Víctimas en la sombra, por Gonzalo Vázquez

Víctimas en la sombra, por Gonzalo Vázquez

Cada temporada NBA engrosa su historia con renovada narración. Esta de 2020 se inclinó muy pronto al espectro oscuro, como avisando que nacía maldita. Lo hizo por una sucesión de desventuras –crisis diplomática con el mercado chino, la muerte de David Stern, la múltiple tragedia que nos hizo perder a Kobe Bryant–, cuya masa crítica se alcanzó el pasado miércoles 11 de marzo, al decretarse por necesidad una medida insólita: la suspensión por motivo de la pandemia global de coronavirus. Cuando creímos que no habría noche más amarga y extraña que la sufrida las horas siguientes a la muerte de Kobe, sobrevino aquella otra, una desbandada agónica, un sálvese quien pueda que nos hizo temer lo peor al ver lo impensable hecho realidad.

A mitad de aquella madrugada, con la pantalla a negro, las redes ardían contra el francés Rudy Gobert, víctima de su propia ingenuidad por el acto más inconsciente de su vida. Sin embargo, en mitad de aquel absurdo vacío, despuntaron con lucidez las palabras de Mark Cuban, dueño de los Mavericks, con golpes de sentido común y esperanza que las hicieron tan deseables.

Entre todas ellas pasaron algo desapercibidas las que apuntaban a un compromiso firme para seguir abonando los pagos a empleados del club y personal derivado de las rutinas habituales, una medida a la que pronto se sumarían otros equipos y también jugadores, como Love, Giannis, Griffin o Williamson, con donaciones de seis dígitos. De pronto aquellos eran los únicos contagios que no lamentar.

El objetivo de aquel espíritu benéfico quedaba, no obstante, algo impreciso y vago. Se intuía, por supuesto, pero también cabía preguntarse a quiénes se referían, con quiénes decían comprometerse y, en definitiva, a quiénes había entonces que salvar de una situación que los convertía en las víctimas más débiles de la suspensión. Por eso hoy aquí se pretende poner el foco en quienes nunca lo tienen, un sector del espectáculo deportivo de vital importancia para que éste, simplemente, pueda tener lugar. Para entenderlo no habría más que detener la mirada en cualquier día de partido.

El otro partido

Tan pronto se adentra uno en un pabellón NBA se descubre toda esa gran agitación que rodea a los grandes eventos, que vertebran la llamada industria del espectáculo, donde la noción que primero se camufla, como una ilusión óptica, es esa misma: industria. Una enorme fábrica bajo cuyo manto se extiende una nutrida red de medianos y pequeños trabajos.

Y así ese primerizo testigo, una vez arranca el espectáculo, entrada la faena, comprobará enseguida que no todo es público. Que de hecho toda una legión de sujetos, en su mayoría uniformados como obreros que son, se agitan aquí y allá en un incesante quehacer que tiene además en común dar la espalda al escenario principal, perder de vista lo importante, el motivo de la fiesta, como si el baloncesto no fuera con ellos. En esto se parecen al sufrido personal de hostelería en las áreas turísticas.

Mientras los turistas disfrutan de la playa, la terraza o las áreas de recreo del hotel, ellos se afanan en cubrirles el ocio. Pues esto mismo ocurre en esos conciertos multitudinarios que son los partidos NBA, que mezclan por igual a consumidores y obreros del ocio. Toda esa ingente actividad que tiene mucho de hormiguero no sólo hierve en las entrañas del pabellón. Arranca fuera, mucho tiempo antes del tip-off, y termina mucho más tarde de su final. Aunque no los vea nadie, están ahí. Y para ellos el partido no dura dos o tres horas. Puede hacerlo ocho, diez o incluso más.

Cada velada NBA pone en marcha un laborioso ejército de trabajadores, formado por taquilleros, agentes de parking, operarios de mantenimiento, auxiliares de evento, vendedores con licencia alquilada, dependientes de tienda, camareros de grada, equipos de baile y animación, montadores, personal de equipamiento, personal de limpieza, equipos de vigilancia y seguridad, acomodadores, comerciales de patrocinio, teleoperadores, coordinadores de imagen y sonido y un largo etcétera de profesionales que, ganándose el sustento, hacen posible la viabilidad del negocio. Todos esos anónimos ocupan el último rango de visibilidad. Son de hecho las ruedecillas del escenario. Y sin ellos el baloncesto hasta podría seguir. Pero a costa del dólar.

La mayoría de ese personal no depende directamente de la NBA. Sus contratos no están vinculados ni a la liga ni a un equipo en particular. Los llamados arena employees forman un conglomerado de subcontratas que nutren la industria NBA durante, mínimo, los seis meses de competición regular.

El mundo de la comunicación

Y aún hay más. Porque si ese mismo testigo resultara ser periodista acreditado para el evento comprobará, desde otro intestino del recinto, cómo un ingente equipo de personas se pone a su disposición para facilitar la cobertura del partido, lo que incluye un hacendoso comedor con personal de cocina y servicio más una sala de prensa y su correspondiente equipo de documentación y copias.

Ya solamente los medios destinados por una franquicia NBA a cuanto tenga que ver con su imagen constituye cuatro grandes departamentos —Media Relations, Public Relations, Community Relations, Fan Development— que pueden ver en acción, cada noche de partido, a un centenar de activos. Ocurre con ellos lo mismo que con los otros: que el sueldo les va en ello y que de esa forma se ganan la vida. O buena parte de ella.

Tiempos difíciles

Huelga añadir que toda esa gente, con motivo de la suspensión, se vio de pronto detenida, reducida a cero. Y aquí conviene recordar que una inmensa mayoría de subcontratados admite su trabajo NBA como una parte extra en sueldos de origen diverso. Y no por ello esa parte resulta menos necesaria. Un guarda de seguridad, por ejemplo, en torno a treinta dólares la hora, viene a reunir una cantidad entre 600 y 900 pavos mensuales. Si ese personal residiera, pongamos, en el área de Nueva York, estaría de suerte.

Porque allí muchos guardas de seguridad van dando saltos semanales entre Knicks, Yankees o Jets. De ahí que el mayor problema de una suspensión resida en aquellos mercados —Milwaukee, Orlando, Memphis, Salt Lake City, Portland— sin más representación en una Major ni más alternativa que la NBA. Por esta razón, mucho más importante de lo que se ha dado a conocer, durante el último cierre patronal de 2011 –que tuvo una duración de 161 días– muchos medios de comunicación, con especial incidencia en la cobertura regional de los mercados pequeños, se hicieron eco durante semanas de una situación crítica. No lo hacían como los diarios financieros ni con la panorámica de las grandes cifras habituales de un comisionado. Sino en géneros propios de la crónica social y el suceso, poniendo voz y rostro, carne y hueso, a algunas de las muchas víctimas que provoca un repentino cese de actividades.

Sus contratos no están vinculados a la NBA. Los arena employees forman un conglomerado de otras subcontratas

Eran pequeñas historias que deshuesaban al crudo la vida real de esas personas, muchas de las cuales no pueden sobrevivir a un paréntesis. Una de aquellas crónicas, recogida entonces por Spurs Nation, se hacía eco de un caso paradigmático: una madre soltera, operaria en el AT&R Center de San Antonio, con serios problemas para llegar a fin de mes y hacer frente al pago del dentista y la educación de sus hijas, no sólo tuvo que suprimir accesorios domésticos como la televisión por cable y el teléfono fijo, sino recortes mucho más severos que incluso alcanzaban a la nevera. La mujer sacaba unos 160 dólares por partido.

Ese extra mensual le permitía cubrir unos gastos necesarios que, sin aquel ingreso, percutían con toda su fuerza. Este ejemplo era extensible a otros muchos. Curiosamente redactaban la mayoría de aquellas pequeñas historias los mismos trabajadores de prensa cuyo salario había empezado ya a peligrar al estar asignado, en régimen de colaboración, a la cobertura NBA del medio y, por tanto, a su sección. Y aquella repentina deflación incluía a emisoras y canales de televisión, aun siendo filiales de franquicia –al modo de YES Network– y publicaciones de suplicante tirada, como El Diario, con destino a lectores latinos en la Gran Manzana.

Por eso la solidaridad de propietarios y estrellas, de todo el conjunto NBA, es tan importante en casos así. Incluso, hasta hacer saltar las alarmas. En los peores días de aquel cierre, durante una entrevista con el veterano cronista del New York Times, Harey Araton, el legendario Willis Reed se dirigía a los lectores en términos de urgencia: “Mi principal preocupación va más allá de propietarios y jugadores. Va hacia a toda esa gente cuyo sustento depende de ellos. Son tiempos difíciles. No tienen trabajo”.

Víctimas anónimas

Y es que el volumen de víctimas en la sombra es mucho mayor del que se presume. Por ejemplo, los dependientes del dueño de los Wizards, Ted Leonsis, que también lo es de los Capitals (NHL) y Mystics (WNBA), suman un total de 500 trabajadores repartidos en hasta dieciséis servicios distintos. En el caso de los Warriors, esos trabajadores alcanzan el millar, y en los Bulls, los mil cuatrocientos, cuyo total a percibir por partido ronda los 230 mil dólares.

Hay una masa anónima de trabajadores, mucho mayor que la de los protagonistas, para la que el parón es una tragedia

En otros casos, como Hawks y Cavaliers, no siendo propietarios de sus pabellones, operan con licencia dentro de ellos, como los vendedores de comida, derivados de la compañía Aramark. Así pues, a unos y otros, a miles y miles, iban destinadas las medidas benéficas anunciadas. Todas ellas, por dura lógica, con una fecha de caducidad. Ésta es la razón de que un cierre, cualesquiera sean sus motivos, nunca puede ser interpretado en términos de jugadores, dueños y aficionados. Nunca como los escolares durante los puentes festivos. Porque hay una masa anónima, mucho más voluminosa que la de los protagonistas, que encaja cada parón como una tragedia. De manera que si con este artículo se ha dado a conocer su existencia y necesidades, así como su vital importancia para la sostenibilidad del espectáculo y el negocio, misión cumplida.