El entrenamiento de Díaz Miguel que hubiera firmado Groucho Marx, por Sixto Miguel Serrano

El entrenamiento de Díaz Miguel que hubiera firmado Groucho Marx, por Sixto Miguel Serrano

Antonio Díaz-Miguel fue un personaje decisivo en el despegue del baloncesto español. Tenía cosas de genio y, por tanto, también de loco despistado. Una vez, con la caótica colaboración de sus jugadores, diseñó un entrenamiento tan delirante que no lo habrían mejorado ni Groucho Marx y sus hermanos

La Selección española se jugaba el 1 de diciembre de 1990 su clasificación para el Eurobasket de Roma’91. Estaba en un grupo con Yugoslavia, Alemania e Inglaterra, del que los dos primeros conseguían el billete. El equipo nacional, como le gustaba decir a su seleccionador Antonio Díaz-Miguel, llevaba encarrilada su pase. A falta de dos jornadas, tenía que jugar en Alemania (que sufría la baja de Christian Welp, pero contaba con Henning Harnisch, Michael Jaeckel, Hansi Gnad, Uwe Blab o Gunther Behnke) y en Yugoslavia. A la selección le bastaba con perder con los germanos por menos de once puntos.

España venía de fracasar estrepitosamente en el Mundial de Argentina disputado tres meses antes, en el que terminó en la décima posición. La cosa no estaba para bromas. O eso parecía. Díaz-Miguel y sus jugadores se encargaron de desmentir tal afirmación. Y lo hicieron sin querer.

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Se respiraba mucha tensión en la Selección cuando viajamos a Stuttgart, la ciudad donde se disputaba el partido clave. El margen de once puntos (75-64) obtenido en el partido de la primera vuelta, jugado en Palma de Mallorca un año antes, tranquilizaba e inquietaba a la vez. Por eso, y por las críticas recibidas por el desplome en Argentina, Díaz-Miguel se mostraba más nervioso de lo habitual. Y mucho más desconfiado. Y entonces llegó el entrenamiento más disparatado que yo he visto en mi vida.

EL ENTRENAMIENTO PREVIO AL PARTIDO EN ALEMANIA PARA CERTIFICAR EL PASE PARA ROMA’91 FUE UN CÚMULO DE DESPROPÓSITOS… QUE A LA LARGA, VINIERON BIEN

El día antes del partido, España se presentó en el Hanns Martin Schleyer Halle, el pabellón donde se iba a jugar el choque, para realizar el último entrenamiento. El seleccionador, que no quería dar ninguna pista a los alemanes, ordenó que fuera a puerta cerrada. Sólo se nos permitió la entrada a los pocos periodistas españoles que habíamos viajado con la Selección. Cualquiera que pareciera teutón era expulsado fulminantemente de la instalación. Pero el técnico veía fantasmas por todos lados, sobre todo cuando miró hacia la parte alta del recinto: “Esa cámara que hay en el techo me mosquea, nos quieren espiar los sistemas”, gruñó receloso creyendo descubrir una cámara donde había un foco. Los periodistas, en la grada, contuvimos a duras penas la risa ante tal sospecha paranoica. No pudimos hacerlo mucho más tiempo: empezó el entrenamiento.

Díaz-Miguel ordenó ensayar dos ejercicios: una defensa zonal ante el ataque alemán y un ataque español ante una zona alemana. Ya de inicio no se sabía cuál era uno y cuál era otro. O él no se explicaba bien o los jugadores no estaban muy inspirados. Como Fernando Romay. En el arranque del sistema, tenía que colocarse a la derecha del ataque, pero se equivocó, hizo una serie de extraños zigzags y se fue al lado izquierdo, donde ya había otros dos compañeros de su equipo, que se quedaron mirándole estupefactos. “Qué lío me he hecho, qué lío me he hecho”, bramó con su vozarrón el pívot a modo de disculpa.

José Biriukov estaba igual de alelado. El seleccionador había preparado un movimiento que terminaba con la penetración a canasta del moscovita, aprovechando su fortaleza física. Lo hacía muchas veces en el Real Madrid, pero en ese entrenamiento fue diferente. Chechu, en su tortuoso camino hacia el aro, dio varios tropezones hasta que chocó con uno de su mismo equipo, al que arrolló. Cabreado y todo, Díaz-Miguel tuvo una buena ocurrencia acordándose, de paso, del paladín de la torpeza: “Joder, Chechu, hoy te has puesto los pies de Romay”.

Antonio estaba obsesionado con que el seleccionador de Alemania, el serbio Svetislav Pesic, plantearía una impenetrable zona y quería preparar bien su ataque contra este tipo de defensa. Volvió a hacer dos equipos, colocó a los defensores, colocó a los atacantes y repartió las instrucciones. Tras un par de jugadas en las que la defensa ganaba con sorprendente y exagerada facilidad, el seleccionador caviló en voz alta: “Vamos a ver, aquí falla algo, esto no es lo que yo quiero, algo no está saliendo bien”. Y tenía razón, fallaba algo. Faltaba, en realidad. Se había olvidado, y ni ayudantes ni jugadores se percataron, de designar un quinta pieza en el equipo que atacaba la zona. Unos atacaban con cuatro, otros defendían con cinco. Joe Llorente, del equipo que atacaba, se lo tomó a guasa: “Somos buenos, pero no tanto como para ganar con uno menos”.

El colmo se produjo cuando Antonio Martín, interesado por la táctica, le preguntó al seleccionador un detalle de la defensa. “Y si el balón va directamente a la izquierda, ¿qué hacemos?”. Esa duda aturdió definitivamente a Díaz-Miguel, que no supo qué contestar, esa pregunta no estaba en el guión. Y salió por la tangente. “Esa variante la veremos otro día”, contestó atolondrado sin reparar en que no había más días, el encuentro se disputaba en veinticuatro horas. “Ahora vamos a jugar un partidillo y después que cada uno enceste 50 tiros libres”.

Y de esa manera terminó el entrenamiento más loco de Díaz-Miguel con la Selección, como titulé en su momento en el Diario El Sol, todavía perplejo y dudando de si lo que había visto fue real.

Díaz-Miguel se guardó una para el partido. Tal vez para compensar lo del ataque contra zona con uno menos, en un pasaje del choque quiso jugar con uno más, con seis. En un determinado momento de la primera parte pidió hacer un cambio pero los árbitros, Davidov (URSS) y Duranti (Italia), no lo autorizaron. Al seleccionador le dio igual: empujó con tanta fuerza a Quique Andreu, el reemplazante, que ambos se metieron en la cancha con el partido en pleno desarrollo.

España no jugó bien pero ganó 78-79. Alemania se lo puso muy fácil. Parecía un equipo desorientado, sorprendido, desconcertado, pasmado. Como si se estuviera encontrando con algo muy distinto a lo esperado.

Un genio no lo es por casualidad. Antonio Díaz-Miguel vio lo que nadie ni siquiera aventuró imaginar. El tremendo extravío de los alemanes sólo podía obedecer a un motivo: la cámara del techo era real y espiaron de verdad el entrenamiento, o lo que fuera eso, de su querido equipo nacional. Groucho, orgulloso del discípulo español, se desternillaba con un habano, claro, en la boca.

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