El Miudiño volverá a sonar en lo más alto: El regreso del Monbus Obradoiro a la Liga Endesa
Tras dos años en el barro, Obradoiro regresa a la categoría en la que jugó durante más de una década. Lo hace de la mano de un entrenador histórico, Diego Epifanio, que consuma su cuarto ascenso con cuatro equipos distintos.
En la tarde del 12 de mayo de 2024 se confirmaba el peor de los presagios. Se ponía punto y final a la trayectoria de Monbus Obradoiro en Liga Endesa. La tristeza, el dolor y, sobre todo, la incertidumbre se apoderaron de una afición que llevaba, nada más y nada menos, que trece temporadas consecutivas viendo baloncesto de élite en Santiago de Compostela. Por inercias del caprichoso deporte, la caída a los infiernos vendría acompañada de la salida de Moncho Fernández.
El porvenir del club se presentaba incierto. Había músculo para hacer un equipo poderoso, pero los antecedentes establecidos por Estudiantes, Gipuzkoa o Fuenlabrada imprimían un respeto mayúsculo sobre una categoría en auge. La importancia de acertar en el mercado se sumaba al compromiso de reverdecer un proyecto alineado con los objetivos.
Tras dos entrenadores —Gonzalo Rodríguez y Félix Alonso—, una liga regular marcada por la falta de continuidad y una plantilla con cambios ambiciosos, Obradoiro se chocó contra una realidad convulsa en su regreso a la liga. No pecó de falta de ambición, pero sí de una autoimpuesta y excesiva presión. La caída en play-off ante Palencia acabaría mutando la decepción en deseo de cara a escribir una nueva historia en el siguiente curso.
Artículo originalmente publicado en el número de Gigantes 1569 de junio de 2026
Esas grandes historias precisan de figuras relevantes y en esta categoría no hay mayor eminencia que Diego Epifanio. Como si se tratase de un mesías enviado al pueblo gallego, el técnico burgalés cogió las riendas del equipo compostelano tras dirigir a Leyma Coruña en ACB tras un ascenso heroico. Lo hizo con Burgos y también con Breogán, pero el hecho de lograrlo con un proyecto tan por debajo del radar engrandeció, más si cabe, su figura como entrenador. El encabezar la entidad de Fontes do Sar abría un nuevo paradigma en una competición tan competida e igualada..
El verano de los gallegos se dibujó bajo el axioma de construir una plantilla equilibrada. La continuidad de referentes como Barcello, Quintela y Galán ayudó a mantener la columna vertebral. Nuevas caras de la talla de Westermann, Brito, Andersson y Dos Anjos llamaban a dar un salto cualitativo. Y una ristra de soldados innegociables que acompañaron a Epi desde Coruña —Huskic, Lundqvist, Barrueta— aterrizaron como piezas que completarían el puzle de una de las plantillas, sobre el papel, más completas y ambiciosas de la la competición.
Con Leyma Coruña recién descendido, Estudiantes, Palencia y una avanzadilla de equipos que habían dado un salto cualitativo notorio, la lucha por el ascenso se asemejaba a un embudo de boquilla fina.
El equipo siempre fue ilusionante, pero ante el crudo examen que te pone el mes de octubre uno está obligado a pasarlo. Con la liga regular esperando a ser inaugurada, Monbus Obradoiro se presentó en Menorca con hambre, ilusiones y deseo por reflejar todo el trabajo que venía haciendo durante el verano. No obstante y por caprichos impertinentes del deporte de la pelota naranja el inicio no pudo ser peor. Con apenas dos cuartos jugados, Goran Huskic cortó la respiración de todos los presentes. Las dudas reinaron hasta confirmarse una dura lesión de rodilla del pívot serbio, destinado a ser uno de los principales flujos del baloncesto de Epi. La primera derrota de la temporada cogió forma y, con Goran fuera lo que restaba de temporada, los de Santiago estaban obligados a acudir al mercado.
La semana siguiente, un Obradoiro mermado cayó ante Grupo Alega Cantabria con una inmejorable carta de presentación de Jassel Pérez. Sar se enfriaba y las dudas empezaban a brotar. Dos derrotas consecutivas, con el dolor añadido por el contexto de caer en casa, que se manifestaron como un golpe a la entereza. Las caras nuevas requerían de tiempo para situarse en el encaje de bolillos del equipo y la paciencia debía vencer al miedo de verse alejados del resto de candidatos.
Hacía falta un refuerzo para suplir a Huskic. No tardó en llegar: Dejan Kravic, que había jugado con Estudiantes el curso anterior, se puso a las órdenes del equipo. Un perfil algo distinto al serbio, pero con capacidad de complementar a Dos Anjos de forma inmediata. Con Coruña, Estudiantes y Palencia intactos en sus resultados, los gallegos afrontarían en Gipuzkoa un duelo que acabaría cambiando el rumbo de la temporada. La dureza y las exigencias del partido llevaron al límite el marcador, que acabó decantándose en favor de los gallegos tras una prórroga que pudo haber acabado en drama. A partir de esa fecha, la tercera, Obradoiro no volvería a perder un partido hasta principios de año.
15-1 de balance desde enero. Epi había construido lo más parecido a una máquina. Una victoria espectacular ante Coruña en Navidad terminó por elevarles hasta la cima, abriéndose un abismo con el resto de candidatos. Solo quedaba un enemigo en el horizonte: sus vecinos, el equipo más en forma de la liga, al que nadie, salvo ellos, había podido doblegar en tres meses de competición.
Una semana después de esa cita clave, Obradoiro sufrió otro contratiempo. Un comunicado lanzado tras el encuentro ante Zamora confirmaba otro mal presagio: la lesión de Olle Lundqvist. El sueco terminaría por perderse lo restante de temporada, abriendo otra brecha emocional en un equipo que no paraba de mostrar resiliencia y adaptación en el mercado. Tras pescar en el río revuelto de Granada, aterrizó un Micah Speight que no tardó en mostrar su nivel. Prueba de ello es aquella inolvidable exhibición en la venganza de los gallegos ante Hestia Menorca en casa.
El plan siguió, sin perder el foco y sin mirar a lo que hacía Coruña. Su carácter competitivo se forjó desde el juego. Una propuesta que se ha argumentado desde el mejor ataque y una de las mejores defensas.
Un juego afinado desde el bloqueo directo, con perfiles versátiles para colapsar y cambiar en cualquier situación. Nunca importó el contexto ni la forma, solo la ambición y un ajuste sesudo de los roles. Durante la temporada hemos podido apreciar una de las mejores versiones de Barcello sin tener que acudir de manera recurrente a los puntos. El americano ejecutó y sirvió de catalizador en muchos tramos de temporada. Westermann explotó a placer, facilitado por dos interiores -Dos Anjos y Kravic- que se complementaron de forma autómata. Nutrir a Galán como pegamento y a Barrueta como ejecutor sin balón abrió un espacio idóneo para detonar el contexto de un Brito que fue decisivo desde la defensa multiposicional, la verticalidad y los puntos en el día D.
Sin embargo, es imposible desgranar a este Obradoiro sin recurrir a la figura de sus especialistas defensivos. No han sido pocas las ocasiones en las que hemos visto ese quinteto comandado por Quintela, acompañado por Brito, Andersson o Munnings, que cumplió con creces en su tardía incorporación, resquebrajaban al rival desde una defensa asfixiante, imponiendo una energía y un físico difícil de igualar.
Los datos no engañan. Mejor eficiencia ofensiva y segunda mejor defensa y líderes en asistencias y robos. Un equipo con mil aristas, sin debilidades y con un nivel de juego que no se ha puesto en valor hasta usurpar el primer puesto a un Leyma Coruña que pareció invencible con esa propuesta moderna y viva.
Nada es casualidad, este ascenso tampoco. Las buenas piezas han venido acompañadas de una filosofía de juego completa. Tutelada por un Diego Epifanio que se sobrepuso a todo a partir del liderazgo tranquilo, la gestión y la cabeza. Una nueva confirmación tras su cuarto ascenso, devolviendo el Miudiño a la ACB y con el deseo de que se siga coreando durante muchos años.
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