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Relatos Olímpicos: Seúl 1988. ‘Colofón dorado de Gomelski’

Relatos Olímpicos: Seúl 1988. ‘Colofón dorado de Gomelski’

El reportero del USA Today estaba encantado. Acababa de ser testigo del entrenamiento de la Unión Soviética y su entrenador, Alexander Gomelski, en uno de sus típicos arrebatos de cercanía, lo invitó a montar en el autobús del equipo, de vuelta a la Villa Olímpica. Entre todas las selecciones que tuvieron el detalle de dejar alguna jornada de puertas abiertas, solo una lo prohibió terminantemente: Estados Unidos. Bajo los dictámenes de su entrenador, John Thompson, sus jugadores permanecieron en un hermético aislamiento, casi encarcelados.

Y también así se escribió la historia de Seúl’88. Pequeños actos así que marcaron el devenir de una cita olímpica que en la que Gomelski estaba tranquilo y confiado. El ‘zorro plateado’ sabía qué suelo pisaba. Él, como ayudante del seleccionador soviético en los Juegos de Melbourne’56, asumió que el futuro del baloncesto se colorearía sobre los trazos de aquel deslumbrante estadounidense llamado Bill Russell. Él, que pidió entonces que le tradujeran libros de Red Auerbach y John Wooden. Él, que en 1987 había vuelto al cargo de seleccionador soviético tras dos años en el ostracismo y gracias a su influencia, se encargó de presionar al politburó soviético para que si sus jugadores lograban el oro olímpico, exigir el compromiso de darles libertad y disfrutar de la oportunidad de jugar en otras ligas internacionales.

Gomelski había visto cómo su selección meses antes, había logrado vencer a los Atlanta Hawks en Moscú, en aquellas giras organizadas por Ted Turner con vistas a fines comerciales. Que en la gira invernal por Estados Unidos, ganaba asiduamente a las mejores universidades. “Al igual que para Los Angeles’84 aún nos faltaba la mentalidad para ganarles, en Seúl creo que la teníamos” declaraba con los años Sergei Tarakanov. “Y Gomelski se encargó de convencernos”. Eso sí, con mayoría de jugadores de diferentes repúblicas (solo el propio Tarakanov y Viktor Pankraskhin eran rusos), decidió evitar conflictos y dejó en casa al base Valdis Valters, el mayor instigador en romper la convivencia entre rusos y jugadores de otras repúblicas. Donde por un lado se buscaba confianza y buena convivencia, por el otro, había un entrenador con tantos miedos, que veía fantasmas por todas partes.

“Era un tirano” confirma con los años David Robinson sobre el seleccionador estadounidense John Thompson. Desde mediados de julio con los ‘trials’ de selección en Colorado Springs, hasta finales de septiembre, fecha de celebración de estos Juegos Olímpicos, los jugadores estuvieron más que concentrados, apartados. Hasta el punto que el reciente número 1 del draft, Danny Manning, llegó a insinuar a su agente, Ron Grinker, las repercusiones que tendría si hiciese una escapada de la concentración sin permiso. Maniático como para preguntar incluso sobre la estancia del equipo en otro lugar que no fuese la Villa Olímpica, algo que le denegaron tras saber las fortísimas medidas de seguridad alrededor del anillo olímpico en Seúl y que la ciudad se encuentra a unos pocos kilómetros de la frontera con Corea del Norte. Era tan flagrante el malestar de los jugadores, que la chispa saltó en la rueda de prensa tras el debut frente a España (en el que nos apalizaron, 97-53), cuando los periodistas sacaron el tema. “Eso no son más que tonterías. También J.R. Reid dijo que quería irse. Pero no le doy importancia”. Bien cierto era que los compañeros acudían al base de Georgetown, Charles E. Smith, pupilo de Thompson, para desahogarse. “Muchas veces, tampoco él sabe lo que quiere”.

 Thompson focalizó sus temores sobre dos quebraderos: el que su estrella David Robinson no hubiese jugado aquel año al baloncesto (debía permanecer para su licenciatura en la NAVY dos años más), forzando a enrolarlo de gira en un combinado USA junto a posibles seleccionables -que se presentó en Bilbao por ejemplo- para darle rodaje. Y segundo, la obsesión por Arvydas Sabonis y su recuperación en Portland. Hubo mucho de polémica sobre su rotura del tendón de Aquiles. El mítico Sergei Belov se atrevió a confesar que “estoy seguro que la lesión se pudo evitar. Los culpables son los entrenadores y médicos del club. Los traumatólogos confirmaron que debía seguir un tratamiento y nada de eso hubo”. Tras su accidental segunda rotura del mismo tendón y ante el miedo real a que no volviese a jugar jamás, en abril se le permitió tratar en las instalaciones de los Trail Blazers, franquicia que tenía sus derechos vía draft. Y para Thompson, aquello sonaba a afrenta contra el país: “Como la profecía de Lenin, el capitalismo está vendiendo al comunismo la soga con la que ellos nos ahorcarán. Preparar a Sabonis para enfrentarse a nosotros, no es ni medio correcto”. Hasta tal punto chirriaba su opinión que el propio comisionado de la NBA, David Stern, llegó a decir “Estoy contento que Thompson no sea nuestro secretario de estado para asuntos internacionales”.

Por encima de nubarrones sobre su cabeza, el problema real fue el desprecio a evaluar al rival. No pareció aprender a cómo extrapolar sus poderes en el Open McDonald’s de Milwaukee, donde a pesar de la paliza encajada, dieron pistas. Él tenía la vieja receta de la asfixiante y presionante defensa. “Tenemos que jugar de esta manera los 40 minutos. Sin excepción”, convencido que nadie fuera de USA podría superarla. Y basados en ella, un fuerte rebote y ataques de transiciones rápidas, donde la calidad atlética de sus aleros Willie Anderson, Jeff Grayer, Mitch Richmond o Stacey Augmon, les resultaría insuperable. Y reclutó soldados y prescindió casi de tiradores, dejando fuera a Rex Chapman, Glen Rice o Steve Kerr. Tan solo Hersey Hawkins (que se lesionó en el cuarto partido olímpico) y un jugador que le encandiló, el semi desconocido alero Dan Majerle, daban algo de seguridad en el triple. Y el caso es que sus porcentajes fueron más que notables (40%), pero no se atrevían a tirar (45 intentos para 18 canastas en sus 8 partidos).

Y las dudas las vieron muy a las claras los soviéticos, sentados justo detrás de ambos banquillos, cuando unos veteranos y muy ordenados canadienses en la 2ª jornada, les pusieron a prueba (76-70), sabiendo salir siempre de la presión en defensa. La inseguridad en el tiro era alarmante y la escasa dirección en ataque estático, más que elocuente. Lo que David Robinson y el ala-pívot Charles D. Smith bordaron en el Mundobasket español, ni de lejos se vio en el Chamsil Gymnasium. Cuando la presión a toda cancha servía para robar balones, ganaban con más holgura. De hecho, aplastaron a Egipto (102-35) y en cuartos de final, a Puerto Rico (94-57).

La URSS, tras su derrota en el debut ante Yugoslavia, sabía que se vería abocado a jugar en semifinales ante el líder del otro grupo, Estados Unidos. Y en aquel debut, vimos al fin, tras dieciocho meses inactivo, a Arvydas Sabonis. Se unió a sus compañeros una semana antes del inicio, con minutos restringidos, a la espera de su evolución. Y los aficionados nos encontramos un Sabonis más pesado, mucho más lento, que pasaba más el balón para desplazarse lo justo y cierta congoja -nuestra- interna a que se volviese a romper de nuevo. Pero también más duro. Ahora, se plantaba en la zona, aguantaba la posición y soportaba las faltas recibidas, encaminándose a la línea de tiros libres.

Y llegó la semifinal USA-URSS, 16 años después de la polémica de Munich. Y todo lo que prometía Gomelski, se cumplió. Antes del salto inicial, no podía ocultar una sonrisa tras anticiparse, sacando un rublo de su bolsillo y dárselo a los árbitros como moneda para el sorteo de campos. John Thompson eligió cara, donde estaba la silueta de Lenin. Y con toda la sorna, Gomelski espetó un “Lenin for USA” para malestar de su colega.

Para evitar la presión estadounidense, el balón circulaba rápido hasta medio campo. El base Tiit Sokk se apresuraba en ello, sirviéndose de bloqueos de Sabonis o la ayuda de Volkov subiendo el balón, que descolocaba al rival. Y en ataque, lo invertían de lado para que, como como el periodista de Sports Illustrated, Alexander Wolff señalaba, “Rimas Kurtinaitis tiraba más solo que nunca” hasta llegar a los 28 puntos. Y con Marciulionis se encontraron a un tipo que les superaba en velocidad (lo sorprendente es que les sorprendiera). En la 2ª mitad, los americanos pudieron correr más y con sus entradas a canasta, igualaron el 47-37 con el que fueron al descanso y en un final repleto de nervios, los rebotes defensivos de un colosal Sabonis ante una jauría yanqui y certeras canastas finales de sus compañeros, dieron la gran sorpresa de un 82-76 final.

Los soviéticos, locos de contentos, remataron la faena en la final ante Yugoslavia (76-63) e hicieron bueno el dicho que “las finales no se juegan, se ganan”, porque para un oro olímpico, los balcánicos aún eran demasiado jóvenes. Gomelski fue manteado. “Es lo mejor que le ha podido pasar al baloncesto”. David Stern y Boris Stankovic se frotaron las manos vislumbrando la ya imparable la inminente aceptación de los NBA en torneos internacionales. ¿Y Thompson? “Creo que el aficionado americano es maduro para no criticar a estos chicos, que hicieron todo lo que han podido”. O como Wolff dijo, “todo lo que les dijeron”.

En la celebración soviética, tras la foto oficial de campeones, a escondidas, se hicieron una aparte Sabonis, Homicius y Kurtinaitis. El mundo estaba cambiando.

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