Michael Jordan, ‘El superhombre’, por Gonzalo Vázquez

Michael Jordan, ‘El superhombre’, por Gonzalo Vázquez

Michael Jordan fue protagonista en el número 1496, un especial de mayo de 2020 del que ahora os regalamos este artículo que escribió Gonzalo Vázquez. Si no te hiciste con ese número puedes conseguirlo aquí

Las hagiografías de las grandes leyendas coinciden en destacar una serie de virtudes que, pudiendo ser ciertas, corren el riesgo de repetirse como estribillos genéricos laminando las diferencias que más importan.

En esos talentos superiores el liderazgo, la competitividad y el trabajo actúan como ejemplares atajos a la gloria. Son cualidades que resumen bien, pero que no pueden completar el cuadro de deportistas de veras insólitos. En ellos tiene que haber algo, una clave interior, un germen único, que los distinga de otros grandes. Por eso llama la atención que en Michael Jordan, el mito más biografiado de todos, rara vez fuera así y que debería ocupar siempre las primeras líneas.

Ejemplares atléticos en torno a los dos metros el baloncesto ha visto miles. Pero ninguno al nivel de Michael Jordan, por lo que además de mente y trabajo, válidos para Kobe Bryant, su caso debía encerrar algún factor más velado y oculto, algún rasgo para cuya revelación fuera necesario adentrarse en el terreno de lo invisible. Y este era precisamente el misterio que impulsó a Pat Williams en su libro How to Be Like Mike.

Durante su elaboración Williams, que había ocupado una década la dirección deportiva en los Magic, tuvo una vez la oportunidad de montar en el bus del equipo y sentarse, con toda la idea, junto a B.J. Armstrong. El ejecutivo llevaba encima una carpeta con su manuscrito, y durante el trayecto de Boston a Nueva York que encadenaba dos partidos, pidió al excompañero de Jordan si podía echar un vistazo a los once capítulos que ya había completado. Armstrong lo hizo y se animó después a darle su impresión en una charla que se prolongó durante la noche. “Está bien –le dijo–. Creo que capta la esencia de Michael, pero he echado en falta el factor más importante de todos: la concentración. Su habilidad para aislarse por completo de todo aquello que no fuera su objetivo”.

Armstrong le añadió diversos ejemplos que el autor fue apuntando hasta que a las dos de la mañana el vehículo se detuvo frente al hotel. De madrugada, en su habitación, un impresionado Williams pasó a limpio aquellos apuntes, que alterarían el rumbo del libro desde su primer capítulo, al que tituló “El túnel”.

Innumerables semblanzas de Jordan pasan de puntillas, como si hacerlo le causara daño, su anómala condición genética, para empezar, irreconocible en su genealogía familiar. Se admiten, por supuesto, sus condiciones atléticas como superlativas en toda su extensión. Su capacidad de salto, por ejemplo, recogida en su eterno sobrenombre Air, sigue ocupando un espacio hegemónico como el prototipo mejor diseñado para la improvisación dinámica en el aire que el baloncesto haya visto.

Ya muchos de sus contemporáneos, sedientos de imperativo físico en el desarrollo de sus recursos, buscaban compensar sus deficiencias con la modelación artificial del cuerpo. En Jordan, sin omitir sus colosales sacrificios de gimnasio, milimétricamente medidos por Tim Grover,era un don natural, incluso excesivo y confuso en términos biométricos. Al punto de que una de las viejas leyendas en torno a su figura tenía una base real.

Cualidades únicas en Michael Jordan

JordanEl director del departamento de rendimiento de la Universidad de Northeastern Illinois, el doctor George Lesmes, no fue el único especialista en dejar por escrito su asombro por el porcentaje de grasa de Jordan como inhumanamente bajo. Michael Jordan sería, de hecho, una razón objetiva para cuestionar las técnicas de medición aun cuando fue sometido al pesaje hidrostático con los mismos resultados. En los extremos de mayor obesidad Lesmes había observado densidades del 50%. El promedio de las personas llamadas normales oscila entre el 15-20%.

Pat Riley: «En todos mis años frente a Jordan, nunca pude encontrarle una sola vía de agua. Era inatacable»

El promedio de los atletas profesionales varía entre un 79%. El porcentaje de Michael Jordan descendía hasta el 4%, inferior al de profesionales del maratón. Lo imposible en su caso era el gasto energético en una proporción de grasa de un folio. “Pongamos que alguien quiere rendir como Jordan. Pues con ese porcentaje –subrayaría el doctor– un 99.4% de la población mundial queda completamente descartado”. No es de extrañar que el neurólogo Harold Klawans, en su obra Why Michael Couldn’t Hit, refiriese su apariencia más sobrenatural como “atletismo trascendente”.

Una de las curiosidades menos conocidas de su legado se adentra incluso en la nomenclatura científica. Su legendaria capacidad de salto inspiró a dos especialistas en biología celular de la Universidad de Washington, los doctores David Kirk y Stephen Miller, a bautizar con su nombre a un tipo de genes, los transposones, que saltan de una posición a otra en el genoma de una célula y que serían conocidos en la comunidad científica como“genes saltarines”. Dentro de su genética más visible, tampoco se valora en justicia que el tamaño de sus manos fue el más grande visto nunca para una talla inferior a los dos metros. Sus medidas (24.7 x 28.9 cm) se ajustaban en proporción a estaturas (2.36 x 2.44 m) más propias de la acromegalia.

No en vano sus manos eran más grandes que las de, por ejemplo, Abdul-Jabbar, Shaq, Adams o Gobert. La maniobrabilidad de aquellas ventosas en el cuerpo más dinámico imaginable proporcionaron a Jordan una de sus ventajas más subestimadas, lo que Phil Jackson sí supo valorar: “Precisamente por ellas podía hacer cuanto su cabeza visualizaba poder hacer”.

Concentración: visión túnel

Sin embargo, su mayor misterio ocupaba las profundidades de la psique y se traducía, como había confesado Armstrong, en la más pura concentración. Los maníacos ceremoniales que el mundo conoce en Rafael Nadal apenas se mencionan en Michael Jordan, cuando pocos rasgos le acompañaron con mayor obstinación y motivo. Uno de los primeros en destacarlos fue el publicista de los Bulls, Tom Smithburg. A pocos minutos de saltar a escena, sobrevenía un momento en que “Michael encendía un interruptor que corría unas cortinas a la realidad dejando únicamente el baloncesto”. Sus compañeros eran testigos de aquellas rutinas: igualar con precisión sus medias y cordones, ajustarse milimétricamente el calzón, equilibrar la simetría de sus tirantes y uniformarse, en suma, como la armadura de un robot.

Era sólo la apertura de lo que Smithburg refería en forma “visión túnel” que conseguía aislarlo incluso del ruido.“En esos momentos sentías que ya estaba dentro” y no había nada que hacer. Cualquier gesto lo probaba. El fotógrafo del equipo, Bill Smith, en su habitual sesión prepartido, recibía siempre la misma pregunta. “¿Cuántas vas a hacer?”. Podían ser diez o quince, y Michael seguía a lo suyo, incluso dándole alejado la espalda, hasta detenerlo en la cifra prevista. “Llevaba la cuenta –se sorprendía Smith–, una a una”. Y no sabía cómo. Si algún factor externo debía interferir, Jordan lo absorbía en su rutina, exigiendo un estricto cumplimiento. Si la NBC emitía sus partidos, la entrevista previa era invariablemente suya. Cuando una vez no lo fue, Michael corrió a la posición de Marv Albert. “¿Por qué no me habéis entrevistado? –inquirió molesto– Me has roto la rutina”. En su aislamiento nadie alcanzaba a descifrar sus pasos.

¿Por qué temer un tiro que aún no se ha lanzado? Su CONCENTRACIÓN le aislaba del miedo en las jugadas decisivas

En una ocasión, minutos antes de un partido de playoffs, el colegiado Wally Rooney tuvo que regresar al vestuario arbitral y, al abrir la puerta, encontró sentado a Michael, mirando absorto al suelo. “¿Pero qué haces aquí?”. Porque allí no se podía estar y aún le extrañó más que Michael tardara en detectar su presencia. “Tenía que aislarme”. No era una disculpa. Hasta ver finalizado el partido su confinamiento mental no expiraba ni aflojaba un ápice. Antes bien, se intensificaba en paralelo a la presión.

Por eso en su legado pocos arquetipos igualan a sus canastas ganadoras. Durante esos segundos su “visión túnel” adquiría su máxima expresión, quedando a salvo del bombardeo de estímulos circundante, como una voluntaria privación sensorial.Cuando Mark Vancil, para su libro Driven From Within, tuvo ocasión de preguntar a Jordan cómo era posible que el miedo, natural en los demás, no hiciera acto de presencia en esos momentos, su respuesta parecía un epitafio: “Por qué temer un tiro que aún no se ha lanzado”. Vancil lo resumía entonces: “Se agitaba por la vida al exacto paso del tiempo. Su destreza para concentrarse en la ejecución del momento era sobrenatural”. Michael Jordan hizo saber a quienes lo conocieron que el mañana no existía; que todo lo importante lo resumía el aquí y el ahora.

Ésta fue también la razón de que, también en su carrera comercial, Michael Jordan fuera celebrado por los publicistas por completar la grabación correcta en la primera toma, cuando el resto de estrellas repetían decenas. Todo era cuestión de concentrarse. En los prolegómenos del tercer partido de las Finales de 1997, el Delta Center había adquirido ya su aspecto más monstruoso, un temporal de decibelios capaz de reventar tímpanos. Scott Layden, entonces director de los Jazz, sigue sin olvidar la imagen de Jordan estirando sobre el parqué “perdido en su meditación”, como quien toma el sol en la playa. Cinco días después, sobre el mismo escenario, The Flu Game sólo puede ser explicado a través de una privación sensorial sobrehumana.

Singularidad inexplicable en Michael Jordan

No obstante, en Jordan es posible alcanzar capas más desconocidas y profundas. De entre los más selectos testigos de sus poderes ocultos uno de los más reputados es el doctor Tracy Williams, un especialista en optometría que trabajó durante años para White Sox y Bulls, como posteriormente lo haría David Orth –juntos diseñaron las gafas de Horace Grant–, especialista en retina, y aún más activo que Williams en estudios de campo con los jugadores a través de multitud de ensayos psicotécnicos en los que Jordan arrasaría revelando asombrosos grados de relajación y destreza. En una ocasión el doctor Williams sometió a la plantilla al popular test de Snellen, que identifica la agudeza visual mediante un panel con letras de diferentes tamaños a determinada distancia.

De costumbre Grant y Pippen eran los más problemáticos. Los ojos de Pippen parecían los más sensibles al contacto y la nitidez de su visión flaqueaba. Pero esta vez era el turno de Scott Williams, que acertando con más o menos esfuerzo las líneas superiores, se detuvo sin remedio en la inferior, de letras más pequeñas. Recostado cómodamente Jordan ocupaba un asiento metro y medio detrás. “Vamos, Scott, no me digas que no puedes”. Pero Scott no arrancaba y Jordan no esperó más, recitando de corrido la línea más difícil cuando su distancia era muy superior a la requerida. No obstante, su extraordinaria visión no cogía al oftalmólogo de nuevas. Donde sí lo hizo fue en otro ensayo general para el que dejó a Michael Jordan el último.

Sus cualidades físicas fueron asombrosas. Pero es la PROFUNDIDAD DE SU PSIQUE la que le llevó a otra dimensión

La prueba consistía en iluminar un panel que contenía siete números aleatorios. Cuando vio que Jordan no fallaba ninguno, el doctor redujo el tiempo de iluminación a una décima de segundo, esto es, un fogonazo. Jordan acertó a la primera. “Como no podía creerlo –recordaba Williams–, lo hice una segunda vez con una nueva secuencia”.

Jordan volvió a acertar y repitió una tercera haciendo pleno. Ninguno de sus compañeros, en ese último lapso, atinó con menos de tres intentos. Años más tarde, consciente de una singularidad que lo convertía en sujeto de estudio, el doctor David Orth fue aún más lejos, como si quisiera probar dónde residían sus límites. Orth rebajó el tiempo de exposición de una secuencia numérica reducida a una centésima, que restallaba con la intensidad de un flash.

Mientras la respuesta de los demás jugadores era el silencio o el azar, Jordan era capaz de retener varios dígitos que de veras aparecían en pantalla. Orth no tenía explicación, como si no fuera posible. “Cuando realizábamos pruebas en las que se ponía en juego la concentración, Michael sobresalía en todas. En los demás había que ralentizar o repetirlo varias veces. En Michael no –relataba al Tribune en 2008–. Lo que encerraba esa porción cerebral era lo que en verdad le separaba del resto de los mortales”. Tiempo de reacción, persistencia retiniana, vector visual, frecuencia cardíaca. Predominaba en todas.

Era como si su física interna probara desde la raíz toda su manifestación exterior. Y hoy, con la cómoda perspectiva del tiempo, cabría preguntarse si las mayores dotaciones de tamaño y fuerza que haya conocido el baloncesto son de algún modo comparables a los rasgos invisibles de aquel superhombre. Porque de los visibles no queda nada por explorar.

Foto: Getty Images