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Di mi nombre. Crónica del España-Francia, por Andrés Monje

Di mi nombre. Crónica del España-Francia, por Andrés Monje

Más allá del triunfo y la derrota, muchas veces separados por el grosor de un alfiler, no existen demasiadas sensaciones más fascinantes en deporte que el respeto que se tributa al dominador. Sobre todo el ajeno, el que le muestra su adversario. Ese temor que provoca su presencia, esa forma de condicionar todo lo que tiene alrededor, ese aura de imbatibilidad.

Es esa la dimensión histórica que ha alcanzado la España de Pau Gasol.

Ser un equipo de época. Con opción -como todos- de vencer y ser vencido pero unánimemente considerado como una cumbre de lo competitivo, un bloque que llegados los momentos cruciales jamás quieres ver. Ante Francia, en los cuartos de final de la cita olímpica, el conjunto de Scariolo volvió a demostrar su condición (92-67). La de ser mucho más que un equipo de baloncesto.

Salió a pista, miró a los ojos de su viejo rival y con su alter ego caníbal, el que bien reflejaba Heisenberg en la serie ‘Breaking Bad’, susurró tres palabras que eclipsaron todo lo demás.

“Di mi nombre”.

Fue el comienzo del fin galo. Ahí su cabeza recordó todos los fantasmas de antaño, todas las batallas perdidas, todas las frustraciones acumuladas. España pasó por encima de Francia sin prisa pero sin pausa, demoliendo por completo a una generación a la que ha forzado a la camisa de fuerza. Si esta España no existiera, la leyenda de Francia seguramente sería mucho mayor. Pero esta España sigue existiendo. Se niega a acabar. Este viernes jugará las semifinales olímpicas, buscando una presea más para su colección y la última deuda histórica con una generación irrepetible.

Aún con el recuerdo de lo sucedido en Lille hace once meses, Collet mostró de inicio un plan totalmente condicionado por la presencia de Pau Gasol. Y fue su perdición. Lo fue porque Gasol no necesitó anotar en ataque (acabó con 5 puntos) para generar infinitos espacios a su perímetro (cuatro hombres abiertos, con Mirotic en pista) y éste lo supo aprovechar castigando una y otra vez desde el triple tras buenas lecturas ofensivas. España fue paciente y halló tiros librados prácticamente siempre que quiso.

Nadie lo celebró más que Nikola Mirotic, que anotó 16 puntos en la primera mitad (con cuatro triples) y acabó con 23, todos ellos conseguidos antes del ecuador del tercer cuarto. Fue su mejor partido como internacional. Gasol absorbió atención por dos hombres y generó un síndrome colectivo con la obsesión de evitar que lo de 2015 se repitiese. Que no hubiera nunca más 40 puntos en su casillero. Y como consecuencia el hombre abierto de España agradeció el detalle y perforó sin piedad. Ocho de los diez primeros tiros de campo de España fueron de tres, cuatro de ellos se anotaron. Era un bombardeo premeditado.

Y no vería final.

El 0-4 de salida, con dos buenos sistemas de Francia, se esfumó pronto. No tardaría en llegar una estampida bidireccional. En ataque la orquestada por Gasol, influyendo simplemente con su presencia –el colmo de la virtud- y en defensa la de una España que sabía perfectamente qué hacer y cómo. Porque el plan fue impoluto y secó cada posible vía de agua.

Ante la poca amenaza exterior de Francia, su gran lugar colectivo, Scariolo confió en el colmillo de su perímetro y el trabajo colectivo para controlar el rebote, que tantas agonías provocó en 2015 ante el mismo rival. Ricky, Llull y Rudy apretaron a Parker, De Colo y Batum, hasta el punto de reducir a todos ellos a una discreta versión. El rebote era actitud y colocación y antes de ellos el aro era sellado por un imperial Gasol, excepcional cambiando tiros.

Pau corrigió un lanzamiento tras otro mientras Francia, que además buscaba el juego en estático, de cinco por cinco, era incapaz de encontrar una forma de sacarle de la zona. Desde allí fue un ogro y así los galos estaban condenados al abismo. A menos de cuatro minutos para el final del primer parcial España ya dominaba el marcador y mucho más aún el partido (15-8, min.6). Y sólo hubo una fuga que pudiera evitar pensar en una noche de martillo. Sería mínima.

La primera irrupción de la segunda unidad fue prácticamente de golpe y los protagonistas, fríos, se dejaron comer terreno. No por defecto sino por no igualar el nivel exhibido por los titulares antes. Nando De Colo encontró a Navarro en su ajuste y le maltrató durante dos minutos, suficientes para apretar el partido. Pero el posterior descanso de la estrella del CSKA acabaría con el problema.

Willy Hernangómez interpretó a la perfección su cometido en ambos lados, sobre todo en el ofensivo moviéndose sin balón para finalizar. Navarro volvió a disfrutar desde la creación (5 asistencias). Y España produciendo puntos fáciles con la segunda unidad comenzó a volar. Estiró la renta hasta los diez tantos (27-17, min.12) exhibiendo una zona con ajustes que ralentizó aún más a su rival. Y la proyectó cuando los titulares volvieron a pista. Porque el cinco inicial ha adquirido ya automatismos de dominio.

El rodillo que agiganta un trauma

España se fue trece arriba a la media parte (43-30) pero el rostro de los franceses parecía sugerir una losa aún mayor. Ya conocían el final de esa película, la habían visto muchas veces, por mucho que no quisiesen volverla a ver. Sin poder elegir, la reanudación ofreció de nuevo ese desenlace. Les pasó por encima un tren de mercancías.

Mirotic arrancó desatado, desde dentro posteando a Diaw y desde fuera ametrallando con su quinto triple. Disparó la ventaja hasta los 18 puntos (48-30) y comenzó a rubricar el principio del fin. Sucedió así porque Francia, teniendo enfrente un ogro hambriento, no tenía una sola vía de esperanza a la que agarrarse.

Con Parker asfixiado por Rubio primero y Llull después, De Colo sin oler balón, Gobert no pudiendo agigantarse en el rebote ofensivo (España acabó permitiendo doce capturas, pero más de la mitad con el duelo ya resuelto) y sin amenaza exterior resultaba imposible. No había oxígeno en su ataque y su plan defensivo había minimizado la ejecución directa de Gasol pero a costa de convertirle en el Cid. Fue el resto el que finalizó.

España para colmo no bajó el nivel defensivo, al contrario motivada por su versión excelsa subió una marcha y reventó por completo el partido. Cuando Pau Gasol se sentó, a menos de dos minutos del final del tercer cuarto, sería para no regresar (en 22 minutos de acción el equipo había sido 22 puntos mejor que el rival). El tercer máximo anotador de la historia olímpica había demostrado su poder para condicionar encuentros de eliminatorias también desde su propio aro. España estaba entonces 22 arriba (64-42), Francia no mostraría alternativa alguna y el último cuarto serían diez minutos de crueldad para un conjunto resignado, que también perdió ese parcial y acabó padeciendo diferencias abusivas (de hasta 30 puntos) en el electrónico.

El partido había acabado mucho tiempo antes. Quizás cuando España contempló a su viejo adversario y pronunció las tres palabras mágicas. Porque entonces aparecieron los fantasmas, que a estas alturas son ya demasiados. Collet nunca ha vencido a Scariolo en una eliminatoria y desde 2009, con Pau Gasol en pista, el bagaje directo es de 6-1 a favor para la actual subcampeona olímpica. Francia sufre ya un trauma.

Como sucediese en 2012, quedará a las puertas de la lucha por las medallas porque se encontró a España en el primer cruce. Como entonces, y en realidad como casi siempre, el dubitativo inicio del conjunto de Scariolo ha dado paso a la feroz máquina de competir. No hay más versión cándida, no hay más Walter White para España.

Ese equipo puede volver a soñar. Vuelve a ser el alter ego que todos conocen pero que nunca quieren nombrar.

 

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