Conociendo a los jóvenes talentos: tres jugadores clave en el futuro del baloncesto español

No acostumbra últimamente el baloncesto español a ver irrumpir a jóvenes nacionales en la Liga Endesa con tanta fuerza como está sucediendo esta temporada. Sergio de Larrea, Hugo González y Mario Saint Supery, llamados a ser la columna vertebral del perímetro de la Selección durante años, firman ya unas primeras pinceladas más esperanzadoras.

Jovenes

Lleva años sumido el baloncesto español en esa incertidumbre que aparece recurrentemente cuando se analiza el relevo de la mejor generación que haya dado este deporte al país. Los sorprendentes títulos de la Copa del Mundo de 2019 y el Eurobasket de 2022 rubricaron un periodo de entreguerras difícil de imaginar, pero los dos últimos veranos, con España fuera de la fase de cruces, han puesto negro sobre blanco la nueva realidad. Por eso, la potente irrupción de la nueva camada en una Liga Endesa sometida últimamente al debate sobre el decreciente peso del jugador nacional da motivos para ilusionarse.

Los jóvenes empiezan a tirar la puerta abajo, como otrora sucediera antes de los Juegos Olímpicos de Sidney. Quizá incluso el Eurobasket de este verano se recuerde, con los años, como la puerta de entrada de los ‘Golden Boys 2.0’ a la Selección. El impacto de los más imberbes, Sergio de Larrea, Hugo González y Mario Saint-Supery, ya es notable en ese complejísimo Rubicón que es el salto al profesionalismo en la mejor liga doméstica de Europa. Quizá sea, de hecho, el camino más inhóspito, bien lo saben Lucas Langarita o Jordi Rodríguez. El hecho es que, en esta tercera década del siglo XXI en la que la vía americana se terminó por abrir a cal y canto para los Aday Mara, Izan Almansa, Baba Miller, Álvaro Folgueiras o Conrad Martínez, España ya presume, en su presente, de un trío de ases emergente.

Los suyos son caminos diferentes, si bien todos estuvieron marcados como especiales desde casi la primera vez que pisaron una cancha. Tres portentos físicos, con una intuición y un talento diferenciales para el juego de la pelota naranja. Por un puñado de días, el mayor es Sergio de Larrea (Valladolid, 4 de diciembre de 2005), uno de esos casos que, a imagen y semejanza del de Jonathan Barreiro en su día, realizó la mayor parte de su formación, pese a su evidente potencial, lejos de la tutela de un club. Concretamente, creció bajo el paraguas de su colegio, el San Agustín de la capital pucelana. Destrezas igualmente precoces fueron las de Hugo González (Madrid, 5 de febrero de 2006) y Mario Saint-Supery (Málaga, 14 de abril de 2006), ambos forjados de la mano como referentes generacionales, los dos desde muy pronto en el radar Real Madrid y Unicaja ante una calidad y capacidad física que saltaban a la vista de cualquier observador a poco avezado que estuviera.

No parece casualidad que este tridente, ya de sólido presente, pero de futuro tan ilusionante como difícil de calibrar, proceda de familias donde el baloncesto fue eje vertebrador. Los tres progenitores jugaron y, sobre todo en el caso de De Larrea y González, dicho hecho resultó capital en su futuro. No en vano, el padre del pucelano era viejo conocido de Chechu Mulero —habituales rivales en los duelos entre el CDU de Valladolid y el Baloncesto Tordesillas—, director deportivo del Valencia Basket hasta el verano de 2023, mientras que el del madrileño, Paco, ascendió en su día con el Illescas desde Liga EBA a LEB Oro, a las órdenes de Javi Juárez, entrenador posteriormente de su hijo en el Real Madrid júnior. Caso curioso este, con las dos generaciones teniendo el mismo preparador con casi dos décadas de diferencia. En cuanto a Saint-Supery, su padre, Kiko Fernández —Mario usa como primer apellido el materno, de origen francés y que parece vincularle, acaso lejanamente, al autor de ‘El Principito’—, es un consumidor voraz de baloncesto, tanto de elite como formativo, y ha pasado innumerables horas en la pista con su chaval, criado en el Rincón de la Victoria, en el área metropolitana de la capital costasoleña. Al chaval le une, por cierto, una fortísima amistad con Bea González, número 3 del ranking mundial de pádel en 2023 y 6 al cierre de esta edición. Vecinos de puerta en el Rincón, la palista es lo más parecido que Mario, hijo único, tiene a una hermana mayor.

Siempre en el radar

Los tres saben perfectamente lo que es que se hable de ellos desde muy jóvenes. A Hugo González no tardó el Real Madrid en echarle el guante cuando la escuela de San Agustín de Guadalix se le empezó a quedar pequeñísima, al punto de los que blancos le reclutaran, aún en edad minibasket, para jugar como infantil. De Larrea, pese a pasar años ‘escondido’ en el colegio, pronto despertó interés foráneo, no solo desde la ciudad del Turia, sino también de clubes más cercanos como Baskonia y Casademont Zaragoza, que podían suponer pasos intermedios a priori más apetecibles desde el punto de vista familiar.

Ni que decir tiene que todos entraron pronto en el ámbito federativo, siendo habituales en concentraciones de selecciones inferiores, en las que se consolidó una fuerte amistad entre Hugo y Mario que perdura hasta hoy. Ahí fue, de hecho, donde Chechu Mulero vio por primera vez a ‘Larry’, de quien le sorprendió su longilínea estructura física. En ese sentido, sus caminos parecen paralelos, pero estos divergen un tanto en cuanto a los pasos dados a nivel de club. Ahí, la estabilidad es la de Hugo González, sin moverse del Real Madrid —con el que renovó el pasado verano, desoyendo todo tipo de propuestas desde la NCAA— desde que pasó a la canasta grande. De Larrea, por firme convicción de sus padres, no se movió de Valladolid hasta finalizar la edad cadete, en lo que supuso un movimiento sagaz para desarrollar esa enorme creatividad que hoy comienza a verse ya a nivel profesional, y que quizá hubiera costado más destapar si pronto hubiera empezado a jugar habitualmente contra rivales físicamente muy superiores. Eso, sí, en su último año en casa comenzó a trabajar con un preparador físico a cargo de Valencia Basket, aunque los levantinos aún no tenían la certeza absoluta de que se marchara con ellos. Mientras, el camino de Saint-Supery, tiene más idas y venidas entre El Palo, Novaschool —el club del Rincón— y, por supuesto, Unicaja, con el que acabaría siendo el debutante más joven de su historia, aún sin cumplir los 16, en un partido de FIBA BCL ante el Filou Ostende belga. El club malagueño sigue contando con sus derechos, pues está cedido en el Baxi Manresa.

En auge

El efecto de la chavalada en la Liga Endesa empieza a ser palpable. Se mueven ligeramente por encima de la decena de minutos. El que más, el malagueño, promedia más de 14. En el frenesí ‘taronja’ capitaneado por Pedro Martínez, la creatividad ofensiva de De Larrea, mucho mejor tirador de lo que parece decirse —¡55% en triples en Liga Endesa!— encaja como un guante. El castellano es un perfil muy pocas veces visto en nuestro baloncesto: base de casi dos metros y, por cierto, brillante estudiante de Ingeniería Biomédica, casi nada al aparato.  Mientras, Saint-Supery, puro desparpajo en la cancha, dio el paso perfecto en verano marchándose a Manresa, el lugar donde más confianza iba a tener por parte de un entrenador, Diego Ocampo, con quien su sociedad ya fue excelente en el Tizona. Llegará a la Copa tras superar un problema de tobillo cuando mejor estaba: 18 puntos, 4’25 rebotes y 3 asistencias entre las jornadas 10 y 13. Un disparate. Y no menos mérito tiene Hugo González, capaz de ir aumentando su espacio en la complejísima rotación del Real Madrid. Un talento físico y técnico muy especial al que la NBA mira muy de cerca, consciente de todo lo que guarda. No cabe duda: hay motivos para creer en ellos, por inescrutable que sea a veces el salto de los jóvenes al profesionalismo.

Rafa Villar: estajanovismo en Lleida

En este juego del baloncesto, para que unos luzcan tiene que haber otros que se sacrifiquen. Bien podría ser ese el lema que, grabado a fuego en su alma, llevara Villar, acostumbrado desde joven a la exigencia, como corresponde a un canterano del Barça, pero casi siempre a la sombra de apellidos más rimbombantes.

En las potentes piernas de este barcelonés (21 años en agosto), se sostienen una ética de trabajo a prueba de bombas y un alto conocimiento de lo que sucede en la cancha, pese a que se le encasille más por lo que hace en la pista trasera, donde puede ser elite. Esculpido a las órdenes del emergente Gerard Encuentra, Villar es, aunque no lo digan los números, pieza clave del Hiopos Lleida, en el que promedia más de veinte minutos por partido en su estreno acb, logro al alcance de muy pocos a su edad. Estajanovista y ‘soldado’ en la cancha, tiene amplio margen de desarrollo ―15% en triples este curso, 18’7% el pasado en LEB Oro―, pero el catalán ha provechado la valiente confianza de Encuentra para demostrar que su sitio se halla en la Liga Endesa, al punto de debutar con la Selección en noviembre. Pasos precoces pero consistentes, seguramente debidos a su capacidad de escuchar a quienes le guían.

Rubén Domínguez: el difícil camino del anotador

Lidiar con enormes expectativas desde que se es chaval puede ser una mochila pesada que pocos conocerán tan bien como el gaditano. Con 22 años recién cumplidos las ha visto casi de todos colores. Sabe lo que es ser envidia europea, como corresponde al MVP del Eurobasket u18 de 2019, por delante de un tal Victor Wembanyama, pero también conoce el ruido desde adolescente ―lo hubo, y no poco, cuando dejó el Unicaja de camino a Torrelodones, en cadete― y hasta cierto ostracismo, como el vivido dos campañas en el Movistar Estudiantes, donde la presión por recuperar la categoría perdida seguramente dificultó apostar por una de las mejores muñecas del país.

Aceptó un paso atrás para eclosionar en Castellón y abrir al fin la rendija acb, donde también le ha tocado ser paciente hasta encontrar hueco en la rotación de Jaume Ponsarnau en el Surne Bilbao. Su descollante actuación en la jornada 13, con 35 puntos y 8 de 10 en triples en la cancha del Leyma Coruña, ha sido la primera señal de lo que ostenta. Trabajo defensivo mediante, aquello no será un ‘one-hit wonder’.

Juan Núñez:  

El suyo es un buen ejemplo de ‘rara avis’ baloncestística. No hay precedentes de compatriotas que, a los 18 años, se marcharan a otra liga europea de nivel como se aventuró a hacer el vigesimotercer español seleccionado en el ‘draft’, último descarte de Scariolo en los veranos de 2022 y 2024.

Tras dos años en esa fuente de bases que es el Ulm, el canterano blanco aparcó el sueño NBA y cambió de acera para enrolarse en un Barça necesitado de inmediatez. Por mucho que ya se manejara en un entorno de equipo ‘grande’, para uno de los jugadores más creativos que ha producido la cantera española, no es sencillo el salto a la máxima exigencia, mucho más cuando las expectativas son altas y el equipo de Peñarroya ha zozobrado por momentos, estando incluso contra las cuerdas para la Copa del Rey. La lesión de Laprovittola y los fiascos de Raulzinho Neto y Heurtel le han dado aún más responsabilidad para aprender equivocándose. España necesita su zurda ―necesaria mejora en el tiro, 22% en triples en Liga Endesa, 26% en Euroliga― y su privilegiada cabeza para el baloncesto.