Luces y sombras del milagro esloveno: más allá de Dragic, Doncic y el oro europeo

Luces y sombras del milagro esloveno: más allá de Dragic, Doncic y el oro europeo

Después de sentenciar el segundo partido de la final de conferencia contra los Boston Celtics con un triple imposible, Goran Dragic abandonaba exultante la pista del complejo DisneyWorld en Orlando. No era el único que derrochaba entusiasmo: Jimmy Butler, el normalmente huraño Jimmy Butler, no se cansaba de repetir a todos los medios lo bueno que era Dragic y la pareja imbatible que formaban. Incluso la prestigiosa revista “The Athletic” calificó la relación entre ambos de “bromance”. “Somos como hermanos, somos Zoki y Goki”, insistía Butler en referencia a los diminutivos eslovenos de los nombres Zoran y Goran, una referencia que probablemente el propio Butler no entienda.

Ese mismo día, en la votación para elegir al MVP de la temporada, su compatriota Luka Doncic quedaba en cuarto lugar, solo por detrás de Giannis Antetokoumnpo, LeBron James y James Harden. Lo curioso es que Dragic y Doncic estuvieron a una llamada de teléfono de jugar juntos esta temporada. Los Heat estaban como locos por quitarse a Goran de encima, con esas rodillas maltrechas, y ya no confiaban en que tuviera un año más al primer nivel. Los Mavericks acababan de adquirir a Porzingis, así que ya tenían suficientes problemas de salud en su vestuario como para añadir más. Al final, Dragic, se quedó. Al final, como ya sabemos, fue clave en la histórica campaña de los Heat.

Con todo, a muchos aficionados les quedó un regusto amargo. Hubiera estado bien ver jugar juntos a Dragic y a Doncic. La última vez que lo hicieron, se llevaron por delante a la Serbia de Bogdanovic, Macvan, Marjanovic y compañía. Aquella final del Eurobasket en la que llevaron a Eslovenia al primer oro europeo de su historia ha quedado en la memoria como uno de los mejores partidos de los últimos veinte años, con semejanza en cierto modo con la mítica final de 1995 entre Yugoslavia y Lituania. La historia de David contra Goliat, con Doncic lesionado, Dragic acalambrado y Blazic haciendo de héroe inopinado.

Dos estrellas de un mismo país y un cetro europeo. Pocas veces pasa eso en el deporte del alto nivel. Tal vez en el ciclismo, donde Primoz Roglic y Tadej Pogacar nos regalaron el mejor desenlace de un Tour de Francia de los últimos treinta años. Los dos, eslovenos. Los dos, parte de un diminuto país de 2,1 millones de habitantes, unas 150 veces menos que Estados Unidos, por poner un ejemplo. Eslovenia como milagro deportivo que va ya para tres décadas. Con sus luces y sus sombras, claro, porque no todo son exhibiciones en Plateau de Beille ni “step-backs” decisivos en los playoffs.

El primer milagro del siglo XXI: una historia de pioneros

La gran mayoría de los aficionados al baloncesto descubrimos que existía un país llamado Eslovenia cuando en 1991 su gobierno declaró la independencia y ordenó al base Jure Zvodc abandonar la concentración del equipo yugoslavo justo antes de las semifinales del Eurobasket 1991. Zvodc no era una gran estrella, en el sentido de que no era Paspalj, ni Kukoc, ni Djordjevic, ni Divac… pero no dejaba de ser una pieza clave en la organización de aquella máquina de juego y luego sería campeón de Europa con el Limoges de Boza Maljkovic. Pese a su ausencia, Yugoslavia arrasó a Francia en semifinales y a Italia en la final para ganar su tercer gran torneo consecutivo. Sería el último para dicho país tal y como lo entendimos durante 45 años.

Que la cosa iba en serio lo adivinamos ese mismo verano, con los primeros bombardeos, las primeras escaramuzas… Eslovenia tuvo suerte. Para salir bien parado de una guerra hace falta mucha suerte y no ser un bocado apetitoso. El bocado en 1992 era Croacia y todo se centró ahí como luego se centraría en Bosnia con el paso de los años. La independencia de Eslovenia se consolidó en el momento en el que Helmut Kohl, canciller de Alemania, dijo “adelante, os reconozco” y ahí se acabó la historia. No hubo relatos de francotiradores en aeropuertos como los que contaba un Mirza Delibasic ya enfermo, no hubo puentes derribados ni expolios culturales ni miedo al genocidio. Eslovenia tiró adelante como pudo y pronto se vio que se manejaba de maravilla.

Porque Eslovenia no llama mucho la atención… pero es un país próspero y con aliados. No tiene un pasado tan oscuro como Croacia y no participa del imperialismo eslavo de Serbia. Eslovenia lo tiene todo para caer bien, pero en 1991 aún no tiene un equipo de baloncesto digno de ese nombre. El “kosarska” cala entre los jóvenes, por supuesto, que aún recuerdan al mítico Ivo Daneu, pero más allá de Zdovc, poco equipo hay. Pasan los Eurobaskets sin pena ni gloria hasta que, de repente, en 1999, hay un amago de cambio. Encabezados por Matjaz Smodis, un polivalente ala-pivot adelantado a los tiempos de los cuatro abiertos, y por Sami Becirovic, Eslovenia pasa por encima de España en su grupo… pero acaba eliminada en la siguiente ronda tras venirse abajo en la segunda parte ante Francia. El partido que le valió a la selección de Lolo Sainz una medalla de plata cuando ya tenían las maletas hechas.

En cualquier caso, la semilla ya estaba plantada. Eslovenia, de repente, entraba en el mapa del baloncesto internacional con una fuerza inaudita. Smodis y Becirovic se quedarían en Europa como dominadores, pero, después de los infructuosos escarceos de Marko Milic en Phoenix, la NBA ya se había fijado en un pívot jovencito que hacía las delicias de Ettore Messina en la Kinder de Bolonia. Radoslav Nesterovic había sido seleccionado en el draft de 1998 pero explotó en 1999, junto a Kevin Garnett en los Minnesota Timberwolves. Jugador rocoso pero inteligente, dominador del aro en defensa y en ataque, Nesterovic acabaría ganando la NBA con los San Antonio Spurs en 2005. Para entonces, ya había hasta seis eslovenos jugando en la liga estadounidense, lo que convertía al pequeño país balcánico en el que más jugadores de élite tenía por habitante en el mundo entero: además de Nesterovic, estaban Beno Udrih, también en San Antonio; Primoz Brezec, en Charlotte; Sasha Vujacic, en los Lakers; Bostjan Nachbar, en New Jersey, y Uros Slokar, en los Raptors.

No es oro todo lo que reluce

Si 2007 fue un gran año a nivel individual para los jugadores eslovenos, no lo fue tanto a nivel colectivo: en el Eurobasket de ese año, con Jaka Lakovic y Erazem Lorbek a los mandos, el equipo desperdició una enorme ventaja ante Grecia en cuartos de final y cayó eliminado. Algo parecido pasaría en 2009 pero en la prórroga y en semifinales, ya con Goran Dragic en la plantilla, aunque ausente en los cruces por una lesión. En 2010, de nuevo cuartos de final en el mundial de Turquía. En 2014, más de lo mismo en el de España. Un “amagar y no dar” constante, siempre el sambenito de “sí, son muy buenos pero no saben competir”.

Y así hasta la explosión de Dragic en 2017 y la irrupción de un Doncic con 18 años capaz de hacerlo todo en la cancha. Los tiros de Prepelic y Blazic abiertos en las esquinas, la lucha de un Vidmar que no se asusta ante molinos ni gigantes y la versatilidad del nacionalizado Anthony Randolph, toque de calidad de un equipo en gracia, dirigido en la banda por uno de los mejores entrenadores europeos de la actualidad: el serbio Igor Kokoskov. Todo perfecto, ¿verdad? Bueno, a medias. El esplendor de este continuo asombro esloveno, de esta anomalía en el deporte mundial no puede ocultar determinadas carencias.

Iván Fernández Hevia es el hombre que más sabe de baloncesto esloveno de España. Cuando le preguntas por la situación actual del baloncesto en el país, sorprendentemente responde: “La peor en años”. ¿Motivos? Aparte de Dragic y Doncic y del joven Vlatko Cancar, que no ha conseguido hacerse este año un sitio en los Denver Nuggets, no se aprecia la profundidad de los años dorados. Sí, las estrellas brillan más pero falta amplitud, volumen. Sin sus jugadores NBA ni sus jugadores Euroliga, Eslovenia se arrastró en la clasificación para el Mundial 2019 (las famosas “ventanas”) e iba camino de hacer lo propio en la del Eurobasket 2021 antes de que el coronavirus lo cambiara todo.

A nivel de club, las cosas no van mucho mejor: no hay ningún equipo esloveno en la Euroliga y solo el Olimpia Ljublijana juega regularmente la Eurocup, con modestos resultados. De hecho, el club no es ni la sombra de lo que era: la crisis de mediados de década derivó en una fusión con el Cedevita que aseguró la supervivencia de ambos pero no paró el declive de una institución que llegó a ganar las primeras diez ligas eslovenas, allá por los noventa, y lleva solo dos de las últimas diez. En palabras de Iván Fernández Hevia: “La mayor parte de los equipos juegan en polideportivos casi sin gradas y meten 200/300 personas. El nivel es bastante gris, con muchos veteranos como jugadores destacados. Los partidos no suelen televisarse. Hace muchos años que ninguno de los equipos eslovenos hace algo importante en la liga adriática y de Europa mejor ni hablamos”. La gran sorpresa de estos años ha sido el Primorska, equipo que ha pasado de la segunda división eslovena a ganar liga y copa recientemente. Ahora bien, “este verano han tenido que vender a buena parte de la plantilla”, indica Fernández Hevia.

¿Cómo pinta el futuro?

Hablar del futuro de Eslovenia con un jugador de 21 años que está entre los cuatro mejores del mundo no debería admitir notas pesimistas. Y, sin embargo, las admite. No se ve continuidad. Con Randolph retirado, con Dragic ausente de la selección, y con Vidmar cada vez más limitado, Eslovenia sigue dependiendo de las rachas de Prepelic y Blazic más lo que pueda hacer el nacionalizado Jordan Morgan, que no es Randolph, precisamente. El ritmo balcánico de producción de talento parece haberse cortado: no solo es que Cancar se esté estancando en Denver, sino que Zan Mark Sisko cumple un rol residual en el Bayern de Munich alemán y Blaz Mesicek parece definitivamente lastrado por las lesiones.

Queda, pues, la clase media: los Zoran Dragic, los Gregor Hrovat, los Miha Lapornik… o al menos de momento, porque esto es Eslovenia y al hilo de los éxitos de Doncic seguro que aparece un nuevo diamante de la nada. Alguien como Ziga Samar, el jugador del Real Madrid que jugará este año cedido en el Fuenlabrada; alguien como Urban Klazvar, que pasó también por la cantera blanca… Es cierto que el intento de nacionalización de Luka Garza, un verdadero proyecto de estrella, ha quedado en nada porque ha preferido seguir jugando con Bosnia, pero alguien aparecerá porque siempre aparece alguien. Solo es cuestión de tiempo.

A las malas, quedará el instinto. Tantos años hablando de las debilidades mentales de los jugadores eslovenos para que ahora se les considere chacales. Doncic se va a estar jugando todos los balones de los últimos minutos de los partidos que dispute en los diez próximos años. De Goran Dragic, decía Jimmy Butler lo más bonito que se le puede decir a un jugador balcánico: “Le dan igual las estadísticas, él lo que quiere es ganar. Es lo único que le importa”. Han tardado demasiados años en darse cuenta en la NBA. Su próximo contrato será espectacular.

Porque de eso se trata: de ganar, ganar y ganar. Desde Zdovc hasta Dragic hay 29 años de historia de un país diminuto que encuentra en el deporte su escaparate al mundo. El país de Doncic, de Pogacar, de Jan Oblak… ¿Saben un dato curioso? Cada año, desde 1968, la prensa deportiva eslovena elige a los mejores deportistas de la temporada. Casi siempre, gana algún esquiador. En el fondo, pese a todos los fuegos artificiales, Eslovenia es un país de nieve y montañas en invierno. El país de Peter Prevc, el de Tina Maze. En los Juegos de Sochi 2014, los eslovenos se llevaron a casa ocho medallas, dos de ellas de oro. Ocho medallas para dos millones de habitantes. Lo importante, queda dicho, es ganar. El deporte en cuestión es lo de menos.

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Un comentario

  1. No muy de acuerdo. El Europeo se gana principalmente por Dragic y después Randolph. Doncic llama la atención por su juventud, pero no es ni de lejos determinante. Y perdona que me ría al leer lo de que Nesterovic era dominador del aro en defensa y en ataque… ¿Estamos hablando del mismo «sangre de horchata Nesterovic»?