Amor y odio en James Harden, por Álvaro Paricio
Campeón olímpico y del mundo, MVP de la NBA y uno de los 10 máximos anotadores históricos de la liga. James Harden reúne logros para ser un futuro miembro del Hall of Fame y, sin embargo, todavía su peculiar baloncesto despierta la controversia a la par que su figura es mirada con cierto desdén. Analizamos el porqué de esta dualidad entre estrella y crítica
Artículo originalmente publicado en el número 1564 correspondiente a enero de 2026
Cuando cogió el teléfono, James Harden sabía que no sería una videollamada sencilla. Tenía la misión de levantar el ánimo con palabras cuando la desazón se había apoderado de John. Tiró del más universal del repertorio de mensajes positivos y una promesa: la de verse cuando saliera del hospital. Conmocionado por poder ver y escuchar a la persona que tanto admiraba, John no pudo reprimir las lágrimas. Aquella llamada sirvió de bálsamo para un alma lacerada.
La vida de Yukai «John» Hao transcurría como la de cualquier otro joven universitario. Había viajado de China a Estados Unidos para estudiar y disfrutaba de cada momento de libertad que suponía la vida en el campus. Sin embargo, ese idílico momento cambió bruscamente el 13 de febrero de 2023, cuando fue una de las víctimas del tiroteo que aconteció en la Universidad de Michigan State. Aquel fue uno de los 660 tiroteos que se produjeron en Estados Unidos ese año. En un espacio reservado para el conocimiento, la libertad y la paz, un perturbado mató a tres estudiantes e hirió a otros cinco. John salvó la vida, pero el disparo recibido por la espalda le dejó paralizado de cintura para abajo.
Conocedor de la tragedia y de la especial simpatía que le profesaba, Harden ayudó a pagar los costes hospitalarios y se puso en contacto con John en un momento en el que tenía el corazón desgarrado. Después vendría el encuentro en persona durante un partido de playoffs cumpliendo lo prometido.
Lo mediático del suceso y la conmovedora respuesta de la estrella de la NBA acapararon titulares durante días. Sin embargo, quienes conocen su trayectoria saben que aquel gesto no fue una acción aislada ni parte de un guion preparado para blanquear su imagen. A través de su fundación, Impact13 Foundation, Harden lleva años impulsando iniciativas benéficas, especialmente centradas en la infancia y en zonas desfavorecidas. Es una faceta humana que a menudo pasa por debajo del radar y que se aleja del relato público que se ha construido alrededor de su persona. Durante años, el jugador ha cargado con una narrativa interesada en ver las sombras de su figura pública y en cuestionar y criticar su relevancia deportiva.
Todos odian a James
La figura de James Harden no deja de ser paradigmática en la medida en que ha despertado en el aficionado toda la paleta cromática de las emociones. Arrancó su carrera siendo un jugador simpático que impactó positivamente a la liga, su juego le convirtió en una superestrella con imagen icónica, pero, cuando estaba en la cima, todo se enturbió. La sociedad ansía ídolos, pero a la par los devora si estos no comulgan con la ortodoxia predominante y, en un mundo como la NBA donde la vanidad se consume a toneladas, el éxito (y la personalidad) de Harden comenzó a granjearle más enemigos de los que su juego aparentemente merecía.
La piedra fundacional de la feroz diatriba hacia su figura se encuentra en las Finales de 2012. Era el sexto hombre de un equipo que irradiaba frescura, pero su escasa aportación en la serie frente a Miami Heat (promedió 12,4 puntos, cuatro menos que en liga regular) despertó las primeras voces contrarias a su juego. Deseoso de abrir nuevos horizontes y explorar límites en su juego, decidió ser la cabeza de ratón en un equipo en reconstrucción como era Houston Rockets.
Fueron años de bonanza, donde deslumbró con un juego individual difícil de descifrar para las defensas. Se convirtió en un anotador compulsivo capaz de anotar en inverosímiles situaciones. Patentando nuevas formas de anotar, Harden ayudó a rediseñar el juego. Pero precisamente esa capacidad de innovar y estar en la vanguardia de un nuevo juego ofensivo le granjearon nuevas enemistades y numerosas críticas. Ser un jugador disruptivo provocó que el statu quo de la liga alzara la voz por las faltas que sacaba en sus penetraciones echando el cuerpo adelante o, sobre todo, por las que provocaban sus triples con paso atrás. Los pequeños engaños son parte intrínseca del baloncesto, cada jugador tiene su propia amalgama de trucos y él supo diseñar estrategias de juego para confundir a árbitros y rivales. Durante seis temporadas consecutivas, sus argucias con el balón le hicieron promediar más de 10 faltas por partido y, claro está, esto indujo a que se multiplicaran las dudas sobre la legalidad de sus acciones.
El establishment de la liga impulsó la creación de una norma anti-Harden, con la que no sancionar las faltas provocadas de manera no natural en acciones de tiro. Con el jugador en el punto de mira por las acciones donde se abalanzaba sobre defensores, los agarraba del brazo o sacaba faltas de tiro sin estar en acción de tiro, se convirtió en un jugador hierático. Imagen que el propio jugador alimentó durante años siendo esquivo con la prensa, y con absurdas decisiones y comportamientos difícilmente explicables (se rumoreó que un club de striptease “retiró” su camiseta en homenaje al millón de dólares que se gastó en él) que se iniciaron en su etapa final en Houston.
Harden puso contra las cuerdas a uno de los mejores equipos de la historia de la NBA. Llevó a Golden State Warriors a siete partidos en los playoffs de 2018, pero harto de quedarse sin el premio del anillo o de las Finales, decidió unilateralmente que su etapa en Houston había concluido. Llegó siendo el mejor sexto hombre de la liga y en seis años colocó a los Rockets a un paso de las Finales el año en el que fue nombrado MVP de la liga.
No conseguirlo generó frustración y el deseo de buscar otros caminos para alcanzar el deseado anillo. Sin embargo, lo hizo de forma errónea (aunque no fue ni la primera ni la última estrella que lo hizo), con una especie de huelga de brazos caídos donde su sobrepeso comenzó a llamar la atención. Su estado de forma ha sido observado con lupa e incluso se habló de que antes de ser traspasado a Brooklyn usó un fat suit para forzar su salida. No fue la última vez que su peculiar metabolismo y escasa voluntad para llevar una correcta dieta provocaron que muchos alzaran la voz sobre su profesionalidad. Antes de llegar a Philadelphia y también este mismo verano, su sobrepeso ha sido una cuestión subyacente.
La guadaña de la diatriba periodística estaba más afilada con Harden que con otros compañeros y su breve relación con Khloe Kardashian no hizo más que empeorar la imagen pública del jugador. Él, mientras tanto, sonreía tranquilamente ante la altiva mirada de quienes le criticaban.
Amar al baloncesto es querer a Harden
Lo curioso de la carrera de James Harden es que no es extraña a ojos del veterano seguidor al baloncesto. Su trayectoria repica un patrón conocido por otras estrellas contemporáneas: Michael Jordan, Kobe Bryant, LeBron James… todos ellos recibieron un reguero de críticas durante su ascensión al estrellato. Solo Stephen Curry, el chico bueno de la NBA, se salvó del axioma según el cual a mayor grandeza individual, mayor es el haterismo colectivo… hasta doblegar la curva del odio.
Como sus predecesores, Harden ha ido modulando sus intervenciones fuera de las pistas de juego (ha dejado atrás ciertas aficiones y ahora vive una relación estable con Paije Speights con la que espera un hijo, el segundo para él) y sobre el parqué ha templado su juego individualista para dotarlo de un sentido más global desde la posición de base que actualmente desempeña.
En plena madurez personal y competitiva, ha ido dejando sin argumentos a la crítica y su juego gana adeptos entre la prensa y los aficionados. Donde antes solo se veía egoísmo ofensivo y desidia defensiva, ahora se destaca su astucia, inteligencia y picardía baloncestística. Una transformación silenciosa que reivindica la evolución de un jugador de bote hipnótico de múltiples velocidades y en el que la más efectiva nunca es la más rápida.
La Barba ha elevado a la categoría de arte un estilo con marca propia: manejo de balón parsimonioso y pasos lentos, casi perezosos, como si cada zancada fuese un pequeño desafío a la lógica del juego. El uno contra uno de James Harden es, en realidad, su primer truco: una ilusión cuidadosamente construida. Como un prestidigitador que conoce el ritmo exacto del asombro, invita a la defensa a creer que lo tiene bajo su control, que su aparente calma es una rendición anticipada. Pero la verdad es otra, siempre otra, y él se encarga de revelarla en el instante en que decide atacar el aro. Ahí, justo cuando el defensor exhala y baja un milímetro la guardia, Harden convierte la pausa en puñalada. Anota, desestabiliza, fuerza la falta… o firma, con una naturalidad que desconcierta, ambas cosas a la vez. La lista de damnificados por su step back es interminable y cuenta con ilustres jugadores que quedaron retratados en la hemeroteca de los agravios baloncestísticos que la estrella angelina lleva escribiendo durante años.
Recientemente, James Harden se ha colado entre los 10 máximos anotadores en la historia de la NBA y se encuentra a apenas 500 asistencias de hacer lo mismo en esa categoría. De conseguirlo, sería el único junto a LeBron James en estar en ambas clasificaciones. Pese a ello, puede ser que nunca llegue a estar en el debate de los más grandes y que muchos renieguen de su legado. Sin embargo, negar que James Harden es un talento generacional sería faltar a la verdad.
Un jugador que, con un estilo muy personal, ha ampliado el espectro ofensivo del baloncesto en las dos últimas décadas. La crítica a su laxa defensa (él nunca escondió su poco interés por aplicarse en defensa) ha bajado de decibelios e incluso ya se aplaude la astucia para forzar faltas o meter la mano en el momento oportuno y robar balones. Y puede que no logre el ansiado título de campeón, pero son cada vez más jugadores quienes reniegan del anillo como la única vara de medir la grandeza de un jugador.
Sin todavía alcanzar el reconocimiento que su juego y logros han cosechado, la realidad es que James Harden es un jugador en paz consigo mismo. Nunca pareció importarle el ruido exterior, pero ahora, además, acepta mejor aquello que escapa a su control. Un equilibrio interior y exterior que se percibe, y que le ha valido granjearse la aceptación de un mayor número de aficionados y expertos. Es como si después de las turbulencias, la calma hubiera traído la paz y se hubiera firmado el armisticio con un jugador al que aceptan con todas sus particularidades. Al final, quizá James Harden simplemente sea ese villano honesto en el que el baloncesto puede confiar.
Foto: Getty Images
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