Entrevista a Iván Corrales: «Obradovic sabía preparar los partidos importantes. En Tel Aviv hicimos cosas que eran para flipar»

Entrevista en profundidad a Iván Corrales, que repasa toda su carrera,
desde el inicio

Iván Corrales

No era el típico base de moda en los 90, una época en la que el baloncesto control y las posesiones largas cotizaban al alza

Iván Corrales fue una rara avis, un jugador atípico que tuvo que luchar demasiado para mantenerse fiel a su estilo. Jugador con carácter y apasionado del baloncesto, intentaba expresarse en la pista tal y como sentía este deporte. El juego rápido, los pases imposibles y celebrar las canastas eran sus señas de identidad, aunque a veces esta manera de sentir el basket no era bien vista por todos en aquellos años.

Nacido en Plasencia (Cáceres) el 12 de julio de 1974, muy pronto tuvo que emigrar a Cataluña con su familia por el trabajo de su padre. Tras su paso por los dos clubes de su vida, el Sant Adrià y Joventut, comenzó a abrirse hueco entre los grandes bases nacionales de la época, llegando a ser internacional con la selección española a finales de los noventa. Pese a haberse topado a lo largo de su vida con diferentes situaciones adversas tanto dentro como fuera de la cancha, tuvo la capacidad de aguantar y gestionar los momentos difíciles, convirtiendo los obstáculos en oportunidades de aprendizaje. En la actualidad, sigue vinculado al baloncesto en sus dos ciudades deportivas, Sant Adrià y Badalona.

Iván Corrales en la actualidad.

En la actualidad sigo vinculado al baloncesto en las dos ciudades que considero mis ciudades deportivas, Sant Adrià y Badalona. En Sant Adrià soy el presidente del club de baloncesto masculino de la ciudad, Unió Bàsquet Sant Adrià, que está formado por la escuela y por 22 equipos de formación, desde preminis a sénior, y actualmente dirijo a dos equipos del club. En Badalona colaboro con la radio de la ciudad, Ràdio Ciutat de Badalona en la retransmisión de los partidos de la Penya cuando juega en casa. Además, cuando es posible, intento ir a los partidos de fuera, sobre todo cuando el Joventut se enfrenta a los equipos catalanes.

Los comienzos. ¿A qué edad comienzas a jugar al baloncesto?

Empecé a jugar al baloncesto muy pequeñito en el colegio, creo recordar que con 4 o 5 años. Nuestro cole era muy pequeño, se llamaba Escola Betsaida. Solo había una pista de baloncesto y unos árboles en forma de parque, no había nada más. A través de la familia de Joan Plaza se empezó a organizar un club, pidiendo permiso al colegio. Se empezaron a montar diferentes equipos y categorías, y ahí es cuando empecé a jugar al baloncesto. Yo siempre digo lo mismo, allí jugabas a basket, y si no sabías qué hacer jugabas a basket (risas), no había más remedio. Era muy divertida la hora del patio en el colegio porque eran 7 partidos de baloncesto a la vez. Yo creo que eso ayudó a que fuéramos espabilados, tenías que estar muy atento a cuál era tu pelota y cuál era tu equipo, ya que todo el mundo a esa hora quería jugar al baloncesto, tanto chicos como chicas.

¿Te veías con un don natural para jugar el baloncesto en esos comienzos? ¿Notabas que se te daba bien este deporte?

No creo recordar que tuviera unas habilidades específicas, pero me gustaba inventar a la hora de hacer pases. Tuve la suerte de tener de entrenador a Joan Plaza, que ha sido un gran entrenador a nivel nacional y a nivel europeo en diferentes equipos. Recuerdo que nos potenciaba mucho que jugáramos con libertad, que si queríamos crear cosas lo hiciéramos. Lógicamente, nos pedía efectividad, pero nos daba mucha libertad. Me gustaba hacer pases un poco diferentes, como pasar el balón por detrás de la espalda, por debajo de las piernas, de espaldas… Alguna vez me echaba la bronca y me decía: “¡Haz uno de pecho, que no pasa nada!”. Yo realmente me desarrollé más tarde. Después de jugar en la Betsaida hasta minis de segundo año, pasamos al Sant Adrià. Nosotros éramos más escuela y el Sant Adrià ya era más club. Al finalizar la época de canasta pequeña, pasamos casi todos al Sant Adrià. La mayoría éramos compañeros de clase más un par de chicos que venían de fuera. Algunos de mis compañeros se fueron antes porque ficharon por la Penya y por el Barça, y otro compañero y yo nos mantuvimos en Sant Adrià y nos fuimos más tarde.

Tu fichaje por la Penya.

Me fui a la Penya cuando había acabado la época de cadetes, con 15 o 16 años. Considero que eso me vino bien porque me desarrollé más tarde. De modo que estuve más tiempo en mi club y, por tanto, jugaba mucho. Eso me dio ventaja al no estar tan desarrollado al principio. Poco a poco fui cambiando mi cuerpo y fui progresando, tenía la suerte de que jugaba mucho. Así pude dar el salto al Joventut y el cambio fue brutal. Pasé de entrenar 3 días a entrenar 4 días y muchas horas. Al principio fue un poquito difícil, pero tenía el apoyo de mis padres, que me ayudaban a que creyera mucho en mí.

Los entrenadores de formación y la libertad que te dieron para jugar al baloncesto.

Tuve mucha suerte de que los entrenadores que tuve en categorías inferiores fueron muy buenos y me entendieron, cosa que no era fácil. A nivel de personalidad y carácter creo que no fui un adolescente fácil. Sin embargo, en el baloncesto tuve entrenadores que me entendieron y me dejaron ser un poco libre jugando. Además de Joan Plaza, coincidí con otros entrenadores, como Jordi Cairó en la Penya, que fueron muy importantes para que llegara a ser jugador profesional. También tuve a Miquel Nolis como entrenador de técnica individual en el Joventut. El trabajo individual que hacíamos con él 1 hora todos los días era brutal. Éramos muchos chicos los que entrenábamos con Miquel. Recuerdo que me hicieron un reportaje en Gigantes hace años, y entrevistaron a Miquel. Me gustó mucho lo que dijo, sobre todo una frase, algo así como: “Después de tener a Iván, a otros jugadores que han venido con ese perfil los he mirado de otra manera”. Miquel, en aquella época, buscaba otro perfil de base, otro perfil de comportamiento. Hay que reconocerlo, yo era un poco más “echao p’alante”, menos encorsetado, aceptaba menos algunas directrices, era más rebelde y más defensor de mi estilo de juego. Cuando eres joven y crees en una causa, tienes que ir a por ella.

Háblanos un poco más de esos entrenamientos de técnica individual con Miquel Nolis.

Al principio, como joven que eres, ibas ahí y decías: “¿Esto para qué? ¿Para qué nos haces balones, si yo juego con un balón, no juego con 3?”. Pero luego te dabas cuenta de la importancia de ese trabajo. Te cambiabas el balón de mano y botabas con la izquierda casi igual que con la derecha, y te dabas cuenta de que todo ese trabajo era muy necesario. En la Penya trabajamos muy bien, tuvimos suerte también de tener a Randy Knowles, con el que hacíamos entrenamientos de tiro. Randy nos ayudó a corregir nuestra mecánica, pero sobre todo nos ayudó a confiar en nuestro tiro. En aquella época yo tengo un recuerdo de que, dentro de las posibilidades que tenía en la Penya, teníamos acceso a poder hacer muy buenos entrenamientos. Por eso creo que es la mejor cantera que existe. Aparte de lo que me enseñaron todos mis entrenadores en la cantera del Joventut, también entendieron mi personalidad y yo siempre les estaré muy agradecido. En lugar de coartarme o abroncarme, entendieron que tenían que darme otro tipo de espacio para ver si se podían sacar algo de mí, o creaba alguna cosa diferente. Los entrenamientos individuales con Miquel Nolis y Randy Knowles eran palabras mayores. Y luego entrenar con el primer equipo con los Villacampa, Jofresa… que fueron mis compañeros y me enseñaron tanto… Aunque lo diga como si estuviera flipao, pero es así. Yo tuve la suerte de que durante toda la etapa de formación recibí muchos más inputs positivos que negativos, y eso me ayudó mucho. Evidentemente, tuve que aportar implicación, trabajo y esfuerzo al máximo, porque sin eso no llegas a ninguna parte, no solo en el baloncesto, sino en la vida en general.

Me has dicho que no eras un adolescente fácil.

Mira, el resumen es el siguiente. Cuando antiguamente me hacían entrevistas tipo test, que preguntaban: un libro, una película… Pues a mí siempre me preguntaban: una virtud, y yo siempre decía: “El carácter”. Y un defecto. Y decía: “El carácter”. Es un poco el resumen de Iván Corrales como jugador. Como persona soy un poco más tranquilo, pero es verdad que tenía un carácter fuerte, que para algunas cosas era bueno, pero para otras había que controlar. Por eso cuando hablo de estos entrenadores, además de remarcar la gran enseñanza táctica, técnica y deportiva que tuvieron conmigo, también los destaco porque supieron hacer una labor humana por entenderme y por corregirme cuando tocaba. El resumen sería ese, que a veces mi carácter me ha ayudado para algunas cosas y para otras cosas había momentos donde a lo mejor tendría que haber estado calladito (risas). Pero con 20 años y con las hormonas a… era más difícil verlo que ahora aquí sentado hablando contigo con 50 y pico tacos.

Por eso tu ídolo era Drazen Petrovic.

Bueno, podía ser, podía ser (risas). La verdad es que sí. Yo siempre lo he dicho, alucinaba y se me caía la baba con él. Yo lo veía jugar y se lo pasaba tan bien… jugaba como nosotros jugábamos en el patio del cole. Eso me tenía abducido, estaba flipao, la verdad. Me acuerdo de aquella época, que daban los partidos en la 2, y la rivalidad Cibona – Real Madrid, luego él fichó por el Madrid. Yo tenía abrasado a mi padre para que me grabara todos los partidos que daban, y luego me los veía enteros. Seguramente, en algún momento, intentaba sacar la lengua, levantar el puño…

Se me vienen imágenes tuyas celebrando las canastas levantando el puño, en un época en la que no se estilaban tanto todas estas cosas. Ahora se ha normalizado mucho más todo esto, los gestos y celebraciones.

Sí, sí, ahora la influencia del baloncesto americano cada vez es mayor, pero es verdad que antes todo esto no se veía mucho, a veces estaba como mal entendido. La gente no lo veía como una expresión de alegría y de querer animar a tu equipo y a tu afición. Se entendía más como algo irrespetuoso hacia el rival, pero creo que era algo equivocado. Yo he tenido muchas discusiones intentando convencer de que no había ninguna maldad en esa expresión, sino que era una manera de cómo a mí me habían enseñado a sentir el baloncesto. Yo siempre he dicho lo mismo, lo sentía igual jugando en el patio del cole, que cuando tenía partidos de máximo nivel con mis diferentes clubes, pero sobre todo con el Joventut y la selección española, que son los que más sentimiento me daban. Era una manera de expresar cómo en ese momento sentía el baloncesto, cómo sentía, sobre todo, una asistencia, que era lo que realmente me hacía feliz jugando al baloncesto. Ahora tenemos la suerte de que es mucho más entendible y da igual que lo haga un jugador nacional que un jugador extranjero. Por esa parte también me alegro y me gusta cuando veo jugadores que expresan cómo se sienten en el juego, evidentemente hay que ser respetuoso. Si eres respetuoso con el rival, cada uno se puede expresar a su manera, sobre todo si es para animar a tu equipo y a tu afición. Creo que la afición en general también lo agradece. Seguramente la influencia de Petrovic en todo esto era mucha. Tengo el pelo así un poco enrollado, y también me lo dejaba largo, como lo llevaba él. Son cosas que se hacen de joven (risas).

Sin embargo, se te recuerda con el pelo rapado cuando jugabas. ¿Por qué ese cambio?

De pequeño era más así con el pelo tal… pero para jugar me sentía más cómodo con el pelo corto, y empecé a rapármelo, menos una época en que me lo dejé un poco a lo afro en Sevilla y me hice las trenzas americanas. Es que estaba flipao, iba a mi rollo (risas). Menos esa época, en general he llevado el pelo cortito. Y ahora que soy ya más pureta, vuelvo a tenerlo un poquito más largo, con la barbita, como me has visto en la foto.

Eras un jugador muy expresivo en la cancha.

Sí, también es una manera de liberar los momentos de tensión. Recuerdo los gestos que he podido hacer, que muchas veces eran dedicatorias sobre todo a mi familia o a mi gente. Sabía que habían venido a mis partidos, habían hecho un esfuerzo por venir cuando jugaba fuera, y me gustaba que ellos supieran que yo sabía que estaban allí. Era una manera de agradecerles que estaban ahí. He levantado el puño, he tirado besos a mi madre o a mi gente… me gustaba señalarles y dedicarles la canasta. Por eso decía, que quien no lo supiera, pues a lo mejor entendía que podía ser una provocación o un gesto malintencionado, pero jamás, porque yo le tengo mucho respeto a este deporte. Un poco viene de la libertad que me dio Joan Plaza para expresar cómo sentía el basket. Además, él lo potenciaba y nos dejaba que lo hiciéramos, aunque algún problemilla nos dio cuando éramos niños, en alguna pista tuvimos que salir corriendo (risas). Después, mis entrenadores en la Penya, con Jordi Cairó a la cabeza, lo acabaron puliendo más que corrigiéndolo, es decir, enfocándolo en que pudiese ser más positivo que negativo. El recuerdo que tengo de los gestos es ese, que eran para mi gente, para mi familia y para mi afición.

¿Recuerdas lo que estabas haciendo cuando murió Drazen Petrovic?

Lo recuerdo perfectamente. Estábamos en unas fases con el Sant Josep, el equipo vinculado a la Penya, vinieron mis compañeros a decírmelo a mi habitación. Yo pensaba que me estaban vacilando. Aunque no era familia mía, pero aquel día fue un día raro. Cuando debuté con el Joventut en competición europea, fue contra la Cibona, y a la salida me acuerdo que vi a su hermano, Aleksandar Petrovic, que era el entrenador. Y yo todo jovencito allí, fui para allá, con 18 años, y le dije que lo sentía mucho. Lo sentí mucho, aunque nunca tuve la suerte de tenerlo cerca ni de poderle pedir un autógrafo, ni nada por el estilo. Cuando me acerqué a Aleksandar, recuerdo estar fuera como haciendo fintas de decir: “Me voy, me voy…”. Y al final me quedé y me acerqué a él. Lo que hablábamos antes de mi personalidad, una virtud es mi carácter, porque ese carácter me permitió romper esa barrera, poderme acercar y decirle en ese momento lo que pensaba, medio en castellano, medio en inglés, para que me pudiese entender.

Coincides con Raúl López en los inicios con el Joventut.

Raúl era espectacular. Lo que yo he visto botar a Raúl López, creo que no hay nadie que lo haya podido ver. Botaba el balón de manera espectacular. Me acuerdo que nos daban 3 balones y yo decía: “¿Pero este niño cómo puede botar así con 3 balones?”. Y sí, vaya si podía… Él era el más joven, luego coincidimos en el primer equipo de la Penya. Por las manos de Miquel Nolis pasaron durante muchas épocas muchísimos jugadores que luego estuvieron en el primer equipo, igual que con Jordi Cairó. Para mí Jordi Cairó es una figura muy importante porque tuve la suerte de tener un entrenador que me entendió, que aceptó, cuidó y pulió actitudes mías que quizá no eran las adecuadas, y eso me ayudó a ser mejor jugador y también mejor persona. Todo eso me ayudó a poderme dedicar a lo que era mi pasión, que una vez que estas en la Penya sientes que estás un poquito más cerca. Antes de llegar a la Penya mi ilusión era poder jugar en el sénior del Sant Adrià. Veía los sénior del Sant Adrià y flipaba, me sabía todos los nombres, iba todos los domingos a verlos jugar. Pero luego, cuando estás en la Penya, te ves un poquito más cerca de llegar a cierto nivel, a lo mejor no profesional, pero sí que estás más cerca de niveles semiprofesionales y profesionales.

Empiezas a entrenar con el primer equipo del Joventut en la temporada 92/93.

Recuerdo con mucho cariño primero a Lolo Sainz, que era el entrenador en aquella época, y después lo tuve en la selección. Te voy a contar una anécdota. Cuando me convocaron al primer partido yo no había entrenado con ellos. Recuerdo que quedaba poco tiempo para el final y habían echado a Rafa y Tomás por 5 faltas. Yo estaba en el banquillo y, lo que te decía, mucho carácter, mucha personalidad, pero en ese momento estaba sentado y yo creo que me intenté esconder, como diciendo: “Que no me saque ahora”. Al final Lolo puso a Jordi Pardo de base, recuerdo que era contra el Natwest Zaragoza en la 92/93, acabamos ganando. También recuerdo ese día en casa cuando me llamó Jordi Cairó, mi entrenador del Sant Josep, para decirme: “Iván, vas a ir convocado con el primer equipo”. Estaba en el pasillo de mi casa y me puse a saltar y llorar con mis padres.   

Lolo Sainz.

Recuerdo con cariño a Lolo, era gracioso porque no te llamaba por tu nombre, a mí siempre me llamaba niño. Luego también me llevó a la selección y ahí tuve tiempo de hablar muchas más cosas con él. Tengo muy buen recuerdo de las palabras que tuvo conmigo.

El debut con la Penya.

Mi debut con el primer equipo fue contra la Cibona en Liga Europea, entre semana. Y luego, el fin de semana contra Estudiantes en la ACB, que metí mi primera canasta. Recuerdo que robé un balón en el medio campo, iba solo, y de medio campo a la canasta me pareció que pasaban 5 horas (risas). Aquella fue mi primera canasta con el Joventut. Es curioso porque el debut oficial con la Penya fue este partido de Liga Europea contra la Cibona el 25 de noviembre de 1993. Y el debut  con la selección española es el mismo día, pero 5 años después, el 25 de noviembre de 1998.

Tu adaptación al primer equipo. ¿Cómo te acogieron los más veteranos? ¿Qué tal con los hermanos Jofresa? ¿Veían peligrar el puesto de base contigo?

Yo creo que cuando se piensa que la adaptación al primer equipo no es fácil es porque antiguamente teníamos mucho respeto a esos jugadores. Nosotros, aunque estábamos en el equipo vinculado, veíamos lejano al primer equipo. Tenías la percepción de que estabas cerca de poder entrar en un mundo profesional, pero tenías más lejos el que fuera en el primer equipo de la Penya. Veías esa hornada de jugadores en el Joventut y pensabas: “Es que llegar allí es casi imposible”. Estaba Rafa, que es uno de los mejores bases que hemos tenido en la historia del Joventut, en aquel momento era uno de los mejores bases que había, y luego teníamos a Tomás, un jugador joven, eléctrico, con un ritmo y un carácter diferente, que le daba mucho al equipo, salido de la cantera… Había otros bases por el camino, como Ferrán López, de la cantera del Joventut, y un excelente base, Iván Pardo, que también estuvo y se marchó a Huesca. No era fácil acceder a ese grupo, pero no porque ellos fueran difíciles, sino porque la calidad que tenían era muy grande. Pero yo siempre tengo un recuerdo muy bueno de ellos, de la aceptación, tanto de los jugadores nacionales como de los extranjeros, sobre todo encabezados por Corny, que era el líder silencioso, aunque cuando decía algo todos le escuchaban.

Tomás Jofresa.

Para mí fue un referente, era un jugador que estaba preocupado por los jóvenes, siempre atento con nosotros. Yo lo notaba más porque era base, a lo mejor César Sanmartín y Alfonso Albert te pueden decir otros jugadores, pero el comportamiento de todos era excelente. Te enseñaban que tú ibas a ser uno más, pero como eras uno más, te iban a exigir al máximo. Y en esa exigencia, Rafa y Jordi eran jugadores duros. Yo siempre recuerdo que me enseñaron que cuando uno se ha ganado un status con su esfuerzo, con su dedicación y con su talento, está en su derecho de defender su espacio. A mí eso me gustaba, me gustaba que ellos te exigieran como uno más. Con Tomás y los otros jóvenes, como Dani Pérez, tenía más la sensación de que querían cuidarte, porque ellos también habían venido de abajo y sabían lo difícil que era, lo que costaba y el sacrificio que significaba. Entonces ellos te cuidaban un poquito más. Pero al final, la exigencia de Rafa, Jordi, Corny y los jugadores más experimentados, te hacía subir el nivel, te hacía mejor jugador. Esa parte de entrenos era dura, pero también muy satisfactoria y a los jóvenes nos ayudaba mucho a subir un listón más nuestro nivel.

¿Cómo era el día a día con ellos fuera del baloncesto?

Lo flipante eran los viajes. Cada vez que llegaba a mi casa después de un viaje contaba una historia diferente. Mi madre se sentaba allí y me escuchaba, como diciendo: “Vaya rollo me va a meter el niño…”. Que ellos me llamaran a la habitación, que compartiera con ellos horas, que escuchara las cosas que se hablaban tanto del equipo, como de otras cosas, y yo pudiese ser uno más, para mí era flipante. Yo lo veía como algo, entre comillas, inalcanzable, y estaba sentado en la habitación hablando con ellos de la vida y de las cosas que se podían mejorar en el equipo. Seguramente, ellos no lo recuerdan como lo recuerdo yo. De jovencito eres una esponja, a veces nos juntamos y cuento cosas, y me dicen: “Hostias, Iván. Te acuerdas de cosas…”. Digo: “Hombre, claro, porque yo estaba flipao. Para vosotros era más natural”. Cuando yo estaba en la habitación con Mike Smith, llamaba por ejemplo Jordi y decía: “Oye, veniros a la habitación y tal…”. Y yo: “Se lo digo a Mike”. Jordi: “Tú también”. Yo: “Ah, ¿yo también?”. Jordi: “Pues claro” (risas). Yo lo recuerdo así porque para mí fue una época preciosa y tengo muy buen recuerdo. Los veteranos, como Rafa y Jordi, me enseñaron mucho a través de la exigencia, porque en el entrenamiento eran duros, fuera no. Si estabas allí y querías ayudarles, tenías que ir a tope. Luego, la otra vertiente, la de cuidarte más, la de ayudarte, de decirte: “Ves por aquí, no vayas por este lado. No te equivoques…”, esto era más función de Tomás y de los más jóvenes, porque ya habían vivido esa etapa y lo tenían un poquito más reciente. A ellos les habían ayudado, y ellos hicieron lo mismo. Más tarde, cuando llegaron al primer equipo Mumbrú, Raúl López… con Alfred Julbe de entrenador, nosotros también intentamos hacer ese trabajo. También cuando he coincidido con Rodrigo San Miguel, Fernando San Emeterio y jugadores jóvenes en los diferentes equipos en los que he estado, hacía ese papel y recordabas con ilusión lo que habían hecho contigo, porque eso te ayudaba a poderlo hacer tú con otros jugadores.

Qué buena memoria, Iván.

Mira, con Epi recuerdo volver de un All Star, que jugamos los españoles contra los americanos de la liga. Estábamos en el avión y yo en medio, a un lado tenía a Epi y al otro a Villacampa, yo estaba flipando. Es otra de las cosas que seguramente Epi y Villacampa ni se acuerden.

La llegada de Zeljko Obradovic al Joventut en la 93/94.

Zeljko fue un cambio muy grande, un cambio muy bestia en muchas cosas. En general, fue una temporada dura, que al final con un título como la Liga Europea lo justifica todo, por decirlo de alguna manera. Pero la llegada de Zeljko… ya impresionaba porque, primero como jugador lo había sido todo, él era uno de los bases de la grandiosa Yugoslavia, ya por esa parte le teníamos un gran respeto. Luego, teníamos ese punto de respeto y rabia porque nos había quitado aquella Liga Europea en Estambul, que ya la estábamos tocando todos, los que estaban allí y los que estábamos en Badalona saltando como locos después de la canasta de Tomás. Recuerdo que yo estaba en una discoteca de Badalona, que en su momento era famosa, se llamaba Titus, y allí pusieron el partido. Es el silencio deportivo más bestia que he sentido en mi vida, de cómo nos pusimos toda la gente que estábamos viendo el partido, un montón de gente joven que pertenecíamos a las categorías inferiores, más gente de Badalona loca por el Joventut, o sea, pasar de la alegría más bestia que también te puedo decir, al silencio más absoluto y no saber cómo reaccionar. Tengo un recuerdo de aquello brutal, aunque negativo.

Volviendo a Zeljko, fue duro porque su manera de entrenar, su forma de trabajar y de dirigirse a nosotros, y sobre todo a los jugadores top de aquel equipo, era muy diferente al trato que tenía Lolo, que era un entrenador que tenía su exigencia, pero de otra manera. En cambio, Zeljko era todo lo contrario, todo partía a través de la exigencia y de dar el cien por cien. Con Zeljko los inicios fueron duros para todos, me imagino que para él también. Zeljko es una persona muy cercana, ya lo era en su momento, tenía esa virtud de ser muy exigente y cercano a la vez. A la vez que te exigía, también  protegía mucho a los jugadores. Creo que eso al equipo acabó gustándole. Pero el estilo de Zeljko no era el estilo puramente de la Penya, y entonces costó. Costó que un equipo que volaba, que jugaba al contraataque y a 90 puntos sin forzar con Lolo, pues claro, pasamos a jugar partidos a 60 y pico puntos. No fue fácil para el equipo, para el club, para la afición, pero era el estilo que imperaba en Europa y había un objetivo claro. Además, era un gran entrenador a nivel de sabernos motivar y a nivel de saber preparar los partidos importantes. En eso el equipo dio un cambio. Cuando jugamos la Final Four, mis compañeros comentaban que en Estambul estuvieron un poco más a las afueras de la ciudad, y en Tel Aviv estábamos más en el centro, nos cruzábamos con aficionados… fue todo más natural. Los jugadores que estuvieron en las dos Final Four lo recuerdan así. Ellos mismos comentaban que en Tel Aviv, quizá porque era la segunda Final Four, el grupo estuvo más distendido. Hicimos cosas que eran para flipar.

¿Por ejemplo?

Jugábamos a pillar en los entrenos. Hacíamos un ejercicio con balón, que el balón salvaba y el balón pillaba. La prensa griega nos veía allí jugando al pilla – pilla, como diciendo: “Y estos qué hacen”. Parecían juegos un poco más de niños, pero con Zeljko los hacíamos siempre. Entonces verte en la Final Four jugando al pilla – pilla, pues a la gente a lo mejor le sorprendía un poco, pero yo creo que de esa manera el equipo estaba menos tensionado. Y luego recuerdo que la mañana de la final fuimos a un zoo. Siempre se lo recuerdo a Jordi, salimos en un espectáculo de pájaros, que dijeron: “El capitán y el joven”. Y salimos Jordi y yo. Recuerdo de decirle a Jordi: “Ey, Jordi. Cualquiera diría que dentro de unas horas nos jugamos la Liga Europea contra el Olympiacos”. Me imagino que esa era la manera que tenía Zeljko de que, durante la previa del partido, no estuviéramos tan tensionados y tan pensativos en el partido. Eso sí, ya en la charla previa, Zeljko quería que estuviera todo… Yo recuerdo que a mí me metió una charla previa al partido que, aunque no jugué, estaba motivadísimo, o sea yo pensando en el calentamiento: “En la siguiente que me den en la rueda de calentamiento me hago el mate”, de lo motivado que iba. Recuerdo que me cogió, me habló, me dijo que podía haber muchas faltas y que quería que estuviese preparado, que si me tenía que dar 1 minuto tenía que estar preparado al máximo, que cualquier pequeño detalle iba a ser importante. Yo salí del hotel pensando: “Yo juego y meto la última y ganamos” (risas). Ya te digo, sus conversaciones partían del máximo nivel de exigencia, y a partir de ahí trabajar, trabajar y trabajar. Eso al principio nos costó un poco, tanto a los jóvenes como a los veteranos.

Supongo que tendrás más anécdotas con Zeljko Obradovic.

También me acuerdo que me echó de un entreno, no me lo creía. Se pensó que César Sanmartín y yo habíamos hablado, y me echó del entreno. Y yo pensando: “No me lo creo”. Aquello fue cuando estábamos peleando para ver quiénes eran los vinculados en el primer equipo. Zeljko se pensó que habíamos hablado durante un ejercicio y nos echó fuera. Como he dicho, yo no me lo creía. Pensaba: “Estamos peleando por llegar al primer equipo y nos echan del entreno. No puede ser”. Entonces hablamos con él y una semana después volví a los entrenamientos.

¿César Sanmartín también?

No, César no. Aquel año los vinculados fuimos Alfonso Albert, Dani García y yo. En aquella época a la Liga Europea iban 8 jugadores sénior y 2 jugadores jóvenes o sub 23, que hoy en día suena a chino porque las plantillas ahora son más largas.

Entonces, cuando te echó Zeljko del entrenamiento, pensaste que aquello te cerraba las puertas del primer equipo.

Sí, claro, yo dije: “Madre mía. Joder, lo tenía ahí…”. Desde mi punto de vista era muy injusto porque no habíamos hecho nada, pero él se pensaba que sí, y entonces aplicó su nivel de exigencia, que era ese. Si tú no estás para el entreno, si no estás al cien por cien, pues fuera. Otro día también se enfadó conmigo, haciendo un ejercicio de 3 x 3 y 4 x 4 o algo así, y a mí se me ocurrió decir: “¡Falta!”. Acabó el ejercicio y Zeljko dijo: “Todos a beber agua”. Él: “¡Iván, ven aquí!”. Yo fui para allá, y no sé cómo me cogió del lado de los abdominales, que me quedé medio ahogado. Me dijo algo así, como: “¿Tú quién eres? Eres joven y los jóvenes no protestan. Tienes que esforzarte. Que sea la última vez. ¡Venga, 50 vueltas al campo!” (risas). Ahora me rio, pero en su momento… Me puse a correr como si no hubiera un mañana. Recuerdo que yo me quejé de una posible falta, lo típico que estás jugando y dices: “¡Falta!”. Y él: “¿Pero tú quién eres para pedir falta? No se quejan Jordi, Rafa y Corny, y vienes tú a pedir falta”. En esas cosas era muy exigente, pero tenía su punto gracioso. También recuerdo que acababa el entreno, pitaba y: “¡Subir escalares, bajar escaleras!”. Y todos flipábamos. Pitaba al acabar el entreno: “¡Venga, un sprint, ida y vuelta. El primero se salva!”. Pero lo malo es que teníamos a Mike Smith, y cuando decía ya, él ya había ido y estaba dando la vuelta (risas). El que ganaba se salvaba de hacer una ronda de palmeos. Hacíamos una ronda de palmeos en los dos aros, o sea, palmea y vete corriendo al otro aro, y que no se te cayera la pelota, porque si se caía empezábamos otra vez, y era por tiempo. Esto lo hacíamos cuando habíamos acabado el entreno, un entreno a full. Era la filosofía que tenía. Luego estuve en Vitoria unos meses, en el TAU, y Dusko Ivanovic era parecido, estaban educados de esa manera, de esfuerzo, esfuerzo, esfuerzo, aquí no hay fatiga y sigues y sigues esforzándote.

También recuerdo un día con Zeljko, que dijo: “¡Venga, sprint!”. Aquel día, por lo que fuera, no entrenó Mike Smith y yo quedé primero. Y voy yo y digo: “¡Qué bien, salvado!”. Pero se acerca Zeljko y me dice: “Ey, Iván, estás contento, ¿eh?, que has ganado”. Yo: “Sí”. Zeljko: “Salvas a Corny y haces tú los palmeos”. Y yo: “Claro, claro, si es lo que estaba pensando” (risas). Se sentó Corny y yo haciendo palmeos hasta el infinito. A ver, en ese momento, ya te digo, si me hubiera dicho que me tirara de cabeza desde arriba del pabellón, me hubiera tirado. Yo estaba en el primer equipo y para mí era un sueño hecho realidad y por eso lo recuerdo, también porque me gusta recordar muchísimas anécdotas.

¿Qué recuerdas de la Final Four? Es un hito histórico para la Penya y tú formaste parte de aquello.

Sobre todo el final del partido, que todo el mundo sabe la historia de lo extraño que fue, cuando se paró el tiempo y todo lo que pasó. Recuerdo especialmente los últimos minutos, la tensión con la que vivimos todo aquello. Creo que la conexión que había entre el banquillo y los jugadores que estuvieron en pista era especial, era diferente. Ellos eran muy conscientes de lo que se jugaban, que volvían a tener una oportunidad histórica. El final del partido se supo administrar con mejor o más suerte que hacía 2 años. Fue un título más que merecido para esa generación. Y sobre todo por la historia que significa, que es lo que gusta decir por aquí, que es el primer equipo catalán que consiguió la Liga Europea, un equipo basado en el baloncesto puro y duro, eso también se tiene que resaltar. Ese título es histórico, es para toda la vida, aún seguimos celebrándolo cada x años, el recuerdo es muy bonito. Hace dos años celebramos el 30 aniversario, y la conexión entre el equipo de aquella época con muchos de los aficionados ha sido muy bonita.

El mayor recuerdo es que la copa que nos dieron en aquella época, parecía una copa de… para lo que significaba, yo decía: “¿Pero cómo nos dan esta copa?”. Con la copa tengo dos anécdotas, que para mí son muy buenas. Una es que cuando nos volvíamos de Tel Aviv, después de hacer la celebración, íbamos de camino al aeropuerto, y me dijeron: “Oye, niño. Lleva la copa”. Yo llevaba la copa, entramos al aeropuerto y allí estaban los aficionados del Olympiacos y Panathinaikos, que iban a coger el avión para regresar. De repente, vienen corriendo como locos porque querían tocar la copa, querían verla y echarse fotos con ella. Yo me quedé… me asusté. Mis compañeros se empezaron a reír y tal, y se fueron. Pero yo me asusté.

¿Y qué pasó? ¿Tocaron la copa?

Vinieron y todos la querían coger para hacerse fotos, y yo les dije en inglés: “No, no. La copa conmigo”. Creo que seguramente habrá muchas fotos de griegos con un tío y una copa, y dirán: “Este no sé quién es, pero como llevaba la copa, pues me he hecho la foto”. Yo pensando: “Yo la copa no la suelto”. Recuerdo que tenía la copa y allí los griegos intentando echarse fotos, pero yo no la soltaba porque pensaba: “Solo falta que se la lleve uno de estos y salga corriendo”. Y mira que la copa era… luego la han hecho más bonita. Es que mola cuando la levantan, y es una copa como Dios manda. Pero en aquella época era…

La otra anécdota es que cuando llegamos al aeropuerto de Barcelona, antes de bajar del avión, la copa estaba dentro del avión, pero no la vi porque no era muy grande. Y bajaba del avión Jordi con Zeljko, y le dije: “Jordi, la copa. Habrá que bajarla, ¿no?”.  Le di la copa a Jordi casi en la escalinata para que la sacara, porque el capitán iba a salir sin ella.

¿Cómo celebró Iván Corrales el título de campeón de Europa?

Lo mejor y lo más bonito fue la celebración en Badalona, eso sí que fue espectacular. Allí, en Tel Aviv, hicimos celebraciones, pero no fue lo mismo. También recuerdo que hice dos llamadas a cobro revertido, porque claro, estábamos en Israel. Una a mi familia y otra a Joan Plaza. Y a los dos, para que te rías, les dije lo mismo: “Oye, ¿somos campeones de Europa?”. Y me dijeron: “Sí”. Digo: “Y yo estoy aquí, no estoy soñando, ¿no?”. Y me dijeron: “Sí”. Y yo: “Vale, cuelgo que es muy caro” (risas). En ese momento estábamos todos flipaos. Hicimos un poco de celebración en Tel Aviv, pero evidentemente lo espectacular fue a la vuelta en Badalona. Aquello es otra historia.

Después te vas dos temporadas a Fuenlabrada, de la 94 a la 96. ¿No tenías sitio en el Joventut? ¿Cómo se produjo tu salida de la Penya?

En esa salida vuelvo a mencionar a Jordi Cairó, que me ayudó mucho porque fue el que consiguió ponerme en contacto con el Fuenlabrada. Contra el Fuenlabrada ya habíamos jugado la temporada anterior en Primera División, tenían un buen proyecto, un buen entrenador. Entonces, cuando ya no encontré mi espacio con la llegada de Pedro Martínez al primer equipo de la Penya, Jordi fue el que me ayudó a ponerme en contacto con Fuenlabrada porque yo no tenía agente, no tenía nada en ese momento. Y allí pasé dos años. Fue duro al principio porque era la primera vez que salía de casa y siempre cuesta cuando eres joven. Pero fueron dos años muy buenos y muy fructíferos para después poder volver al Joventut. Mi paso por Fuenlabrada fue una época muy importante para mí porque aprendí mucho. También coincidí allí con gente increíble, tanto dentro como fuera de la pista. En Fuenlabrada me cuidaron y me trataron muy bien.

Regresas al Joventut en la 96/97 de la mano de Alfred Julbe, que ha sido una figura muy importante en tu carrera deportiva. Hablé con él: “Iván era un rompedor de partidos que fue aprendiendo a hacer cada vez más cosas. Tenía un juego muy imaginativo, muy dinámico, muy rápido. Había que complementar lo que él tenía con la seriedad, constancia, solidez, trabajo físico y capacidad defensiva para poder competir a alto nivel”.

Sí, yo tengo muy buen recuerdo de Alfred. Nos hemos encontrado en los últimos años en situaciones relacionadas con el basket. Con Alfred me lo pasé muy bien jugando a basket. Yo creo que éramos un Joventut que jugábamos muy divertido. Él vino a la Penya con la idea de que quería recuperar a gente joven para el primer equipo, hacer un cambio porque las dos últimas temporadas, después de la Liga Europea, hubo un bajón a nivel general en el club. Él llegó con la idea de volver a recuperar sensaciones antiguas, con un equipo con tres jugadores extranjeros muy buenos, seguía Jordi Villacampa, que fue su último año de profesional, en el que ganamos la Copa del Rey. Era curioso porque Jordi no tenía ninguna Copa del Rey y consiguió esta última en su último año de carrera deportiva, era el título nacional que le faltaba. Tengo ese recuerdo con Alfred, de pasármelo muy bien jugando al baloncesto. Esa manera de pasármelo bien me ayudó a conseguir uno de mis logros deportivos, que es haber sido internacional con la selección española.

¿Cómo era entrenar día a día con Andre Turner?

Tanto Julbe como Andre Turner, son las figuras que dentro del mundo profesional me dieron el salto de nivel más grande. Para mí entrenar con Andre Turner cada día era muy muy muy duro. Yo al principio decía: “Es que solo le veo la camiseta por detrás. Es lo único que veo”. Él me hizo que subiese mucho más el nivel, igual que cuando tuve la suerte de poderlo hacer con los hermanos Jofresa. Con Andre ya fue como un nivel más… Si yo quería jugar tenía que acercarme a él, tenía que intentar competir con él. Aparte de ser un excelente jugador, es una excelente persona, me ayudó mucho. Me ayudó mucho en esas cositas que te decía Julbe, de ser un jugador con capacidad para romper partidos, para cambiar el ritmo, es decir, ir añadiendo más cositas en la línea de la dirección, de ser un base que sepa mandar y ordenar al equipo… Todo eso me lo aportó Andre. Si no era el mejor, era de los dos mejores bases extranjeros que había en ese momento en la liga. En aquella época había extranjeros de muchísimo nivel en los diferentes equipos de la liga, y Andre era uno de ellos. A mí me obligó a subir el nivel porque si no, no hubiera jugado nunca. Después coincidimos en Sevilla, en el Caja San Fernando. Hemos pasado muchos momentos juntos… él me enseñó mucho. Con su trabajo diario y con la exigencia que me ponía, yo no tenía otra opción que subir el nivel. Con Julbe teníamos esa libertad que te comentaba que teníamos en categorías inferiores con Joan Plaza y Jordi Cairó. Hacerlo en profesionales era la magia que tenía Alfred. En aquel Joventut intentábamos jugar muy divertido. Era un equipo muy enfocado al ataque porque había mucha libertad para poder hacer cosas, pero en defensa también se hacían muchas cosas, y muchas cosas muy diferentes. Julbe era un entrenador que a mí me gustaba por el hecho de que en los partidos podía cambiar el plan o innovar, sin tener que cuadricularse al propio plan del partido. También mi carácter hizo que pasara por momentos más y menos divertidos, y con los años Alfred y yo los recordábamos (risas). Para mí es un entrenador importantísimo y con el que me lo he pasado muy bien jugando al baloncesto.

La siguiente temporada, la 97/98, también disputáis la final de la Copa del Rey en Valladolid, contra el Pamesa. Aunque perdéis, haces un partidazo.

Sí, esa Copa del Rey estuvo muy bien.

¿Fue allí cuando alcanzaste tu mejor momento deportivo?

Sí, creo que fue la mejor época, sobre todo esas temporadas del Joventut que me hicieron jugar con la selección española, que ya fue durante mi último año en la Penya y luego cuando estaba en el Caja San Fernando. Aquella Copa del Rey, el Pamesa dirigido por Nacho Rodilla jugó a un grandísimo nivel y nos dominó en la final. Nosotros habíamos hecho un buen campeonato eliminando primero al Barça de Djordjevic, y luego al Manresa de Chichi Creus, que fueron campeones de liga aquel año. Lo malo es que en la final no nos salió un buen partido, el Pamesa fue mejor, consiguieron un título merecido y Nacho logró un MVP también merecido. A mí me contaban que en las votaciones de aquella Copa del Rey yo también estaba en la pelea de ese posible MVP, pero el que se lo mereció fue Nacho. Luego coincidimos en la selección española y además estuvimos juntos en la habitación. Era un tío fenomenal.

Gracias a esas buenas temporadas con la Penya, recibes la llamada de la selección española para el Europeo del 99 en Francia. Compartes puesto con Nacho Rodilla y Nacho Rodríguez. ¿Qué recuerdas de aquel campeonato? Es un campeonato muy meritorio para España porque se consigue la plata después de unos años de sequía de la selección.

Todo lo que esté relacionado con la selección española fue increíble. Coincidí con jugadores espectaculares, como los Albertos, tanto Alberto Herreros como Alberto Angulo. Aunque luego al final no estuviera en la lista definitiva, tengo muy buen recuerdo de Orenga durante la preparación, fue un jugador muy importante, sobre todo en el trato con los jóvenes. Con Nacho Rodilla y Nacho Rodríguez, aunque peleábamos por el puesto de base, también teníamos una buena relación, sobre todo con Nacho Rodríguez, que era el más veterano. Tanto Alberto Herreros como Alberto Angulo eran palabras mayores. Por suerte tuve muy buen feeling con ellos. Recuerdo que me llamaban el cachorro porque yo era el joven allí. Me pusieron el nombre ellos, entre los Albertos y Orenga. La relación era excelente, digna de admirar. El trato era excepcional, y la manera en que nos acogieron a los más jóvenes, a Nacho Rodilla, Iñaki de Miguel, Nacho Romero, Carlos Jiménez, Rodrigo de la Fuente y a mí, es otro gran recuerdo. El nivel de exigencia era máximo, pero había un trato excepcional como personas y como grupo. Creo que esa fue la clave para que, en un campeonato difícil, nos lleváramos la medalla de plata. Hubo un momento donde parecía que podíamos quedar eliminados, estábamos a punto de hacer las maletas, pero al final hubo un resultado que nos favoreció. A partir de ahí, tanto en los cuartos de final contra la Lituania de Sabonis, como la semifinales contra la anfitriona, Francia, preparamos muy bien los partidos, los trabajamos muy bien, y el trabajo del equipo, tanto de los entrenadores como de los jugadores fue excelente. Después de mucho tiempo volvíamos a conseguir una medalla. Llegamos un poco justos a la final contra una gran Italia, con el hijo de Meneghin, con Fucka, Carlton Myers… hicieron un grandísimo campeonato, habían eliminado a Yugoslavia. En aquella final fueron superiores. Pero aquella medalla fue algo espectacular y un bonito recuerdo.

Fichas por el Caja San Fernando en la 99/00. ¿Acababas contrato en el Joventut? ¿Por qué se produjo tu salida de la Penya y tu fichaje por el Caja San Fernando?

Sí, bueno… Acababa contrato y por detrás venía una locomotora, que era Raúl López. Estaba claro que el puesto de base en el primer equipo tenía que ser para él. Aunque en su momento me podía haber molestado, pero creo que Julbe acertó recuperando a Rafa Jofresa y poniéndolo con Raúl, para un poco acabar de completar su formación. Raúl era una locomotora, un torbellino, estaba clarísimo que se iba a convertir en uno de los mejores bases de nuestra historia. Lástima que las lesiones cortaron su trayectoria, porque si no hubiéramos estado hablando de un grandísimo base en la NBA, no tengo ninguna duda al respecto. Yo creo que el club y Julbe tomaron la decisión acertada, aunque a mí eso me obligaba a tener que hacer las maletas y salir del Joventut. Evidentemente, no me hizo gracia en su momento porque, aunque haya estado en diferentes equipos y tenga un respeto grandísimo por todos, el Sant Adrià y el Joventut son mis equipos para siempre.

¿Qué tal tus dos temporadas en Sevilla?

El Caja San Fernando era un equipo duro, creo que podíamos haber conseguido un poquito más. No acabamos de dar un pasito deportivo más. El club venía de la final de la liga contra el Barça y también de un final de Copa contra el TAU. Ese puntito extra de la gente nueva que habíamos llegado para dar ese salto de calidad, al final no lo acabamos dando. Pero tengo muy buen recuerdo de mi paso por el Caja San Fernando, con altos y bajos, con momentos mejores y peores. Aprendí un baloncesto diferente, con Imbroda hacíamos un baloncesto un poquito más defensivo, más táctico, un poco diferente al Joventut, que era más libertad. Pero fue muy positivo para tener diferentes registros en el baloncesto y en mi caso como base. Eso también me hizo crecer. Al principio era un base más de cambiar el ritmo del partido, más eléctrico y tal, y luego poco a poco fui añadiendo cositas a mi juego relacionadas con la dirección y el control del tiempo del partido. Eso en Sevilla lo aprendí, a pesar de que nos faltó un poquito más para competir mejor, tanto en la Liga Europea, que la jugamos el primer año que estuve allí, como en los momentos de playoffs o de Copa del Rey. Pero genial, contento y también tengo muchas anécdotas y muchos recuerdos de mi paso por el Caja San Fernando, de mucha gente que me encontré en mi vida en aquel momento que han sido y siguen siendo muy importantes.

Pasaste de ser internacional con la selección española a finales de los noventa, a fichar por el Cantabria Lobos y descender, y marcharte a Italia en 02/03. ¿Cómo viviste esta difícil situación?

Yo soy una persona súper positiva. Como te he dicho, la vida la tenemos que afrontar como nos viene y aprender de lo que hacemos para avanzar. ¿Analizar a posteriori? Yo nunca he creído en eso. Tengo la suerte de que mis padres me han educado de esta manera, siendo una persona positiva y confiando en mis posibilidades, y también confiando en la gente que tengo alrededor. Al final, mi forma de ser no me hace pensar mucho más allá de la situación cuando te viene y tal y cómo te viene, y afrontarla. Hablarlo, porque yo como puedes ver (risas) soy una persona que hablo mucho, y afrontarlo como viene. A partir de ahí avanzar. Creo que nos equivocamos cuando estamos pensando: “Y sí no sé qué, y si lo otro”. Eso lo único que puede generar es frustración. Yo con los niños, siempre les digo: “El baloncesto es un deporte que se juega rápido. No nos da tiempo ni para quejarnos, ni para lamentaciones. Lo único que hay que hacer es buscar soluciones”. En la vida intento aplicar esa filosofía, es decir, buscar soluciones y afrontar las cosas como te vienen. Como todo en la vida, la teoría es muy fácil, la práctica es lo difícil. Volviendo al tema del aspecto mental, la teoría y dar consejos para todos es muy fácil, lo difícil es cuando uno se los tiene que aplicar, esa es la parte complicada. Pero si partimos de una visión y de un espíritu un poco más positivo, creo que podemos afrontar esas cosas mejor porque a lo largo de la vida, habrá momentos buenos y malos para todos. Yo no me fijo en si “Y si…”. Evidentemente, la gente de fuera en ese momento diría: “Joder, es que Iván que estaba en la selección, de repente pues…”. Cada uno lo puede pensar como quiera. Yo, en cambio, lo que hice fue trabajar más para volver a estar entre los mejores bases españoles.

Cambiando de tema, creo que recuerdas algunos piques con los bases de tu época, como por ejemplo con Pablo Laso.

Sí, sí. Recuerdo partidos con Djordjevic en el Barça, con Pablo Laso y Antúnez en el Madrid… también buenos enfrentamientos con Carles Marco, con Ferrán López. A veces había enfrentamientos, cuando era más joven, que ese ímpetu y ese carácter te hacía meterte en diferentes fregados. Y sí, sí… recuerdo un día una collejita de Pablo (Laso) marcando territorio porque él era el veterano. Y yo, con el ímpetu de joven, pues me cabreé como una mona (risas). También con José Miguel Antúnez, me acuerdo de una jugada que estábamos dándonos golpes y patadas. Cuando eres joven quieres entrar arrasando, y lo que decíamos antes, los veteranos marcan también su territorio y al final te enseñan a ti, que luego en un futuro lo vas a tener que hacer tú porque por detrás, es ley de vida, van a ir llegando nuevas generaciones que nos van a ir, entre comillas, quitando de en medio. Pero sí, sí, es verdad que con Pablo hubo trifulca (risas) con el Madrid, con Arlauckas por el medio. Llegó Pablo y dijo: “Venga, tranquilo, no pasa nada…”. ¡Pum! Y yo noté que me dio en la cabeza una collejita. Y yo pensando: “No, no puede ser” (risas). Me giré: “¡A mí no me toques…!”. Seguramente Pablo ni se acordará porque habrá tenido doscientas mil historias, es uno de los grandes bases y jugadores de nuestra historia. Pero sí, sí, con el ímpetu cuando eres joven, eso que me hizo Pablo Laso me pareció un deshonor (risas)… esa colleja. Recuerdo que Julbe me tuvo que cambiar y me dijo que me relajara.

Para muchas cosas, ese carácter y ese ímpetu creo que me ayudó. Yo era un niño que jugaba al baloncesto en Sant Adrià, un niño extremeño que había ido a Cataluña con su familia porque su padre era profesor. Esa pasión por el basket y ese carácter me ayudó a conseguir el sueño en el que creía. Recuerdo que mi madre me decía que luchara y lo persiguiera. Sin embargo otras veces, ese carácter me hacía tener ese ímpetu… por ejemplo con lo de Laso, que Pablo no lo hizo con ninguna maldad, simplemente para marcar territorio de veterano y que somos el Madrid. Pero yo me lo tomé allí como… (risas). También era el ímpetu y la juventud del momento. Batallitas tenemos un montón. A medida que nos vamos haciendo mayores, seguramente tenemos muchísimas más.

¿Cómo era el trash talking en aquella época?

Ohhh!!! Djordjevic era duro. Yo me acuerdo más de los bases, pero también recuerdo a Arlauckas, cuando hacía el mate y se colgaba y te esperaba un poco a que pasaras por allí cerca. Y yo cabreado diciendo: “Como Arlauckas es americano, cuando hace esos mates y esos gestos nadie le dice nada. En cambio yo, como soy español, es que la quiero liar”. El trash talking con los bases era divertido, no nos callábamos. Por ejemplo, recuerdo que Djordjevic era un tío que jugaba y hablaba mucho, a veces cosas divertidas. También había encontronazos, pero te encarabas de otra manera. Ahora ves vídeos de cómo se contactaba, por decirlo suavemente, Norris y Fernando Martín y bueno… hoy en día eso no estaría permitido. Pero en aquel momento veías esos contactos en muchas situaciones.

Vaya bases había en tú época. Fuiste compañero de los Jofresa, Andre Turner… ¿También de Elmer Bennett aquellos meses en el TAU, o llegaste para sustituirlo porque se había lesionado? 

Fue por lesión suya, y el compañero que tenía en Vitoria era José Manuel Calderón, pero tampoco era muy bueno (risas). Entrenando con Calderón y Sergi Vidal en Vitoria, aunque fueron pocos meses, con Chapu Nocioni, Luis Scola, Foirest… Por suerte, he tenido muy buenos compañeros y muy buenos entrenadores a nivel de formación, y creo que en ACB también. Por ejemplo, tengo muy buen recuerdo de Manel Comas en la época de Valladolid, fue un entrenador con el que me lo pasé muy bien. Con Paco García me lo pasé fenomenal, también tuvimos nuestros altos y bajos por mi carácter, pero me lo pasé fenomenal jugando con él en Tenerife y en Valladolid. Y luego, cuando acabé mi periplo en la ACB y jugué dos años en LEB Oro, tengo muy buen recuerdo de Andreu Casadevall. Estuve dos años en Burgos, aunque uno lesionado, me lesioné la rodilla y estuve la mitad de temporada sin jugar. Allí coincidí con dos de mis mejores amigos, que son César Sanmartín y Carles Marco. Aquella media temporada estuve como un ayudante más, me acerqué mucho al trabajo de un entrenador y a la filosofía de Andreu. Y al año siguiente con Burgos hicimos una grandísima temporada. Tengo que reconocer que he tenido suerte porque he tenido muy buenos entrenadores. También he tenido suerte por los compañeros que he tenido en la misma posición, que me obligaron a subir el nivel. Evidentemente, el apoyo de mi familia está por encima de todo porque siempre ha existido, y eso es lo más bonito que hay. 

Creo que en alguna ocasión dijiste que eras un base difícil de llevar para los entrenadores. ¿Qué era lo que más te costaba acatar dentro de la dinámica de los equipos?

No creo que hubiera una causa específica, un poco iba con mi carácter. En los diferentes equipos que he estado, intentaba defender mucho al grupo, defender mucho al equipo. Pero a veces había situaciones en las que yo no quería, o no me sentía identificado, y contestaba más de lo que correspondía.

Saltabas.

Sí, a lo mejor saltaba más rápido, o no me callaba y decía lo que pensaba. Eso a veces podía estar bien, pero otras veces no era necesario porque al final la autoridad es del entrenador. Si no estaba de acuerdo con el entrenador, era mejor hablar con él en privado. No hacía falta que se lo dijera en mitad del entrenamiento. Eso lo aprendes a posteriori o después de diferentes charlas con entrenadores que he tenido. Con la gran mayoría de mis entrenadores, he tenido mis puntos de diversión absoluta y conexión máxima, pero también hubo épocas de alguna que otra discusión fuerte, aunque no había ningún motivo específico. También me enseñaron a sentir el baloncesto de manera muy impulsiva, como muy libre. Entonces (resopla)… me salía, saltaba, ¿sabes? Creo que yo no tenía ninguna maldad en ese momento, pero me salía. Si no estaba de acuerdo con algo saltaba. También había otros momentos en los que era necesario crear esa situación, porque a lo mejor teníamos que reaccionar, quizá no con el entrenador, sino con el compañero. El baloncesto es un deporte de contacto y en los entrenamientos también vamos a full. Hay días que se entiende un poco más el contacto, y otros días que se entendía menos. Pero nada que vaya más allá. En general, tengo muy buen recuerdo de los sitios en los que he estado y de las personas que he tenido alrededor, a nivel de staff técnico, compañeros y también de directivas.

¿Son Joan Plaza y Alfred Julbe los entrenadores que más te han marcado positivamente?

En categorías inferiores está claro que Joan Plaza y Jordi Cairó. Después, si solo me tuviese que quedar con uno a nivel profesional, a lo mejor Julbe porque fue el primero y porque con él sentía esa diversión y esa libertad jugando al baloncesto que era lo que me habían enseñado de pequeño, y con él lo podía trasladar al nivel profesional. Aunque creo que sería un poco injusto solo quedarme con ellos, porque también te he hablado de entrenadores que me han marcado por diferentes motivos. No obstante, Julbe estaría en la parte de arriba del podio, eso clarísimo, por esa libertad y por esa manera de sentir el basket.

Cantabria Lobos en la 01/02.

Fue una temporada con un grupo majísimo de jugadores. Pero tanto a nivel de equipo, de estructura y de club, no estábamos preparados para la liga ACB. Al final sufrimos y descendimos. Una pena porque el grupo humano era muy bueno. Coincidí con Salva Camps en el equipo, volví a coincidir con Dani García, Guillermo Rejón… Éramos un equipo que íbamos muy justito. Mejoramos un poco en la parte final de temporada con Moncho Monsalve de entrenador, otro histórico. También fue otra etapa de aprendizaje en muchos temas.

De ahí te marchas a Italia.

La experiencia en Italia fue espectacular. Tenía muchas ganas de jugar en algún momento en alguna liga extranjera, aunque en aquella época no era fácil porque la ACB era la mejor. Por entonces, no se estilaba tanto como hoy en día que tanto los jugadores y entrenadores españoles pudiéramos irnos al extranjero. Disfruté mucho de aquellos meses en Avellino, aquella temporada hice 6 meses en Italia y los últimos tres meses en Vitoria. La experiencia en Italia fue muy positiva por muchos motivos, a nivel deportivo coincidí con grandes jugadores. Además, conocí otra estructura y otro ambiente de baloncesto. Fue otra etapa de crecimiento que me sirvió para volver a la liga ACB unos meses con Baskonia.

TAU.

La estructura a nivel de club es un 10, pero el trato recibido un 100. Y deportivamente, un nivel de exigencia muy alto, muy competitivo. Con Dusko Ivanovic el nivel de exigencia era parecido al de Zeljko. Teníamos un equipo con gente joven, que después han sido jugadores top a nivel mundial, y te exigían un nivel de entrenamiento muy alto. Tengo muy buen recuerdo de aquel equipo y del nivel competitivo que éramos capaces de dar en los entrenamientos, que luego se trasladaba a la pista los fines de semana en los partidos. Pese a todo, no hicimos una grandísima temporada porque nos eliminaron en la Euroliga. Pero a nivel de juego, me sirvió para mejorar muchísimo. Competía en el día a día con José Manuel Calderón. Y luego tenía charlas con Elmer Bennett, o sea, tenía que haber sido muy tonto para no haber aprendido de esos momentos (risas).

Tenerife (03/04).

En Tenerife disfruté muchísimo del baloncesto. Éramos un equipo recién ascendido, dirigidos por Paco García. Creo que intentamos hacer, dentro de nuestras posibilidades, un baloncesto muy divertido. Con Paco nos reíamos mucho, le gustaba hacer pirulas, como decía yo, las entrenábamos y luego en el partido nos salían. Hacía muchas con Nacho Yáñez, que ya nos conocíamos del Fuenlabrada. Esa buena temporada me permitió fichar por Valladolid, con Manel Comas. Aquel año conseguí el título de máximo asistente de la liga ACB. A mí los títulos individuales en un deporte de equipo no me gustan…

Pero si hay un título que valore el juego de un base, ese es el de máximo asistente.

Correcto, me lo has quitado de la boca. Si hay un título para un base, y si hay un título para alguien que siente el baloncesto de la manera que yo lo he jugado desde pequeño, pues ese título era un poco cerrar el círculo. Significaba muchas cosas. Es de los pocos títulos individuales que remarco porque yo, sobre todo, me preocupaba por el grupo y a veces me implicaba demasiado y me llevaba algunas que no me correspondían. Lástima que el último año descendimos, porque Valladolid es un club histórico de nuestro baloncesto, fue una pena. En Valladolid tengo grandísimos amigos, como el doctor Javier Alonso, que es una de las personas que me enseñó a cómo te puedes desvivir por el club por el que realmente sientes esos colores. Él lo hacía y era capaz de transmitirlo a los jugadores. Cuando me rompí el tendón de Aquiles, Miguel Salcedo, el fisio del equipo, y Javier Alonso me ayudaron mucho en la recuperación, pero sobre todo me ayudaron mentalmente. No se estipulaba que yo pidiera o necesitara ayuda por mi salud mental, pero por ejemplo, en la recuperación del tendón de Aquiles, inconscientemente o conscientemente, ellos me la dieron y para mí fue muy válida y necesaria. Yo necesitaba ayuda y, aunque no sabía cómo pedirla, ellos me la dieron. A posteriori me di cuenta que Javier y Miguel me dieron un puntito más en mi capacidad mental del basket. Te lo quería contar, no me quería quedar con ello dentro.

El final de tu carrera.

Después de ahí estuve en Burgos, en LEB Oro, donde me encontré con Peter Lorant, un jugador húngaro que estuvo mucho tiempo allí y es muy buen amigo. El inicio fue duro, pero acabé disfrutando mucho del baloncesto en Burgos. Me gustó mucho tener esa sensación de disfrutar también en el final más profesional de mi carrera deportiva.

Luego acabé unos meses en Alcázar de San Juan, donde coincidí con gente muy joven.

En general, mi relación con el baloncesto es muy bonita. Puede sonar pedante a lo mejor, pero es lo que realmente siento.  

Tiene mucho mérito que llegaras y te mantuvieras en la élite, en una época en la que se puso de moda el basket control, con partidos a pocos puntos y posesiones largas. Esta manera de jugar no casaba mucho contigo.

Yo fui muy pesado en mantenerme fiel a mi estilo o a la manera en que yo sentía el baloncesto, aunque en aquella época, sobre todo en los primeros años, como bien dices, no se veían bases tan eléctricos. Eran bases más controladores, más directores y no tan eléctricos o con la intención de jugar tan rápido y al contraataque. Sin embargo, este estilo es el que me había hecho llegar a ser profesional. Es verdad que había un poco el pero de que te podían encasillar un poco en este estilo, también por la manera que yo tenía de celebrar las canastas, pues no eran del todo entendidas. También tengo que reconocer que mi estilo de juego me permitió llegar a la selección española, porque Lolo Sainz, teniendo a Nacho Rodríguez y Nacho Rodilla, buscaba un base diferente, y yo encajaba en ese perfil. Haber tenido de entrenador en mis primeros años de profesional a Alfred Julbe en la Penya, fue clave para poder mantener ese estilo.

Da la sensación de que tuviste que luchar demasiado para dar rienda suelta a tu estilo de juego.

Era un poco más difícil porque había un estilo de juego instaurado, más en Europa que en la ACB, un juego más lento, más pausado, más controlador… e intentar meter la cabeza ahí haciendo lo contrario, por una parte era difícil. Pero por otra parte, poquito a poco, también me dio un espacio, sobre todo llegando a la selección española, que era necesario en la combinación de tener tres bases en un equipo. Hubo que trabajar mucho y hubo que confiar mucho en uno mismo. Ahora, que entreno en categorías inferiores, valoro todavía más a los entrenadores que tuve, que me dejaron que me expresara de la manera que sentía el baloncesto y no me encorsetaron. Si me hubiese encontrado a algún entrenador que me hubiera encorsetado en la época de júnior o en los primeros años de profesional, a lo mejor no hubiera sido el tipo de jugador que fui.

¿Se te ha quedado grabada alguna frase de algún entrenador, compañero, rival… relacionada con tu manera de jugar al baloncesto?

Me gusta pensar que con la gran mayoría de los entrenadores que he tenido, he acabado teniendo una buena relación o una buena sintonía. No obstante, he pasado por momentos de discusiones, digamos intensas, con ellos porque en la pista y en el día a día tenía mucho carácter. Pero al final, con la mayoría de ellos he acabado teniendo buena sintonía. Muchas veces estas discusiones eran relacionadas con ese estilo de juego o con esas situaciones, de a lo mejor decir: “Pues ahora no tocaba hacer ese pase”. Y yo era como muy vehemente en mi defensa de ese estilo o de esos pases por detrás de la espalda, en lugar de pasarla de pecho. Hay una cosa que recuerdo, que se la cuento a él cuando nos vemos, me refiero a Lucio Angulo. Cuando estábamos en una convocatoria de la selección, creo que en Dinamarca, iba paseando con compañeros y Lucio Ángulo me iba hablando y va y me suelta: “Ostras, pero si eres buen tío”. Y yo: “Claro, ¿por qué no voy a ser buen tío?”. Él: “Hombre, es que a veces en la cancha, entre comillas, eres un poquito odioso” (risas). Claro, alguien celebrándote una canasta o sacándote la lengua… Yo crecí viendo mucho baloncesto y mi ídolo era Drazen Petrovic. Seguramente, en algunos momentos, consciente o inconscientemente, lo imitaba, salvando las distancias. Me hizo gracia cuando me vino un compañero de la selección, como Lucio Ángulo, y le salió decirme eso así de natural. También recuerdo que había algunos entrenadores que me echaban la bronca: “¡Deja de celebrar y ponte a defender más rápido!”. Es lo que recuerdo en relación a lo que me has preguntado.

En tus últimos años de profesional, coincides con un base de tu estilo, de los mejores que ha dado el baloncesto español, Sergio Rodríguez.

Me acuerdo que el primer año que jugó el Chacho en Estudiantes, el primer partido que nos enfrentamos, al acabar nos dimos la mano todos los jugadores, y cuando se la di a él le dije: “Sigue trabajando a tope y no dejes de ser fiel a tu estilo”. Seguramente Sergio Rodríguez ni se acuerde de esto, o quizá sí porque era joven. Teníamos un buen feeling las veces que coincidimos. Yo, en esos momentos, creía que era importante decirle algo así… el decirle: “No te encorsetes, deja que fluya”. Luego me lo volví a encontrar durante la época de Messina en Madrid. Me acuerdo que coincidimos en un campus en Tenerife, y yo me puse a hablar con él y le comenté lo que pensaba. Me hizo gracia porque Sergio decía: “Ostras. Si estuvieras en Madrid a lo mejor podíamos hacer algo juntos”. Creo que se refería a hacer algo como de entreno y tal. A lo mejor necesitaba un cambio y volver a sentir cosas que ya no sentía tanto. A pesar de todo, creo que la relación que tenía con Messina era buena.  

Entrevista publicada originalmente en la edición en papel de nuestra revista. Suscríbete a Gigantes para más entrevistas en profundidad

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