La pausa mental de Ricky Rubio, por Faustino Sáez

“He decidido parar mi actividad profesional para cuidar mi salud mental. Quiero agradecer todo el apoyo que he recibido de la FEB para entender mi decisión. Hoy La Familia tiene más sentido que nunca. Gracias. Pediría que se respetara mi privacidad para poder afrontar estos momentos”, dejó escrito Ricky Rubio a 20 días del Mundial. Antes lo hicieron Simone Biles, Michael Phelps, Liz Cambage, Kevin Love, Naomi Osaka y Álex Abrines entre otros. Ejemplos inspiradores dentro y fuera de la competición que ayudan a entender y normalizar la importancia del amparo psicológico, sin tabúes, en el deporte de élite y en la vida

El gran avance en la educación emocional de la sociedad actual ha sido asociar la valentía a la expresión abierta de la vulnerabilidad, los miedos y las emociones; a la petición de ayuda profesional ante los derrumbes conscientes; a la decisión de parar cuando la cabeza reclama una tregua. Frente a la antigua escuela de la represión anímica y la fortaleza insensible, ahora a los valientes se les mide por su transparencia y sensibilidad. Y los deportistas de élite se han convertido también en un espejo en el cuidado de la salud mental. Con esa necesidad de pausa, el 5 de agosto, diez días después del comienzo de la preparación mundialista y a tres semanas del comienzo del torneo, Ricky decidió salir de la turbina competitiva para gestionar la nube negra. Sin fecha de regreso.

El MVP indiscutible del Mundial de 2019 (con 16,4 puntos, 6 asistencias, 4,6 rebotes y 17,5 de valoración) y máximo anotador de los Juegos de Tokio en 2021, con 25,5 puntos de media por partido (por delante de los 23,8 de Luka Doncic), recogió su maleta de sueños y cambió el destino de Yakarta (Indonesia) por el de su casa en Barcelona ante la desazón de sus compañeros. “Me duele no haberme dado cuenta de que estaba mal. Me faltó darle un abrazo. Lo necesitaba y no fuimos capaces de verlo”, lamentó el capitán Rudy Fernández, compañero de habitación y amigo de Ricky. “No me veo capaz de afrontar el reto. No estoy bien”, le confesó el base del Masnou, de 32 años, a Sergio Scariolo cuando le sobrevino el apagón. “Ricky es más que un jugador para mí y las personas están por encima de los resultados. Por eso admiro su trasparencia y, a través de ella, su capacidad, una vez más, de liderar con el ejemplo”, expresó el seleccionador tras la noticia.

“Estoy con ganas de selección”, había declarado Ricky en junio, mientras presenciaba en el Olímpic el tercer encuentro de la semifinal de la ACB entre la Penya y el Madrid. Un hambre de baloncesto marcado por una temporada corta, de apenas 30 partidos tras superar 380 días de baja por su segunda lesión grave de rodilla. La primera, en 2012, le hizo perderse los Juegos de Londres. La de diciembre de 2021 le dejó fuera del pasado Eurobasket. “Apenas he tenido vacaciones porque he estado trabajando duro, pero aún me queda físicamente”, explicó aquel día en Badalona. Pero las ganas y el trabajo acumulado se truncaron en los primeros días de la preparación. Ni la visita a los entrenamientos en Madrid de Raúl López, ídolo, entrenador personal y confesor de Ricky, logró rescatarle del trance.

Genio precoz, Ricky Rubio devoró el camino a la madurez por exigencias del talento y de la vida. Antes de cumplir la mayoría de edad ya tenía una plata olímpica con la selección y sin llegar a los 20 era campeón de Europa con el Barça. “Alguno pensó que iba a los Juegos de 2008 porque era protegido mío. A los dos días de verle entrenar acabó con esa teoría. Luego, con las lesiones de Raúl López y Calderón, le tocó jugar 29 minutos en la final y tuteó a uno de los mejores equipos de la historia de EE UU”, rememora siempre Aíto García Reneses, el técnico que le convirtió en el debutante más joven de la historia ACB con 14 años, 11 meses y 24 días con el Joventut. Preludio de una carrera con una cronología abrumadora. Ricky llegó a la NBA en 2011, con 21 años recién cumplidos, y pese a los vaivenes entre franquicias (Minnesota, Utah, Phoenix, Minnesota y Cleveland), las desgracias y las lesiones, se ha ganado el respeto y el reconocimiento de la liga. Never too high, never too low es su mantra inspirador.

En 12 temporadas en la NBA se ha convertido en el décimo jugador en activo que más asistencias ha repartido y en el segundo que más balones ha recuperado, solo por detrás de Chris Paul. El oficio por encima de los cambalaches. “Vaya negocio”, tuiteó Ricky cuando supo que los Suns lo habían intercambiado precisamente por Chris Paul en 2020. Para entonces, la vida ya le había curado de espanto. El fallecimiento de su madre, Tona Vives, en 2016 a los 56 años por un cáncer de pulmón; y el de su entrenador en Minnesota, Flip Saunders, un año antes por un linfoma de Hodgkin, con 60 años, supusieron una durísima sacudida emocional. “La temporada en la que murió Flip y a mi madre le reapareció el cáncer que la habían diagnosticado en 2012 fue un infierno. Cuando alguien al que amas muere, es como si te envolviera una niebla. Me sentí desorientado”, contó Ricky años después para rememorar la etapa en la que estuvo a punto de abandonar el baloncesto. “No lo podría llamar depresión porque nunca me llegaron a diagnosticar nada, pero sí que fue una llamada. No podía dormir por las noches, pero al día siguiente seguía jugando”, explicó hace unos meses durante un acto de su fundación, la que creó en 2018 para luchar contra la enfermedad que también se llevó a sus abuelos, María Rosa y Vicente, cuando él era un niño.

Ese niño que siempre se movió siempre en un mundo de gigantes y que tuvo que realizar un profundo trabajo personal para sostener semejante presión. “Su cabeza le llevó a superar todas las adversidades, a recuperar su esencia de juego y la capacidad anotadora, a aguantar la exigencia de la élite y a no dudar de sí mismo”, analizaba Aíto antes del Mundial de 2019 en el que Ricky se coronó para la eternidad. “Me he trabajado mucho. Estar en el foco mediático todo el día es difícil y la meditación me ayuda mucho a ello”, explicaba el propio Ricky, el que más creyó en la conquistada de la segunda estrella, en el mismo Wukasong Sports Center de Pekín donde España se colgó aquella plata gloriosa en los Juegos de 2008. “La mente es muy poderosa. Te puede poner límites, pero también te permite sobrepasarlos si trabajas y estás preparado para ello. Por eso siempre hay que soñar a lo grande”, dejó dicho Ricky en la víspera de la final frente a Argentina.

Antes de la siguiente gran cita, en Tokio 2021, el base de los Cavaliers se planteó la renuncia a la selección por la saturación mental de la temporada y el deseo de disfrutar de la paternidad. “Le dije a Scariolo que tirasen sin mí. Pero me costaba mucho incluso dormir y mi mujer, que me conoce mejor que nadie, me convenció para ir”, contó en El País. En aquella ocasión, el semáforo psicológico se puso en verde a tiempo para competir. Esta vez, se paró en rojo. “Hay quien sostiene que ahora los deportistas son más débiles que antes. Yo, porque lo he vivido personalmente, creo que la barrera entre seguir y parar nadie la conoce mejor que uno mismo. Cuando ese problema se hace recurrente hay que tratarlo con psicólogos. Yo lo hice y me fue muy bien”, explicó en enero de 2022 en una entrevista en La Vanguardia en la que también reveló su manera de buscar la luz entre las tinieblas. “Cuando el deseo de jugar se oscurece y aparecen las dudas regreso al niño que fui, al que disfrutaba muchísimo jugando y se apasionó por el baloncesto. Siempre pienso que lo mejor está por llegar”. Palabra de Ricky Rubio. Un ser de luz.

Foto: FEB / A.Nevado