no así completar un curso lo suficientemente potente como para llegar al momento clave en disposición de hacer historia.

Nunca antes los Jazz habían comenzando un curso con tanta autoridad como en el actual y hacía años que no lo terminaron tan bien.

Mejores inicios de temporada en la historia de los Jazz (tras 30 partidos)

  • 2020/21: 24-6
  • 1993/94: 22-8 
  • 1996/97: 22-8 
  • 1995/96: 21-9 
  • 1989/90: 20-10 
  • 1990/91: 20-10 
  • 1994/95: 20-10
  • 1999/00: 20-10 

*Contenido publicado en la revista en papel de Gigantes del Basket de marzo


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