La bendita hora de Nueva York, por Gonzalo Vázquez
En algún giro del destino estaba escrito que la interminable espera de los Knicks llegaría a su fin de la forma más hermosa posible
En lo alto de la North Press Box, una balconada del Madison, un octogenario uniformado, flaco y gastado, recibía siempre a los miembros de prensa con una sonrisa y un ademán de paso. Los periodistas ni lo miraban, como si fuera parte del decorado, pero si uno se detenía a hablar con él, descubrir su origen italiano, y la curiosidad de saber cuántos años llevaba allí, se le encendían los ojillos por una ilusión remota, de cuando el equipo era grande y él mucho más joven. “Yo ya no los veré ganar otra vez”, dejando en el aire la duda de si era por la edad o por un veto eterno de los Knicks a la gloria. La misma certeza de muchos neoyorquinos, innumerables a miles, antes de abandonar este mundo.
En realidad no hacía falta ser un anciano. Se entrelazan generaciones más jóvenes que crecieron, vivieron, supieron que para el reparto anual del título NBA los Knicks no estaban llamados. Nunca. En esa competición, como en todas las demás, hay equipos grandes y pequeños, y de todos ellos, los Knicks eran el único grande pequeño, eso que alguien tituló como “el gran hazmerreír de la liga”. De manera que el anillo NBA de 2026 tiene un sabor especial, una inscripción a negrita muy azul en el palmarés de los campeones.
Una clave oculta
De costumbre las pretemporadas ni valen como primer rodaje. Solo garantizan al pagador que los jugadores están de vuelta para vestir de corto otra vez. Apenas dejan indicios de peso, algo que meses después tenga un valor vinculante. En cambio Mike Brown, el nuevo técnico de los Knicks, invictos tras tres partidos y preguntado por si los jugadores iban adaptándose a sus sistemas, deslizó algo que iba a pasar inadvertido hasta mediada la primera ronda de playoffs. “Nosotros realmente no ejecutamos sistemas”. Y allí voló la frase –la ausencia de un dogma táctico– como una ligereza típica de los octubres.
Ahora sabemos que era cierto, y también que los Knicks han sido tres equipos una misma temporada. Uno arrancó fresco y nuevo, cumplidor con el técnico recién llegado. Lo hizo en línea tan ascendente que antes de navidades era suya la Copa, un trofeo cada año menos menor, sellado ante los Spurs, previa de un mes de junio que nadie pudo adivinar. De pronto Brown parecía llenar de razón la salida de Thibs, o sea profundidad y menor minutaje titular, circulación y ventanas de salida al brunsonsistema. Y entonces los análisis se subían otra vez a la parra, que sí, que los Knicks eran un serio aspirante como ellos mismos anunciaron.
Fue arrancar enero y todo cambió de signo. El equipo se desaguó de sus dos primeros meses, nueve derrotas en once partidos, y no era cosa de complacencia. Brown quería hacer probaturas, se vio fuerte con ellas hasta pasarlas de rosca, como aquel mover a Hart al banquillo. Lo mismo era entregar el balón a Bridges y Anunoby que restar presencia a Towns, desaparecer Kolek de la rotación, hacerlo después con Clarkson, recular y volver a empezar. Un tramo fácil de calendario y el equipo recuperó el tono defensivo poco antes del All Star (8-0). Pero con las semanas encima, persistía la irregularidad y un problema enquistado: Karl-Anthony Towns no encontraba su sitio, sus puntos, su jerarquía en pista. Towns no sentía el valor o la prioridad recibida por Thibodeau, y este asunto iba a ser el más trillado hasta el término de la fase regular.
Para Brown, el problema era que Towns no terminaba de adaptarse al mando de Brunson, y tampoco a opciones tal vez preferentes, como Bridges y Anunoby. Sin alzar la voz, Towns repitió hasta la saciedad que solo trataba “de adaptarse al nuevo sistema”, pero nunca se añadía más, como si ese sistema fuera un arcano.
Mientras un roce con Hart en el primer trimestre –el jugador no entendía sus sentadas, dos seguidas al último cuarto– terminó resuelto, igual que renunciar a Bridges y Anunoby como manejadores, con Towns las semanas eran un agridulce constante. “Por desgracia mi carrera ha estado llena de entrenadores, nuevos compañeros y situaciones a las que adaptarme”. Su denuncia (verdadera) deslizaba aquel problema que la prensa se cansó de exprimir camino del deadline.
Dos pequeños movimientos no aclaraban gran cosa: se rescató a Jeremy Sochan como sobra en San Antonio, y a precio de saldo, a José Alvarado, portorriqueño y neoyorquino, enérgico y manejador, un potencial microondas, aquel Nate Robinson que salió bien en Boston. Que Deuce McBride fuera operado de una hernia causando baja 28 partidos dio a Alvarado minutos necesarios de cocción y química con el resto.
Para finales de marzo, únicamente dos cosas parecían claras: la triple derrota en Charlotte, Oklahoma y Houston alejaba a los Knicks de las dos primeras plazas del Este, en manos de Pistons y Celtics. Brown empleaba sesiones de vídeo con montajes bélicos por equipos como Thunder, Celtics y Suns. “¿Veis lo que es jugar físico? ¡Esto es jugar duro!”. Hart apretaba los puños creyendo ser el ejemplo de lo que su técnico pedía (lo cual era parcialmente cierto). Muchos creían que aquella dureza, el ideal de Thibs, se perdieron tiempo atrás con las salidas de Hartenstein y DiVincenzo, que este nuevo formato era más limpio pero a un alto coste.
Y en segundo lugar, que el equipo afrontaría los playoffs con una versión azarosa, menor y sin resolver del propio Towns. El técnico seguía a lo suyo: “Su papel es un trabajo en progreso”. Y los playoffs se iban echando encima.
En tres meses y medio de año natural, tras aquella cumbre de Copa, los neoyorquinos fluctuaron entre victorias de peso, dos semanas defensivas de élite, probaturas sin cierre y la esperanza de que el equipo daría su mejor versión en playoffs. Pero en términos de fiabilidad, de consistencia y solidez, los Knicks eran un enigma. Y como su potencial seguía intacto los analistas coincidían en ignorarlo todo. “Si alcanzan las Finales –resumía Vincent Goodwill– no debería ser ninguna sorpresa, y si no, tampoco”. En esa última sentencia cabía toda opción, como caer mucho antes.
El Madison suele actuar de termómetro anímico, y aquella paliza final a los Bulls que remataba 53 victorias (máxima del siglo) y tres cursos seguidos en el corte de las 50 por primera vez desde mitad de los noventa, no desató ninguna euforia, no como los años anteriores, cosa de adaptarse rápido a la élite, y sobre todo, por la confusión de una temporada en forma de montaña rusa.
El trascendente nudo final
De entrada los Hawks, crecidos al cierre de curso, eran un buen rival y también asequible, una primera piedra de toque para situarlos. Se daba por seguro el pase pero midiendo la duración de la serie, los escollos a superar. Ahora que lo sabemos, resultó que esta eliminatoria encerraba el mayor misterio de todos, el punto más crítico desde octubre y el detonante que hizo de un equipo ordinario otro de corte histórico. Y todo ello, parece mentira, de la noche a la mañana.
Fue tras el tercer partido (1-2), dos derrotas seguidas, las costuras abiertas y una tensión al límite, que Karl-Anthony Towns decidió llamar a la puerta de Brown. Sus últimas palabras en el estrado no sentaron bien al jugador, cuestionando otra vez su actitud, eso de no “ser agresivo”, ahora que más lo necesitaban.
Y tampoco acabar señalado delante de todos en la sesión de vídeo, con la imagen del pívot congelado en una esquina. “Dime, ¿qué haces aquí esperando? ¿no decías que querías el balón?”. Towns guardó silencio, por digerir todo aquello, desconcertado otra vez, antes de que su entrenador abriera una puerta que ya no se iba a cerrar. “Bien, a partir de ahora Karl será nuestro iniciador en ataque. Aquí, aquí y aquí”, y señalaba sus zonas de influencia, las que el jugador le indicó en aquella cita a solas, su deseo de crear fuera y ser un epicentro de ataque. Regresar al papel de facilitador sepultado desde diciembre, tal vez desde sus últimos días en Minnesota.
Ante una posible eliminación, de una debacle temprana, prende un temor natural en jugadores y técnico. Towns optó por la solución más personal y directa, una última hora de salvar la situación, que no era un problema de actitud sino de sitio. Brown aprendió en los Warriors a escuchar, admiraba a Steve Kerr por su asambleísmo y claridad en admitir errores, como enseguida haría él. “Lo pensé y me pregunté, ¿quién tiene que cambiar, él o yo? Y lo tuve claro. Como entrenador, yo. Ojalá lo hubiera pensado antes, habríamos tenido mejor ritmo y mejores respuestas”. Como quien reconoce una culpa o el olvido de un ajuste no cerrado a tiempo. Hasta que sí lo estuvo.
Y esto define bien a Mike Brown, no al que empezó, sino al hombre que ha llegado a ser, aglutinador y constructivo. A Brown no le cabía ningún término medio en Nueva York, eso era su muerte. Con el 0-2 ante los Pacers en las pasadas Finales del Este, única visita en 25 años, su predecesor Tom Thibodeau, el hombre que devolvió el honor perdido, el corrector necesario, estaba condenado. Jimmy Dolan, el dueño implacable, apretó el gatillo, haciendo temer el regreso de los peores días. La vergonzosa búsqueda de sucesor fue un desfile de negativas (Donovan, Udoka, Kidd) hasta que Mike Brown, disponible, aceptó el cargo. Brown volvía a dirigir tras padecer otra gerencia disfuncional en Sacramento; volvía a entrenar uno de los tipos más preparados en la actual NBA.
Brown es también rama de Popovich, llevó a los Cavs a las finales cuando no era su hora, y se comió el marrón de suceder a Phil Jackson en Los Ángeles, antes de recibir durante seis años en los Warriors el mejor máster posible, título incluido. Brown había cambiado mucho. Pasó del acero defensivo del primer Popovich, gestado luego en Cleveland, a caer prendado del ataque Princeton y su continuación en los Warriors de una tacada. Se hizo docente y generoso, un técnico de abierta participación grupal. En plenas finales reconocía que los vaivenes de la fase regular están justificados en las pruebas necesarias para completar el puzle y alcanzar la excelencia en playoffs. Y aunque esa última pieza (perdida) llegase a última hora, el tiempo le dio la razón.
Y también llenó de sentido aquella frase de pretemporada. Resultó que su ausencia de sistemas era el único sistema en el que de verdad creía: eso que llaman read & react en una mezcla de Princeton y Warriors. Un pick & roll altísimo para ganar una primera ventaja, cuatro jugadores fluctuando por espacios memorizados y un abanico de ataque inteligente, interminable, impredecible.
Y de pronto el equipo se liberó y desató del todo, y todas las piezas a la vez encajaron como nunca antes. El susto de los Hawks fue neutralizado a lo bestia (+16/+29/+51). Si ahora ante los Sixers, de rotación escasa, la mayor amenaza era Tyrese Maxey, la asfixia directa de Mikal Bridges terminó por anular al resto por la vía rápida (4-0).
Cuando Brown igualó la frontera de Thibs, aquel mínimo exigible, Celtics y Pistons ya habían caído. Y los Knicks no rebajaron su nivel. Si acaso, avisaron de algo que se iba a repetir en adelante. En el estreno ante los Cavaliers de Mitchell y Harden, impusieron una remontada insólita de 22 puntos en apenas siete minutos. El golpe anímico fue suficiente para aplastar, otra vez (4-0), a un rival que no lo fue en los siguientes tres partidos (+66). Los neoyorquinos se habían habituado a la excelencia de todos. Towns como organizador encubierto, Brunson disfrutaba la descarga, Hart su libertad, Bridges el two-way perfecto, al igual que un grandioso Anunoby, como una versión santurrona de Jimmy Butler. Y el banquillo, repóker de Mitch, McBride, Shamet, Clarkson y Alvarado, esa unidad de cuya existencia había que alertar a Thibs, rodaba a paso ligero sin que las rotaciones perdieran fuelle.
Los Knicks regresaban así a unas finales nada menos que veintisiete años después. Sin factor pista, sentían que el único factor eran ellos.
La sombra del enemigo en casa
Y puede que también dispuestos a cumplir una orden. En la víspera de la postemporada tuvo lugar un acto sin precedente. El equipo fue reunido por Dolan, silencio sepulcral, quince minutos de speech motivacional que en Dolan tiene siempre algo de amenaza. “Diez semanas por delante”, repitió varias veces. “Creo en vosotros”, pausa dramática. “Id a por ello”, terminaba sin vuelta de hoja.
Para todo seguidor neoyorquino, seguidor de verdad desde el siglo pasado, la escena, filtrada a conveniencia tras el título, se hacía difícil de digerir. El mayor responsable de un desastre interminable se erigía ahora como líder, padre y amigo. Hacía demasiado que el mundo sabía que para ganar había primero que doblegar –atar de pies y manos– a uno de los peores propietarios que haya conocido un gran mercado en la historia de la NBA: James Dolan, otro mal heredero, viciado de poder y de autoinfligir daño.
En los años noventa los Knicks construyeron una fortaleza. No faltaron un solo año a playoffs. La llegada de Pat Riley en 1991 fue el primer paso para devolver el equipo a las series finales dos décadas después, levantar un gigante en el Este y batirse dignamente con unos Bulls intocables. A la marcha de Riley esa inercia continuó. En manos de su joven asistente Jeff Van Gundy los Knicks siguieron replicando a los Pistons y el durísimo tono de la década, volviendo a la lucha final por el título en 1999. Traspasado Pat Ewing, símbolo durante tres lustros, y dimitido Van Gundy, la demolición fue completa.
De entonces a prácticamente ayer la secuencia de desastres no tendría fin: la carísima llegada de un McDyess menor, la doble era Larry Brown-Isiah Thomas, el dispendio sin fin de nombres sin encaje, la cómica sucesión de hasta catorce entrenadores en 19 años, el aborto de un joven proyecto por Carmelo Anthony y su brevísima cima, como la agridulce linsanity, el paso espectral de Phil Jackson con ideas obsoletas, la mejor de las cuales, Kristaps Porzingis, duró muy poco. Todo empezaría a llegar a su fin con la contratación de un hombre discreto –como lo fue Donnie Walsh antes de su condena– llamado Leon Rose, agente de CAA, conocedor del mercado y ganado, cuyo primer cliente fue un tal Rick Brunson en 1995.
Su aspecto ordinario ocultaba a un hombre inteligente con la diligencia de pedir espacio para trabajar, rodearse de especialismo de despacho (Frank Zanin y Walter Perrin) y empezar a funcionar. Leon Rose creyó siempre en que las cosas grandes están hechas de pasos pequeños, justo al revés de Jimmy Dolan. Primero fue un corrector, Tom Thibodeau, después apostar por Jalen Brunson como creador principal, luego deshacerse de Barrett y Quickley a cambio de OG Anunoby, alero moderno de doble vía, y replicarlo en Mikal Bridges, cuyo precio (cinco rondas) debía de encerrar algo indispensable. Costó mover a DiVincenzo porque era otro Nova Boy, pero la llegada de Towns respondía al extremo necesario de Brunson, el otro polo del equipo, un equipo que tuvo que decir adiós a Julius Randle tras años de pavimentar el suelo. Y finalmente, cuando se rozó un techo, resulta que había otro más en el cambio de Thibodeau por Mike Brown.
El orgullo del Este
Llegada la serie final los Knicks no eran favoritos y no podían serlo. Como si aquel 11-0 fuera cosa de medirse a rivales sin entidad, rotos de antemano por alguna merma propia y no causada por los Knicks. Favoritos eran los Spurs, que venían de eliminar a los campeones Thunder. Era una situación similar a 2004, 2006 o 2016. Quien saliera del Oeste sería el campeón, un monstruo de 62 victorias, siete cabezas y el jugador más diferencial del planeta, Victor Wembanyama.
Cuando se quisieron dar cuenta los Knicks habían ganado los dos primeros a domicilio (13-0), otras dos remontadas y el título a dos victorias. Las puertas del destino seguían abiertas de par en par, un ahora o nunca.
Dolan hizo una última, travistiendo el tercer partido y la presencia de Donald Trump en el evento más caro en la historia de la liga. De pronto fue recordar quién estaba al mando, a quién se debía y a quién excluía, tres cuartas del Madison habitual, y no eran leyes de mercado, sino aprovechar la ocasión para la mayor taquilla nunca vista. Los Spurs ganaron el partido y aquel iba a ser el último susto.
Fue en el cuarto duelo cuando no cabía duda: el destino de los Knicks tenía que estar escrito. No hay otro modo de explicar cómo el equipo que llegó a estar 29 abajo se acabó llevando la victoria (otro acto inédito, como semanas antes con los Cavs). Al momento del palmeo final de OG Anunoby, esa “mano derecha de Dios” que bautizó Towns, al momento de la última posesión errada por San Antonio, tuvo lugar un estallido indescriptible en pabellón, ciudad y estado.
Aún entonces insistían las crónicas en la inexperiencia texana, en sus propios errores, en la falta de templanza y la peligrosa hormona del gigante francés. Todas ciertas. Pero ahora cobraban sentido aquellas palabras de alguien que no suele regalarlas al vacío. “Lo que me hace respetar a los Knicks es que tienes que deshacerte de ellos en cada posesión –había destacado Eric Spoelstra tiempo atrás–. Te hacen sufrir con fuerza su increíble voluntad de ganar”. Tal vez eso era todo. Tal vez el baloncesto, otro deporte descerrajado en analíticas y pizarras, devolviera a primer plano el poder anímico de la convicción, la química y el cielo de la fe. “Querer, creer, soportar la tormenta, no hundirnos, no frustrarnos, tan solo seguir”, condensó esa noche Anunoby, el autor del milagro.
Con un 1-3 tentaba la idea de ceder (físicamente) un quinto partido a domicilio, ese riesgo de creer preferible y posible cerrar en casa. A mitad de primer cuarto, otra ventaja por doble dígito para San Antonio, la quinta en cinco partidos, la quinta neutralizada (y sexta contando la final de Copa). Esa última noche, de fatiga, presión y peso infinito por cerrar, abriría también hueco a un clásico de esta liga: el hero ball. Recordatorio de que los Knicks contaban con el jugador decisivo más decisivo de todos, un jugador letal, una estrella en su más pura definición, aquello que nos enseñaba Michael Jordan como cumbres de rendimiento. Había algo justo y poético en que fuera obra de Jalen Brunson, el único Mesías verdadero que la franquicia neoyorquina ha conocido desde los tiempos de Frazier.
Unas semanas atrás, antes del tercer partido en Cleveland, Brunson recibió un mensaje, uno entre muchos pero este de su madre. “Buena suerte, hijo. Trata de mantener tu control y disciplina. Nadie tiene tu inteligencia. Y confía en tus compañeros cuando el otro equipo se centre en ti. Yo sigo creyendo”. Palabras de madre en toda circunstancia, pero no había en ellas nada falso o hinchado. Control, disciplina, inteligencia y esa alusión a la generosidad primarían en todo perfil preciso de Jalen Brunson.
A una madre, figura que Towns perdió en la pandemia y que decía sentir a su lado durante la gesta, puede causar más dolor que al hijo ver viralizarse una presunción –obra de Becky Hammon en mala hora–, arropada por un interminable coro de voces, según la cual un pequeño base –ni siquiera atlético– no podía liderar a su equipo a un campeonato, una demoledora distinción de su homólogo Stephen Curry. Preguntado en el estrado con el título en la mano, Brunson eludió otra vez una mínima venganza. “No respondí entonces y tampoco lo voy a hacer ahora”.
Esta es otra definición válida para quien ha negado ser una estrella (porque implica una conducta que no es la suya), la modestia real de quien solo actúa con el ejemplo, como ceder más de setenta millones de su renovación para mejorar las opciones del equipo. Brunson lleva grabado a fuego su pasado de segunda ronda, los banquillos y ese coro que vio repetirse en todas partes. “Yo era bueno, pero siempre había un pero”. Ahora no hay peros. Ahora Brunson ya es inmortal. Ese pequeño base, contrahecho y cabezón, dejó un promedio de 28.4 puntos en los playoffs, de 32.6 en las series finales y un total de 45 puntos en la victoria final, esa que vio conectar en un momento de partido a más de 33 millones de espectadores (otra alusión al Jordan de 1998).
Además de la inscripción en el palmarés, esto es lo que la memoria tenderá a recordar. Un quinteto que recitar de memoria: Brunson, Hart, Bridges, Anunoby, Towns, un héroe de épica lisiada, Mitchell Robinson, complementos en modo juego de llaves (McBride, Shamet, Alvarado, Clarkson) y Mike Brown, un técnico sonriente caído de un despido al que también ha llegado su hora.
Y en el recuerdo de la serie final (1-4), que devolvía el revés de la de 1999, actuaciones que se sucedían por necesidad: trece puntos clave de Shamet, una defensa final de Mitch a Wemby, el palmeo de Anunoby en la noche de su vida y la cima de Brunson para rematar la gesta, es decir, aquel lema del legendario Red Holzman en el doble título de 1970 y 1973. El viejo repetía: “Somebody is always there”, que alguien estará siempre a tu lado para echarte un cable y cubrir tu fallo.
Y así, se ponía fin a 53 años de vacío, a ese largo medio siglo de maldición y un último cuarto de infamia (alzando el trofeo Dolan terminó pidiendo disculpas). Mike Breen, el caballero de la voz perfecta, atestiguaba lo ocurrido como “uno de los más grandes momentos en la historia de la ciudad”, capital del mundo, en torno a cuatro millones de ciudadanos saliendo a celebrar el hito por el Canyon of Heroes como tras volver de la Luna. Por tener, los Knicks tuvieron hasta un alcalde a la altura y el discurso más majestuoso de todos.
Coincidían muchos autores en la curiosa paradoja imprevista: un gran mercado y la soberbia del poder (fallido) justificaban la aversión y mofa del gran público a los Knicks durante décadas. Y de pronto, contra toda presunción, ese mismo equipo amable se convirtió en The America’s Team.
Porque en el fondo, estos últimos campeones simbolizan una bonita lección al deporte. Un equipo genuino, un equipo luchador, cosido sin egos y buenos tipos, un equipo empático y noble que peleaba contra la historia para terminar haciéndola, siéndola para la eternidad. Era en un sentido nada figurado como si los Knicks hubiesen, por fin, derrotado a los Knicks.
Desde estas páginas, nuestra sincera enhorabuena.
Foto: Getty Images
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