Entrevista especial con Sonja Vasic: «Cuando jugaba mal un partido, pensaba que era el fin del mundo»

Entrevista especial con Sonja Vasic: «Cuando jugaba mal un partido, pensaba que era el fin del mundo»

El siglo XXI del baloncesto europeo no se entiende sin Sonja Vasic. La serbia se coronó tres veces en la Euroliga, fue protagonista en varios de los mejores equipos del continente y referencia de una generación que ganó el Eurobasket 2015 y tocó metal en los JJOO del 2016. Vasic, conocida como Petrovic durante la mayor parte de su trayectoria, amó el baloncesto por encima de todo. Le entregó su alma, entendió el sentido colectivo del juego y potenció a todos sus equipos. Sin embargo, tras 15 años en la élite, su físico ha dicho basta. Después del Eurobasket y los Juegos Olímpicos, colgará las botas de manera definitiva. Ahora, desde la concentración de su selección nacional, habla con Gigantes del Basket.

Gigantes: Buenas, Sonja. Gracias por atender a Gigantes en estos momentos tan importantes, habiendo puesto punto final a tu carrera de clubes y preparando tu último verano con Serbia. ¿Por qué cuelgas las botas ahora?

Sonja Vasic: Desde joven he tenido claro que dejaría el baloncesto cuando quisiera tener hijos y estoy en una edad en la que tengo que empezar a formar una familia. Esa es mi razón principal. Pero en los tres últimos años también he tenido muchos problemas con mi rodilla. No es un tema fácil sobre el que hablar para mí. Tal y como soy mentalmente puedo aguantar mucho, pero me cuesta aceptar que no puedo entrenar o jugar. Mi personalidad no lo permite. Y eso me hizo empezar a pensar en la retirada. Sé que con 32 años puede sonar raro para todo el mundo, pero yo me fui de casa con 17 y creo que ya llevo muchos años acumulados de trabajo en la pista.

G: Terminaste llorando en la eliminatoria de Euroliga frente a Perfumerías Avenida. Nadie sabía que era el final. ¿Qué se te pasaba por la cabeza en aquellos momentos?

SV: La gente que me conoce sabe que la Euroliga ha sido mi competición favorita siempre. Me ha dado la oportunidad de jugar contra y con las mejores jugadoras del mundo. Ha habido muchos años que no me he ido a la WNBA porque quería estar muy preparada para Europa. Cuando sentí que ya estaba, que se acababa esta época, me emocioné. También porque estuvimos cerca de ganar a Perfumerías Avenida. Quería hacerlo oficial justo después de aquella eliminatoria para que el club se preparara para el futuro y tuve dos semanas muy intensas emocionalmente.

“Cuando hablaba con doctores, ellos no atendían la parte emocional que yo tengo con el baloncesto. Han sido dos o tres años de malas noticias cada vez que iba a visitar al médico”

G: Paola Ferrari afirmó en una entrevista con el periodista Miguel Lois que nunca había visto a una jugadora competir con tanto dolor e infiltraciones. ¿Tan duro ha sido el final?

SV: Supongo que para la gente que está acostumbrada a funcionar de manera más normal… es difícil. Yo he tenido problemas con mi rodilla desde joven. Eso me afectó. Por una parte, me acostumbré a jugar con dolor. Es el lado malo del deporte, pero el baloncesto me ha devuelto siempre tanto que no puedo hablar mal de él. Era grave y duro. Cuando iba y hablaba con doctores, ellos no atendían la parte emocional que yo tengo con el baloncesto. Esa conexión que muchas de nosotras sentimos. Han sido dos o tres años de malas noticias cada vez que iba a visitar al médico. No era bueno, pero se convirtió en rutina. A eso también me acostumbré.

“Yo siempre digo que igual es malo para mí, pero no me gusta perder a nada. Ya sea un partido, un ejercicio de tiro o una partida de cartas con amigas. Es algo mental”

G: ¿De dónde viene esa resiliencia y personalidad para tirar adelante de esta manera? 

SV: Muchos de los que venimos de los Balcanes, de Serbia, al saber que no tenemos tantas oportunidades allí, siempre salimos del país con orgullo y ganas de enseñar que tenemos talento y capacidad para estar entre los mejores. Eso en un principio te empuja, pero llega un momento en el que pasa a formar parte de nuestra personalidad. Por eso creo que tenemos demasiada competitividad en nuestro interior. Yo siempre digo que igual es malo para mí, pero no me gusta perder a nada. Ya sea un partido, un ejercicio de tiro o una partida de cartas con amigas. Es algo mental. Yo estaba siempre diciéndome que ‘vale, no estoy a tope físicamente, pero puede ser que aguante un partido’. Y después ya venían las consecuencias de haber jugado. 

G: Entiendo que, además de tu infancia en los Balcanes, ser entrenada por tu padre también influye bastante en tu personalidad dentro y fuera de las pistas.

SV: Tuve suerte de nacer en Belgrado, porque allí la vida era diferente a ciudades más pequeñas o pueblos. Siempre pasaba algo más grande que yo misma. Mis problemas parecían demasiado pequeños como para ponerme dramática, porque sabía que había gente en peores situaciones. Por otra parte, mi padre fue durante muchos años mi entrenador. Yo siempre digo que hay dos tipos de padres en el deporte: los que dicen que sus hijos son los mejores o los que siempre creen que sus hijos nunca hacen nada bien. El mío era de los segundos. Desde joven sentí esa presión de estar siempre al máximo. Más tarde, una se acostumbra, y eso mismo se convierte en una ventaja frente al resto.

“Cuando jugaba mal un partido, pensaba que era el fin del mundo. Entrenaba 10 veces más porque creía que era la única manera de compensar mis fallos”

G: ¿Has buscado siempre la excelencia?

SV: Sí. Y durante muchos años eso no me ayudó. Cuando fallaba en defensa o jugaba mal un partido, pensaba que era el fin del mundo. Me pasaba tres días castigándome. Entrenaba 10 veces más porque creía que era la única manera de compensar mis fallos. Me ayudó mucho empezar a trabajar con una psicóloga deportiva para aceptar mis errores. Y más en baloncesto, que es un deporte tan rápido que no te permite llorar ningún error. Fallas y tienes que pensar ya en la siguiente acción. Ahora, para muchos deportistas es muy importante saber que la parte mental se puede trabajar. Que si te haces daño a ti misma, puedes pedir ayuda.

G: Sin embargo, pese a esa importancia del baloncesto, los estudios siempre han sido vitales para ti.

SV: La gente piensa que vengo de una familia de deportistas por mi padre, pero no. Él ha sido el único. Cuando decidí que iba a jugar a baloncesto fue un golpe para mi madre y el resto. Se preguntaban por qué no podía haber otra doctora más en la familia. Para mí, aquello fue muy importante. Estaba conectada a gente “normal”, personas que no vienen del baloncesto y saben cómo funciona la vida real. Porque lo nuestro, en el baloncesto, no es la realidad de la mayoría. Esto siempre me ha hecho tener los pies en el suelo.

G: Si no hubieras llegado a ser la jugadora que has sido, ¿habría merecido la pena tomar esa decisión de jugar a baloncesto?

SV: Es difícil para mí hablar de esto ahora. El baloncesto me ha dado más de lo que llegué a imaginar de joven, por lo que no me parece justo. Sí que creo que el deporte profesional coge mucho de una persona física y mentalmente, en la actualidad todavía más que antes. Si no das todo, no tienes oportunidad de triunfar. Pero para mí sí que habría merecido la pena, porque no todo son medallas o contratos. El baloncesto me dio la oportunidad de conocer a mi marido, a muchos amigos y multitud de países. Me ayudó a aprender que todos somos diferentes, que funcionamos a nuestra manera según nuestra cultura, tradiciones o idioma. Eso le da un valor al deporte en el que una no se fija hasta que tiene una cierta edad.

G: ¿Te quedas con esos momentos por delante de los títulos?

SV: Yo diferenciaría. Los momentos más bonitos han sido las medallas o cuando alguna niña me empezó a pedir fotos. Pero un momento clave, por ejemplo, fue mi primera lesión de rodilla. O superaba aquello o se acababa mi carrera. No hacemos caso, pero las malas épocas nos hacen más duros y nos empujan más lejos que los títulos. Aunque si me tengo que quedar con algo es con algunas amistades. Por ejemplo, Marta Xargay va a ser mi hermana toda la vida. Eso es lo que para mí tiene más valor.

G: ¿Y tu etapa más satisfactoria?

SV: Mi época en USK Praha. No solo por ganar, sino por el grupo. Ha sido el equipo en el que he jugado que mejor mezcla de personalidades tenía. Europeas, americanas y jugadoras locales sabían cuál era su rol para que el equipo funcionara. Nunca me he sentido tan cómoda en la pista. Pero si me centro en las emociones, tengo que hablar de la selección. El Eurobasket del 2019 parece que no es nuestra medalla más grande, porque “solo” fue un bronce y comparado con otros torneos no llegamos tan alto, pero sí fue la más especial a nivel emocional. 

G: Tu generación, la del 89, habéis conformado el núcleo de la primera selección serbia ganadora de la historia.

SV: Es un poco raro. La mejor generación era la del 87 en categorías de formación, pero en el momento en el que saltamos a nivel profesional las del 89 fuimos la parte más importante del equipo. Aquello fue clave. Con algunas tenía más relación que con otras, pero habíamos pasado tantas cosas juntas que nos conocíamos y respetábamos. Eso siempre ayuda para apoyarse en la pista. Tuvimos resultados que nadie esperaba.

“Había jugadoras que anotaban mejor que yo cuando era joven, pero yo defendía al máximo, conectaba al equipo, reboteaba y me tiraba al suelo si era necesario”

G: Siempre que te he escuchado hablar me ha dado la sensación de que tienes un sentido muy colectivo del baloncesto.

SV: Esto siempre influyó mucho en la dirección de mi carrera. Sé que he sido muy buena jugadora, pero mi mayor valor ha sido la forma en la que he influido en los colectivos. Había jugadoras que anotaban mejor que yo cuando era joven, pero yo no solo intentaba eso. Defendía al máximo, conectaba al equipo, reboteaba y me tiraba al suelo si era necesario. Todo esto lo he mantenido cuando me he hecho más mayor para dar ejemplo a las más jóvenes. 

G: Has sido un perfil de jugadora diferente, quizá adelantado a otras épocas. 

SV: El baloncesto está cambiando mucho. Ahora viene otro tipo de juego que depende también bastante de la parte física, no solo de la táctica y técnica. Yo siempre digo que he tenido mucha suerte. En mis inicios me ponían de base porque era la más pequeña en cuanto a estatura. Organizaba el juego y aprendí a botar muy bien. Dos veranos después, pasé a ser la más alta de mi equipo. Eso cambió bastante mi estilo y me dio esta ventaja de poder jugar dentro o fuera. Lo único que necesité cambiar fue el aspecto mental, porque no me gustaba tirar nada. Mi padre estuvo dos años detrás de mí, ya que me decía que si iba a ser alero no podía limitarme a pasar como cuando era base. Luego, para completar mi juego, aprendí a jugar de espaldas al aro, que no es lo más difícil del baloncesto.

“En Kursk fui MVP de la Euroliga y justo al acabar me planteé marcharme. La gente se queda un poco impactada cuando se lo digo, porque jugué muy bien. Pero era un equipo en el que te sentías muy sola”

G: Volviendo a tu valor colectivo y amor por el juego, ¿qué pasó en Kursk? Xargay, Cruz o tú misma habéis comentado públicamente que aquella etapa en Rusia fue dura.

SV: Yo en Rusia viví dos etapas muy diferentes. Antes de Kursk jugué en el Spartak, lugar en el que viví una de mis mejores épocas de mi trayectoria. Estuve muy bien en aquel equipo y eso que viví dos duras lesiones. Por eso no puedo hablar de Rusia en general. En Kursk fui MVP de la Euroliga en mi primer año y justo al acabar me planteé marcharme. La gente se queda un poco impactada cuando se lo digo, porque realmente jugué muy bien. Pero a mí y a otras jugadoras de Europa (Xargay, Cruz) nos costó porque el juego no era muy colectivo. Era un equipo en el que te sentías muy sola. Anna tenía sus problemas y yo tenía mis problemas. Pero no estuvimos juntas en los momentos duros, cada una estaba en su mundo. Y después está el tema de que ellos ponen tanto dinero y tantas cosas dentro, que te quitan las emociones del baloncesto. Empieza a ser solo tu trabajo. Cuando tienes un equipo como aquel Kursk o el actual Ekaterinburg, como sabes que vas a ganar y sabes que vas a ir a la Final 4, todo parece normal. Cuando nos metimos en la Final 4 de la Euroliga, para mí era increíble. Me giré al banquillo y nadie estaba saltando o gritando. Para mí me parecía algo impensable aquello. Pero si tienes 12 estrellas es algo que se consigue fácilmente. Y, para mí, quita la mejor parte del juego. En Kursk fue difícil para las europeas por todo esto.

G: Ese contraste entre tu momento personal en la pista y tu vida fuera de ella en Kursk, ¿hacía más dura toda la situación?

SV: A una jugadora lo que le hace feliz es cómo juega. Podemos hablar de muchas cosas, pero si no juega bien, no va a ser feliz. Si las cosas le salen en la pista, es posible que sea feliz. Por eso en Kursk fue raro. La parte individual me llenaba, pero todas las horas de irme a casa y estar sola, a una edad en la que ya nos acercábamos a la treintena Marta, Anna y yo, era muy duro. A los 22 o 25 estaba solo pensando en baloncesto y todas mis decisiones personales dependían del baloncesto. Pero a los 30 eso cambia. Yo pensaba en mi familia y en todo el tiempo de soledad que tenía, por lo que me replanteé si era lo que quería. 

G: Luego te marchaste al Spar Girona, tu club hasta tu último día en activo. ¿Ha cumplido tu objetivo de volver a disfrutar?

SV: Después de Kursk, Girona parecía la oportunidad perfecta. Mi familia iba a estar más cerca. Me quedo con una mezcla de emociones de esta etapa. En el primer año, porque el covid paró todo. Y, en el segundo, es cierto que ganamos la Copa de la Reina, metimos a Girona por primera vez en los cuartos de Euroliga y demostramos nuestro valor como equipo. Pero yo creo que podríamos haber hecho más. No estuvimos al nivel que éramos capaces de estar en algunos momentos. Por eso se me queda una mezcla de sensaciones. Por supuesto, también por mi situación personal, con el tema de las lesiones y demás.

G: Esta no ha sido tu primera etapa en España. Con 17 años aterrizas en Barcelona. ¿Cómo fue aquello?

SV: En aquella época no podías salir con 17 años del país para jugar profesionalmente a baloncesto. Tuve que esperar varios meses al permiso de la FIBA. Llegué tarde al equipo y el cambio fue increíble. Da igual que fuera la mejor de mi edad, cuando pasas al otro nivel te das cuenta de cuánto te falta para estar a la altura. En Serbia iba a la escuela, no entrenaba cada día dos veces. En Barcelona eso cambió. Me llevaba la pelota a casa, entrenaba todos mis días libres. Por suerte había otra serbia en el equipo que me cuidaba y ayudaba mucho. Al igual que Silvia Font, que era la entrenadora y me dio muchas oportunidades. No fue fácil, pero aquella experiencia me abrió los ojos.

G: Una de las pocas jugadoras de aquella época que siguen jugando es Laia Palau. Jugaste las semis de liga contra su Ros Casares y habéis compartido vestuario en los últimos años.

SV: Laia jugaba de 2 por aquel entonces y no era la base que es ahora. Desde CCC Polkowice, para mí, su figura es la más importante. Ha sido la base que, sin notarlo durante los partidos, más ha influido en los encuentros que ha jugado. Cuando jugué con ella en Praga fue increíble, porque además creo que fueron sus mejores años. Me decía que no me iba a pasar la pelota porque yo podía hacer sola mi trabajo (risas). Siempre teníamos esta guerra entre ser muy amigas y no pensar de manera similar. Es una de las personas que enseña en la actualidad que se puede jugar como se hacía antes. Siempre ayuda tener a Laia en tu equipo. Cuida de todas, atiende a todas. Es verdad que ella, jugando hasta los 42 años, ha tenido muchas compañeras, pero para mí ha sido una suerte compartir vestuario. Saber que Laia estaba en Girona me ayudó a decidirme por volver a España.

“Compartí tres años con la mejor Taurasi en Moscú. Era capaz de ganar partidos ella sola. Tan solo a Maya Moore le he visto hacer algo similar”

G: Hablando de nombres propios, en una trayectoria impresionante como la tuya, ¿qué figuras te han marcado más?

SV: De pequeña me fijaba en Bodiroga. Siempre tuve ese click de probar a hacer las cosas como él. No solo en la pista, sino también fuera. No reclamaba mucha atención, pero cuando el partido se acababa siempre hacía su trabajo. Después, compartí tres años con Taurasi en Moscú en su mejor edad. Cambiaba partidos sin ayuda y era capaz de ganarlos ella sola. Tan solo a Maya Moore le he visto hacer algo similar. Sin embargo, la jugadora que más me gustó por su estilo fue Penny Taylor. Jugué con ella en su último año en Phoenix y, al conocerla, solo me confirmó lo que ya imaginaba. Es una persona estupenda.

G: Ahora es más sencillo tener mujeres referentes en el mundo del baloncesto. Seguramente, tú lo serás de bastantes niñas. ¿Le has dado muchas vueltas a esto?

SV: Para mí es un orgullo. Aunque cuando me dicen que quieren hacer algo como yo, les digo que no. Que lo hagan como ellas saben, que seguro que les irá mejor. Ahora, con las redes sociales, estamos abiertas al mundo. Todas conocen tu camino hasta ganar la Euroliga o la WNBA. Una parte de mí siempre ha pensado en hacer la mejor trayectoria posible para que después las pequeñas en Serbia vean que es posible. Y, por otra parte, siempre he querido enseñar la mejor cara de donde yo vengo. Las jugadoras serbias no tenemos muy buena fama y quiero demostrar que no estamos tan locas (risas).

“En mis últimos años he buscado ser un buen ejemplo para todas las jóvenes. He intentado ser honesta y demostrar que no se trata siempre de recibir, sino que también tienes que dar”

G: Una vez acabada tu trayectoria tras el Eurobasket y los JJOO, ¿cómo te gustaría que se te recordara?

SV: Quiero que me recuerden como alguien que siempre dio todo lo que tenía y que ayudó a sus equipos a ganar. En mis últimos años he buscado ser un buen ejemplo para todas las jóvenes que juegan a baloncesto. He intentado ser honesta y demostrar que no se trata siempre de recibir, sino que también tienes que dar. Espero que las jóvenes que han compartido equipo conmigo puedan decir que les ayudé, porque sé que no es siempre tan fácil jugar con veteranas.

G: ¿Sientes que has hecho todo lo que podías hacer en tu trayectoria?

SV: Lo único que me habría gustado es haber ganado la WNBA. Yo pensaba que en Phoenix tendría más oportunidades, pero estuve en momentos de mi vida en los que tenía que decidir si quería quedarme en casa y tener una relación o centrarme solo en el baloncesto. Y ahí Europa pasó a ser mi único foco. Pero no pasa nada. El baloncesto ha sido justo. Si no di tanto en Estados Unidos, no puedo esperar tener suerte y hacer algo grande.

G: Y, a partir de ahora, ¿qué vida te espera?

SV: Voy a intentar estar más con mi familia. Mi marido va a seguir compitiendo en remo y yo no quiero cambiar su ritmo, por lo que eso me ocupará mucho tiempo. Además, tenemos una parte en una fundación que ayuda a jóvenes talentos serbios. Estamos desde hace tiempo pero no estaba en Serbia. Ahora quiero ayudarles y probar suerte con sus sueños. Imagino que tendré una primera etapa de relajarme y disfrutar de vivir sin presión y, más tarde, probaré cosas nuevas. 

*Contenido publicado en la revista Gigantes de junio.