Llull nuclear, por Carlos Sánchez Blas

Llull nuclear, por Carlos Sánchez Blas

La figura de Sergio Llull es muy importante en la selección española de baloncesto, con la que ha hecho historia en varias ocasiones

Sergio, ¿cuál es la primera palabra que te viene a la cabeza para definir lo vivido en China? Historia.

Mañana laborable en España. Cuatro minutos menos un segundo para el final de la segunda prórroga de la semifinal de la Copa del Mundo. Empate a 82. Llull enchufa un triple de los suyos. Tres arriba. 113 segundos después, Llull emboca otro triple de los suyos. Ocho arriba. La Selección se planta en la final planetaria por segunda vez en su historia. Historia. Una palabra que condensa en el frasco de las emociones eternas todo lo vivido en Oriente. Ocho letras que sirven también para definir la carrera profesional de un jugador irrepetible. Sergio Llull es un tipo que merece que le pasen cosas buenas.

Personalidad y piernas

En China hemos disfrutado del Llull más nuclear, desbordante de energía y de electricidad. Dos veranos después de aquel maldito apoyo sobre el parqué del Santiago Martín, Sergi (así lo llaman todos sus compañeros) ha alejado los inevitables monstruos que de cuando en cuando tratan de abrir la puerta que separa cuerpo y mente. En este Mundial el tío más famoso de Mahón ha exhibido su personalidad habitual, pero también piernas para unirse al ejército defensivo de la pizarra de Scariolo. Posiblemente el propio Llull pueda tararear muy pronto una de sus canciones favoritas: “Mi mejor versión”.

Siempre que veo jugar a Llull lo imagino subido a un escenario. Con su barba descuidada, su cabello desordenado, su guitarra colgada, su sudor en la frente y su mirada perdida. Es un rockero disfrazado de jugador de baloncesto.

Pólvora y vértigo

Nos ha brindado su última gran actuación a 10.000 kilómetros de España, abrazándose a sus famosas maniobras suicidas y brincando entre Guangzhou, Wuhan, Shangai y Pekín. Scariolo, como Laso, ha demostrado que con Llull va si hace falta a una guerra mundial, que para él el menorquín es indispensable en las grandes batallas en las que es necesario mezclar la pólvora con el vértigo.

Tricampeón de Europa, campeón del mundo, plata y bronce olímpicos. Sergio colecciona medallas con España (ya son siete). El próximo verano viajará otra vez hasta el Lejano Oriente para intentar conquistar el bien más dorado. Suena a ciencia ficción, pero con estos muchachos vete a saber. Abrazarse al oro olímpico sería el último gran incendio de un equipo legendario. El éxtasis que acariciamos hace más de una década precisamente en Pekín y más tarde en Londres. Soldados como Llull nos hacen creer que ese casi podría convertirse en la realidad más hermosa de todos los tiempos. Sergio ha vuelto, si es que algún día se fue. Su Mundial ha sido conmovedor. Adornado con ese carisma que convierte su lenguaje gestual en una bicoca para los fotógrafos. Porque Llull juega cada minuto como si fuera a morir mañana. Exhibe superpoderes que contagian a sus compañeros y cuando se enfunda la camiseta de tirantes muta en Godzilla, el monstruo más temible para el enemigo. Aquella mañana de viernes su muñeca convirtió en hermosa una interminable taquicardia que nos obligó a hacer más pausas de las habituales en miles de puestos de trabajo.

Así es Sergio. Puro rock and roll. Por eso en estas líneas hemos intentado salpicar su Copa del Mundo con canciones de su idolatrado Leiva. Exhibición del Llull más nuclear. Así, con toneladas de energía contagiosa, ha entrado en la historia del baloncesto español. Y así se planta ahora en su club para seguir poniendo a la peña de pie.

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