‘Los viajes de Edy’. Entrevista y reportaje sobre el camino de Walter Tavares hacia la élite

‘Los viajes de Edy’. Entrevista y reportaje sobre el camino de Walter Tavares hacia la élite

Reportaje incluido en el número 1501 de la revista, publicado en octubre de 2020, que puedes conseguir aquí

En pleno apogeo del baloncesto perimetral, el ritmo y el triple destaca, a contracorriente, la figura del pívot que lo sostiene todo. Walter Tavares es la escalera que lleva al cielo. Y su historia la inspiración del que nunca intuyó llegar y acabó haciéndolo para dominar.

Gigantes charla con el pívot del Real Madrid, sobre su fascinante historia y su impacto en el baloncesto europeo.

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El baloncesto no esperaba a Walter Samuel Tavares (2.21 metros, 1992). Tampoco él imaginaba cómo ese deporte transformaría su destino. Porque la canasta, aquello que de niño le resultaba ajeno, es hoy el epicentro de la vida de uno de los emblemas del proyecto ganador del Real Madrid. De uno de los interiores más determinantes del panorama europeo.

Siendo niño, mientras crecía en la pequeña isla de Maio (Cabo Verde), de unos 7.000 habitantes, sus sueños los acaparaba el fútbol. En Maio las canastas no abundaban y, a decir verdad, las pocas que había tampoco llamaban su atención. “La primera vez que jugué fue en Praia –capital del país-, en un pabellón que se llama Duarte. Allí hice una prueba, allí empezó todo”, reconoce a ‘Gigantes’.

¿Por qué entonces una prueba, si los aros no servían como estímulo para aquel adolescente? La genética ofrece rápida respuesta. Con 17 años aquel chico de Maio levantaba ya 213 centímetros del suelo y su envergadura superaba los 230. No conocía los secretos del baloncesto, pero físicamente era enorme. El tamaño de su pie (usaba un 51 entonces) representaba incluso un problema. “Fui a aquella prueba en chanclas, no tenía zapatillas ni calcetines para el entrenamiento. Recuerdo que estuvimos como una hora esperando, buscando soluciones para que pudiera entrenar”, recuerda.

No mucho antes Walter había aparcado los estudios, consciente del enorme esfuerzo que realizaba su madre cada día para sacar adelante a su familia. Quería desahogarla y, de paso, sumar. Sentía que debía hacerlo, por eso tomó la decisión de dejar las clases y ayudarla en la tienda en la que trabajaba, donde vendía leche y pescado. “Ella trabajaba mucho”, afirma en tono serio, como si tuviera esa imagen aún fresca en la memoria, justificando su sacrificio.

Muy pronto cambiaría su vida.

Un empresario alemán, llamado Jürgen, quedó asombrado un día, mientras paseaba en Maio, con el tamaño de aquel chico. El destino haría el resto. Aquel hombre conocía a Raúl Rodríguez, entonces director de cantera del Gran Canaria, al que le hizo saber de la existencia de un joven caboverdiano con un molde físico imponente. Meses después, según contaba Martín Alonso en ‘Las Provincias’ (2012), y aunque no sin dudas previas, una pequeña expedición del club canario viajó a Cabo Verde para ver en vivo a aquel muchacho. Era agosto de 2009. Walter no sabía apenas jugar -de hecho no había competido nunca- pero su altura, lo coordinado de su cuerpo y un más que notorio interés por aprender, le convertían en un diamante en bruto.

Un contexto nuevo: aprendizaje permanente

En octubre de aquel mismo año viajó a Gran Canaria. Primero con visado de turista, después ya para quedarse. “Los inicios fueron difíciles. Vine solo, sin nadie más de mi familia. Estuve en la residencia de formación del Gran Canaria y al principio me costó, no conocía a nadie, estaba el tema del idioma y la forma en la que trabajaban, porque aquí todo va muy rápido”, explica un Tavares que, no obstante, supo tener paciencia. “Fui aprendiendo poco a poco cómo funcionaba todo”. El tiempo le daría la razón.

Su evolución fue espectacular. Mejoró su cuerpo, adaptándolo a la exigencia de la alta competición pero, sobre todo, fue incorporando conceptos técnicos y tácticos, a la vez que sentido colectivo para aprovechar de verdad su molde físico. El aprendizaje fue masivo, su salto de calidad evidente. Pasó por el equipo júnior, por EBA y por una cesión de un año –en La Palma, en LEB Oro-, antes de aterrizar en ACB. Debutaría en la máxima competición nacional con solo 20 años, en enero de 2013. Cuatro antes prácticamente no había tocado un balón de baloncesto.

Pedro Martínez le tuteló, fue una figura importante en su progresión. Después, también en la isla, coincidiría con Aíto García Reneses. Para empezar, los dos técnicos con más triunfos en la historia de la ACB. “Me aportaron cosas muy positivas. Apostaron por mí, me dijeron cómo hacer las cosas. Siempre me han empujado a aprender cosas nuevas, tanto dentro como fuera de la cancha”, admite un Tavares cuyo impacto comenzaba a traspasar fronteras.

No pasaría desapercibido, de hecho, en Estados Unidos, donde los Hawks le elegirían en la segunda ronda (número 43) del Draft de 2014. Aplazaría un año su marcha a la NBA, justo el que coincidiría con Aíto, uno en el que el bloque canario estuvo a punto de conquistar un título europeo (fue subcampeón de la Eurocup). ‘Edy’, como ya se le conocía, fue parte del ‘Quinteto Ideal’ en dicha competición.

Aquel año, incluso compitiendo –y brillando- en Europa, la NBA también estaba en su mente. Quería probar y había trabajado para ello. “Siempre decía que si trabajaba duro mi oportunidad llegaría”, mantiene. Pero la aventura americana, iniciada con esperanza, devolvió frustración al caboverdiano.

Del amargo sabor americano…

Tavares tuvo once partidos NBA con Atlanta el primer curso en Estados Unidos, pasando buena parte del tiempo en la D-League (hoy G-League), la liga de desarrollo. Una especie de campo de pruebas para jóvenes que buscan un hueco en la mejor liga del mundo. Aguantó allí, con paciencia y la misma respuesta a la adversidad de siempre: el trabajo silencioso.

También lo haría en el segundo año. Cuando los Hawks le cortaron -a finales de octubre de 2016- aparecieron los Raptors para, a través de su equipo afiliado, darle minutos. Se salió en la D-League, siendo elegido ‘Defensor del Año’ y ganando un sitio en el ‘Quinteto de la Temporada’. Entonces le reclamaron los Cavs, vigentes campeones y por entonces con LeBron James y Kyrie Irving en sus filas, justo en la antesala de los Playoffs de 2017. Su suerte parecía haber cambiado.

Nada más lejos de la realidad. Solo vio pista en un partido –el último del curso, en el que descansó la rotación principal- y para colmo se fracturó la mano derecha en mayo. En verano, Cleveland cambiaría de rumbo y Tavares nuevamente sufriría las consecuencias. “Nunca he trabajado tan duro por minutos y oportunidades como cuando estuve en Estados Unidos. Iba todo muy bien, a pesar de la lesión, pero cuando Kyrie Irving decidió irse de Cleveland dio la vuelta al plan que tenían allí conmigo, iban a hacerme un contrato para el año siguiente pero no sucedió. Me dijeron que si podía bajar a la D-League un mes, para reincorporarme otra vez después, pero aquello me decepcionó mucho”, revela.

Tavares solo buscaba una oportunidad y algo de consistencia en la NBA, lo suficiente para poder probar su valor. No la tuvo. “La decepción que tenía, por todo el esfuerzo que había hecho los dos años allí, me afectó mucho. Así que cuando el Real Madrid me llamó, no dudé. Quería ser feliz y jugar”.

… a la oportunidad en el Real Madrid

Si sus tutores previos en ACB habían sido dos leyendas, en Madrid encontraría la tercera. Pablo Laso, el hombre que cambió la era moderna en el club blanco, sería su técnico. “Siempre me ha transmitido muchas ganas de ganar, mucha garra, la necesidad de prepararme siempre al cien por cien. En este equipo la exigencia es diferente y eso ayuda también a mi progresión”, valora el pívot africano.

Sin prácticamente conocer a sus compañeros, al poco de aterrizar en noviembre de 2017, Tavares debutó con su nuevo club. Lo haría ante el Barça. “No estaba nervioso… pero no sabía qué iba a pasar. No sabía los sistemas del equipo, el plan de juego… recuerdo que aprendí unos cuantos para poder jugar. Por suerte el cuerpo técnico y mis compañeros me arroparon”, recuerda. Eso sí, al terminar aquel estreno, tendría más trabajo en casa. “Llevaba muchas hojas llenas de jugadas, tenía que aprenderlas”.

No pasó demasiado tiempo hasta que dejó notar su impacto. Tavares tenía hambre y ganas de pista, pero además su nivel le hacía diferencial. “Sabía que podía ser importante porque todo el trabajo que había hecho tenía que dar sus frutos, ya fuera en la NBA o en Europa, en el sitio en el que estuviera”. Walter era el ‘gigante’ de un equipo abonado al ritmo, rebosante de formatos dinámicos y que abanderaba un estilo de vanguardia y diversión sobre la cancha. Él era el contrapunto a todo aquello, pero tal circunstancia le motivó. “Todo el mundo decía que iba a ser difícil para mí, por la forma de jugar del equipo, que era distinta y con pívots más pequeños. Pero lo tomé como un reto”, explica.

El resultado fue atronador. En su primer año con el club, el Real Madrid ganó la Liga y la Euroliga. Tavares fue ganando relevancia en el sistema y su segundo año no haría más que mejorar el escenario. El equipo se mantuvo en la superélite, volvió a ganar la Liga y alcanzó la Final Four de la principal competición del continente, pero además su rendimiento individual obtendría reconocimiento unánime: fue elegido ‘Defensor del Año’ en la Euroliga, donde formó parte del ‘Segundo Mejor Quinteto’; e integró el ‘Mejor Quinteto en la Liga Endesa’. Tavares en su esplendor.

Feliz en Madrid, dentro y fuera de la cancha, extendió su contrato -el verano de 2019- hasta 2024. Para cuando el acuerdo expire, tendrá 32 años. ¿Y la NBA? Ahora mismo, según confiesa, algo secundario. “No sabes qué puede pasar en el futuro pero estoy contento aquí y quiero cumplir mi contrato de la mejor forma posible. Luego ya se verá. Pero aquí es donde quiero estar, ojalá que sea para siempre”, explica.

Los pilares de su dominio

El pívot de Maio es una de las piezas más importantes del bloque de Laso, su principal fuerza defensiva y una que alimenta la agresividad del perímetro, tanto sobre el balón como en líneas de pase. El motivo es sencillo: la telaraña exterior vive segura conociendo que, si toma riesgos y se ve superada, después todos los caminos rivales acabarán encontrado a Tavares. Es la última frontera entre oponente y aro. Y no podría haber una más fiable. “Noto que cuando estoy en pista los rivales hacen cosas diferentes”, reconoce, consciente de su influencia atrás.

Eso sí, nunca perdiendo de vista la opción de mejorar. “Los rivales se adaptan a mi presencia pero yo también a la suya. Tengo que estar listo para defender la línea de tres, hacer ayudas más largas… hay que adaptarse”, valora un Edy que nunca parece perder el foco.

Como parte de una de las plantillas más poderosas del continente, sabe que la diferencia en su equipo la marca la defensa. “Es lo más importante, cuando defendemos al cien por cien podemos ser imparables porque en ataque tenemos talento de sobra”, apunta un jugador que entiende perfectamente la era en la que vive: la del vértigo perimetral y predominio ofensivo, algo que no le perturba. “Siempre digo que tienes que dominar en lo que tú hagas bien, lo mío es defender y ayudar al equipo a ganar. Y seguiré haciendo eso”, explica, sabedor de lo vital de su rol.

Tavares marca la diferencia atrás como ancla de un sistema que le permite merodear el aro, donde su imponente tamaño, timing para cambiar pases o tiros y cada vez mejor lectura defensiva resultan devastadores. El sistema le encumbra pero es él, en el fondo, quien posibilita la grandeza de ese sistema.

La normativa de los tres segundos defensivos, que en Europa –al contrario que en la NBA- facilita saturar la zona de cuerpos, tiene en Tavares a su gran dominador. Nadie condiciona tanto espacio defensivo en un escenario que, además, dificulta que sea expuesto lejos del aro ante jugadores perimetrales, su única kryptonita atrás. Es el mejor guardián de aro de Europa.

Para colmo, en ataque su papel es mucho más importante de lo que a simple vista pueda parecer. Sin destacar por su rango de tiro o creatividad con el pase, sus virtudes son relevantes: es un excelente bloqueador -que da ventaja a sus ‘pequeños’ con sus pantallas-, tiene una gran capacidad de atracción de cuerpos en la zona –por su amenaza en el rebote de ataque y ganando posesiones extra- y tiene muy buenas manos –un martillo si recibe a dos metros del aro y por encima del 70% en tiros libres-. Trabajo a menudo oscuro pero sin el que, en realidad, el éxito colectivo sería mucho más complejo.

Pese a todo, y esto es constante en su carrera, no se conforma. Y viendo su modelo interior en el juego actual, se entiende. “Me he fijado siempre en Marc Gasol, porque tiene muchísimos recursos. Creo que todavía puedo mejorar en ataque, espero que con los años pueda ir teniendo más balón, mayor confianza y eso me ayude. De momento voy poco a poco”.

Poco a poco… pero imparable. Como el mismo crecimiento del baloncesto en su Maio natal, a la que le gusta volver siempre que puede. “Cuando era niño no había muchas canastas, pero ahora las he llevado yo”, bromea, antes de hilar fino con su impacto en la cultura de la pequeña isla que le vio nacer. “Ahora la gente allí ve mucho baloncesto, los niños se fijan mucho cuando juego. Quiero hacer campus para ellos”, afirma.

El baloncesto le encontró por casualidad, él se ha encargado del resto. Trabajo, constancia y perspectiva definen el camino de un pívot con el que conquistarlo todo.